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¿Por qué nos mueve la esperanza?

Fuentes: Pueblos

Colombia es un país marcado en su historia republicana por múltiples violencias. Si revisamos aleatoriamente un episodio del pasado, encontramos que, en alguna parte de la geografía nacional, en algún momento, hubo una situación de guerra, conflicto, resistencia, dominación y lucha. Alguien decía que para entender la macondiana realidad de Colombia es necesario pensar este […]

Colombia es un país marcado en su historia republicana por múltiples violencias. Si revisamos aleatoriamente un episodio del pasado, encontramos que, en alguna parte de la geografía nacional, en algún momento, hubo una situación de guerra, conflicto, resistencia, dominación y lucha. Alguien decía que para entender la macondiana realidad de Colombia es necesario pensar este país como un paciente que lleva mucho tiempo inmerso en un complejo tratamiento médico intentando ser curado, pero éste ha aprendido a mantenerse en un estado en el que ni se cura, ni se muere. Es decir, en Colombia las cosas ni mejoran, ni terminan de empeorar.

El complejo trajinar de la guerra se hizo parte de nuestra cotidianidad; aún en los territorios donde no se vivieron físicamente episodios de violencia derivada del conflicto armado interno, sí hubo diversas menciones y manifestaciones de otras violencias y de otros mecanismos que fueron y siguen haciendo de ésta una sociedad profundamente violenta. De manera paralela a la gestación y reproducción de estas violencias en nuestra materialidad y cotidianidad, también se vinieron constituyendo varias narrativas para describir y enunciar la existencia de la misma: algunos hablaron en clave de la dicotomía del amigo y el enemigo, otros lo hicieron desde el relato de los buenos y los malos, y otros también desde la perspectiva del vencedor y de los vencidos. Nuestro país se acostumbró a pensar y a vivir inmerso en medio de miles de dicotomías donde los antagonismos dividían a la sociedad en su pensamiento y ello, de alguna manera, derivó los respectivos juicios de valor y las formas hegemónicas de comprender el pasado y la realidad. La peligrosa mentalidad que engendró este tipo de visiones han anulado las posibilidades de un cambio en las estructuras de poder, a tal punto que nosotros, los que en los relatos oficiales y en las narrativas movidas por las élites siempre aparecimos como los malos, los vencidos y los enemigos, fuimos objeto de sendos ejercicios y estrategias de negación y exclusión de todo tipo en el ámbito público.

En el momento actual, se proclama en Colombia con insistencia una palabra que es en sí misma una caja de pandora, ya que su resonar con tanta fuerza aglutina y genera una peligrosa mezcla de sentimientos, percepciones, desconocimientos e incertidumbres: la paz. Estamos convencidos que existen lecturas y percepciones distintas sobre lo que es la paz en términos de sus dimensiones, alcances y posibilidades, y por tanto resulta peligroso que el conjunto del país hable en clave de la misma palabra cuando hay actores que tienen mayor influencia y capacidad para llenar de contenido y funcionalizar este concepto de acuerdo a sus intereses. Por ejemplo, es evidente que para un sector importante del gobierno y de las élites, la paz no sería otra cosa que el desarme y el fin de las insurgencias en Colombia; pero si nos vamos a la profunda Colombia rural de los campesinos, los afros, los pueblos ancestrales y de otras poblaciones, vemos que la paz implica el reconocimiento de derechos fundamentales, la posibilidad de ser incluidos en la toma de decisiones y el relacionamiento político con un Estado que solamente se ha expresado en sus territorios con el componente militar; es más, si hiciéramos lecturas y diagnósticos en diversos territorios, de acuerdo a determinadas poblaciones o actores, veríamos que en cada realidad la paz se compondría de elementos distintos. De ahí que resulte sumamente arriesgado pretender homogenizar al país en clave del discurso de la paz, cuando el sector dominante cuenta con la capacidad de hacer hegemónica su lectura, su interpretación y su materialización de la visión de paz para una realidad tan compleja y diversa como la de Colombia.

Es decir, pensamos que caer en lecturas planas y acríticas sobre el contenido y sentido de la paz, puede desembocar que a nombre de la misma se cometan atrocidades y atropellos a diversas comunidades. Por ejemplo, preocupa desde ahora la manera en cómo algunos empresarios, multinacionales y políticos construyen un discurso de paz en clave de desarrollo e inversión para los territorios, lo cual no es otra cosa que instrumentalizar este discurso como paraguas para dar continuidad a dinámicas extractivas, a formas de despojo para las comunidades y en últimas, a profundizar el neoliberalismo depredador en zonas donde la insurgencia representaba una limitación a la posibilidad de dar cabida a estas jugosas actividades de inversión de capital trasnacional para extraer los bienes comunes de la naturaleza.

Sin embargo, a pesar de que las élites y los diferentes grupos dominantes hayan pretendido insertar sus discursos de odio en la población, a pesar de su estrategia perversa de homogenizar y persuadir al país con su peligroso discurso homogenizador de la paz, y a pesar de que la negligencia del gobierno sea la que no haya permitido hasta el momento mayor celeridad en el proceso de negociación entre el Estado y el ELN, tenemos claro que no vamos a renunciar a nuestra vocación de lucha, compromiso y determinación por transformar esta oprobiosa realidad en favor de la felicidad y la dignidad de las inmensas mayorías empobrecidas de Colombia. Ya que, a pesar de la terrible falta de utopía y esperanza que impera en las vidas y en las apuestas políticas de la mayoría de la población colombiana, no renunciamos a nuestra determinación por construir y apostarle a un país para las mayorías, donde la política y el trabajo caminen en función de la vida, de la naturaleza y del verdadero bien común para nuestros pueblos. Hoy, el modelo político y económico continúa con su agresiva estrategia de despojo a los bienes comunes que son la única garantía para la pervivencia de las comunidades. Nos oponemos y nos seguiremos oponiendo a estas políticas que van en detrimento de un proyecto de nación soberano y digno, aunque algunos funcionarios del Estado colombiano nos llamen «enemigos de la paz».

A nosotros nos mueve la esperanza, porque consideramos que a pesar de lo difíciles e inciertos que resulten estos escenarios políticos que se proyectan en Colombia, debemos tener la suficiente coherencia, compromiso y determinación para seguir adelante con el proyecto de nación que hemos venido construyendo y pensando desde hace más de cincuenta años. Nos mueve profundamente la esperanza en nuestra cotidianidad como camino a la utopía, ya que la urgente necesidad y anhelo que tienen las mayorías de Colombia por tener un país distinto es algo que nos llama al encuentro y al dialogo con la sociedad. Por ello, en nuestro proceso de negociación con el gobierno colombiano la columna vertebral es la participación de la sociedad. El Ejército de Liberación Nacional – ELN tiene la mejor voluntad y disposición por abrir todos los canales de diálogo con los sectores sociales y políticos, ya que de la manera como el gobierno ha tramitado históricamente los conflictos sociales, ha fragmentado, dividido y aislado el caminar de las luchas y los reclamos de los sectores populares en Colombia. Las agendas y las propuestas de la sociedad que buscan transformar e impulsar nuevas posibilidades de país deben ser recogidas y puestas en la agenda de negociación, porque son propuestas con sentido, con amplia legitimidad y parten del ejercicio de pensar la política como acción colectiva desde los territorios.

Frente a esto, los mensajes desesperanzadores que envía el Estado Colombiano no con sus discursos, sino con sus acciones, deben llamar la atención del país y el mundo. Por ejemplo, hablan de temas humanitarios públicamente para generar desprestigio al ELN, pero no asumen con seriedad y responsabilidad el tratamiento para garantizar derechos fundamentales como la vida, ya que son bastante ineficaces en la búsqueda de los responsables de los asesinatos de líderes sociales y defensores/as de derechos humanos, los cuales van en aumento especialmente en los territorios olvidados e históricamente excluidos.

Por ello, para enfrentar estos mensajes y acciones desesperanzadores del Estado colombiano, insistimos en nuestro compromiso real con la búsqueda de soluciones a los problemas y necesidades que los sectores populares reclaman, por ello asumimos con total responsabilidad el continuar caminando para encontrar los pasos que permitan la solución política al conflicto armado, pero también seguiremos caminando y trabajando en aras de la construcción colectiva y democrática de un proyecto de país donde no se siga excluyendo a las mayorías de la toma de decisiones.

Nos mueve la esperanza de constatar que son necesarias y urgentes varias transformaciones para construir una nueva Colombia; para hacer de éste un país más decente y digno para la vida. Si las inmensas mayorías humildes y empobrecidas queremos que el país cambie, habrá que ver y evaluar la disposición de la oligarquía para aceptar esta realidad. Ya lo decía Camilo hace medio siglo «deberíamos preguntarle más bien a los dirigentes actuales, cómo van a entregar el poder a la mayoría, si por las vías pacíficas o por las vías violentas«[1]. El ELN quiere que se separe definitivamente el ejercicio de la violencia de la acción política, pero un sector de la clase dominante insiste en vender la idea de que la única salida y fórmula para «la paz de Colombia» es por medio de nuestra rendición y entrega de armas, pretendiendo desconocer así las evidentes y profundas causas de nuestro alzamiento popular y los motivos que sustentan hasta hoy nuestro ejercicio de resistencia armada. Queremos apostarle a que la violencia sea parte del pasado, pero para que ello sea posible debemos caminar en construir un país con plenas garantías, con pluralidad, con democracia real, con participación y con cambios. La paz de los cócteles, los premios y los eventos de élite no nos interesa; en cambio, los caminos y acciones para el bienestar, la autonomía, el respeto a los territorios y la vida, y en últimas, todas las acciones que le aporten a la felicidad de las comunidades, es lo que para nosotros se podría traducir como paz.


Notas:

[1] GUZMAN CAMPOS, Germán. El padre Camilo Torres. Siglo veintiuno editores.1975. Pág. 83.

Fuente original: http://www.revistapueblos.org/?p=22179