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Reinventar el proyecto humanista para la paz

Fuentes: Rebelión

Los espacios libres que deje la guerra en las universidades constituye una invitación para completar la agenda de la paz con la reinvención de un proyecto humanista, que resulte de adelantar las demandas hasta ahora silenciadas contra la sujeción y opresión. Humanizar la universidad implica asumir la tarea de rediseñar la formación para tener mejores […]

Los espacios libres que deje la guerra en las universidades constituye una invitación para completar la agenda de la paz con la reinvención de un proyecto humanista, que resulte de adelantar las demandas hasta ahora silenciadas contra la sujeción y opresión. Humanizar la universidad implica asumir la tarea de rediseñar la formación para tener mejores seres humanos, mejores masculinidades y modos de feminidad, mejores ciudadanos y profesionales éticos responsables social y políticamente con las transformaciones que requiere el país para descolonizarse y pensar por cuenta propia. Pero asimismo defender su autonomía y carácter publico, laico y librepensador, con una plataforma de lucha nacional-local, antes que culmine la privatización trazada por la OCDE, la OMC y el BM.

El proyecto mercantil de universidad, define un modelo que floreció en medio de la guerra y que con su final deja ver sus crisis de legitimidad y de gobernabilidad que ha utilizado para cambiar el modo de ser de campus del saber por campos de negocios. Destituir este modelo implica enfocar todas las fuerzas, contra sus técnicas de poder, sus imaginarios, sus modos de acción propios y sus responsables, que tienen en retirada los conceptos y practicas que sostenían al proyecto humanizador.

El control del modelo lo tienen los Consejos Superiores (y secuencialmente otros espacios colegiados) en donde los representantes de baja o nula legitimidad, actúan por cuenta propia y dedican esfuerzos a ajustar reglas a la medida de sus intereses político-mercantiles particulares. La sujeción la ejercen como herederos de los grupos dominantes de los siglos XVII y XVIII que llegaron a exigirle a los estudiantes un certificado de limpieza de sangre y otro de pertenencia a la religión cristiana [1], en consideración a que la universidad era el refugio de una elite conservadora que las entendía como su espacio de poder. En su momento fueron derrotados por grupos académicos (por lo menos en América Latina) que proclamaron la independencia y autonomía para darle a la universidad su propio gobierno.

La opresión es agenciada desde las orientaciones de los Consejos esencialmente patriarcales y masculinos, que imponen sus prejuicios e intereses ajenos a la misión humanística encomendada, que actúan como un grupo cerrado que gira sobre sí mismo, ajeno al cultivo del espíritu, las libertades y el desarrollo cultural de un sentido de humanidad y solidaridad, se apartan del derecho común convencidos de ser incuestionables dueños de la verdad y portadores de un status particular, que usan para señalar el destino de la institución y mantener bajo amenaza la vida misma de quienes trabajan en ella, porque controlan empleos y presupuestos, en una sociedad en la que la guerra y la violencia ha dejado una estela de necesitados, expropiados, excluidos y desempleados.

Este modo de poder en decadencia, impone una lógica de beneficio que mina por la base la formación de seres humanos en toda su expresión e instala el riesgo progresivo de eliminar cualquier forma de respeto por la persona y por las ideas. Las técnicas de poder ratifican en ellos la idea de que gobernar es mandar, tener gente a disposición, usarla y hacerla subalterna, ejercen la violencia con cada decisión contraria a los derechos conquistados. Ponen barreras que impiden gobernar con autonomía, solo permiten administrar bajo su mando, para ellos las personas son mercancías, y las mercancías nuevo capital, ofrecen favores y distribuyen privilegios por lealtades personales.

Este modo de poder ha puesto a las universidades al margen de los acontecimientos del contexto social, por sus discursos de odio se entiende que para ellos las guerras solo terminan cuando sea eliminado el ultimo adversario; que la paz es solo su oportunidad de negocios; persiguen la protesta y hacen lo que sea para conjurarla; hostigan a quienes piensen de otra manera y hacen parte de una clase política obtusa y miope que adelanta la disolución cultural de la nación y de la universidad empujándola al vacío. Este modelo de Consejos Superiores, define el modelo de universidad e impone una agenda en la que los presupuestos y el manejo del personal constituyen el punto central de sus obsesiones, sin preguntar por las causas y los responsables de los faltantes, ni por los sistemas de desfalco y corrupción establecidos a su amparo o por los impactos sobre los mas débiles, inocentes y despojados, sean trabajadores, profesores o estudiantes.

Separación total de las raíces del humanismo

El modelo de universidad representada por este tipo de Consejo Superior, perdió de vista el proyecto humanista, inclusive del mas lejano, cuyas bases las sentaron hace 800 años los estudiantes y los profesores, -resultado del fenómeno urbano-, que asociados conformaron corporaciones o gremios de oficios entre ellas la universidad como ente integrado por una forma administrativa, unos programas y unos métodos de enseñanza. De los métodos emergió el intelectual como actor social encargado de profundizar y difundir el saber, tarea que realizó en su propia casa, en el mercado, en el convento o en la plaza, porque no había un lugar determinado para el saber. Instituyeron un calendario con una media de 145 días lectivos de clase al año, con vacaciones previstas en pascuas y navidad y sin clases en fechas de celebraciones religiosas, festividades estudiantiles o lecturas de tesis doctorales. Del modelo de organización de las Villas tomaron tres privilegios esenciales: La Autonomía Jurisdiccional; El derecho de huelga y de secesión (librepensamiento: libertad para separarse de una corriente mayoritaria, política, artística, literaria) y; El monopolio para ofrecer títulos. Organizaron facultades con profesores y estudiantes de una disciplina dirigidas por profesores titulares designados por ellos mismos.

Para la formación humanista todos los estudiantes debían asistir a la Facultad de Artes, de la formación profesional se encargaba el saber especifico, lo útil era todo aquello que contribuía a hacer mejores humanos. El Rector como jefe de la universidad disponía de las finanzas y presidía la Asamblea General y podía ser reelegido, pero su periodo era solamente de un trimestre (como ocurría en Paris), retomando de la idea antigua de que hay cargos que después de un día pueden corromper el espíritu. El examen era la pieza clave mas cuidada del sistema de ingreso de estudiantes y de profesores (hoy ya no es confiable ningún tipo de concurso de méritos). En el siglo XIV las universidades construyeron edificios propios [2] y su auge humanista se debió a que fue entendida por la sociedad como el palacio del saber, capaz de arrancar al ser humano de su fiereza y crueldad (barbarie) y elevarlo a la sabiduría [3], que era equivalente a la relación de teoría y practica para articular el entendimiento con el deseo. El entendimiento era la potencia del alma que permitía distinguir al humano de las bestias. En eso radicaba su papel de formadora integral que se actualizó siglos después con las conquistas de Autonomía de 1918 en Córdoba y en 1968 con el mayo Francés. Todo eso hoy le resulta inútil al proyecto mercantil que con sus practicas fomenta la crueldad y la barbarie y pone barreras que eviten la conciencia, el entendimiento y la construcción colectiva.

Recuperar la capacidad y potencia de lucha por un proyecto humanista en el marco de una agenda de paz, es una tarea colectiva, que arranque de sus entrañas las malformaciones del modo de poder vigente y hacer responsable al reducido grupo de poder que ha impuesto el modelo de universidad mercantil, a través de administradores y funcionarios leales al sistema político clientelista enviando a la periferia lo académico, lo científico y lo cultural y poniendo en el centro al capital que destruye lo humano. Reinventar o reconstruir un proyecto humanista para un país en paz, es tarea de las mayorías universitarias, de sus excluidos internos, la minoría ilustrada de intelectuales, académicos resistentes, estudiantes beligerantes y comunidad universitaria toda en rebeldía hasta derribar las estructuras del modelo que hace metástasis entre autoritarismo, corrupción y clientelismo.

La apuesta de paz universitaria tendrá que ser por crear y asentar formas alternativas de poder constituyente humanista, que devuelvan la utopía, la capacidad de imaginación, los sueños de futuro y la construcción efectiva de paz. Solo un saber con una teoría y una practica emancipadora, comprometido con la realidad material de la sociedad y una institución plural, ética y sin dueños, podrá ser capaz de garantizar que el saber tenga valor en sí mismo, dignifique la vida humana y promueva el respeto y solidaridad en un contexto de paz, en contra de la barbarie, la crueldad y la perversidad de quienes tienen convertida a la universidad y su gente en meras mercancías.

Notas:

[1] UNR.edu.co. Breve historia.

[2] Ibáñez, Liliana y Mampel Nèlida. Historia Medieval, Las universidades, siglo XII-XIII. Pirenne, Henri, Historia Económica y Social de la Edad Media.

[3] Flórez, Miguel. La Recepción del Humanismo en España, Salamanca 2003.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.