Debió ser allá por estas fechas del año pasado cuando tuve el tiempo y el estómago suficientes para ver Cómo cazar a un monstruo. La mini-serie documental se centra en el caso de un pedófilo que permanecía impune y, de facto, prófugo, hasta que es detenido en el propio curso de la realización de la misma.
Hasta ese momento, Carles Tamayo era un absoluto desconocido para mí. Cómo cazar a un monstruo, aun pudiendo ponerle algún «pero», me pareció que constituía un buen ejemplo de aproximación a la crónica de sucesos que no explota el interés mórbido del espectador. También me agradó comprobar, aunque el «personaje» pone mucho de su parte, que el montaje no juega lo más mínimo con la posibilidad de que el delincuente deleznable que lo protagoniza pueda resultar un antihéroe simpático.
La obra, por tanto, presenta una doble virtud ética que me parece fundamental, dado su objeto. Y, bajo esas condiciones, consigue un resultado compositiva y narrativamente interesante, aportando indicios no menores de la complicidad de ciertas instituciones religiosas.
A mi gusto ese habría sido un hilo del que se podría haber tirado más, pero por supuesto en ese caso la investigación del documental se habría desviado. También se queda sin abordar en profundidad otro problema interesante, que es el de la despreocupación de las familias cuando ya hay rumores que señalan al pedófilo como tal y no toman medidas drásticas para alejar a sus hijos de él.
Cuento todo esto para que se entienda que, de inicio, mi opinión sobre el trabajo de Tamayo fue positiva, aunque limitada a una muestra reciente. A estas alturas sigo sin haber visto la mayoría de sus reportajes más conocidos pero, dado el precedente con el que contaba, sí he querido ver sus reportajes en RTVE, emitidos bajo la cabecera común Se nos ha ido de las manos. El tercero apareció hace apenas unos días y todavía no he tenido ocasión de verlo, así que queda al margen de mi comentario.
El primero, relativo a las condiciones del actual ciclo especulativo en el mercado inmobiliario y a las actividades de los fondos buitre, me pareció que aportaba un enfoque agudo. Lamenté, en todo caso, que no se diera recorrido completo a la operación que plantea de inicio, pues habría sido audaz convertir la producción de un documental en la palanca para salvar, de verdad, un bloque de viviendas de la acción especulativa de un fondo.
El segundo, sin embargo, me ha parecido un naufragio estrepitoso, que adolece precisamente de aquello que pretende denunciar. En resumen, un reportaje que en principio debía versar sobre el gran apagón que sufrió España en 2025, vira de repente hacia el problema de la difusión de bulos y noticias falsas en redes, centrándose de hecho en los que aparecieron en torno a la catastrófica DANA que azotó Valencia en 2024.
El resultado, pretendiendo abarcar mucho, no aprieta nada. Lo sucedido en Valencia es suficientemente grave como para merecer un trabajo documental monográfico. El gran apagón, por su parte, es un incidente que combina explicaciones científico-técnicas complejas e intrincadas relaciones institucionales. En tercer lugar, constituye un problema distinto, igualmente relevante, la relación de la audiencia contemporánea, más (de)formada que nunca y con la atención triturada por las industrias culturales, con la información, ahora que el uso masivo de Internet y el desarrollo de la Inteligencia Artificial Generativa abren fuentes potencialmente infinitas de ruido.
El documental, que pretende tratar el gran apagón, cambia sorpresivamente de objetivo cuando Tamayo y su equipo deciden que, en realidad, no hay nada que explicar porque está muy claro lo ocurrido. Sin embargo, precisamente lo que muestra el reportaje hasta ese punto es que hace falta un esfuerzo muy poco atractivo para aclarar las cosas. Primero se yuxtaponen, de forma deliberadamente fragmentaria y desordenada en el montaje, varias entrevistas a expertos que describen de modo no del todo idéntico cómo funciona la corriente alterna, y cómo se relaciona la tensión de la corriente con, por un lado, los diferentes sistemas de generación de energía eléctrica y, por otro, la configuración de la red. Este tramo del montaje sirve de hecho para mostrar que no se trata de un asunto accesible porque explicarlo requiere el uso de un vocabulario técnico y dar cuenta de relaciones complejas.
Para solventarlo, Tamayo recurre a la colaboración de José Luis Crespo, físico dedicado a la divulgación científica a través del canal Quantum Fracture. Como no podía ser de otra manera, la explicación de Crespo es fantástica, pero deja dos grandes vacíos sin cubrir.
El primero, obviamente más alejado de los fines del reportaje pero no exento de interés, es el de la propia naturaleza del fenómeno electromagnético y de los conceptos que utilizamos para describirlo: la idea general que tenemos de una «corriente» de electrones que se comporta como una «onda» con una amplitud y una frecuencia determinadas entraña problemas profundos que ponen de manifiesto los límites de nuestra comprensión científica de la realidad. Aunque desde un punto de vista ingenieril las explicaciones de las que disponemos «funcionen», y aunque estas basten para dar una explicación suficiente, quizá no completa, de lo ocurrido el año pasado, los límites de lo que conocemos no dejan de cavar madrigueras de conejo para quien quiera adentrarse en ellas. Pero esto no atiende a ninguna teoría conspiranoica ni sirve para alimentarlas. Y a Tamayo, que no es un documentalista dedicado a la divulgación científica, tampoco le interesa lo más mínimo.
El segundo problema es el de la relación entre las fuentes de generación de energía eléctrica y la variación de la alta tensión. El reportaje explica mínimamente por qué esas variaciones deben ser compensadas, cómo se produce esa compensación, y por qué si esa compensación falla el sistema colapsa por completo y tarda un tiempo en volver a activarse.
Sin embargo, y precisamente porque parte de la decisión editorial de considerar que son necesariamente torticeros los intentos de relacionar el gran apagón con el peso de la generación renovable, esta relación queda tratada de soslayo, en el límite de la manipulación. Lo que viene a decir el reportaje es que está claramente acreditado que el origen del apagón no está en el uso de las renovables (y así lo señalan cortes de expertos que, casualmente, tienen vinculación con el sector) sino en un problema de gestión de los desequilibrios de tensión en el sistema… que se acentúan por las características de la generación renovable (como señala brevemente el corte de otro experto). En todo caso, subraya, ya se han tomado medidas para tratar de asegurar que los mismos errores no vuelvan a ocurrir en el futuro. «Aquí no hay nada que ver. Circulen».
Se abre, pues, una vía de indagación crucial que Tamayo y su equipo omiten y clausuran deliberadamente. Bajo la excusa de que no se quiere alimentar el bulo que «culpa» a «las renovables», se omite el hecho real de que la generación renovable tiene peculiaridades técnicas que complican la gestión de la tensión. Esto es relevante no porque haya que cargar contra ellas, sino porque el gran apagón se produce porque no funcionan como es debido los mecanismos de compensación que son cada vez más necesarios, precisamente, conforme aumenta el peso de la generación renovable. Ese fallo no es accidental, sino que se debe a que ciertos agentes incumplieron sus obligaciones por razones que quizá sean solo económicas (ahorro de costes), pero podrían ser políticas (¿conflicto entre renovables y no renovables?, ¿tensiones con el Gobierno?). Pero todo esto el reportaje prefiere no discutirlo, supongo que para no pisar el juanete de ninguna gran empresa del sector eléctrico.
Por otra parte, no se hubiera requerido una labor periodística prolongada y cuasi-clandestina, mediante cámaras ocultas, confidentes anónimos, o cómplices infiltrados, para señalar ciertas responsabilidades. Los procesos de investigación y sanción se han venido sucediendo durante el último año y se han hecho un hueco estos días entre los titulares de los grandes medios. Sí habría hecho falta un trabajo de investigación que podría incomodar a ciertas instancias de poder, y reconocerle al público la suficiente inteligencia.
Tamayo y compañía, sin embargo, prefieren no transitar esa senda. A cambio, para colarle al espectador esta omisión deliberada y un cambio de tema radical a mitad de metraje, su reportaje incurre en una doble manipulación descarada:
El montaje fraccionado de las entrevistas a expertos aturulla al espectador, y la constante insistencia de Tamayo en la dificultad del lenguaje técnico y la complejidad del fenómeno alimenta en él la sensación de que no puede exigir una explicación exhaustiva. A eso se añade la escasa contextualización de las entrevistas a expertos. Aunque una cartela indique que quien niega que la generación renovable de energía tenga algo que ver con el apagón pertenezca profesionalmente a la propia industria, la brevedad de los cortes y la rapidez del montaje diluyen la aclaración para el espectador no atento, y por tanto no alerta sobre la posible parcialidad de sus opiniones.
Si, cerrado el caso, le queda alguna duda, la responsabilidad ya no es del documental, que muestra un esfuerzo titánico para hacer accesible un tema críptico, sino en todo caso del espectador, que no es lo suficientemente listo. Eso, o resulta que no es de nadie, porque el tema es demasiado difícil, y ha sido necesario simplificarlo.
Por otra parte, se insiste reiteradamente en que, en realidad, está muy claro por qué se produjo el gran apagón, y en que aquellos que lo ponen en duda son viles manipuladores, mentirosos, que solo buscan monetizar clics, si es que no son pistoleros mediáticos de la extrema derecha. Las breves entrevistas a pie de calle muestran tanto la desconfianza general de la ciudadanía como su falta de conocimiento sobre lo ocurrido a pesar de que las explicaciones «ya están disponibles». En principio parece que se despliega una autocrítica hacia los propios medios de comunicación, que atienden al interés inmediato por los hechos y permiten la difusión de rumores e hipótesis sin fundamento, pero luego no dan cobertura detallada a las explicaciones rigurosas. Sin embargo, lo que plantea en última instancia es una apología de la información superficial, políticamente neutra: la que el propio reportaje sintetiza y transmite. «El apagón se debió a un problema en la gestión de los desequilibrios de tensión. Ya se han tomado medidas para que no vuelva a ocurrir», repite Tamayo, y los desconfiados y desinformados ciudadanos responden con una mezcla de indiferencia y alivio: «Ah, pues muy bien».
Todo esto, obviamente, genera en el espectador una respuesta emocional adversa (idea recurrente hasta la saciedad en la segunda parte del reportaje) frente a sus propias dudas, induciendo una autocensura que impide elaborar un razonamiento claro sobre las carencias manifiestas de la explicación recibida. Nadie quiere ser tan vil como un manipulador que hace fortuna del engaño, y tampoco tan ridículo como el paisano o la paisana que acaba de salir ahí cometiendo la imprudencia de decir, desde su ignorancia supina, que «no se fía».
Si Carles Tamayo quería realmente hacer un reportaje sobre la desinformación, la desconfianza generalizada en las instituciones, y particularmente en los medios de comunicación tradicionales, combinada por supuesto con el peso de los sesgos cognitivos, es la gran cuestión que debería haber abordado. La pretensión es que quienes desconfían lo hacen porque no saben nada, y por eso hay que agradecer a los grandes medios que nos den la información mascadita, pero intuyo que la mayoría desconfiamos porque sabemos lo suficiente.
Blog del autor : https://fairandfoul.wordpress.com
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