Recomiendo:
0

A los descontentos, a los disconformes, a los indecisos

¿Qué hacer en las próximas elecciones?

Fuentes: Rebelión

La pregunta del encabezado se encuentra especialmente dirigida al mundo de la izquierda. Por cierto, en primer lugar, a la llamada «izquierda extraparlamentaria». Pero más  fundamentalmente a los que no se inscriben, a los que votan nulo, a los que votan en blanco, a los que se abstienen, a los  que «no están ni ahí», […]

La pregunta del encabezado se encuentra especialmente dirigida al mundo de la izquierda. Por cierto, en primer lugar, a la llamada «izquierda extraparlamentaria». Pero más  fundamentalmente a los que no se inscriben, a los que votan nulo, a los que votan en blanco, a los que se abstienen, a los  que «no están ni ahí», a los descontentos, a los disconformes,  a los indecisos y, también,  aquel sector de la Concertación que en cada elección vive su propio drama: tener que votar por quien interprete sus ideas de izquierda, o verse inducidos al asco de tener que seguir votando  por candidatos de la Concertación.
 
Resulta obvio decir que estos grupos, si bien representan una diversidad, sin embargo,  tienen en común que, en su gran  mayoría, sus ideas son de  izquierda, opuestos al neoliberalismo. Resulta obvio decir también, que si todos estos grupos formaran un frente común, opositor  al  neoliberalismo, se conformaría un conglomerado mucho mayor que el mayor de los partidos políticos hasta ahora mejor votado. Ante la posibilidad de este cuadro,  es hora de preguntarse entonces,… ¿Por qué si habiendo un referente social potencialmente de gran magnitud, opositor al neoliberalismo éste, sin embargo,  se aplica despiadadamente en Chile sin que, al parecer, haya una mínima capacidad de oposición y respuesta? ¿Por qué tanta inercia y confusión? Son preguntas que necesitan respuestas.
 
Al examinar la realidad política constatamos  que, mientras el neoliberalismo hace lo suyo a su más pleno antojo, los distintos referentes políticos y sociales que se le oponen se encuentran dispersos y confusos. En este estado, bien vale recordar  que la derecha política siempre VOTA por  convicción,  por principios y, sobretodo, porque con el neoliberalismo se sienten muy a su gusto.  La Concertación, en cambio, dejando de votar  por principio, el tradicional voto de conciencia, lo ha transformado en un voto de conveniencia. La izquierda extraparlamentaria, en tanto, si bien vota en conciencia, su contrapartida está en que siempre se presenta disgregada, atomizada; una suma de pequeños referentes que difícilmente se aúnan. Peor aún, hay muchos que ni siquiera votan, ya sea por desencanto, por frustración o por simple noción anti sistémica.
 
En conclusión, por el lado que se le mire,  sumando y sumando, la izquierda ha ido dejando libre el camino para que la CONCERTACIÖN y LA ALIANZA POR CHILE hagan su negocio, repartiéndose binominalmente el poder, sin encontrar mayor resistencia ni cortapisas.
 
Ahora bien, no exenta de las propias responsabilidades que la izquierda tiene en el cuadro descrito, sin embargo, en mi opinión, el mayor responsable de este estado político de confusión y regresión,  tiene un sólo nombre: CONCERTACIÖN, y más particularmente, el Partido Socialista. Claro, muchos no estarán de acuerdo con este juicio, lo que me obliga a fundamentar con más detalle mi posición.
 
Para el plebiscito del 88,  presionados por la traumática experiencia de la dictadura, la izquierda apoyó incondicionalmente el voto por el No, para  posibilitar la derrota política de la dictadura fascista. Desde ese punto de vista, tal decisión fue políticamente correcta. En elecciones sucesivas, gran parte de la izquierda siguió votando por la Concertación,  para oponerse a las pretensiones derechistas, sobre todo, a su política neoliberal que empezaba, en ese entonces, a aplicarse muy despiadadamente sobre todos los chilenos. Se optaba, por decirlo así, por «el mal menor», porque se suponía que el neoliberalismo era patrimonio exclusivo y bandera de  la derecha política y los sectores más fundamentalistas del pinochetismo.
 
Así, bajo la premisa del «mal menor», mayoritariamente los comunistas decidieron  votar, en segunda vuelta,  por los «socialistas» Lagos, primero, y Bachelet, después, lo que   significó a la postre, que sin esos decisivos votos ninguno de los dos  hubieran  llegado a la presidencia de la República (¿Se acuerdan?). Sin embargo, después de 18 años, de sucesivos gobiernos de la Concertación, las premisas que sustentaban las razones para que la izquierda siguiera siendo el salvavidas de la Concertación, hoy se encuentran obsoletas.
 
Y porque afirmo esto. Porque bajo la  Concertación, fundamentalmente,  bajo los dos últimos gobiernos de  presidentes socialistas, nuestro país ha sido el más fiel adherente a los postulados del neoliberalismo en la región. Incluso,  no sería exagerado afirmar, también, en todo el  mundo. Han seguido a pie juntillas todas las exigencias del FMI e instituciones internacionales afines que son, en último término,  los que  nos imponen lo que tenemos que hacer en nuestra propia casa.
 
En el orden interno conspicuos empresarios confiesan  que se sienten muy a gusto con los gobiernos de la Concertación, pues éstos han sido buenos administradores del sistema del que ellos han sido mentores, sistema que defiende sus intereses políticos y, fundamentalmente, sus negocios. Incluso,  uno de sus más conspicuos representantes, en su momento, confesó públicamente: «nosotros los empresarios amamos a Lagos». Es  evidente  que la derecha económica se siente más cómoda con un gobierno socialista que de derecha. Ello tiene su explicación, porque los socialistas actúan como colchón contenedor de las demandas laborales y sociales del pueblo, es decir, son los que ponen la cara, los que hacen el trabajo sucio para mantener incólume el neoliberalismo sin que nada perturbe sus propósitos.
 
De otra parte, un estudio de la Fundación Terram concluyó que si la diferencia de ingresos entre el 5% más pobre y el 5% más rico en 1990 alcanzaba a 130 veces, en el 2004 la cifra llega a 209 veces. Ese es un claro ejemplo de la política de la Concertación, con una política que favorece a los sectores más pudientes, haciéndolos  más ricos que antes, incluso más como lo hizo el propio Pinochet. Y lo que es peor, para favorecer este estado de cosas, que beneficia fundamentalmente,  a la empresa y banca nacional y a las multinacionales, los gobiernos de la Concertación  han convertido a nuestro país en el Estado más represor de la región, después de Colombia. Estos  datos bastarían por sí solos para que sectores de izquierda no siguieran votando más por la Concertación. Pero ahí no para  la cosa, desgraciadamente hay aún  mucho más que decir.
 
En efecto,  en áreas tan sensibles como educación y salud el panorama no puede resultar más desolador, convertidas estas dos necesidades sociales básicas en un festín de negocios para privados.
 
En Educación, después de una larga batalla de la sociedad civil, fundamentalmente, sus principales protagonistas, profesores, estudiantes y padres y apoderados, que pedían poner fin al sistema de sostenedores y municipalización de la educación para hacerla pública, el «gobierno ciudadano» de la Bachelet hizo oídos sordos, enviando una nueva Ley de educación,  la LGE, en reemplazo de la antigua LOCE, que representa sólo una cosmética dejando incólume, en lo principal, la mercantilización de la educación que es lo que se pedía se cambiara. De otra parte, en Chile, ya no existe Universidad pública gratuita, en donde puedan educarse aquellos que no tienen capacidad económica para pagar los aranceles universitarios.  Hasta en los países más ultra neoliberales existen universidades públicas gratuitas: Inglaterra, Alemania, Francia, Bélgica y hasta en el mismo EEUU, etc. Basta mirar para los lados y encontramos también Universidades públicas gratuitas en Argentina, Brasil, Ecuador, Costa Rica, Cuba, etc. Podría casi asegurar, que Chile es el  único país   del mundo en donde no existe ninguna Universidad Pública gratuita,  tal como lo había antes (Universidad de Chile, Universidad Técnica del Estado, Pedagógico, etc.)
 
En la salud la cosa no podría andar peor. Bajo la égida de la comercialización, las prestaciones de salud han sido entregadas a clínicas privadas en donde al enfermo, antes de morirse, se le calcula cuanto más se le puede sacar de dinero para hacer más rentable el negocio. En cuanto a la salud pública, un tremendo atraso. Los que acceden a ella tienen que sufrir la diaria humillación de tener que hacer largas colas, esperando horas y horas, para al final conseguir una mínima e indolente atención. Como corolario, al enfermo se le devuelve prontamente a su casa, previa entrega de una aspirina o pastilla tal o cual, para salir luego del paso. Más para peor, hay  enfermos que tienen que esperar meses y, en no pocos casos, años, para que le den fecha y hora  para una operación. Muchos antes de pasar por este  calvario,  prefieren endeudarse o poner en venta sus bienes con tal de financiar el elevado costo de su enfermedad en una clínica privada. Así y todo, pese a estas diferencias, la atención tanto en la salud pública como privada, se encuentran sometidas cada vez en mayor número, a demandas por «negligencias médicas», un eufemismo tras el cual se esconde una dramática realidad: una atención en la salud pública y privada, clasista.
 
No olvidemos tampoco, la entrega que se ha hecho de los servicios públicos básicos (agua, luz, teléfono, etc.)  a la voracidad de las empresas multinacionales, sobre todo, empresas españolas, fundamentalmente, por obra y gracia del socialista Lagos. Puentes, carreteras, avenidas han dejado también de ser públicos, entregando su explotación a la voracidad de empresas multinacionales. Y como guinda de la torta está la desnacionalización del cobre, pasando a llevar la decisión unánime de todos los chilenos, que bajo el gobierno de Allende había decidido, por unanimidad,  nacionalizar nuestra riqueza cuprífera. Sin ánimo de dramatizar, ni exagerar, una verdadera traición a la Patria, en tanto la Concertación en este tema actuó a espaldas de la soberanía popular.
 
Por último, y para no alargar más el cuento, está el problema de la delincuencia que crece y crece a tasas increíbles. Y no es que este sea un problema originado por  la Concertación, sin embargo el enfoque que han hecho para «solucionar» el problema se encuentra profundamente equivocado. Lo que sorprende es que en los sesudos análisis que se hacen sobre  la seguridad ciudadana y la delincuencia, el factor  de la desigualdad en la distribución del ingreso no se considera como una variable a considerar dentro de las causas que gatillan la violencia social. Se asume que los jóvenes son malos por que sí, los delincuentes son malos porque deben tenerlo incorporado a los genes. Y las soluciones siempre pasan por más represión, más policías, más cámaras en las calles, más cárceles, tolerancia cero, disminuir la edad de imputabilidad procesal, etc.
 
Ahora bien, sabemos que esta realidad ha llevado a que en el mismo seno de la Concertación hay quienes se sienten confundidos con la orientación tan neoliberal que tanto Lagos como Bachelet les han dado a sus respectivos gobiernos. Por una parte, quisieran salirse de allí pero, por otra, se sienten prisioneros en ella. No han tenido el suficiente coraje político (salvo contadas excepciones) para romper sus propias cadenas. El fatalismo político ha hecho presa de ellos, al postular que el neoliberalismo es algo irreversible, de que es algo de lo que no se puede salir. Este es el discurso que han logrado hacer penetrar en el imaginario social, a través  de epígonos incondicionales, tales como, Brunner, Velasco, Otone, Correa, Tironi y por cierto, Ministros, funcionarios públicos y parlamentarios, tanto de oposición como de gobierno. Agreguemos a éstos también al duopolio periodístico de COPESA y  El Mercurio, que hacen claque y baten palmas para que el discurso de estos singulares «socialistas» se mantenga vivo en el imaginario de la gente.
 
Las próximas elecciones se encuentran a la vuelta de la esquina y, como sucede cada cuatro años, los políticos buscarán desesperadamente la participación ciudadana para poder seguir justificándose en su papel de representantes del pueblo y seguir usufructuando binominalmente del poder para satisfacción de sus espúreos intereses que no son, ni de lejos, coincidentes con los del pueblo.
 
Entonces…, vuelvo a la pregunta inicial… ¿Que hacer en las próximas elecciones? …¿Voto nulo?,  ¿abstencion?, ¿voto en blanco?, ¿votar al candidato menos malo?…  ¿Sirve de algo votar?, ¿no votar? ¿Cual es la mejor forma de mostrar rechazo a esa mentira que estamos viviendo y que llaman democracia?… Difícil pregunta, y más difícil aún son las respuestas.
 
Si hace cuatro  años atrás,  para la izquierda de  Chile esta era una pregunta de fácil respuesta, ahora esa respuesta para muchos se muestra confusa y complicada. Esto tiene su razón en el carácter del conglomerado político JUNTOS PODEMOS MÄS, conglomerado el cual, en las elecciones pasadas, tenía su sentido para la izquierda, al satisfacer los requerimientos políticos mínimos por los cuales  luchamos, a saber, una línea claramente antineoliberal y un proyecto que busca las transformaciones reales que necesita la sociedad chilena y no su mera reforma; un proyecto alternativo, claramente diferenciado de la Concertación, y con mayor razón de la Alianza. Es por eso, que en las elecciones del 2004, en  las condiciones políticas de entonces,  bajo el mismo título, escribí un artículo llamando a los electores a votar  por la alternativa del JUNTO PODEMOS MAS, teniendo presente que las bases programáticas de dicho conglomerado representaba genuinamente los sentimientos de una izquierda alternativa, al actual estado imperante.
 
Sin embargo, ese  Junto Podemos, que aparecía como el referente natural de la izquierda chilena hoy, por obra y gracia del Partido Comunista chileno, ha quedado desahuciado como tal. En efecto, la dirección central del P.C., en una vuelta de carnero sin parangón, traicionó el meollo del asunto que se encontraba explícito e implícito en el programa del Junto Podemos, abdicando de tales principios, para pasar a coquetear y conciliar  con la Concertación, borrando de un plumazo  con su mano derecha lo que había escrito con  su  mano izquierda.  Lo hicieron cuando arrojaron por la borda el punto Nº 6 de las ideas fundacionales del Junto Podemos, que en la parte pertinente señalaba explícitamente:
 
«…nos ubicamos también en abierta oposición a la derecha y los partidos de la Concertación responsables del actual modelo político social y económico. Consecuentemente con ello, quienes integramos este Movimiento, no aceptaremos pactos ni alianzas de ningún tipo con tales referentes, en cualquiera de sus expresiones políticas, lo que consideramos necesario para dar señales inequívocas y coherentes a quienes aspiran a reemplazar radicalmente al sistema que hoy nos rige.»
 
Más claro que echar agua. Como sabemos, en la última elección presidencial, a la undécima hora, el Partido comunista chileno, en las primeras horas de la noche, cuando se dieron a conocer los resultados,  dejaba atónito al Junto Podemos y al conjunto de la izquierda, con su anuncio unilateral de apoyar en segunda vuelta a la compañera «socialista» Michele Bachelet. De lado dejaba lo acordado con la izquierda en el acta fundacional que dio origen al Junto Podemos, en el ya citado numerando 6.
 
Pero estos sólo fueron los primeros gestos, los primeros guiños del partido comunista que le permitieran congraciarse con la Concertación. Lo segundo estaba por venir. En efecto, después de ingentes esfuerzos, los comunistas lograron acordar un pacto electoral con la Concertación, venciendo así la primitiva resistencia que mostraron a ello la democracia cristiana, declarada enemiga política de siempre del comunismo criollo.
 
La guinda de la torta, el tercer paso, lo constituyó aquella grotesca escena de  proclamación, como precandidato a la presidencia de la República de los comunistas criollos, del  compañero Guillermo Teillier. No tendría nada de malo que los comunistas levantaran su precandidato, pero lo curioso del caso es  que dicha proclamación  tuvo el sabor de corresponder a un precandidato más de la Concertación que del partido comunista propiamente tal. Se anunció de antemano el apoyo comunista en la segunda vuelta al candidato de la Concertación, y más aún, se dejaba la puerta abierta para un apoyo en la primera vuelta.
 
En todos estos trajines hay que destacar algunos elementos:
 
1)     El P.C. abandona su tradicional política de alianzas con la izquierda, para pasar a pactar con la socialdemocracia chilena, aquella que se disfraza y posa de izquierda  cuando vienen las elecciones para captar votos desde ella.
2)      La unilateralidad de sus decisiones han provenido de la elite de su dirección central, específicamente de su Comisión Política, y no del conjunto de su base de militantes a quienes no se les consultó nada de nada. Transgredieron así sus propios estatutos orgánicos, puesto que las decisiones que impliquen un cambio de su línea política, debe ser una decisión colectiva de sus militantes a través  del «centralismo democrático». Consultados varios amigos comunistas militantes, me confesaron en forma unánime que sobre estas decisiones no hubieron debates previos en las bases, ni menos fueron consultados. La militancia solo fue informada una vez consumados los hechos.
3)     Desde el punto de vista doctrinario, los comunistas han  hecho  abandono del marxismo, como marco teórico que guía su acción política,  al pactar con partidos que están por la  reforma,  y no por la transformación (revolución)  de las bases de la sociedad capitalista, 
 
Ahora bien, si todo esto no es traición o el más burdo de los oportunismos, por favor que alguien me explique entonces cual es el verdadero significado de estas dos palabras. Una doble traición,  por que no sólo  se traicionó a sus aliados naturales, el Podemos,  sino también a su propia militancia.   Se operó, por decirlo de algún modo como lo hacen los bandidos; entre gallos y medianoche, ante una izquierda y una militancia atónita.
 
Hoy, ante las elecciones que se avecinan, como ya lo dije, los dirigentes del «PC», han dado un paso más adelante en su traición. Han acordado «pactos por omisión» con los partidos de la concertación, incluyendo ahora a la Democracia Cristiana (que hasta ahora se había negado a hacerlo). La grave crisis por la que atraviesa hoy la Concertación favorece los propósitos de los revisionistas en su condición de salvavidas de la estructura de dominación y explotación, establecida por los enemigos del pueblo.
 
Pero los hechos ya están consumados y los de la izquierda se han quedado sin piso, y sin posibilidad de votar por candidatos que lo representen en sus genuinos intereses, simplemente, porque los partidos que los satisfacían agrupados en el otrora Junto Podemos, a saber, el  P.C., P.H.,  e I.C. se dieron una voltereta que se ve sólo en los circos. Si antes el slogan decía, que la Concertación y la Alianza eran una misma cosa y  que no había que votar más por lo mismo, ahora ese duopolio de organizaciones partidarias se ha transformado en una trilogía: Concertación, Alianza y Podemos. En una situación así,  la izquierda se ha quedado sin referente político y  sin candidatos que los puedan representar, por lo que muchos de ellos en las próximas elecciones no tendrán más camino que votar nulo o abstenerse de votar.
 
En efecto,  cada vez más, un importante núcleo de los que pertenecemos a la cultura comunista, aquellos comunistas sin carné, los que disentimos de la línea traidora de la dirección del partido comunista, tenemos claro para estas elecciones, que la estrategia electoral asumida por la dirección del partido, en las condiciones políticas presentes, significa un acto de sumisión y legitimación del sistema, de los partidos, de los políticos y sus dueños, así como de la crisis estructural de explotación, opresión, miseria y muerte que golpea a nuestro pueblo.
 
En el marco de lo electoral, El Podemos ahora travestido plantea que si no se participa -observación emitida por demás desde la prisa y la lógica electoralista-se beneficia a la oligarquía y los grupos neo-fascistas. Se afirma que al participar existen las posibilidades de avanzar a posiciones democráticas y revolucionarias.
 
A quienes opinan en este y otros sentidos y condiciones parecidas les preguntamos: ¿Por qué considerar estas posibilidades en el marco de lo electoral?, ¿No es coherente asumirlas en el marco de una estrategia política alejada de lo electoral en este momento? ¿Por qué pretender arrastrarnos a lo puramente electoral y hacernos perder un tiempo valioso para lograr con coherencia la unidad de la izquierda revolucionaria?¿Acaso no se beneficia a la oligarquía  al no tener más posibilidad que la de legitimar el relevo en la administración gubernamental? ¿Acaso los partidos y los políticos con posiciones marginales y cooptadas no han sido funcionales a las políticas neoliberales y antipopulares, a la privatización de servicios públicos, a la agudización de la pobreza y la violencia extrema? ¿Cuál es la variación fundamental en la participación electoral de la izquierda en este momento, cuando ésta se posiciona como la «opción verdadera», «la alternativa» basada en un programa, estrategia, alianzas y prácticas ambiguas?
 
Participar en este momento y en estas condiciones significa continuar legitimando a un Estado construido para garantizar el salvajismo empresarial –como los robos de los bancos, de las empresas,  de los mall y los  supermercados–, la dependencia y sumisión hacia los organismos financieros internacionales y hacia el imperio norteamericano. Es legitimar a un Estado burgués, excluyente, represor. Todo esto bajo el argumento que es necesario competir, «incidir», ocupar espacios, lograr una voz de «oposición» en la Municipalidad en el  Congreso, etc.
 
Participar en estas condiciones es legitimar un sistema de partidos caducos, con partidos y políticos corruptos, incapaces, vende patrias, serviles y caudillistas.
 
Es legitimar un sistema burgués que sigue negando garantías de participación a los diferentes colectivos gremiales y sociales que claman por una justicia mayor y por un Estado que efectivamente los represente,  a decidir sobre sus prioridades en materia de desarrollo y a participar plenamente en la conducción de un nuevo Estado: democrático y popular. Es legitimar un sistema que sigue reproduciendo un sistema de repartición desigual de la riqueza social.  Por el contrario, a los obreros, a los mapuches, a la numerosa clase media, a los jóvenes, etc.,  se les utiliza como enganches electorales para agenciarse de un mayor número de votos y repartirse una parte o las migajas del pastel.
 
La lógica electoralista, además, ha provocado que supuestos líderes populares sean cooptados por el sistema, se conviertan en serviles de elites de poder económico y político y se corrompan.
 
Su voto es importante, dicen, para que con su complicidad se legalicen los atropellos en política internacional, el crecimiento de la brecha social y la pérdida de los derechos y libertades
 
Cada vez va siendo más evidente que las elecciones en Chile, en los años de la Concertación, son parte de la hegemonía lograda por la burguesía, en donde el pueblo y las expresiones de la izquierda se han dejado envolver y se han convertido -en esencia- en obedientes y consentidoras de la enajenación y desgracia popular.
 
Si usted es militante del P.S del PC del PPD, o de algún otro partido o movimiento de ámbito nacional -en la mayoría de los casos- ni siquiera ha podido participar  en la elaboración de los candidatos a concejales y alcaldes que presenta su partido, de modo que por esta razón -y otras muchas más- cuando la democracia ni siquiera funciona dentro de los partidos, qué pueden esperar el resto de los ciudadanos. Las listas son cerradas, sin fisuras, para que todo quede atado y bien atado.
 
Una vez elegidos, los concejales y alcaldes éstos harán los que se les plazca, jamás consultarán a sus militantes sobre las decisiones que han de tomar y mucho menos a los ciudadanos que los han votado. Sólo una pequeña elite decidirá a espaldas de los ciudadanos e incluso de sus militantes.
 
Su voto es importante, dicen, para que con su complicidad se legalice el crecimiento de la brecha social y la pérdida de los derechos y libertades de los ciudadanos. Por esta razón y por otras muchas, es que ha llegado la hora de votar en Chile, para las próximas elecciones de alcaldes y concejales, anulando el voto.  No hay otra alternativa si es que se tiene consecuencia de izquierda y algo de dignidad personal también. Con tu voto no debes seguir legitimando una política corrupta y  unos políticos corruptos.
 
Lo que cuenta es la participación y la suma de complicidades, colabore pues, cuantos más cómplices mejor, todo será más democrático y la conciencia de los políticos -si es que la tienen- quedará a salvo con su voto.
 
Por estas y otras razones, hoy son muchos los que, cansados de ser utilizados políticamente bajo la consigna de que la izquierda debe votar «por el mal menor», y al no tener un referente político que claramente los represente, en esta elección, van a votar nulo. A decir verdad,  un verdadero izquierdista si en la elección pasada no tenía estómago para votar por la Concertación, hoy tampoco debe tener  estómago para votar por esa farsa que se llama Junto Podemos aquella, cuya elite en su conjunto, ha consumado una gran traición.
 
Por último debo confesar que, desde que tengo noción, de elección en elección, toda mi vida he votado por los candidatos comunistas, tanto cuando fui militante, como cuando lo he sido sin carné. Ahora, con muchos  sentimientos encontrados,  tengo que reconocer que, por primera vez en mi vida de ciudadano, no voy a votar, o mejor dicho,  anularé mi voto, pese a que tengo estupendos amigos comunistas que van como candidatos.
 
El no hacerlo esta vez, no quiere decir que deje de ser comunista, porque más lealtad que al partido comunista chileno, que por esta vez, y por las razones dadas, ha dejado de representarme, mi lealtad la debo al marxismo, al comunismo y a mi propia conciencia.