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El manifiesto de nueve científicos sobre un planeta que ya no puede más

Fuentes: Rebelión

Hay artículos que informan, pero el que firman Kate Pickett, Robert Costanza y siete colegas más, es una petición de auxilio escrita con datos, con evidencia, con la desesperación contenida de quien ve el reloj acercarse a medianoche y decide, por fin, decir la verdad en voz alta.

En mayo de 2025 nueve expertos —epidemiólogos, economistas ecológicos, psicólogos sociales, defensores de los derechos de la naturaleza— se encerraron durante tres días para deliberar sobre ¿Qué viene después de 2030?

Lo que encontraron fue devastador. Solo el 17% de las metas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible van por buen camino. No el 50%. No el 70%. El 17%. Una cifra que no es un fracaso logístico: es una sentencia. Es la prueba de que no estamos ante un problema de implementación, sino ante una contradicción estructural tan profunda como el cimiento mismo sobre el que se construyó la idea moderna de «progreso».

Hemos cruzado ya seis de los nueve límites planetarios, los. umbrales que, según la ciencia, no conviene superar si queremos mantener condiciones seguras para la vida humana en la Tierra. (1-Cambio climático; 2-Integridad de la biosfera (pérdida de biodiversidad y degradación de funciones biológicas), 3-Cambio en el uso del suelo, 4- Alteración del ciclo del nitrógeno; 5-Alteración del ciclo del fósforo; 6-Uso de agua dulce; 7-Cambio atmosférico (p. ej., aerosoles y otros componentes que afectan la química/temperatura del aire); 8-Carga de aerosoles (a menudo se trata como parte del “cambio atmosférico” en formulaciones); Y 9-Entidades nuevas (contaminantes químicos y materiales “nuevos” no naturales de forma amplia, como plásticos persistentes, PFAS, etc.)

 El clima se estádesestabilizando, la biosfera se desangra, y los ciclos del nitrógeno y el fósforo están rotos.

Mientras tanto, una de cada ocho personas en el mundo sufre un trastorno de salud mental, la soledad se ha convertido en epidemia, y miles de millones siguen excluidos de una vida digna.

Los expertos indican que estas crisis no son accidentes paralelos, sino manifestaciones interconectadas de un sistema que entendió mal qué somos como especie y qué necesitamos para viviry,  nos enfrentan a lo que noshan contado: un cuento falso sobre quiénes somos.

Durante décadas, el modelo del homo economicus —ese ser racional, egoísta, consumidor compulsivo, obsesionado con maximizar su utilidad individual— ha dictado políticas económicas, diseños institucionales y hasta la forma en que nos miramos unos a otros. Nos dijeron que la competencia era nuestra esencia. Que el mercado era el espejo fiel de nuestra naturaleza.

Y es mentira.

La biología evolutiva, la neurociencia, la antropología, la psicología social se unen en ese escritopara explicar que el ser humano evolucionó para cooperar, para cuidar, para pertenecer. Nuestros cerebros desarrollaron circuitos neuronales especializados para la conexión social. La cooperación activa nuestros sistemas de recompensa con más fuerza que el interés propio. Porque no somos lobos solitarios disfrazados de consumidores, somos animales sociales cuya supervivencia dependió, durante milenios, del vínculo, del compartir, de la comunidad.

Lo que Pickett y sus colegas llaman «desajuste adaptativo» es, en el fondo, una tragedia silenciosa: hemos obligado a criaturas diseñadas para la ternura y la reciprocidad a vivir dentro de estructuras que premian la competencia feroz y el estatus. Y el resultado está a la vista: ansiedad crónica, adicciones, depresión, sociedades fracturadas.

Hay algo profundamente humano —casi tierno— en esta constatación. Como si la ciencia, por fin, nos estuviera diciendo: «No estás roto. El sistema en el que vives es el que está roto.»

El artículo dedica una sección entera a desmontar la idolatría del Producto Interior Bruto, y lo hace recordando que no debemos confundir crecimiento económico con bienestar, que nuestra herramienta de medición de crecimiento, el PIB, suma como «positivo» la tala de un bosque, el derrame de petróleo que exige limpieza, la construcción de una cárcel. Y resta —o mejor dicho, ignora— el cuidado no remunerado de una madre, la polinización de las abejas, la confianza entre vecinos, la belleza de un río limpio. Es un termómetro que mide la fiebre y la llama salud.

Frente a esto, el artículo recoge las semillas de esperanza que ya germinan: Bután con su Felicidad Nacional Bruta, Nueva Zelanda con su primer Presupuesto de Bienestar en 2019, la alianza de Gobiernos de Escocia, Gales, Islandia, Finlandia y Nueva Zelanda reorientando sus políticas hacia lo que realmente importa. No son utopías. Son políticas públicas. Están ocurriendo. Ahora.

El corazón analítico del texto propone tres transformaciones sistémicas que se refuerzan mutuamente. No son recetas técnicas. Son, en esencia, actos de rehumanización.

1. Democracia deliberativa: devolver la voz a quienes la perdieron

El artículo cita el estudio de Gilens y Page sobre 1.779 decisiones políticas en EE. UU.: las élites económicas y los grupos empresariales influyen sustancialmente en las políticas; los ciudadanos comunes, prácticamente no tienen influencia independiente. La palabra «democracia» se vacía cuando el poder real reside en quien puede pagar un lobista.

Frente a esa plutocracia disfrazada, los autores proponen las asambleas ciudadanas: cuerpos de personas elegidas por sorteo que deliberan informadas, libres de la presión de campañas, donantes y encuestas. Irlanda resolvió el aborto tras décadas de bloqueo. Francia produjo 149 medidas climáticas con 150 ciudadanos elegidos al azar, en Bélgica, la comunidad germanófona. Donde desde 2019, su Parlamento estableció un consejo ciudadano permanente (formado por ciudadanos sorteados) que organiza asambleas ciudadanas y da seguimiento a recomendaciones.

Son ejemplos de confianza en la gente común, de creer que, con información y espacio para escucharse, las personas pueden decidir mejor que los intereses concentrados. Es una apuesta por la inteligencia colectiva, por la razón entendida como empresa social, como negociación cooperativa, no como arma de guerra retórica.

Y Pickett y colaboradoresse atreven a soñar en grande, en una asamblea ciudadana global que alimente el marco post-2030. No como sustituto de la ONU, sino como su conciencia. Como la voz de los miles de millones que nunca tuvieron silla en la mesa.

Plantean trabajar por la democracia económica, de forma que el trabajo vuelva a tener alma, pues solo el 21% de los trabajadores del mundo se siente comprometido con su empleo. Veintiuno por ciento. El resto va cada mañana a un lugar donde su humanidad se reduce a una transacción: horas por dinero, esfuerzo por supervivencia, vida por salario.

Para ello proponen empresas de propiedad y gestión democrática: cooperativas, empresas de empleados, organizaciones donde quien trabaja decide. Y no es romanticismo, ya que los metaanálisis muestran que estas firmas son más productivas, más innovadoras, más resilientes en las crisis., por ejemplo en nuestro pais Mondragón emplea a más de 80.000 trabajadores-propietarios, o en Italia, la Emilia-Romagna genera cerca del 30% de su PIB en redes cooperativas.

Esto nos lleva a que cuando la actividad económica la gobiernan quienes tienen un compromiso a largo plazo con sus comunidades, y no accionistas lejanos buscando rendimientos trimestrales, las decisiones se alinean naturalmente con la protección del entorno. La democracia económica no es solo justicia laboral. Es ecología.

Pero también nos hablan de despojo. Como ocurre cuando existen 3.200 millones de personas afectadas por la degradación del suelo, o de los 1.600 a 3.000 millones que carecen de vivienda adecuada, no porque falte espacio, sino porque la distribución está rota. Del 60% de la tierra africana bajo tenencia consuetudinaria que los marcos legales no reconocen, dejándola expuesta al acaparamiento.

Pero tambiénnos hablan de reencuentro. De los pueblos indígenas que siempre supieron —y la ciencia ahora confirma— que el valor de la tierra trasciende cualquier precio de mercado. De los servicios ecosistémicos invisibles: la purificación del agua, la captura de carbono, la polinización. De la capacidad evolutiva del cuerpo humano para detectar alimentos nutritivos cuando está conectado con paisajes diversos, una capacidad que la industrialización alimentaria ha atrofiado.

La justicia territorial, plantean, exige pasar de la lógica de propiedad y extracción a la de custodia y reciprocidad. No somos dueños de la tierra. Somos parte de ella. Y ella, de nosotros.

El concepto de los comunes atraviesa el texto como un hilo dorado. De Ostrom a Barnes, de los derechos del río Whanganui en Nueva Zelanda a la propuesta de tipificar el ecocidio como delito internacional, el artículo traza una genealogía de la idea más radical y más antigua de la humanidad: hay cosas que no pueden ser de nadie porque son de todos.

La atmósfera. Los océanos. El conocimiento. El agua. El código genético de la vida. Los comunes no son una reliquia medieval. Son el marco jurídico, económico y ético para la supervivencia en el siglo XXI.

Por todo ello, o seguimos por la senda actual de degradación ecológica, fragmentación social y erosión democrática, o forjamos un nuevo paradigma que alinee los sistemas humanos con nuestra naturaleza social y los límites del planeta.

No es una elección entre economía y ecología. No es una elección entre crecimiento y bienestar. Es una elección entre seguir fingiendo que somos máquinas de consumir en un planeta infinito, o aceptar por fin que somos criaturas sociales, vulnerables, interdependientes, viviendo en un mundo finito que nos necesita tanto como nosotros a él.

El periodo 2026-2030, dicen los autores, es la ventana. Evaluar los ODS, construir el marco post-2030 mediante procesos deliberativos a múltiples escalas. A partir de 2031, implementar. Adaptar. Corregir. Aprender.

No es un plan quinquenal. Es un acto de fe colectiva.

Hay algo en este artículo que trasciende lo académico. Quizá sea la honestidad brutal con la que nombra el sufrimiento: la soledad, la ansiedad de estatus, el trabajo vacío, la tierra envenenada. Quizá sea la ternura con la que recuerda que evolucionamos para cuidarnos unos a otros, y que cada política que ignora ese hecho es una pequeña violencia cotidiana.

O quizá sea simplemente que, por primera vez en mucho tiempo, un grupo de científicos de primer nivel se atreve a decir, con datos y con citas, lo que mucha gente siente, pero no sabe articular: que este sistema no está diseñado para que seamos felices. Que no estamos locos por querer otra cosa. Que otra cosa es posible. Y que es urgente.

Nueve firmas. Una revista médica. Un planeta al borde. Y una pregunta que ya no podemos esquivar: ¿Qué vamos a hacer con el tiempo que nos queda?

– Pickett, K.E., Costanza, R., De Vogli, R., Kubiszewski, I., McGlade, J., Mortensen, L.F., Ragnasdottir, K.V., Wallis, S. y Wilkinson, R.G. «Wellbeing for people and the planet: how to value everyone and everything on a thriving planet beyond 2030The Lancet Planetary Health, vol. 10, 101475. 2026.

J Luis Carpintero Avellaneda. Profesional sanitario jubilado y exprofesor de la UMA.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.