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Plata en vez de plomo o las vidas cruzadas de Óscar, Rigoberto y Catherine

Fuentes: Rebelión

Quizá nunca se han visto. Aunque son antioqueños, Óscar Figueroa, Rigoberto Urán y Catherine Ibarguën, de 29, 25 años, y 26 años, vivieron su infancia en pueblos perdidos de los Andes paisas, los dos primeros y la niña de sonrisa eterna, en el Urabá antioqueño. Oscar en Zaragoza, bien al nordeste, Rigoberto en Urrao, al […]

Quizá nunca se han visto. Aunque son antioqueños, Óscar Figueroa, Rigoberto Urán y Catherine Ibarguën, de 29, 25 años, y 26 años, vivieron su infancia en pueblos perdidos de los Andes paisas, los dos primeros y la niña de sonrisa eterna, en el Urabá antioqueño. Oscar en Zaragoza, bien al nordeste, Rigoberto en Urrao, al oeste y Catherine en Apartadó, mirando al mar.

Ahora, tras haber obtenidos sendas medallas de plata en las olimpiadas de Londres, en pesas, ciclismo y salto triple, las primeras en la historia del atletismo nacional, se devela la historia de violencia que sufrieron los tres deportistas.

Óscar tuvo que marcharse con su familia campesina tras sufrir los embates del conflicto armado en aquel pueblo de socavones de oro. Paramilitares y guerrilla siempre han hecho presencia en Zaragoza, y su confrontación solo ha dejado miseria y desplazamiento.

Las estadísticas no hablan muy bien del terruño. El 98% de los 28.356 habitantes de Zaragoza, viven aún entre la pobreza y la miseria como si los 17 años de la partida de los Figueroa de su comarca, petrificaran el progreso allí. Doña Ermelinda, la mamá de Óscar, decidió hacer un par de maletas e irse con sus cuatro hijos lejos de ese infierno de oro, relata un periodista español que entrevistó al héroe de Zaragoza.

Cruzando la cordillera

Los recibieron familiares en Cartago (Valle del Cauca) por un par de días hasta que consiguieron un rancho en arriendo en un barrio de invasión. En ese momento la mamá comenzó a ser la cabeza del hogar. Se empleó como ayudante doméstica en una casa de ricos y así comenzó a sacar a sus hijos adelante.

Por aquellos años 80 de violencia, que desplazaron a los Figueroa como a cientos de miles de colombianos, la estrategia utilizada por el paramilitarismo en esta región liberal para disolver el poder creciente de la Unión Patriótica, consistió en realizar las conocidas masacres de Segovia, el Bagre, Cáceres y Valdivia, vecinas de Zaragoza.

El Estado no reaccionó con el vigor suficiente para impedir ni mucho menos aclarar y judicializar estos hechos, incluso ante evidencias de que se habían producido con la anuencia o abierta complicidad de miembros de la Fuerza Pública. Lejos quedaban las estrofas del himno del poblado que hablan de una «tierra de paz y bien».

Óscar, a sus 12 años, comenzó en Cartago una nueva vida disputándole a la miseria, esta violencia sórdida, un espacio para salir adelante, haciendo de todo, desde «chino» de los mandados hasta vendedor de golosinas en la calle.

La entrevista reseñada cuenta que Óscar pasó por un gimnasio pobre del municipio, y vio que unos jóvenes levantaban pesas y le gustó la idea de hacerse grande. A sus primos que jugaban fútbol no les gustó tanto, pues veían en él posibilidades de ser un buen centrocampista, pero el joven, obstinado, se decidió por los «fierros». Los otros, los de la competencia sana.

Cuenta Damaris Delgado, su primera entrenadora, que el muchacho la impresionó porque en la segunda semana de entreno, el desnutrido moreno de 34 kilos de peso corporal fue capaz de levantar 65 kilos en un solo viaje.

Dos años más tarde, el entrenador de la selección vallecaucana de halterofilia, Jaiber Manjarrez, lo vio ganar un campeonato y le propuso irse a vivir a Cali para prepararse con los mayores. Óscar llegó a vivir en un inquilinato humilde; con cama de colchón de paja y tablas heridas por la polilla. Desayunaba, almorzaba y comía en la tienda frente al gimnasio, cuentas que cada mes pagaba el entrenador. Óscar, como miles de compatriotas, ve en las filas militares, una forma de sobrevivencia para huirle al desempleo. Óscar se hizo soldado y allí descolló en el deporte de las pesas, que de nuevo le han traído la gloria al país. Primero con Isabel Urritia, hoy destacada política de la izquierda, y hasta ahora la única presea de oro para Colombia en unas olimpiadas. El resto ya lo saben hoy todos los colombianos.

El chance de la vida

La historia de Rigoberto no deja de ser menos dramática con el agravante del asesinato de su padre en una calle de Urrao por paramilitares cuando ofrecía billetes de lotería. El joven ciclista apenas tenía 14 años.

«Don Rigo», viendo las cualidades de su hijo, había alcanzado a comprarle una bicicleta al hijo en la que empezó a destacarse en cuanta prueba participaba. Pero con la desaparición del padre, el niño deportista no tuvo otro remedio que contribuir con los gastos del pobre hogar, empleándose como vendedor de chance y lotería.

Aracelly, la viuda, y Martha, la hermana, que era muy pequeña, salieron adelante con la ayuda del hijo mayor. Sin embargo, su tenacidad y amor por el ciclismo logaron nuevos horizontes para Rigoberto, especialmente en Europa. Allí ganó la rigurosa Vuelta del Porvenir, en Francia, en 2004 y 2006. Todos vimos la felicidad en los rostros de Aracelly y Martha cuando los noticieros reprodujeron las instantáneas del triunfo de Rigoberto seguidas por su familia en la transmisión en directo de la competencia de ruta y que terminó aquel inolvidable domingo frente al Palacio de Buckingham, la casa imperial inglesa.

Los lances de Catherine

La vida de Catherine pasó por los mismos lances que vivieron Óscar y Rigoberto bajo el sol antioqueño. Como ellos, es otra desplazada por la violencia cuando sus padres presenciaron el horror paramilitar que anegó todo el Urabá.

El domingo de dicha plateada, un noticiero trajo las imágenes del padre de Catherine, feliz por la hazaña de su hija aunque en el exilio en Maracay, Venezuela. «Acá lo encontramos asilado tras huir de la violencia en Colombia», anotó el reportero. Como decenas de miles de compatriotas que han buscado refugio en otros lares para salvar su vida, a costa, inclusive, de abandonar a sus hijos.

Las crónicas de ahora hablan que Catherine tuvo que ser criada por una tía que en servicios varios trabaja desde hace 31 años y devenga aun un salario de 250 mil pesos, y por aquella abuela que todos vimos en la tele llena de orgullo de su nieta afrodescendiente. Semejante fortuna solo alcanzaba para el alquiler una pequeña pieza en Turbo. La alimentación consistía en arroz, plátano y agua de panela. Hoy se anuncia que el Instituto Colombiano de la Juventud y el Deporte Coldeportes, que es justo reconocer le brindó apoyo, como a Óscar y Rigoberto, le entregará una casa. Con este respaldo también será instructora para futuras generaciones que practiquen el atletismo. Por desgracia, el talento de decenas de miles de colombianos, en todas las expresiones de la vida, se pierden ante carencias semejantes a las que han vivido estas tres figuras, en un país que ocupa el triste lugar de ser el tercero más desigual del planeta.

Las de Óscar, Rigoberto y Catherine, tres vidas cruzadas por la violencia que aflige a todos los colombianos, pero que hoy se regocijan con estos triunfos que por fin traen plata y no plomo, al podio de la nación y luego de asaltar el cielo en Londres.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.