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Se estrena en Londres "Otros siete niños", una réplica sionista a "Siete niños judíos", de Caryl Churchill

Siete trucos sionistas

Fuentes: Palestine Think Tank

Traducción de Manuel Talens

He ido a ver Otros siete niños [Seven Other Children], un torpe montaje teatral que pretende neutralizar la aclamada obra Siete niños judíos [Seven Jewish Children], de Caryl Churchill. Según la prensa judía, esta obra de siete minutos de duración ha sido escrita por un «gentil» llamado Richard Stirling, desconsolado ante la injusta y desequilibrada representación de la obra de Churchill. En la práctica, Stirling ha Richard Stirlingcreado una «contraproducción», siete minutos unilateralmente pro-sionistas que pretenden desesperadamente retratar a los palestinos bajo una luz negativa. Pero, contrariamente al fenomenal texto de Churchill, una obra que incita a la reflexión, Stirling carece de talento, de brío y de profundidad. Al contrario de Churchill, que ha logrado disertar mágicamente sobre algunas de las capas más íntimas del discurso de la identidad judía, Stirling se ha quedado en una banal adaptación de la transición binaria víctima/agresor en una teatralizada realidad palestina.

Imitando el innovador formato de Churchill, Otros siete niños es un breve movimiento de escenas: empieza en 1948 durante la Nakba, la brutal limpieza étnica de la población nativa de Palestina que llevaron a cabo los israelíes, y termina en la realidad palestina actual, que Stirling estúpidamente presenta como un «adoctrinamiento de odio». El mensaje va surgiendo mediante breves frases pronunciadas por adultos y dirigidas a un imaginario niño palestino. En la práctica, el formato de Churchill, que consistía en cortos segmentos de «Dile… No le digas…» está aquí reemplazado por «Pregúntale… No le preguntes…»

No hay mucho que decir de la obra, puesto que el arte mediocre no merece atención alguna. Parece ser que incluso la prensa sionista se ha sentido confundida por su escaso poder de convicción y no la ha reseñado mucho. Sin embargo, se la puede considerar como una mirada adicional a la ideología y la práctica tribales. De ella podemos aprender en cabeza ajena la lección que ha llevado al fracaso a este montaje teatral.

Tal como analicé en un artículo anterior, Churchill creó un formato teatral en el que la infancia israelí estaba representada por siete niñas receptoras de un mensaje que pasaba por sucesivas metamorfosis, desde el victimismo hasta la brutalidad colectiva. En cambio, Stirling ha escogido el sexo masculino y son siete niños palestinos quienes reciben el mensaje. La diferencia es evidente. Mientras que la representación que hace Churchill del «discurso judío» en el interior de un marco femenino podría recordar la similar ecuación que hizo el filósofo misógino Otto Weininger hace 100 años, para Stirling la identidad palestina está representada por una joven voz masculina. Mientras que el judío de Churchill está sumergido en una imaginería fantasmática de victimismo, el niño palestino de Stirling es un carácter fuerte a punto de convertirse en un guerrero. Se me permitirá que apunte en este momento lo que sigue: si se consideran los fracasos del ejército israelí en cada una de sus campañas militares de años recientes y se tienen en cuenta las imágenes propagandísticas israelíes de judíos sollozantes y traumatizados en Sderot, la elección que hizo Churchill de representar al judío como una niña tiene sentido. Pero también debemos recordar que la realidad sobre el terreno no deja mucho espacio para la duda: son los israelíes quienes propagan la muerte de forma masiva a su alrededor. Son los israelíes quienes lanzan armas de destrucción masiva sobre la población civil. Son los israelíes quienes adoptan principios nacionales racistas y asesinos. Son los palestinos quienes observan cómo el Estado judío transforma sus pueblos y aldeas en campos de concentración. La incorporación de Churchill y Stirling en una realidad unificada nos dejaría la clara imagen de una niña salvajemente neurótica que encierra en un sótano al inocente y confundido niño y luego tira las llaves. Si uno piensa un poco más en esto podrá ver la devastadora verdad. No se trata solamente de una remota realidad teatral, es la auténtica realidad del Estado judío y de su brutalidad. Sin embargo, en la realidad, el niño despierta sin prisa, pero sin pausa, de su ingenuidad. Y hoy está determinado a liberarse contra todos los pronósticos. Y lo logrará.

Vale también la pena mencionar que el intento de Stirling de situar el discurso palestino como una transición desde el victimismo hasta la agresión no solamente carece de imaginación, sino que es falso, engañoso y, probablemente, el resultado de una banal proyección sio-céntrica.

Al contrario que los judíos, que persisten en mantener su sufrimiento histórico tanto institucional como jurídicamente, es muy raro que los palestinos se presenten a sí mismos como víctimas. De manera similar, la agresión manifestada por el Estado judío en nombre del pueblo judío y aprobada por sus partidarios institucionales no puede trasladarse a la realidad palestina ni al discurso identitario palestino. Los palestinos están luchando por su liberación, luchan legítimamente por la libertad. De ninguna manera puede considerarse que la lucha por la libertad sea una agresión, a menos que quien lo considere sea un sionista, un gentil-sionista o ambas cosas a la vez.

Lo dicho basta para demostrar que la premisa sobre la que se construye esta obra teatral era bastante débil. Sin embargo, es preciso señalar unas cuantas cosas relacionadas con la obra y su motivación. Los grupos de presión y blogs judíos que la promueven insisten en que Churchill ha fracasado a la hora de representar cumplidamente el conflicto. Esta argumentación es ridícula y roza lo patético. ¿Desde cuando los artistas han de ser imparciales? ¿Desde cuándo un artista tiene que presentar una mirada equilibrada? Los artistas se deben a la belleza. Son obviamente capaces de transmitir un mensaje por medio de la belleza. ¿Acaso exigimos imparcialidad a Shakespeare o a Picasso? Pero podemos ir más allá: ¿acaso los activistas judíos, que tan apesadumbrados se han sentido por la obra teatral de Churchill, protestaron contra Steven Spielberg por su presentación «unilateral» de las condiciones políticas y sociales en La lista de Schindler? Está claro que la película no presentó la voz de los nazis. Obviamente, nadie en su sano juicio lo habría exigido. Sin embargo, al igual que en el caso de la lucha contra el racismo, el activismo étnico judío cae en la misma trampa. El activista judío no está contra el racismo en general, sino únicamente contra el racismo antijudío. Igualmente, los activistas tribales judíos no tratan de promover aquí un nuevo esquema para una «presentación equilibrada en las artes». Al contrario, únicamente insisten en que a los judíos se los trate mejor en cualquier obra teatral.

Todo parece indicar que los grupos de presión sionistas en el Reino Unido están presionando a todos los teatros donde se representa la obra de Churchill para que esta obra de un gentil, tan querida para ellos, sea representada al mismo tiempo, sea cual sea su calidad intrínseca. Es de suponer que como yo también actúo todas las noches y todos mis conciertos son a favor de Palestina, no pasará mucho tiempo antes de que los mismos grupos tribales de presión patrocinen conciertos de jazz contrarios al mío. Puede que incluso enseñen al afortunado saxofonista a tocar mi música al revés.

Una cosa parece evidente. Hace años los principales escenarios de Londres estaban reservados para proyectos de la propaganda sionista. La causa palestina estaba relegada a algunos teatros alternativos, centros comunitarios e iglesias. Esto ha cambiado oficialmente. La obra teatral de Churchill fue representada en el Royal Court Theatre y atrajo triunfalmente la atención de todos los medios británicos. El pastiche sionista de Stirling está humillantemente relegado a un pequeño teatro de Hampstead y su público es mayoritariamente judío. Puede afirmarse que el discurso palestino está ahora en primera línea, mientras que el sionista renquea tras él.

En su obra, Stirling no cesa de preguntar al niño palestino:

 

…Porque no tenemos amigos… «pregúntale el nombre de un amigo».

 

Pero entonces, en la escena final, la que se centra en la Gaza de 2009, el propio Sterling se da cuenta de que los palestinos tienen ahora muchísimos amigos:

 

«Pregúntale si conoce a nuestros amigos
Pregúntale si sabe que ellos no tienen amigos
Pregúntale sí conoce a nuestros amigos en Europa»

 

 

Está claro que Caryl Churchill y el Royal Court Thatre son dos de los muchos amigos que tienen los palestinos.

Stirling tampoco está solo, hay ahora al menos siete blogueros sionistas que dicen ser sus amigos. El famoso calumniador israelí David Hirsch lo está promocionando; el cibernoticiero sio-con Harry’s Place le ofrece sus páginas y otro blog judío llamado OyVaGoy amenaza con explotar libidinalmente. Con tan buenos amigos, Stirling no tardará en darse cuenta de que cuando sus asociados kosher hayan terminado de arremeter contra todos los teatros de este país puede que tenga que cambiar de oficio. Si uno asiste a su obra teatral y ve de lo que Stirling es capaz, no sería desde luego una gran pérdida para el teatro británico.

Sin embargo, quizá alguien deba recordarle a Stirling que el estudio histórico de la realidad judía del siglo XX revelará el hecho devastador de que el proyecto sionista nunca tuvo amigos de verdad. Lo que sí tuvo fue poder, influencia, y todavía los tiene. Pero poder y amistad son categorías muy distantes.

En la obra, las palabras finales dirigidas al niño pretenden sumir al público judío en la desolación:

 

«Pregúntale si Hitler se equivocó»

 

Como si los palestinos estuviesen motivados por un odio racial contra los judíos, como si en algún momento lo hubiesen estado. Alguien debería explicarle a Richard Stirling que, tal como están las cosas, es el Estado judío quien pone en práctica leyes racistas contra los palestinos y otros grupos. Es el Estado judío quien encierra a millones de personas detrás de alambradas de púas. Es el Estado judío quien los mantiene hacinados. Es el Estado judío quien sigue sistemáticamente la doctrina de Hitler. Quién sabe si los sionistas están convencidos de que el hombre del bigotito no se equivocó.

 

Fuente: Palestine Think Tank – Seven Hasbara Tricks

Artículo original publicado el 18 de mayo de 2009

Sobre el autor

Manuel Talens es miembro de Rebelión y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y la fuente.