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Patente de democracia

Fuentes: Rebelión

Tiene sentido que, en un mundo mercantilizado, hasta  la democracia representativa sufra sus efectos. Cumpliendo con el mercado, se trata de una palabra –democracia– que vende bien porque se publicita con efectividad  en el terreno político. Como sucede con ciertas mercancías, su atractivo reside en el envoltorio más que en el contenido. Lo que vende […]

Tiene sentido que, en un mundo mercantilizado, hasta  la democracia representativa sufra sus efectos. Cumpliendo con el mercado, se trata de una palabra –democracia– que vende bien porque se publicita con efectividad  en el terreno político. Como sucede con ciertas mercancías, su atractivo reside en el envoltorio más que en el contenido. Lo que vende es poder para una minoría y, en el mejor de los casos, espectáculo para el pueblo. En línea con la publicidad, hay cierta tendencia a personalizar el valor del producto para ganar calidad humana y prestigio político. Es frecuente declararse demócrata, sobre todo a quienes ejercen como políticos, pero incluso los ciudadanos se siente demócratas, creyendo que tienen poder por el hecho de salir a escena de vez en cuando.

Hoy la democracia representativa está tan arraigada en las sociedades avanzadas que parece no haber otra democracia, aunque se ignore que ha suplantado a la democracia real, y sobraría hacer propaganda de ella porque casi todos son demócratas. No obstante, en momentos puntuales hay que machacar políticamente una y otra vez sobre el término, con la finalidad de vender productos ideológicos con mayor fuerza de convicción, productos que en realidad sirven de tapadera a intereses derivados de la gobernabilidad. Es aquí donde adquiere mayor interés insistir en pronunciar la palabra mágica de democracia, fundamentalmente para distraer la atención con las palabras, mientras los privilegios de ejercer el poder, haciendo uso de la llamada democracia, pasan desapercibidos. Simplemente con hablar se logran adhesiones, puesto que las realidades son otra cosa muy distinta.

Resulta que en el panorama de los avances políticos esto de la democracia no va por buen camino, porque la democracia representativa pertenece a unos pocos, mientras que la democracia real corresponde a todos. Hay que remontarse a los orígenes modernos de la democracia representativa para observar que aparece como un montaje de la burguesía dirigido a establecer una nueva forma de gobernar a las masas, dentro del orden capitalista, con el fin de asegurar sus intereses económicos. Si bien pudiera entenderse que fue diseñada para uso de los ciudadanos con forma de expresión de lo político , resulta que ha pasado a ser la patente para gobernar, cuya titularidad la ostenta la clase política . Con lo que la parte aprovechable de la democracia representativa queda para los partidos y sus seguidores.

Se habla mucho de democracia, pero se pasa por alto los privilegios de quienes viven de la democracia. En el marco del sistema, dado que el ejercicio del poder es minoritario y no puede quedar al alcance de cualquiera, debe estar protegido por un blindaje especial. De manera que eso de predicar la democracia al uso debe de estar amparado por alguna especie de patente , en sentido metafórico, que permita ejercer el gobierno con exclusividad a una minoría de profesionales cualificada para el desempeño de esa función. Si no se aprecia de derecho, así funciona de hecho la política.

Al margen de adornos jurídicos, los políticos son los oficialmente habilitados para explotar la democracia, en cuanto son ellos quienes ejercen el gobierno del pueblo en términos de monopolio representativo, de ahí la patente , mientras es obligado para los demás respetar los derechos otorgados por dicha patente . Se dicen demócratas, porque han sido elegidos, pero la forma de gobierno suena a  oligarquía . Haciendo uso de los derechos que conlleva la titularidad de la patente, cualquier gobernante o aspirante al puesto necesariamente se declara demócrata , porque la democracia representativa es inofensiva para sus intereses y además le legitima como político. La tesis dominante es que para ser un político autocalificado de demócrata no basta un solo título, se exige añadir el de progresista , fundamentalmente po rque suena bien eso de estar con el progreso. La cuestión es determinar realmente de qué progreso se trata, si es el personal, el de partido, el de la clase política o de avanzar en la línea de progreso de la generalidad. El progresismo, más allá del uso y abuso del término en beneficio personal, suele traducirse en tratar de ganarse, mediante concesión o la simple oferta de privilegios exclusivos, a ciertos grupos disidentes de lo común, con la vista puesta en el voto del grupo agradecido. Etiquetado el asunto como avance social, de que se convierte en promotor y hasta en gestor el progresista, el problema de tales liberalidades es que las facturas las pagan los demás.

 En la democracia representativa, el ciudadano solo se queda con la parte formal, pasando a ser calificado de demócrata practicante porque tiene derecho a votar a sus gobernantes, pero ahí se acaba la democracia para él. En su caso, la democracia, se reconduce a permitir a las personas hablar en libertad -solamente hablar- dentro del marco estatal y disponer de derechos -no conquistados, sino otorgados-. La primera hay que entenderla como libertad dentro de la jaula , mientras que los segundos no se trata de hacer lo que a cada uno le dé la gana, sino lo que le está permitido. En ambos casos está la ley para poner orden democrático. Mas lo que se pregona como democracia , que resulta acertado en lo que se refiere a los derechos y libertades de las personas, no habla del autogobierno de la ciudadanía, se queda en una palabra bien sonante que remite a la existencia de esos derechos y libertades para ilusionar al auditorio. En la práctica, si se mira con realismo desde la perspectiva del ciudadano, democracia como gobierno de todos es un término que camina cabizbajo y sin salir a campo abierto.

Lo que se conoce ahora como democracia, resulta que a efectos del ejercicio político de los electores es poca cosa. Su intervención queda referida al acto de votar , en el que son protagonistas, después, prácticamente nada. Hay que señalar que la democracia representativa en su sentido real es un procedimiento electoral diseñado para que la ciudadanía con capacidad de elegir puede mostrar sus preferencias por un partido, pero ahí termina la función. Sin embargo, los que disponen de la patente de democracia están destinados a mandar.

Como forma de gobierno, la democracia representativa no prevé el gobierno del pueblo, porque no ha superado el momento electoral, se ha quedado estancada a las puertas de la gobernabilidad. Cuanto viene a continuación es simple ejercicio burocrático para poner en marcha la maquinaria estatal sometida al Estado de Derecho, pero no democracia. De ella solamente queda la parafernalia orquestada por la clase política que se atribuye en exclusiva la patente de lo que solo es una democracia descafeinada . Así, se pasa por alto que la democracia no consiste solamente en elegir a unos pocos para que gobiernen, sino que incluye el gobierno del pueblo y, por otro lado, en forma alguna este acto corresponde al titular de la patente en régimen de exclusividad, porque la democracia es de todos. 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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