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Patricia Highsmith: la débil frontera entre el bien y el mal

Fuentes: Rebelión

Patricia Highsmith (Fort North, Texas, 19 de enero de 1921 – Locarno, Suiza, 4 de febrero de 1995) detestaba a Hemingway y amaba a los gatos. Prefería la más absoluta soledad de su casa de Locarno, en Suiza, a cualquier actividad relacionada con la vida social. Para el gran público es una escritora de género […]

Patricia Highsmith (Fort North, Texas, 19 de enero de 1921 – Locarno, Suiza, 4 de febrero de 1995) detestaba a Hemingway y amaba a los gatos. Prefería la más absoluta soledad de su casa de Locarno, en Suiza, a cualquier actividad relacionada con la vida social. Para el gran público es una escritora de género (suspense, novela negra, policíaca, etc.) pero ni una sola de sus novelas está protagonizada por un policía o detective privado. Alcohólica, comunista, lesbiana militante, desgraciada en amores durante toda su vida. Supo defender como nadie, a veces con uñas y dientes, su espacio vital y artístico en un mundo, el editorial, dominado completamente por hombres. Simpatizaba con causas como la del pueblo palestino o el kurdo. Sentía una extraña relación de amor/odio por su país, los Estados Unidos, lo que la llevó a autoexiliarse en Europa desde 1963. Jamás regresó. Patricia Highsmith poseía una personalidad compleja, lo que la convirtió en una rara avis dentro de la literatura mundial.

Desde muy niña, demostró una extraordinaria capacidad para el arte: la pintura, la escultura y la literatura parecían formar parte de su código genético. Como casi todos los niños solitarios, fue una lectora voraz. Quizás por ello la balanza se inclinó del lado de la escritura. En sus entrevistas solía contar cómo, de niña, se había sentido completamente fascinada por las novelas de Dostoievski, de Poe, de Conrad. Con este bagaje, muy pronto empezó a escribir. Publica algunos relatos en revistas especializadas y fracasa en sus primeros intentos de escribir una novela. Pero en 1950 aparece Extraños en un tren, la primera de una larga serie de obras maestras. En ella ya están todos los ingredientes de su universo particular: la falta de escrúpulos morales de sus personajes, la débil frontera que separa lo que está socialmente aceptado de lo que no lo está, y la más débil aún entre el bien y el mal; la hipocresía de la sociedad pequeño burguesa, la infelicidad cotidiana que asfixia a unos personajes incapaces de escapar de sus destino, o mejor dicho, cuya única posibilidad de escape es una huida hacia adelante, la mayoría de las veces simbolizada por el crimen y el asesinato. También su estilo narrativo queda perfectamente definido desde el comienzo. Abundancia de diálogo, concisión extrema, cuasi gélida, economía discursiva, escasez de metáforas. Para qué utilizar cien palabras si se puede contar con cincuenta, parece decirnos. Sus descripciones están más cerca de un cuadro impresionista que de la literatura al uso. Con unas cuantas pinceladas es capaz de situarnos en la página escrita de una manera cercana a la perfección. Esa sería durante toda su carrera una de las marcas de la casa.

En 1951 Alfred Hitchcock adapta para la gran pantalla Extraños en un tren y la catapulta a la fama que no había conseguido con la publicación del libro. Extraña relación entre el arte y la cultura de masas. No sería la última vez que un libro de la autora americana sea llevado al cine. Otros directores de la talla de Wim Wenders, Anthony Minghella o René Clément lo harán en el futuro.

Escribió más de treinta libros, entre novelas, colecciones de relatos y un ensayo, El arte del suspense. No obstante, es la saga de novelas protagonizadas por Tom Ripley, la que la consagró. A lo largo de cinco novelas (A pleno sol, La máscara de Ripley, El amigo americano, Tras los pasos de Ripley y Ripley en peligro) Patricia Highsmith nos muestra a un personaje amoral, capaz de mentir, falsificar, suplantar identidades, asesinar y llevar a cabo cualquier acto imaginable que tenga que ver con el delito, con tal de vivir una vida repleta de lujos y exquisiteces. Mención aparte merece su novela Carol (publicada originalmente como El precio de la sal en 1952, y firmada con el pseudónimo de Claire Morgan). Carol es la única de sus novelas que escapa a la etiqueta de novela de género. Y es que ni la crítica literaria ni los propios editores han sabido nunca muy bien cómo entendérselas con esta obra. Carol es un canto al amor, al derecho a ser diferentes, y a mostrar esa diferencia con orgullo. Una historia de amor lésbico que en la mojigata, sociedad americana de la década de los cincuenta levantó más de una ampolla. En el prólogo a la reedición de 1984, la autora cuenta el origen de la historia que dio lugar al libro y lo que supuso para ella escribir esta novela sobre dos jóvenes lesbianas. Lo más interesante es que la obra tiene un final feliz, esperanzador, lo que rompía con una tradición puritana y ultraconservadora en la que toda historia protagonizada por personajes homosexuales acababa en tragedia. «Antes de este libro -escribe Highsmith en el prólogo- en las novelas estadounidenses, los hombres y mujeres homosexuales tenían que pagar por su desviación cortándose las venas, ahogándose en una piscina, abandonando su homosexualidad (al menos, así lo afirmaban), o cayendo en una depresión infernal.» Pero ella se atrevió, una vez más, a ser diferente, a romper con lo establecido, a ir por un camino que nadie antes había transitado.

En cierta ocasión, Wim Wnders señaló sobre las novelas de Patricia Highsmith: «Al leer estas historias nos observamos a nosotros mismos. De una pequeña mentira inocente, de una confortable traición, se deriva de golpe una historia horrible (…) Esto puede ocurrirnos a todos. Es por ello por lo que sus historias son verdaderas, por lo que casi hablan de la verdad, pese a toda la ficción. Constatan que las pequeñas cobardías y la indulgencia mediocre hacia uno mismo o hacia los demás son las cosas más peligrosas que hay.» No sé puede explicar de manera más acertada.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.