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Petróleo, más petróleo

Fuentes: Bohemia

Semeja un panorama surrealista, pero no lo es. Asaz racionales, hasta prosaicas, son las causas de que el precio del petróleo en el mercado internacional se mantenga sobre los cien dólares el barril a pesar de que la OPEP, enseñoreada del 40 por ciento del trasiego, insiste como una posesa -solo le restaría el ademán […]

Semeja un panorama surrealista, pero no lo es. Asaz racionales, hasta prosaicas, son las causas de que el precio del petróleo en el mercado internacional se mantenga sobre los cien dólares el barril a pesar de que la OPEP, enseñoreada del 40 por ciento del trasiego, insiste como una posesa -solo le restaría el ademán clásico: rasgarse las vestiduras o mesarse los cabellos- en que incluso se registra una sobreproducción, cerca de 30 millones diarios cuando la norma es de 24 millones 800 mil, por la indisciplina de algunos de sus miembros.

Este flujo ha hecho que el grupo, integrado por Arabia Saudita, Argelia, Kuwait, Libia, Nigeria, Venezuela, Catar, Irak, Irán, Angola, Ecuador y los Emiratos Árabes Unidos, responda tajantemente que continuará con la misma línea a la exigencia de las principales economías del orbe de aumentar el volumen para que el crudo se compre más holgada, «civilizadamente», por debajo de los 40 dólares.

La Organización de Países Productores de Petróleo no peca de tonta. Aunque garantizarse la seguridad energética con el barril situado en alrededor de 110 dólares resulta prohibitivo para muchos, en medio de la crisis universal, hay consenso en que el alza, luego de los inauditos 32 dólares de hace tres años -o los «prehistóricos» seis, ¿recuerdan?- todavía no se asienta fundamentalmente en factores objetivos, como la oferta; las grandes inversiones, las cada vez más sofisticadas tecnologías, demandadas por yacimientos harto explotados, los más, o la ubicación en las profundidades de los océanos de la mayoría de los que faltan por descubrirse.

Y no es que se pretenda obviar elementos como la creciente demanda, hoy de unos 84 millones de barriles por jornada y estimada en unos 105 millones para el 2030, fecha en que los pagos por unidad podrían oscilar en alrededor de 196 dólares. Solo que, según datos fidedignos, la subida -de entre 50 y 60 por ciento- se debe sobre todo a las maniobras de los especuladores, cuyas arcas medran gracias a la incertidumbre creada por acciones como la arremetida contra Libia y otros puntos del Oriente Medio y las amenazas contra Irán provenientes de las grandes potencias, que proclaman las altas cotizaciones de los combustibles el más ingente obstáculo para el crecimiento económico planetario, como si en la viña del Señor no existieran la deuda de la Eurozona y los peligros de una recesión en Estados Unidos, tal nos recuerdan diversos entendidos.

(Precisamente el miedo ambiente ante las probabilidades de recorte lleva a los importadores del hidrocarburo a comprar a sobreprecio a un plazo futuro, de dos y tres meses, por si el costo se hincha más en esos lapsos).

Ahora, escuece que el principal plañidero sea el Tío Sam, cuya condición de imperialismo rector, artífice de conflagraciones y variantes de ultimátum, le granjean el protagonismo en el aquelarre especulativo desatado en un mercado tan volátil como el del azúcar, el cacao o el níquel. Escuece más aún porque, ya en la vertiente objetiva del asunto, la potencia consume en cada jornada la friolera de 22 millones de toneles (25 por ciento de la producción mundial), monto que contribuye a la hipertrofia del precio de un recurso con los días contados.

Estados Unidos, sí, postor del más presentista, miope de los capitalismos «realmente existentes», al extremo de que su ansia de petróleo, por ende de posesión de las fuentes, al parecer le impide justipreciar la posibilidad de que Irán, el segundo productor de la OPEP, reaccione frente a la acción militar, colofón del asfixiante cerco que le ha impuesto Occidente, con el cierre del estratégico estrecho de Ormuz, por donde discurre más del 30 por ciento del crudo vendido en los cuatro puntos cardinales. Ello crearía un súbito desabastecimiento, y el consiguiente encarecimiento, al menos en el nivel del 2008, rondando los 150 dólares, en el cálculo quizás conservador de un reputado analista.

La advertencia de la clausura del paso sería la carta de resguardo del pueblo persa, si sobre la toma de decisiones políticas de sus enemigos no gravitara la infausta sombra de la irracionalidad. Quién se atrevería a apostar que las élites de poder norteamericanas, sionistas, imperiales, tendrán el tino de quebrar a la hora cero la ¿lógica? del capital, empeñado en suplantar en la condición de sujeto a la humanidad, simplemente haciéndola a un lado. Cercenándola si se precisa.

Si eso sucediese -y Destino es el nombre endilgado a un abanico de caminos; a una resultante de fuerzas encontradas, de aciertos y desaciertos, de guiños inteligentes y estulticia inclusive-; si ello ocurriera, decía, ¿de qué valdría desasosegarse con algo tan nimio, tan pueril, como el debate sobre las causas del alza del petróleo? ¿De qué valdría, eh?

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.