Recomiendo:
1

Racismo en Chile: la violencia del mito Nacional

Fuentes: CI

El pueblo de los EEUU parece haber despertado. Luego del asesinato de George Floyd acaecido durante el 25 de mayo en el estado de Minnesota, diferentes ciudades a lo largo del territorio continental del imperio norteamericano se han alzado contra la ocupación y brutalidad policial que viven las comunidades afroamericanas.

Tan absurda y cruenta es la represión estatal, que el mismo oficial homicida ya poseía un escabroso historial, digno de un agente del apartheid sudafricano: George sólo fue su más reciente víctima. Esta cruda realidad es sistémica e histórica y atraviesa cada rincón de la sociedad norteamericana, por lo que no nos debería sorprender el violento movimiento de resistencia que ha surgido desde las vísceras del Leviatán yankee.

La historia de Norteamérica es la historia de la opresión racial en los EEUU, la una es constitutiva de la otra. Pero no nos engañemos, hay que ser claros en afirmar que el trabajo esclavo fue fundamental para el desarrollo de todo modo de producción colonial, desde Brasil a las costas del Callao, desde el Caribe hasta las fértiles posesiones de lo que hoy es EEUU. Todo proyecto de ocupación, en mayor o menor grado, se alimentó de la trata transatlántica de esclavos que desplazó a millones de personas africanas a las inclementes condiciones del trabajo colonial, el cual ya había arrasado con parte de la población indígena en América. 

Esta configuración y división del trabajo, se intensificó con la independencia de los estados-nación americanos durante la centuria del 1800. Las constituciones y declaraciones de las élites criollas fueron un mazazo para aquellos que, bajo brutal yugo, en vez de gozar las trasnochadas libertades prometidas, fueron obligados a servir, construir y levantar países enteros a costa de su tez oscura o sus ojos almendrados. Es en el sentido unitario e indivisible con que se fundan los proyectos nacionales americanos donde yace el quid del racismo; ahí está la negación del Otro como parte constitutiva del despliegue territorial estatal que emerge de la embustera nación; ahí está también la identidad totalizante que reduce a la minoría de edad y a la desaparición, a quienes orbitan fuera de la mitología de carácter nacional. 

El control sobre cuerpos negros está inscrito dentro de las tecnologías estatales americanas. Primero la esclavitud, luego la segregación y la brutalidad policial; históricamente la supremacía blanca ha demostrado poder a través del abuso de los cuerpos en las plantaciones y en las contemporáneas ejecuciones policiales. Es el mismo control y poder que expresan los carabineros cuando expulsan a hortaliceras mapuche de la racializada Temuco, o en las violentas entradas a comunidades, bajo bandera anti-terrorista, hiriendo a niños y ancianos, negándoles la mínima subsistencia cultural y económica. La normalización e invisibilización de este humillante control sobre las vidas de los mapuche son constitutivas de la inocencia del racista chileno, esa inocencia que insiste en pensar la relación entre el Estado y los peñi como una relación neutra, sin asimetrías ni violencias. Es la exacta inocencia que invoca la blanca Norteamérica estupefacta ante un racismo que nunca se fue, dándose una estocada directa al corazón del ego civilizatorio.

Desde una mirada interseccional es que las diferentes dimensiones de las violencias se relacionan entre sí, generando opresiones multifactoriales en razón de la etnia, género, diversidad funcional, clase, entre otras posibilidades. Es bajo el yugo de un Estado punitivista y extractivista que observamos los efectos del problema del racismo, el fenómeno de la migración y los diferentes desplazamientos de la opresión en las corporalidades racializadas, historias invisibilizadas de vidas violentadas en el espacio público y sobre todo privado. Abandonadas a su suerte, la diáspora mapuche, afrodescendiente y de países vecinos, asumen labores de limpieza, servidumbre y subordinación permanente. Existencias precarizadas por un Estado que desde la omisión se vuelve cómplice y principal actor en la persistencia del colonialismo interno; el caso paradigmático es el de las mujeres racializadas que, bajo condiciones específicas, han tenido que asumir el trabajo de empleadas domésticas y de personas blanqueadas, como las mujeres mapuche migrantes en Santiago, destinadas exclusivamente a las comunas más acomodadas, siendo sirvientas, cuidadoras, cocineras y un sinfín de labores resultado de la explotación. Aquí se vuelven evidentes tanto la continuidad colonial como el racismo silenciado e incluso legitimado desde el Estado chileno; generaciones de mujeres mapuche han vivido sobre sus cuerpos la explotación patriarcal colonialista, de servidumbre al hombre “blanco”, atendiendo a sus familias y asumiendo también el rol de crianza de su descendencia, mujeres que se alejan de sus propias familias por el peso laboral de un trabajo que no ve límites ni sabe de jornadas.

Frente a lo anterior, cuesta justificar los mitos democráticos y republicanos de nuestro breve Estado-Nación. Indefendible se vuelve el relato Portaliano en su anhelo de unificación y homologación imperialista que, mecánicamente, fue sumando territorio a una centralidad de naturaleza “chilena”, blanqueando cada porción de esta angosta y delicada “patria”. La incoherencia basal de este país se dilucida en la propia historia, aún más antigua que la ficción llamada Chile, del siglo XVII. En aquella centuria los mapuche arrebataron el triunfo a los españoles y lograron ser reconocidos, alcanzando la autonomía junto al dominio de un extenso territorio al sur del río Biobío. No sólo tuvieron soberania territorial con el parlamento de Quilín (1641), también el poder de doblegar la iniciativa hispana hasta los albores del siglo XIX. Según José Manuel Zavala, los mapuche pudieron enfrentar el poderío de la Corona, anulando sus imposiciones a través de un activo moldeamiento de la frontera, amparándose en la igualdad jurídica, pero también en instituciones fruto del compromiso cultural entre actores étnicamente distintos, en donde se relacionaron constantemente con sus propios términos.

No obstante, el siglo XIX trajo sus demonios de la mano de la construcción de identidad nacional. Bien apunta Jorge Calbucura, para quien la nación moderna se define desde una territorialidad alojada en la expresión geográfica. La relación de Estado y territorio sugiere la idea de la Nación, y desde aquí el concepto de soberanía. Con las proclamas de independencia bajo la influencia “civilizatoria” de la revolución francesa y norteamericana, se inauguraron representaciones simbólicas de la nación y patria. No eran más que eso, representaciones, mitos. Pero esta mitología trajo la determinación legal sobre territorios que se asumieron inhabitados y que recayeron en la jurisdicción de la soberanía estatal. Fue la tarea genocida de la negación del Otro emergida desde el nacionalismo embaucador de las clases altas de la novel República, las que comenzaron una expansión depredatoria protegidos por el destino manifiesto del progreso blanco y su libertad racial. Hacia la segunda mitad del siglo XIX la penetración al Wallmapu se tornaba irrefrenable y sangrienta, encubierta por los valores europeos, quienes con acento alemán desterraron y minimizaron la cultura mapuche al estereotipo del borracho y flojo, defendida con ahínco por los intelectuales de la época ¿De qué manera se explica la cómoda integración de europeos al relato nacional chileno, y la traumática negación de los pueblos que habitaban el territorio desde tiempo inmemorial? La respuesta se encuentra en el racismo sistemático creador de aquella República de Chile. 

En el siglo XX se configuraron esfuerzos políticos para responder a la humillante y reducida condición de los mapuche. Sin embargo, y debido a la limitada interpretación que se hacía desde la ciudadanía chilena de la “cuestión mapuche”, simplemente se entendió en tanto problema de índole campesino, indiferenciado de las demandas del mundo rural de aquel entonces, enfocados, sobre todo, en reivindicaciones sindicales y reformas del agro. Será en los 90s, con la vuelta a la democracia, que el Estado chileno abordará lo mapuche como problema étnico, comprometiéndose a respetar acuerdos internacionales de reconocimiento de derechos indígenas. A pesar de los compromisos, los gobiernos transicionales probaron ser más leales al modelo neoliberal, poniendo a disposición de la acumulación de capitales forestales e hidroeléctricos el brazo armado del Estado, el que ha cobrado la vida de decenas…La lista es larga y llena de horror.

El 15 de noviembre se realizó quizás el acto más racista de la historia reciente de Chile. En el aniversario de la muerte de Camilo Catrillanca, en medio de un Estallido Social que remeció los cimientos del nuestro Estado Autoritario, la clase política chilena en Santa Alianza acordó un pacto para desmovilizar a la sociedad insurrecta y repartir el sangriento botín. En este intento por subordinar el poder popular a un nuevo acuerdo entre sus elites políticas, se buscaba revitalizar el proyecto nacional, con el mismo espíritu que había subyugado y dominado a los mapuche desde la “pacificación” de la Araucanía. Entre quienes firmaron aquel vomitivo concordato, están aquellos ideológicamente cercanos a las luchas antirracistas gringas; incluso se atrevieron a participar de las campañas digitales contra la discriminación y declararon vehementemente que en Chile también existe segregación y brutalidad, dando sentido de urgencia atender a esta lucha. A pesar de esto, nunca se les ocurrió preguntarse por las formas racistas germinadas en Chile, es decir, de la realidad histórica de la marginación estatal chilena. Pues, plantearse el problema del racismo desarrollado en las entrañas de nuestro país, supondría acabar con su inocencia y ver su papel activo en la perpetuación del segregacionismo sistemático, al pertenecer, en tanto agentes, al absolutista Estado Nación. 

En conclusión, la cuestión del racismo hoy nos debería remitir a un examen de nuestro pasado y del proyecto nacional que el Estado nos ha impuesto como destino común. Desde la crítica al racismo y al Estado, es capital repensar la nación, no para negar la identidad chilena ni moralizar sobre los lenguajes que ocupamos para comunicar nuestras descargas contra el sistema, sino para plantear la necesidad de un nuevo sentido de nacionalidad que reconozca y comprenda a las demás naciones que habitan el territorio, para así poder generar una sociedad que respete la diferencia y genere valor a partir de ella, superando los autoritarios márgenes del Estado neoliberal-nacional. Por otro lado, debemos asumir el fenómeno de nuevos desplazamientos migrantes, quienes ya han tomado roles de servidumbre, como las mujeres peruanas quienes han sufrido de una racialización durante un largo tiempo. Hoy en día no hay duda de las múltiples violencias que el Estado y el gobierno ejercen sobre poblaciones y comunidades altamente empobrecidas, con casos que han sido mediáticos pero no lo suficiente para movilizar a la sociedad chilena en pos de la lucha por los derechos constantemente vulnerados de los racialmente marginados.
El Estado chileno cometió, y hoy lo sigue haciendo, crímenes contra la diversidad. Todos están en nuestro recuerdo, y con todos haremos nuestro futuro: Agustina Huenupe Pavian, José Mauricio Huenupe Pavian, Jorge Antonio Suarez Marihuan, Alex Lemun, Alberto Huentecura Llancaleo, Zenén Alfonso Díaz Nécul, Juan Collihuin Catril, Matías Catrileo, Rodrigo Melinao Lican, Camilo Catrillanca , Macarena Valdés, Alberto Treuquil, Rebecca Pierre y Joana Florvil…Otros miles antes, y otros miles que vendrán.

“Madre, vieja mapuche, exiliada de la historia Hija de mi pueblo amable

Desde el sur llegaste a parirnos

Un circuito eléctrico rajó tu vientre

Y así nacimos gritándoles a los miserables Marri chi weu!!!!

en lenguaje lactante.” 

(David Aniñir, Mapurbe)

https://capuchainformativa.org/2020/06/12/racismo-en-chile-la-violencia-del-mito-nacional/

1