El libro Seremos Jaguares descubre el mundo de los waorani, habitantes ancestrales de la Amazonia ecuatoriana, que hasta hace poco tiempo vivieron aislados en su paraíso. En obra se narran los temas que más importan al individuo y a la comunidad: la vida después de la muerte, el respeto a los antepasados, la organización de los clanes, la importancia de la familia que vive en sus oko (moradas) hechas con materiales de la selva. En ese mundo fascinante, no solo el bosque, el río o la cascada tienen su propio espíritu, también lo tienen los monos, los pecaríes, águila arpía que domina el horizonte desde lo alto de los árboles, y hasta las narraciones que se cuentan o cantan a la madrugada: todos tienen su propia alma. Los temas de los relatos waorani se refieren a cazadores valientes y mujeres delicadas que cuidan las chacras, articulan la cohesión social y la defensa de la comunidad.

Se trata de un testimonio de Nemonte Nenquimo, excepcional mujer wao de la comunidad de Toñampare, provincia de Pastaza, que se convierte en líder de su pueblo y decide narrar su vida a su esposo, el periodista norteamericano Mitch Anderson. La existencia de ella está marcada por la indignación que le despierta la violencia ideológica de los misioneros religiosos y otros aliados de las empresas petroleras internacionales y nacionales, que destruyen la selva -medio ambiente de los wao-, que contraminan los ríos y el aire, contagian enfermedades y deforman las culturas originarias. Anderson, que se ha casado en ceremonia wao con Nemonte y ha puesto en gran estilo los relatos de su esposa, en los cuales se va develando, poco a poco, la cultura vasta y compleja del pueblo wao. Nemonte refiere las etapas de su vida: cómo gracias a haber convivido con los evangélicos de la misión, la niña de Toñampare, llega entender el mundo de los blancos, desconocido y fascinante pero amenazador y contradictorio. A los primeros misioneros que aparecieron en su territorio, los wao los lancearon y arrojaron sus cadáveres al río. Con el tiempo, los evangelizadores lograron convencerles de que Wengongi, dios creador de estos, era el padre de Cristo; sin embargo, no todos cayeron en las trampas de la evangelización: los wao Tagaeri y Taromenani decidieron refugiarse en la jungla.
Nemonte, adolescente aún, abandona su hogar para ir a la comunidad de Damentaro, centro de estudios de la Biblia, donde le privan de su nombre original y la llaman Inés. Antes, ya había encontrado a un jaguar en la floresta. ¿Fue la visión de un demonio-jaguar? ¿Fue un llamado a retornar a su mundo? A pesar de los malos presentimientos de sus padres sobre el destino de Nemonte, en Damentaro ella sigue empeñada en mantenerse en compañía de los cowori (extraños, ajenos); recibe halagos para presionarla a creer en el dios cristiano. Hablando en nombre de Dios y la Biblia, su dignidad es atropellada y su cultura despreciada. Sufre una alteración mental, manifestada en conductas impropias de ella, lo que le produce ansiedad y vergüenza.
Llega a la “civilización”, a la ciudad de Quito: nuevas imposiciones, nuevas agresiones a su modo de ser; reza y llega a pensar que Dios no entiende el wao terere, debe convertirse en misionera y llevar la palabra divina a su gente, pero no logra convencer a nadie: están protegidos por su cultura. La foto de una niña wao que la recuerda a ella misma, y sus palabras, que cierta misionera norteamericana quiso tergiversar, le hicieron reaccionar y ver con claridad las mentiras, la hipocresía y los engaños de los evangelistas. Toda ella se subleva y abandona la misión para siempre.
Pasan siete años desde que renunció a la misión; vive en Shell como mujer independiente, pero un día vuelve a retomar sus costumbres y tradiciones y retorna a la casa familiar, en Nemompare. Al día siguiente va a buscar huevos de tortuga y de pronto escucha el sonido de un avión: el gobierno ecuatoriano quiere vender las tierras waorani a las compañías petroleras. Otra vez los cowori invaden el territorio wao. Ahora son ecuatorianas las compañías que destruirán el bosque, las cascadas, las familias, las historias.
Nemonte cuenta con admiración cómo conoció a las valerosas mujeres kichwas de Sara Yaku: a la lideresa wao Alicia Cawilla, a la kofán Romelia, a la quichwa Flor, todas ellas conscientes de la devastación que han traído las petroleras a los territorios y a las vidas de los pueblos amazónicos. El petróleo envenena el agua. Quisiera ser como ellas, tan valientes frente a la adversidad en que les ha sumido el ansia de petróleo de los cowori. En los antiguos cotos de caza ahora se levantan campos petrolíferos, plantaciones, carreteras y los caseríos de los colonos. Un buen día se sorprende gratamente cuando la lingüista norteamericana Connie, amiga de su hermano Opi, muestra interés por la lengua wao-terere. Nemonte relata cómo la Repsol quiere deshacerse de los no-contactados, los bravos Taromenane: utilizando a los wao que trabajan en esa compañía para enfrentarlos a la comunidad wao. Los trabajadores son sobornados con ropas usadas y Coca Cola…
Nemonte conoce en la aldea petrolera de El Coca a Mitch, escritor ambientalista, un defensor de los derechos de los pueblos indígenas ecuatorianos Kofán, Siona, Seikopia y Wao. El activista, además, construye sistemas de captación del agua de lluvia y admira a Nemonte por el coraje que ella demuestra al visitar a las infantas taromenane secuestradas luego de un altercado con los wao. (La riña había sido urdida por las petroleras). Ella aprecia en él su simpatía y su lucha a favor de los pueblos amazónicos. Los dos unen sus vidas y complementa sus actividades.
Mitch invita a Nemonte a una ceremonia siekopay (sekoya) para experimentar con el yagé (ayahuasca). Bajo la vigilancia del shamán Delfín, entra en un mundo de visiones, sensaciones y percepciones extraordinarias: fue para ella una experiencia espiritual única. Ya resuelta, continúa ayudando a construir el sistema de recolección de agua de lluvia en varias comunidades. Terminado el trabajo, regresa a casa. Las petroleras habían invadido las tierras de los wao, sin embargo, en los bosques donde nació vivían sus padres en libertad, pero debían ser protegidos. La lucha tenía que comenzar en Ñemonpare.
El jaguar es el totem wao, revela el pasado y el futuro de los clanes, los protege y guía, Nemonte recibe del jaguar la seguridad que necesita para convertirse en líder de su gente, reconociendo lo que esta sueña: “La ambición de los cowpri han convertido a la gente en mendigos”. No queda más remedio que confrontar a las petroleras y a las autoridades que las toleran. Se conforma una coalición de pueblos amazónicos (Cofanes, Siona, Secoya y Waorani): la Alianza Ceibo.
Mitchi convoca a algunos ecologistas y partidarios cowori que apoyan a la Alianza Ceibo: el actor Leonardo Dicaprio, los cantantes Sting, Trudi Styler, Emma Thomson, Emerson y otros activistas de todo el mundo El nuevo grupo se autodenominó Amazon Frontlines. Los amigos de Nemonte y su hermano Opi trazan un mapa del territorio wao original. Las tareas de la líder se multiplican: recorre las tierras de otros pueblos de la Alianza Ceibo y, un mal día, Opi llega con la noticia de que el gobierno ecuatoriano licitará el bloque 22 sin el consentimiento de las comunidades, lo que afectará a todo el bosque donde viven ocho pueblos amazónicos. La resistencia empezó a organizarse.
Las lanzas ya no son suficientes, hay que dar batalla en las cortes de justicia, dijo Opi, abogado de los tribunales de la república. Los tiempos han cambiado. Se hacen declaraciones frente a las cámaras de TV: “Nos dieron Coca-Cola y pan, nos prometieron construir escuelas y dispensarios médicos. Todo era un engaño, los quinientos años de conquista continúan. Había que pelear en las cortes por las tierras ancestrales.
Nemonte comprende que ha llegado la hora de dirigir la lucha. Con ella están Mitchi Anderson, sus amigos, su familia, y los mayores de la comunidad. Su discurso, claro y directo, se resume en el mensaje de la pancarta que cuelga de un dron que revoló la selva: ¡OMERE GORONTE ENAMAI! ¡EL BOSQUE NO SE VENDE! Llegan a la Corte armados de sus símbolos culturales: lanzas, pinturas en el cuerpo, hojas fragantes de la selva, coronas de plumas, danzas guerreras y cantos de amor por la floresta. Ese día están presentes las familias, los aliados, los amigos cofanes, sionas y secoyas y, por supuesto, Mitchi, que enseña y aprende. Proteger la Amazonia es proteger a la Madre Tierra, madre de toda la humanidad.
Los jueces no conocen la maravillosa cultura de los wao; en la audiencia las mujeres no dejan de cantar, los hombres continúan sus danzas. “La conquista siempre ha sido un abismo profundo, un dolor constante que adormece el espíritu”, pero la demanda no solo contiene cien fojas, sino la verdad de un pueblo colonizado, ávido de defender, con leyes ecuatorianas, el territorio wao para acabar con el colonialismo. Nemonte ha cumplido 33 años y su nombre se ha convertido en el símbolo de la lucha de su pueblo. La demanda se presenta en la Corte Superior de Puyo.
En un instante se lee el veredicto de la Corte: la licitación petrolera es ilegal, ¡El territorio wao no se puede vender! El gobierno ha vulnerado derechos consagrados en una consulta nacional. Se concede a los wao, a perpetuidad, la propiedad de 180 mil hectáreas en las que no se podrá explotar el petróleo ni practicar ningún tipo de minería. El júbilo de los wao se expresa en cantos y bailes. En la cabeza de Nemonte resuenan las palabras Antiguos, Lanzas, Recuerdos, Aviones. Engaño, Dinero, Petróleo, Bosque, Hogar, Vida y, ahora también, Demanda, Justicia, Victoria.
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