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Reflexiones sobre «Reflexiones sobre la coyuntura»

Fuentes: El Clarín de Chile

Con su nota titulada «Algunas reflexiones sobre la coyuntura» (www.elclarin.cl), Eduardo Gutiérrez renueva con un género algo perdido de vista en la práctica política socialista. Es de agradecer y se agradece, tanto más cuanto que la brújula que permite comprender la realidad contingente y disponer de una lectura lúcida y objetiva del acontecer nacional parece […]

Con su nota titulada «Algunas reflexiones sobre la coyuntura» (www.elclarin.cl), Eduardo Gutiérrez renueva con un género algo perdido de vista en la práctica política socialista. Es de agradecer y se agradece, tanto más cuanto que la brújula que permite comprender la realidad contingente y disponer de una lectura lúcida y objetiva del acontecer nacional parece perdida hace lustros.

Una rápida lectura de los «aportes» difundidos por los diferentes sectores y corrientes del PSCH con ocasión del XXVIII Congreso conforta en esa desencantada opinión.

Al respecto es de destacar el preámbulo de la nota enviada por la «Renovación», páginas que se solazan en una especie de panegírico ditirámbico de la acción partidaria: desde Marmaduke a Bachelet una secuencia inagotable de éxitos y aciertos, puros triunfos, uno ya se extraña de que los aplausos no vengan integrados en el texto como solía ser el caso en la trascripción de los discursos de los líderes del «socialismo real».

Acaso algunos «errores» vienen a moderar la exultación que celebra el genio con el que han conducido el PSCH Ricardo Núñez, Camilo Escalona y compañía.

Pero los «errores» son «errores», están en la naturaleza humana y son el precio de la osadía de quienes son actores de la vida real, en ningún caso son faltas, aun menos descarríos, desviaciones o apostasías, de modo que en ese pasaje sólo falta incluir la mención «vivos aplausos prolongados».

¿Cómo si no premiar la franqueza que lleva a reconocer los pocos episodios en los cuales el liderazgo confiesa haber fallado?

En fin, que Eduardo Gutiérrez nos da la ocasión de reflexionar, de debatir, de contradecir sus opiniones o de abundar en sus argumentos. Y es de agradecer.

Eduardo comienza por decirnos que «a modo de hipótesis podemos señalar de que la coyuntura que se abre con el llamado «segundo tiempo de gobierno de Michelle Bachelet» no alterará en nada las correlaciones de fuerzas con que se venía moviendo la sociedad chilena».

En el lenguaje codificado que deleita a algunos responsables políticos el concepto «segundo tiempo» no puede ni debe ser asimilado a la noción de «fin de ciclo» evocada por nuestro amigo Jorge Arrate.

Jorge se refiere al agotamiento de las fórmulas políticas y económicas puestas en obra desde hace ya 18 años, y a la necesaria elaboración de propuestas alternativas que pongan remedio a los graves problemas sociales que se acumulan desde hace decenios.

En el concepto «segundo tiempo» se hace referencia al análisis pelotero del entrenador que aborda la mitad restante del partido conservando lo esencial -la camiseta, las reglas del juego, los árbitros, los espectadores, la estrategia, los objetivos-, pero introduciendo algunos cambios en el equipo en artimañas conocidas mayormente como «coaching».

Algo así como lo que hizo Alvio Basile entrenador argentino cuando su equipo iba perdiendo 5 a cero contra Colombia: le ordenó entrar al Turco García, un reserva, y le dijo a título de instrucciones: «Vos entrá, ponéte por ahí por el medio campo y hacé algún quilombo».

En otras palabras, un poco más de lo mismo adornado con algunos pingajos, historia de dar la impresión de que se sigue controlando la situación.

Eduardo concluye en modo pesimista: «no estamos en proceso de que se altere (en esta coyuntura) ningún eje de dominación: ni económico, ni social, tampoco por cierto ideológico, como de hecho tampoco ocurrió en la coyuntura pasada que damos por cerrada entonces con el término de «primer tiempo»».

Como relata «Se nos reventó el Barzón», -canción mexicana de Miguel Muñiz tan bellamente interpretada por María Inés Ochoa-, nos siguen robando, explotando, ninguneando, aefepeando, augeando, sostenedorizando, discriminando… «Y sigue la yunta andando…»

Coincidiendo con el diagnóstico, debemos no obstante constatar que Eduardo -desafortunadamente- no hace la pregunta que cabe: ¿Alguien creyó que Michelle Bachelet y la coalición que la llevó a la presidencia tuvieron nunca la intención de cambiar nada? ¿Ni en el primer ni en el «segundo tiempo»?

Los denodados esfuerzos que unos y otros hacen para proteger la imagen de la presidente no alteran el fondo del problema. Que Michelle «sepa» o no «sepa» lo que pasa, que se deje embarcar o que comparta las decisiones tomadas no cambia nada del resultado obtenido.

Por mi parte creo necesario afirmar, -por un irrenunciable deber de respeto hacia Michelle Bachelet-, que en su calidad de mandataria no solo está al corriente de lo que pasa sino que participa activamente de la toma de decisiones que nos ha conducido a esta situación algo surrealista caracterizada por un país «triunfante» poblado de chilenos perdedores.

A menos que uno la confunda, como parecen hacerlo quienes la «protegen», con el personaje del cuento infantil titulado Rapunzel…

También estimo necesario ir al fondo de las conclusiones que se imponen si uno concuerda con Eduardo Gutiérrez: si la defensa del statu quo es el elemento que caracteriza las políticas que impulsa y defiende el PS, quiere decir que el PS devino un partido conservador, esperando verlo transformarse derechamente en reaccionario. Otro asesinato de trabajadores, de estudiantes o de activistas mapuche más, y será cosa hecha.

Eduardo nos dice que por el contrario, «es en el tema de la política donde la coyuntura que se inicia puede mostrar las mayores sorpresas y esto básicamente porque los últimos acontecimientos en ese plano, particularmente la división de la DC, preanuncian un futuro reordenamiento de las fuerzas que sin lugar a dudas incidirán en ese ámbito».

Hasta ahora, para seguir con las metáforas futbolísticas, se suele aceptar «que no se cambia un equipo que gana».

Tal aforismo no hace sino poner en evidencia la contradicción flagrante que hay en la realidad descrita por Eduardo Gutiérrez: nada cambia en la correlación de fuerzas, nada cambia en la política económica, nada cambia en la institucionalidad legada por la dictadura, nada cambia, nada cambia… pero la superestructura política, los partidos, las coaliciones están destrozados…

¿Por culpa de tanto éxito?

¿O debemos entender que la división del PPD, la desintegración de la DC, la crisis de identidad que viven el PS y el PRSD, los espasmos que sacuden a RN y a la UDI, para no hablar del estado catatónico de las dos coaliciones, la pérdida de credibilidad de la política y de los políticos, la confusión de los programas, la cohabitación implícita e implícita entre los enemigos de ayer… no son sino el reflejo de una crisis más profunda?

Una crisis que no cesa de agravarse desde que la seudo democracia que instauró el dictador -y aceptó de buen grado la clase política que le sucedió en el poder- vino a cambiar los actores sin cambiar la película.

Digo cambio de actores, no del productor, ni del director, ni del guionista, ni por cierto de los «extras» o figurantes que para colmo de males no pueden -como quisieran- sustituir por un pueblo en plan «efectos especiales».

Precisando que, para más INRI, el director no dispone ni siquiera del «final cut» que se reserva, como siempre, la World Company.

De todo lo que precede Eduardo analiza las consecuencias y su incidencia en las elecciones municipales y luego presidenciales, asumiendo que las dos citas electorales constituyen el alfa y el omega, -el principio y el fin-, de la acción política.

El gobierno

Las metáforas en política son inevitables, Eduardo no las evita. Las metáforas guerreras son frecuentes y Eduardo las usa al decirnos que el Gobierno sigue conservando la iniciativa política a pesar de algunas «contraofensivas» de la derecha relacionadas con la delincuencia y la corrupción que han encontrado la «indiferencia de amplios sectores ciudadanos».

Uno se pregunta a qué apuntan las eventuales iniciativas políticas del gobierno que pudiesen contrariar los intereses de la derecha.

Los elementos que marcan el pasado reciente son los «acuerdos» transversales Concertación-Alianza, ilustrados por las manos juntas y alzadas de Escalona y Larraín, y sus voces cantando al unísono eso de «Puro Chile es tu cielo azulado…»

De ahí que sea contradictorio que para Eduardo «suene a contradictorio» que las encuestas muestren un cada vez más bajo entusiasmo por la derecha como por la Concertación.

Siempre en la tesitura de compartir el análisis de Eduardo uno puede comprender la falta de entusiasmo de «amplios sectores ciudadanos» si la alternativa es salir del fuego para caer en las brasas…

A mi juicio Eduardo Gutiérrez ve claramente el problema cuando afirma que «El fenómeno de la desafección hacia la política parece ser la tónica reinante, como también -para algunos- el amplio consenso liberal o neoliberal que cruza horizontalmente a la mayoría de los actores sociales y políticos».

Eduardo no hace sino repetir un consenso ampliamente compartido, pero tal vez haga falta subrayar que lo uno es la consecuencia de lo otro y exponer la misma frase en un modo algo diferente pero mucho más explícito:

«El amplio consenso liberal o neoliberal que cruza horizontalmente a la mayoría de los actores sociales y políticos hace que el fenómeno de la desafección hacia la política sea la tónica reinante».

Mi propio punto de vista concluye en que la «desafección hacia la política» es el rechazo hacia esa política puesta en obra por la dictadura y los «Chicago boys» y luego prolongada y profundizada por la Concertación.

A mi juicio Eduardo, como buen médico que es, propone un diagnóstico correcto pero sin llevar las conclusiones hasta el fin y sin adelantar la prognosis del mal. ¿Osaré pedir que nos dé el tratamiento? En todo caso su nota nos da la oportunidad de ampliar, de completar, de comentar su visión.

A la anunciada desafección por la política Eduardo opone algunas «honrosas excepciones»: el movimiento de los pingüinos secundarios, las huelgas de los trabajadores subcontratados del Cobre, el movimiento Mapuche y una minoría parlamentaria siempre crítica.

¿Y si tales manifestaciones no fuesen una «excepción» sino los signos precursores de otro modo de ver y de practicar la política? ¿Los elementos anunciadores de la posibilidad y de la necesidad del nacimiento de una alternativa?

La hipótesis que conduce a pensar que tales actores de su propio destino no son sino la vanguardia de un movimiento de fondo no puede ser excluida a priori.

Los pingüinos no eran un puñado de niñitos irresponsables sino cientos de miles de jóvenes conscientes de que su futuro fue entregado a la voracidad del mercado por la infinita irresponsabilidad de quienes administran el país.

Los trabajadores subcontratados del cobre no son sino la expresión del rechazo de una práctica atentatoria contra los derechos laborales tan generalizada que el propio Estado la hace suya ante el silencio del PS que en la materia navega penosamente entre las protestas de sus líderes sindicales, las condenas pronunciadas por la justicia y las declaraciones de apoyo al gobierno.

El ingente activismo del pueblo Mapuche no es una erupción imprevista sino la consecuencia de siglos de discriminación, de ceguera, de indiferencia, de sometimiento, de robo y de pillaje. Peor aun, la consecuencia de la negación de la existencia de un pueblo contra la cual ya había combatido lucidamente don Ambrosio O’Higgins en el siglo XVIII.

Por su parte, la minoría parlamentaria «siempre crítica» suele ser el único recurso de dignidad que le queda al Parlamento.

Minoritarios fueron los diputados que le negaron los plenos poderes a Pétain, como minoritarios fueron los que se opusieron a Hitler arriesgando su propia vida. No faltan en la historia universal los ejemplos de «minoritarios» que en el momento oportuno salvaron la dignidad de un pueblo y se transformaron en alternativa victoriosa.

Un examen cuidadoso de los conflictos sociales de los últimos meses lleva a pensar que las «honrosas excepciones» son legión, al tiempo que la represión sistemática ya no tiene nada de excepcional.

La economía

Como muchos observadores acríticos Eduardo sostiene que «La economía se observa vigorosa».

¿La prueba? «El año 2007 terminó con excedentes del Cobre del orden de los 16.000 millones de dólares. Otros índices mostraron una baja sostenida de la pobreza y extrema pobreza. Las ventas de autos nuevos aumentaron sustantivamente en el curso del año y las vacaciones fuera del país son una realidad instalada en amplios sectores medios gracias al crédito que los sectores de más bajos ingresos utilizan para comer y vestirse».

Es curioso que un estudio reciente muestre que sólo 46% de los chilenos piensa que la economía de mercado es buena para ellos, logrando poner a Chile en el décimotercer lugar en ranking regional de los adeptos del neoliberalismo. ¡Detrás incluso de Venezuela!

Puede que afirmaciones del tipo «La economía se observa vigorosa», sin hacer la crítica de la realidad, contribuya a explicar la «desafección hacia la política».

En todo caso no podemos ahorrarnos un análisis de la realidad de la economía chilena y de sus principales beneficiarios.

Dejemos para el último los excedentes del cobre, y alegrémonos de que el vigor de la economía pueda quedar demostrada por la venta de autos nuevos en un país que no produce ni las ampolletas de los faros.

Entre otros los EEUU, Japón, Francia, Alemania, Italia, España y más tarde Corea del Sur conocieron años prósperos gracias entre otros a una industria automotriz que generaba cientos de miles de empleos y salarios ventajosos con relación a otros sectores de la economía… ¿Pero Chile?

Por mi parte, mucho antes de leer a Joseph Stiglitz llegué a la misma conclusión que el Premio Nóbel de economía, sólo que diez años antes: «Ver atascos de Mercedes Benz en un país en el que el ingreso medio percápita es de 4.730 dólares es un síntoma de enfermedad y no una señal de buena salud. Y revela que la riqueza está concentrada en manos de una pequeña elite en vez de ser repartida equitativamente» («El Modelo neoliberal y los 40 ladrones». Luis Casado. Ed. Tierra Mía. 2003. Joseph Stiglitz «Globalization and its discontents». 2002).

Hoy en día, -según las estadísticas oficiales-, el PIB per cápita ha doblado y la aserción del párrafo precedente sigue siendo pertinente. Aun cuando uno tenga que tomar en cuenta que el sueño del automóvil propio ha ganado fuerzas gracias al Transantiago que nadie osa presentar como prueba del vigor de la economía.

La otra prueba adelantada por Eduardo tiene que ver con «las vacaciones fuera del país»… realidad instalada en amplios sectores medios gracias al crédito que los sectores de más bajos ingresos utilizan para comer y vestirse».

Entienda quién pueda. Asimilar el endeudamiento de los hogares chilenos que crece a un ritmo cercano al 20% al año -ya sea para vacaciones o para comer y vestirse- a un supuesto vigor de la economía es perder de vista que el salario no alcanza ni para comer, ni para vestirse, ni para tomar vacaciones, olvidar que la remuneración del trabajo sigue siendo la pariente pobre del modelo, que el obispo Goic tiene razón al reclamar «un salario ético», en otras palabras olvidar los principios que alguna vez guiaron la lucha del socialismo chileno y, aun peor, coincidir con las imbecilidades proferidas en su día por Vitorio Corbo.

Tal vez este endeudamiento, que ya sobrepasa con creces 60% del salario disponible anual, tiene algo que ver con el crecimiento de la masa monetaria más del 18% al año-, y con el regreso de la inflación. O viceversa, ya sabes como son los razonamientos de los economistas. Como quiera que sea, no basta con limitarse a la afirmación osada que proclama que «La economía se observa vigorosa».

Y puede que conviniese precisar que la tasa máxima de intereses aplicable a los créditos al consumo (tarjetas de crédito incluidas) es del 49,17%, cifra usurera donde las haya.

No. Para Eduardo basta con afirmar que «La economía se observa vigorosa».

Si habla de los beneficios de las multinacionales, del lucro del comercio detallista que ahora llaman «retail», de las utilidades de la banca, de los miríficos dividendos la minería privada del cobre y de los cuarenta o cincuenta grupos que concentran el 80% de la actividad económica… eso es otra cosa.

Y hablando de inflación, no sé si interpretar la cifra de 7,8% (más del doble de la prevista que era de un 3%) como un signo de vigor de la economía.

En todo caso la palabra final la tiene -como siempre-, Andrés Velasco ministro del FMI y accesoriamente de hacienda. Al dar a conocer la cifra de 7,8% de inflación el ministro declaró textualmente:

«Si Ud le quita la energía y los alimentos, la inflación fue solo de un 2,6%, muy por debajo de nuestras previsiones» (sic).

Como dice Armen Koumyoumdjian «¡Fantástico! Si Ud no come y se congela las pelotas, puede llegar al paraíso sabiendo que se cumplieron las previsiones!»

Finalmente, el crecimiento y los excedentes del cobre también tienen su detalle. En mi libro «No hay vacantes» (Ed. El Periodista. 2001) yo afirmaba que el crecimiento con el que nos han titilado los esfínteres en Chile está muy ligado al pillaje del cobre, lo que queda muy lejos de constituir un aumento del patrimonio nacional. Muy por el contrario, las empresas beneficiarias de las encomiendas, repartos y concesiones se llevan «la materia» y nos dejan el hoyo o agujero según sea el caso.

Las empresas mineras no pagan impuestos, no pagan el cobre que se llevan, devienen propietarias del suelo y de lo que hay en el subsuelo, no nos dan ni las gracias, y a eso le llaman crecimiento.

Que se sepa, el «excedente» obtenido por tales compañías no forma parte del superávit fiscal sino del flujo financiero que el país le contribuye a las multinacionales.

En lo que se refiere a los presupuestos del Estado los «excedentes» dependen como se ha dicho, entre otros, del precio del cobre. Los pitonisos de la previsión económica (diario «Estrategia» del 15/10/2003) estimaban que «a 90 centavos de dólar la libra, Chile crecerá un 4,5% en el 2004, una décima más de lo previsto por el optimista Ministro de Hacienda.

Simple hipótesis: ¿Y si el precio subiera a 1,20 dólares la libra? Chile «crecería» sin necesidad de aumentar su producción… y aun disminuyéndola. Y empleando menos trabajadores» («El modelo neoliberal y los 40 ladrones». 2003). Hoy por hoy el precio está por encima de U$ 3,00 la libra…

¿Cual es la parte del «genio empresarial» en las tasas de crecimiento y en los excedentes del cobre? ¿Cual es la parte de que representa el verdadero «vigor» de la economía?

¿Por qué, como suele ser el caso cuando las cosas van mal, nadie hace referencia a las condiciones externas, a la coyuntura internacional?

Coyuntura internacional a la que Eduardo no le dedica, desgraciadamente, ni una línea y que merece páginas y páginas habida cuenta de la anunciada recesión que golpea o golpeará la economía de los EEUU y arriesga ralentizar la de Europa y el mundo para no hablar de la nuestra.

Por otra parte Eduardo ni siquiera nos cuenta que la mitad del superávit estructural viene del cobre y la otra mitad del resto de las actividades económicas, elemento que pudiese parecer banal sino fuese porque la justificación para no aumentar el gasto público es que hay que guardar plata para los años de vacas flacas, cuando baje el precio del metal rojo.

Si se toman las cifras del DIPRES (Dirección del Presupuesto del ministerio de hacienda), las Entradas están evaluadas en 17,417 millardos (en pesos), de los cuales 3,188 millardos netos del cobre, los Gastos en 10,958 millardos, lo que da un excedente de 6,459 millardos de pesos de los cuales el Cobre aportó solo el 49.35 %.

Estas cifras pudiesen respaldar la afirmación de Eduardo en el sentido que la economía va bien, y no solo la que está estrechamente ligada al metal rojo. No obstante, un análisis detallado mostraría que en lo esencial Chile exporta productos básicos no elaborados, materias primas sin valor agregado.

¿Qué es lo que ha cambiado con relación a otras épocas históricas en las cuales Chile conoció tasas de crecimiento superiores a las actuales?

(Para el conjunto de la región latinoamericana la tasa de crecimiento anual en el período 1950 – 1960 alcanzó 6% y en el decenio siguiente 6,9%. Entre 1971 y 1973 la tasa de crecimiento fue de 8,3%. No obstante, la posición relativa de América Latina en el conjunto de la producción industrial mundial permaneció invariable, oscilando alrededor de 3,4%. Su participación en el total de exportaciones industriales del Tercer Mundo bajó de 18,9% en 1970 a 16,1% en 1978 [1]. Entre 1960 y 1965 la producción industrial chilena creció a un tasa promedio de 7,30% «Transferencias de tecnología y desarrollo». Luis Casado. 1982).

En el período 1970-1974 Chile exportaba sobretodo cobre, hierro y harina de pescado que totalizaban un 68,20% del total.

¿Qué ha cambiado con la célebre «diversificación de las exportaciones»? ¿Dónde está el valor agregado? ¿Dónde están los productos industriales, financieros y tecnológicos sofisticados que incorporan materia gris?

¿Tal vez en ese gran éxito conocido como la «previsión privada» que Chile intenta exportar a otros países?

Veamos.

Cuando llega el momento de las conclusiones el principal elemento de juicio es lo que la gente recibe en sus bolsillos. Esto puede parecer obvio, pero no se pueden alcanzar pensiones altas si los salarios son miserables.

En Chile, el salario medio a fines de Octubre del 2007 estaba en torno a U$ 676 mensuales, solo 130 % más que el salario mínimo.

Si tomamos la pensión media que reciben las 634,523 personas que la cobraban a fines de Octubre del 2007, ella llega apenas a U$ 323 mensuales, o sea 48 % del salario medio y solo 10 % más que el salario mínimo. En Chile eso no es precisamente una fortuna.

¡Ah! los viejos sistemas previsionales. Quienes se quedaron con ellos están recibiendo una pensión media más alta.

Mientras tanto, en los primeros nueve meses del 2007 las seis AFPs chilenas hicieron un beneficio neto de 240 millones de dólares, o sea un incremento del 33.6 % con relación al 2006. La remuneración por acción subió en un 26.3 %. Las AFPs recibieron 705 millones de dólares en comisiones.

¡Vaya negocio! Pero… ¿Para quién?

Como dice Eduardo: «la sacrosanta industria de las pensiones del sistema AFP seguirá administrando miles de millones de dólares que reeditarán más poder económico y político a los mayores grupos monopólicos nacionales e internacionales».

¿Ese es el exitoso modelo que hay que exportar?

Entretanto, ¿hay que creerle a las cifras e índices que, según Eduardo, «mostraron una baja sostenida de la pobreza y extrema pobreza»?.

En más de alguna ocasión he sostenido que el nivel de pobreza y de indigencia depende esencialmente de la definición estadística de la indigencia y de la pobreza.

Las que prevalecen en el Chile de hoy datan de los tiempos de la dictadura, a nadie se le ha ocurrido cambiarlas… De acuerdo a esos criterios, efectivamente la pobreza y la indigencia han disminuido.

Si tomásemos los criterios estadísticos de la Unión Europea, según los cuales es pobre quién dispone de un ingreso inferior al ingreso medio del país en cuestión, en Chile sería pobre aquel que obtiene menos de 190 mil pesos mensuales, o menos de 760 mil pesos para una familia de cuatro personas (los resultados serían similares si tomamos la definiciones prevalecientes en los EEUU).

De golpe, la proporción de pobres e indigentes nos aplastaría.

Porque para los criterios del Casen, no es pobre quién obtiene un ingreso superior a 49 mil pesos mensuales…

El mejor modo que se ha encontrado para disminuir la pobreza y la indigencia consiste en manipular los términos que las definen. Y este es el caso de Chile. ¿Vigor de la economía?

Como quiera que sea, hay que coincidir con Eduardo Gutiérrez en que «el afán principal del Gobierno es que el modelo actual funcione sin problemas, que no abra contradicciones y pugnas en la sociedad chilena y eso explica en parte el hecho de que las propuestas de reformas, tanto de la educación como del sistema de pensiones no pongan un ápice en cuestión las bases estructurales del modelo».

Es lo que me lleva a concluir en que este gobierno y quienes lo sostienen son conservadores: por ello no debe sorprender que entre la derecha Concertacionista y la derecha Aliancista sea tan fácil lograr acuerdos legislativos sobre lo esencial.

Eduardo Gutiérrez lo dice con estas palabras: «En este marco se ha instalado en la Concertación y en el Gobierno una idea mayoritaria de que es necesario abrirse a pactos y alianzas con la derecha».

Y Eduardo se pregunta: «¿Qué fenómenos han ocurrido para que un Gobierno ganador con más de 500.000 votos por sobre la derecha, con una cámara de Diputados y un Senado con mayoría concertacionista, con una situación económica promisoria nunca vista producto de los excedentes del Cobre haya llegado a este punto?»

Simple compañero Gutiérrez: ninguno. Ha sido así desde el principio. Si no fuese el caso, cítenos al menos un caso de legislación significativa (en el plano económico, financiero, institucional, político, educacional, de la salud, laboral, etc.) aprobada por mayoría concertacionista, en contra de los criterios de la derecha.

Las causas de la crisis no hay que buscarlas en las disensiones internas de la Concertación o de la Alianza, ni las causas de las disensiones en la crisis política.

Ambos fenómenos no son a mi juicio sino el revelador del profundo malestar del pueblo de Chile para con un modelo institucional, económico, financiero, laboral, productivo y cultural que lejos de responder a sus aspiraciones no hace sino considerarlo un objeto, una variable de ajuste, una masa amorfa y estúpida de consumidores alienados.

A fuerza de no poder expresarse abiertamente en ningún partido político, ese malestar termina por manifestarse en todos ellos.

Queda por determinar cual, entre el cúmulo de reivindicaciones postergadas, pudiese jugar el papel de detonador de la crisis, esa que pondrá en cuestión la perennidad del modelo.

La derecha

Eduardo le dedica algunas líneas al análisis del comportamiento de la derecha transformada en articuladora «de la marcha de Gobierno» y consciente de ello.

Su constatación es clara y definitiva: la llamada derecha «blanda», los «bacheletistas-aliancistas» tienen razón cuando se preguntan: «¿por qué mostrar contradicciones antagónicas con el Gobierno si estamos en lo mismo…?»

Efectivamente, ¿Por qué?

Esto lleva a Eduardo a señalar que «Este diseño empataría con la idea asumida-transmitida- por lo medios de comunicación que aislaría las tendencias extremas, disociadoras del consenso liberal cuya base material sería el éxito del modelo. Así, la secuencia lógica del discurso sería: alternancia en el poder, (pero jamás tocar el poder económico), amplios acuerdos para que Chile progrese y por qué no: gobiernos de unidad nacional (al estilo Sarkozy en Francia)».

¿Y por qué no citar además al gobierno de Angela Merkel en Alemania, que reúne en santa alianza la derecha tradicional a la socialdemocracia no menos tradicional?

Tal ejemplo es mucho más pertinente que el caso francés, a la luz de la historia reciente y pasada.

La conclusión de Eduardo también es clara: no hay ningún cambio que esperar de este gobierno, «Más bien la tendencia será seguir al mismo paso de los últimos minutos del «primer tiempo»».

De acuerdo Eduardo, de acuerdo. Solo una observación ya mencionada más arriba: ¿Quién creyó seriamente que este gobierno y su presidente llegaron al poder para cambiar nada?

Los presidenciables

La inevitable cuestión que ocupa a las direcciones de los partidos también es abordada por Eduardo Gutiérrez que se limita a exponer las maniobras en curso: las de la DC, las de Lagos, las de Insulza, las de Escalona, en fin, las maniobras.

En esta parte del texto echamos de menos la pregunta que cabe de cajón: ¿Y a quién le importa?

Del propio análisis de Eduardo queda claro que en Chile cualquiera sirve de presidente si acepta no cambiar nada en el modelo económico. ¿En esas condiciones a quién preferir?

¿A un triste remedo de estrella de Hollywood como Sarkozy? ¿O a una forma de expresión mesiánica sin raíces partidarias ni ideológicas como Ségolène Royal? ¿A un empresario exitoso, malandrín y estafador como Berlusconi?

¡Que importa!

Si después de todo nada cambia, y nada cambiará hasta que el pueblo de Chile no se decida nuevamente a ser actor y protagonista de su propio destino.

Hasta entonces, en la perspectiva de contribuir a generar una alternativa, habrá que impulsar el principal elemento que pudiese abrirle las puertas a una salida democrática, pacífica, integradora: la convocación de una Asamblea Constituyente que dote al país de una Constitución que sea el reflejo de las aspiraciones y de los intereses de la inmensa mayoría del pueblo de Chile.

Para ello Eduardo estima «acertado prever un proceso de acumulación de fuerzas de más largo plazo» y tiene razón.

En esa perspectiva Eduardo Gutiérrez espera que el XXVIII Congreso sirva a la elaboración político-ideológica que se resume en la «construcción de una nueva alianza para un nuevo proyecto democrático popular».

Entre dos o tres disensos queda claro que estamos de acuerdo en eso, en lo esencial.

No obstante, para hacer realidad esos objetivos, aun queda por unir detrás de ellos a la mayoría de un partido controlado por métodos que no tienen mucho de democrático.

Ese es uno de los grandes desafíos inmediatos.

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Luis Casado es miembro del Comite Central del Partido Socialista de Chile.