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Primarias 2017: Sicopolítica de una elección

Fuentes: Punto Final

La sicología sostiene que los seres humanos nos movemos por tres emociones fundamentales: pena, miedo y rabia. Son tres reacciones no racionales, que actúan en el plano estrictamente sicofisiológico. Funcionan de modo inconsciente, antes de que podamos detenernos a pensar o analizar, ya que están causadas por la liberación de neurotransmisores y hormonas. Una vez […]

La sicología sostiene que los seres humanos nos movemos por tres emociones fundamentales: pena, miedo y rabia. Son tres reacciones no racionales, que actúan en el plano estrictamente sicofisiológico. Funcionan de modo inconsciente, antes de que podamos detenernos a pensar o analizar, ya que están causadas por la liberación de neurotransmisores y hormonas. Una vez que estas sustancias transitan por el organismo, provocan lo que llamamos «sentimientos», que es lo que expresamos en el lenguaje.

La pena y la rabia actúan cuando hemos perdido algo importante o hemos sido heridos por otros. En cambio, el miedo aparece antes, como señal predictiva del peligro. En política se suele asociar la pena y la rabia a la Izquierda. En las marchas contra las AFP es habitual escuchar a gente que busca desahogar su rabia. Y la música de protesta siempre tiene un tono de pena profunda, de dolor por todas las pérdidas y sufrimientos acumulados. En cambio, el miedo es una emoción más propia de la derecha, que le aguijona a moverse cuando se siente amenazada en su posición y estatus de privilegio.

El miedo es un arma bioquímica muy poderosa ya que al activarse en la siquis produce un efecto hipnótico-amnésico en la mente: hipnotiza, generando obsesiones en las personas. Y es amnésico porque lleva a olvidar todo lo que contradiga esa obsesión. En las recientes elecciones primarias la derecha logró desatar exitosamente ese efecto entre sus votantes duros. El miedo ha operado como un movilizador muy potente, obsesionando a ese público con la idea del país que «se cae a pedazos» y que va camino al precipicio por las políticas de la Izquierda. Y ese miedo obsesivo les permite olvidar de forma sistemática todas las críticas y debilidades de su candidato preferido. Si su candidato hubiera sido don Vito Corleone, renacido, lo habrían votado igual, y con mucho entusiasmo, porque cuando se inocula el miedo no hay argumento ni evidencia que pueda torcer su decisión.

El triunfo de Sebastián Piñera es el sofisticado producto de un miedo muy bien producido para una audiencia claramente segmentada. Su consigna es «el desalojo» de la Nueva Mayoría, que ahora llaman «la solución». Por eso Piñera no necesitó argumentos ni programa ni carisma. Con un prontuario que se incrementa cada día, su comando entendió que su carta de triunfo radicaba en movilizar el miedo en Vitacura, Las Condes, Lo Barnechea, Zapallar y Viña. Incidir en ese bastión de los ultrarricos era suficiente para esparcir el temor a escala nacional y contagiar a una audiencia de derecha ideológica, que se mueve en un marco de paranoia permanente. De esa forma la primaria de Chile Vamos incrementó en 600.000 sus electores respecto a las primarias de la Alianza en 2013, pasando de 800.000 a 1.400.000 votos.

Al miedo tradicional ante la Izquierda, agregaron un nuevo temor en la figura de Manuel José Ossandón. El senador y ex alcalde logró convertirse en la nueva bestia negra de la derecha ya que logró convocar y movilizar un voto personal, transversal, fundado en una fuerte adhesión a su imagen, en un bastión popular que tiene su epicentro en Puente Alto, y que contagia a todo el cuadrante suroriente de la capital, en un arco que va desde La Florida y La Granja hasta La Cisterna y La Pintana. Luego de decirle «No te declararon reo por lindo», Ossandón se transformó en el gran héroe del antipiñerismo. Pero el desafío de Ossandón se expresaba en una consigna que repitió en su campaña: «La política no será más manejada por el dinero». No podía haber una amenaza mayor para la derecha dura e ideológica. Si Ossandón hubiera llegado a ganar la primaria, sostenido por el voto de los que despreciaban como «rotos picantes» de Puente Alto, e impusiera una separación tajante entre el poder del dinero y el poder político, se desplomaría todo el universo en el que vive esa clase social. La sicopolítica de la derecha dura gira en torno a una sola gran obsesión: hacer que el dinero sea el criterio distributivo de todos los bienes y de todos los recursos. Que un líder outsider como Ossandón pusiera en cuestión ese criterio, es una amenaza suficiente como para reaccionar rápidamente.

En síntesis, Piñera y su comando obtuvieron el mejor resultado posible en un cuadro general de fuerte rechazo a su figura. El joven vocal de mesa que se rehusó a saludarle en su mesa de votación es el reflejo de esa realidad. Piñera no logró sumar votos nuevos a su candidatura. Los nuevos electores de la derecha votaron por Felipe Kast pero sobre todo por Ossandón, que los incorporó a partir de su virulenta confrontación con Piñera. Por esto, aunque Piñera obtuvo un triunfo holgado, ahora tiene un problema muy complejo: ¿Cómo crecer electoralmente en una población que no está inoculada con el miedo de la derecha dura y que mayoritariamente le rechaza? ¿Cómo sumar los votos del ossandonismo? La única posibilidad de romper su techo es profundizando la división entre sus adversarios.

 

SANCHEZ VENCE,

PERO NO CONVENCE

A su vez el Frente Amplio ha debutado electoralmente con un resultado agridulce, de 320.000 votos. Más cercano a su piso que al techo al que potencialmente pueden llegar. En el plano sicopolítico el Frente Amplio desarrolló su campaña sobre la base de intentar despertar la esperanza. Pero la esperanza no es una emoción, sino un pensamiento que influye en el estado de ánimo. No nos esperanzamos inconscientemente, sino que necesitamos razones para tener esperanza. Especialmente si nos hemos desilusionado muchas veces. En Chile la gente ha aprendido a tener miedo a la esperanza, por temor a la alegría que nunca ha llegado. La desilusión es dolorosa y por eso nadie está dispuesto a embarcarse en una vana ilusión.

En ese marco, Beatriz Sánchez no logró el objetivo de hacer creíble la esperanza que buscaba desatar. Sus inconsistencias en los debates, la vaguedad de su programa, el consignismo vacío en los discursos, lo insuficiente de su feminismo liberal fue desgastándola, hasta que su alusión al «totalitarismo» de Allende la terminaron por deslegitimar ante los votantes que debía movilizar. Por el contrario, Alberto Mayol fue desplegando un programa mejor articulado, por medio de un discurso más claro y complejo. Sánchez venció porque era la candidata de partidos (Revolución Democrática, Movimiento Autonomista, Izquierda Autónoma, Partido Humanista, Partido Igualdad), en cambio Mayol competía sobre la base del apoyo de individuos y organizaciones pequeñas. Pero si la campaña hubiera durado más tiempo, seguramente Mayol habría logrado ganarse el apoyo que Sánchez creía tener en el bolsillo.

En ambos candidatos no había emociones. Había razones, mejor o peor planteadas, pero no había pena, rabia o miedo, porque las emociones deben ser auténticas, no se pueden falsear sin que se note. Se puede criticar hasta la saciedad a Bachelet, pero ella logra comunicar emocionalmente debido a que su biografía personal conecta con las penas, rabias y miedos de la audiencia a la que busca representar. En Sánchez y Mayol esta dimensión está ausente, a lo más hay cierta empatía con las emociones ajenas, que no vivencian como propias. Por este motivo la campaña del Frente Amplio es leída como arrogante, iluminista o vanguardista, incluso megalómana. Le faltó la autenticidad y la humildad del que está empezando y sabe que debe ganarse la confianza de quienes no le conocen y están dispuestos a iniciar una nueva relación.

Otra debilidad de la campaña FA es su pobre implantación sistémica, territorial y orgánica, un aspecto excusable porque en tres meses no es posible lograrla. Pero en general pecaron de una excesiva confianza en el apoyo individual de los votantes, convocados por redes sociales y TV. La campaña se debería complementar con apoyos institucionales, de grupos organizados reales, sindicatos, movimientos, asociaciones, sectores productivos, y sobre todo, de concejales y alcaldes en sus municipios. Este aspecto todavía está muy poco logrado por el FA. El único lugar donde se notó la diferencia es en Valparaíso, donde gobiernan con Jorge Sharp, y alcanzaron 10.729 votos versus los 18.648 de la derecha. Mientras a nivel nacional la derecha cuadruplica al FA, en Valparaíso no llegaron a doblarles.

 

LA SIESTA DE GUILLIER

Finalmente cabe reseñar los efectos de la ausencia de Alejandro Guillier durante el último mes de campaña. Basta con observar lo que reconocen los propios dirigentes oficialistas: «Las decisiones de la Nueva Mayoría nos llevaron a desaparecer del mapa por varias semanas. El costo de nuestros errores está a la vista», ha dicho José Miguel Insulza. «Quienes pensaban que la NM ganaría ‘por ausencia’ cometieron un grave error. Después de una primaria que convocó a la ciudadanía, es claro que ella resulta perjudicada por no haber concurrido a primarias y haber optado, en reemplazo, por designaciones cupulares. Esto fue el resultado de una cadena de decisiones, cada una de las cuales llevó a la siguiente de un modo totalmente previsible», reconoció Fernando Atria.

El candidato de la Nueva Mayoría también parece muy golpeado por la ruptura con la DC, quiebre del que no parece reponerse. A nivel sicopolítico esta situación se ha traducido en una campaña «esquizoide», que no logra ser suficientemente oficialista pero tampoco abiertamente crítica de la actual conducción gubernamental. Busca ser ciudadana, pero apoyándose cada vez más en los partidos. Busca continuar las reformas de Bachelet, pero no dice cuáles y de qué forma. Trata de recoger votos a la Izquierda, pero haciendo guiños a la derecha. En definitiva, tanto el candidato como su coalición no parecen asumir plenamente la responsabilidad que les cabe en la tarea de detener a la derecha. Llegó la hora de que despierten de su siesta

 

 

Publicado en «Punto Final», edición Nº 879, 7 de julio 2017.

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