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¿Qué puede un cuerpo inerme?

Sobre cobardía y coraje

Fuentes: Rebelión

Cuánto plomo malgastao (es un crimen)

en cuerpos innecesarios (es un crimen)

Eskorbuto, “Es un crimen”

(Anti todo, 1986)

Ninguna de las luchas o de las tragedias que han tenido lugar en nuestro territorio a partir del 28 de abril del 21, cuando comienza lo que habrá que denominar de ahora en adelante MAYO ENSANGRENTADO, está separada de la historia universal, por más que sucedan en las márgenes del mundo —incluso es posible que sea precisamente allí donde palpiten con más fuerza los grandes intereses de la época. Los conflictos que actualmente libra la civilización capitalista por su pervivencia, por el sostenimiento férreo de su hegemonía contra cualquier otro poder, todas las crisis y las luchas que convergen en el actual desorden, todas esas luchas que se libran con palabras en los países que comandan la apropiación de plusvalía, se despliegan en las calles y con balas en los territorios expropiados, dominados, explotados, desfondados, en suma, violados por la vanguardia de la apropiación capitalista. La discusión en Bruselas en torno a la imperiosa necesidad de un “capitalismo verde” (utopía de los realistas) estalla en la cabeza de un joven de Siloé y lo deja tirado sangrando en el andén. La primera línea en la guerra de apropiación de trabajo y naturaleza baratos cubre todos los territorios subalternos, y está convenientemente alejada de los centros de la apropiación de plusvalía, de poder. Los pueblos de los territorios subalternos (tanto los pueblos originarios como los pueblos devenidos) llevan inscrita en la carne la lucha de clases mundial, la lucha a muerte del capital contra la vida, llevan marcado en el cuerpo la violencia del proceso mundial de plusvalía: en su hambre, en su mente ansiosa, en sus manos empuñadas.

Pocos días después de las sangrientas jornadas de mayo del 21, tuvo lugar en la ciudad de Cali, en el sector llamado Andrés Sanín, un ataque abierto y conjunto de la policía, el ejército y el es.mad (hato de lunáticos sangrientos) contra la población civil desarmada, que se encontraba haciendo lo que todos los gobiernos le han exigido a la ciudadanía: reclamar de forma pacífica y civilizada. La incursión armada del estado en el territorio en resistencia pacífica se extiende por casi doce horas, hasta más allá de la media noche. Ese mismo día, y casi al mismo tiempo, la CIDH visita la ciudad, pero rechaza comprobar la situación sobre el terreno (visitando Siloé, por ejemplo), bajo la excusa de tener ya otra agenda definida.

Durante la noche el ataque es documentado en directo por el Canal 2 de la ciudad, en un esfuerzo que sin exageración alguna se debe calificar de heroico: disparos de pistola y de fusil, con munición adicional como canicas y bolas de goma; gases lacrimógenos vencidos; aturdidoras; rifles de gas dirigidos contra el cuerpo o hacia casas de familias. Desde el mediodía la población soporta el asedio de los cuerpos armados.

A las ocho de la noche el resto de una primera línea cubre con latas de colores a un hombre que junto con un niño y una niña cogidos de cada mano huye de los gases que le inundan la casa; ninguno de los niños tiene más de cinco años y ambos agachan la cabeza mientras corren con los ojos clavados en el piso. Se cuentan hasta diez granadas de gases en un solo disparo, dirigidas de manera consciente contra la población de un barrio que se encontraba en manifestación pacífica. En su práctica de lucha pacífica, el territorio atacado se entiende a sí mismo como punto de resistencia.

Al poco rato, en solo una hora, hay diez personas heridas por el fuego estatal (¡junto con el paraestatal los únicos que hay!), más cuatro de la tarde y la mañana. Sobre la media noche se cumplen más de diez horas de ataques fragmentados pero sostenidos con gases lacrimógenos vencidos. La estrategia estatal es clara: una genocidio difuso, llevado a cabo a pedazos, por fragmentos, de a poco, bajo tierra, pero de modo tenaz y persistente. Es muy probable que en toda la historia de la humanidad “civilizada” no hayan existido policía y ejército más letales contra su propia población, es decir más ilegales e ilegítimos, que los que han padecido desde su brutal fundación los pueblos que hoy sobreviven en este ensangrentado territorio. La praxis real e históricamente probada  de las fuerzas del orden en este país es la de una violencia arbitraria y desmesurada, ejercida contra población inocente y desarmada. En términos morales sencillos se trata de cobardía: una fuerza punitiva desmedida desatada de modo arbitrario y de manera anónima, por estar cubierta y encubierta por la masa del cuerpo policial o militar, sobre cuerpos desarmados y sin posibilidades de cualquier equivalencia fáctica. Esta violencia nuda se desata sobre cuerpos que de antemano se sabe indefensos, desarmados, inermes, cuerpos desvalidos que reciben el embate del poder abismal que ostentan cuerpos armados y hostiles. ¿Qué es lo que vemos allí? Vemos un cuerpo enorme y fuerte que golpea y desgarra a conciencia y con placer a un cuerpo desarmado y en desventaja estructural. Esa es la imagen que da carne al ethos, a la actitud práctica denominado cobardía. En este sentido, la actitud cobarde muestra estar en la raíz de muchas prácticas, dispositivos y agentes de control y de poder, como fuerza masiva empleada contra singularidades (en comparación) desvalidas.

Si la cobardía de la institución es práctica históricamente probada y sostenida, es decir al fin y al cabo conocida, esto significa que incrustada en la conciencia ética de las fuerzas del orden está la actitud cobarde, entendida ésta como el actuar consciente contra el desvalido y el gozarse en la impunidad que otorga el saberse protegido y cubierto por una masa colegiada. En suma: el hacer y no tener que responder por el hacer. Que hay razones estructurales se da por descontado; pero la mera presentación física de la violencia es ya una manifestación hiperconcreta (una suerte de realidad aumentada por la experiencia del dolor) de los principios últimos de un orden social que se cree lejano y abstracto: dominio del capital sobre la vida, y del patriarcado y de la racialización sobre los cuerpos. Por eso el avance maquínico de policía, es.mad y ejército sobre cuerpos inermes es el orden social en su manifestación más pura y concreta.

El agente de la cobardía institucionalizada no actúa solo, actúa siempre cubierto por sus propias armas y por sus otros pares. Nunca da la cara, se escurre entre la oscuridad del uniforme. Actúa porque sabe que no tendrá que responder por sus propios actos. Y aún otro anonimato más lo sobreprotege: el de su víctima. Él no ve a quién mata o a quién hiere, solo supone que a lo lejos o a su lado un cuerpo cayó, un hueso crujió, alguien gritó de dolor, una bota encontró un hueso que romper. Percepciones puras venidas desde cuerpos indiferenciados, desde carnes anónimas y por lo tanto invisibles para la conciencia del policía, del es.mad o del soldado. Para él la víctima es tan anónima como lo es él para la población que ataca. El héroe de negro se mira en un espejo cubierto por un manto negro.

Pero a diferencia del héroe de negro, el héroe que viene desde las memorias de la humanidad, y a la luz de toda mitología y cosmovisión que lo venere, es especialmente aquel que responde por sus actos, aquel que dice de modo claro y alto Yo, con este nombre y esta historia, he llevado a cabo tal acto: yo soy ese acto. El carácter heroico no es anónimo, precisamente porque responde por sus actos.Y ellos en cambio, el es.mad, el ejército y la policía colombiana (denominaciones que suenan sosas y prosaicas junto a vocablos como héroe y valor), nunca dicen eso, y es completamente seguro que nunca lo dirán. Su actuar, que es simple objetivación de su ser, es cobarde, no heroico. Los héroes de negro no son ni héroes ni anti héroes, solo son subjetividades autoencerradas en formas cobardes. Y a esa cobardía se suma un fuerte impulso sádico: funcionarios estatales de psiquismo criminal y cuya conducta es simplemente aberrante.

A las 21:00 se cuentan ya quince heridos. Minutos después se habla del primer muerto. La gente del barrio dice que mientras almorzaban en terreno (porque la jornada de trabajo es larga y tienen que comer en el lugar donde laboran), los soldados se arrodillaban y riendo hacían como que apuntaban con el rifle a la gente que los miraba desde lejos; se decían cosas entre ellos y se animaban a posar en posición de cazador con rifle. De esta manera estos hombres hacían burla de la gente. El saldo imborrable e incontestable que arroja la realidad es simple —ese saldo se podrá ocultar pero no deshacer, pues es imposible borrar lo realmente acaecido: los héroes de negro con los que juegan los altos mandos (soldaditos de plomo en manos de hombres envenenados por el plomo) son agentes estrictamente cobardes. Si no podemos juzgarlos, si no podemos detenerlos, sí podemos escupir sobre su moralidad —porque así de letales son, en contraste, las armas de los cuerpos inermes. Al final de la jornada la cifra de heridos será de 35, y dos serán las personas muertas, todas ellas víctimas de los fuegos estatal y paraestatal.

Un cuerpo se define como inerme solo en relación de amenaza respecto a otro cuerpo (o acontecimiento), dotado este último de un poder y unos medios que le faltan al primero por completo. La relación cuantitativa entre potencia y carencia se traduce en relación cualitativa de dominio de un lado y de desamparo por el otro. La idea de un ser-inerme nombra por eso toda una realidad social desplegada hasta sus últimas concreciones. No es una metáfora, no es una manera de hablar: es el desamparo real ante la embestida de un poder aterrador. El ataque estatal y paraestatal toma la forma concreta de una monumentalidad fáctica del poder dirigida contra el desamparo de los cuerpos desarmados: frente a la bruta materialidad del poder, el cuerpo inerme —que solo se tiene a sí mismo. En esa imagen se concentra la relación social que caracteriza a nuestra sociedad.

“Poner el cuerpo” es una expresión que indica la condición de cuerpo inerme: el cuerpo, el yo encarnado, es todo lo que hay para oponerse a toda la realidad. El cuerpo inerme se tiene solo a sí mismo, a su historia y su verdad encarnadas: a sí mismo como cuerpo. ¿Y qué hace un cuerpo inerme con su cuerpo? ¿Cómo es que actúan los cuerpos inermes? ¿Qué hacen? ¿Cómo se defienden? ¿Cómo atacan? Como defensa (que es la única forma que tienen de atacar) dibujan con sus armas simbólicas heridas simbólicas sobre la dura carne de una realidad hostil; a cambio reciben heridas reales, de quienes cuidan y sirven a la realidad. Pero es aquí justamente donde se puede ver con toda claridad la línea total que separa la potencia vital del cuerpo inerme —que se ha formado resistiendo y aguantando— de la impotencia absoluta del cuerpo poderoso, el cuerpo armado —que se ha deformado sometiendo y maltratando. Por eso la Historia nos susurra al oído mientras llora: ellos, los cuerpos armados, solo tienen la muerte; nosotros, los cuerpos inermes, en cambio, tenemos la vida…

Dado que se trata de instituciones (policía y milicias) que se sostienen sobre un juramento proclamado ante valores morales absolutos, es justo que se las juzgue según estrictos principios morales y a partir de la relación de estos con las actitudes éticas encarnadas en sus actos; es decir: que se las juzgue moralmente sobre la más pura literalidad de su comportamiento (déjese de lado la imposibilidad fáctica que representa ahora el que se les juzgue judicialmente). Y se tiene así la siguiente conclusión lógica, si se sigue la literalidad de los principios morales que sostienen a la institución: la institución militar y policial oficia en actos que denotan mediante su previsible recurrencia la cobardía como marca del actuar institucional.

[intermedio]

alguien escribe sobre una pared

¿dónde están lxs desaparecidxs?

nadie responde

a lo sumo

alguien muy vil

sonríe

El periodista del equipo mencionado resume agotado y atónito lo que ha experimentado con un jadeante No respetan nada. Él es testigo, pero no solo da testimonio de lo que sucede, sino que necesariamente también da testimonio de los testigos que padecieron la verdad, siendo testigo de testigos, y dando testimonio de los testimoniantes. A las 21:30 pasadas se escuchan disparos de metralleta y la transmisión se corta, probablemente detenida por el equipo del canal y por estrictos motivos de supervivencia.

Este tipo de violencia, ahora extendido a plena luz sobre la población manifestante, ha sido padecido históricamente por los estudiantes universitarios, cuyas armas se caracterizan por ser específicamente simbólicas: la palabra, la actuación, la idea, la imagen. La extensión de la lógica cobarde-militar al resto de la población era solo cuestión de tiempo, no de reflexión o cálculo: a los puntos de resistencia se les aplica la misma lógica de incursión armada que el estado aplica a las universidades públicas, lo que deja ver a contraluz lo que significan las universidades públicas para los funcionarios que cuidan el orden y la ley, para la policía y las fuerzas militares colombianas: puntos que por su pervivencia se han constituido ya en focos de resistencia, aparentemente imposibles de quebrar debido a su estúpida autonomía… que igual nos pasamos por el forro cuando nos da la gana, dirán ellos mientras leen y fingen entender —pero no pueden entender lo que decimos porque su subjetividad ya no está viva y ahora es solo doctrina encarnada (mi máquina, pa las que sea…).

Los actos de cuerpos concretos investidos de poder contra cuerpos desarmados, y que tienen lugar ante nuestros ojos, no son otra cosa que el núcleo de la realidad expuesto en toda su desnudez: son la forma última de la realidad social, la expresión pura, sin adornos ni mediaciones, en su pura literalidad, de la relación social que define nuestro vivir en común. En esos cuerpos que hacen historia juntos pero absolutamente separados, el cuerpo armado y el cuerpo inerme, cuerpo-coraza contra cuerpo-coraje, palpita la estructura última de la realidad social, la forma pura de nuestro mundo vivido: el policía que revienta de un golpe la cara de la manifestante pacífica es la forma pura de la relación social que vertebra nuestra historia. En este sentido, la cobardía no es solo una actitud del sentido moral común, sino en un sentido descriptivo y crítico una categoría social radical: a través de su materialidad se revela la irrealidad de una auto-justificación moral como la que sostiene a las fuerzas del orden. ¿Cómo puede, pues, existir una fuerza pública cuya ética se concentre en el principio de actuar cobardemente contra su propia población, es decir, sobre el principio de usar un poder superior contra cuerpos desarmados?

Pero el poder presiente que nunca podrá ser poder total, absoluto, irrestricto: algún cuerpo inerme se levanta siempre contestando, arrojando un pedazo de barro, una hoja seca, un guiño contra un macizo de metal y de concreto. Ningún cuerpo inerme es cobarde. Aún más: el cuerpo inerme, por existir como carne vulnerada y vulnerable, sostenida por su puro deseo de existir, que no puede ser sino rabia de existir, es figura real, realizada, de la valentía, del coraje. Un ejemplo, una imagen: una mujer trans debe doblar a media noche la esquina donde hay un grupo de policías, mientras camina hacia el abismo a sabiendas de que a esa realidad hostil que seguramente la espera no puede oponer más que su luchada materialidad, su existencia corporal concreta, su rabia de existir, nada más que su sí misma y su condición material última, su cuerpo inerme, ahora expuesto a todas las violencias del poder. Entonces atraviesa el peligro con su solo cuerpo. Es claro (a partir de sus hechos, no de sus palabras) que ningún policía o militar de los que han servido a la guerra del estado contra el pueblo tiene la fuerza, el valor para enfrentar algo similar: de ahí la veneración masculina por el espectáculo de figuras solitarias que enfrentan desarmadas poderes infinitos: el veterano de guerra que atraviesa solo el campo secreto de prisioneros, o cosa similar. Pero en cambio, en la realidad, sobre la pura realidad y contra la idiotez del espectáculo, la historia de los cuerpos femeninos o feminizados podría contener la historia absoluta y completa del cuerpo inerme, ese cuerpo valiente, no acorazado sino cuerpo-coraje.

Y mientras pasa la jornada de trabajo en el sector elegido para la operación ¿qué se dicen entre sí los héroes de negro, que aguardan en la oscuridad y se preparan para disparar sobre los muchachos que esperan desarmados y ansiosos a una o dos cuadras de distancia? ¿Qué se dicen entre sí mientras preparan lo que de manera bizarramente precisa se puede describir con una expresión vil recién arrojada sobre los espectadores, mientras preparan homicidios colectivos, asesinatos en grupo que a fin de cuentas cometerán como colectivo y no como individuos? ¿Se animan entre sí? ¿Se dicen, por ejemplo, a ver a cuántos se baja, o no mire y dispare, o no sea nena y hágale? Si ya una vez delante de la población los varones del es.mad se animaban entre sí con un clarísimo hágale lo que quiera, proferido sin recelo y ante la vista de las manifestantes ¿qué se dirán entre sí cuando están solos, solos y desnudos en sus camerinos, en sus duchas, en sus habitaciones, en sus cuarteles, todos muy cercanos, casi tocándose y en completa confianza? ¿De qué hablan ellos entre sí? ¿Se felicitan cuando violan? ¿Se divierten relatando sus trabajos, sus bolillazos y sus puños, sus manoseadas y patadas, sus cuchilladas y disparos, toda su gran obra que nunca nadie podrá identificar, todo sin ser vistos y sin que nunca pase nada? ¿Se ríen acaso de los gestos de dolor de las jóvenes, de los muchachos? ¿Se chocan los puños con sonrisa pueril cuando se ven después de la faena y se felicitan de tanto golpe dispensado, de tanta sangre producida, mi máquina, qué chimba verlo, cuántos levantó? ¿De qué conversan esos hombres? ¿Cómo hablan? ¿Qué palabras utilizan, qué dicción tienen, cómo son sus frases? ¿En quién piensan cuando hablan entre sí y se cuentan “cosas” del trabajo? ¿En qué piensan cuando se masturban, cuando fingen tener sexo con alguien? ¿Qué se dicen antes de salir a trabajar, antes de saltar sobre el andén y hacer arder las calles? ¿Les palpita el corazón de emoción? ¿Se abrazan? ¿Se besan? ¿Se palmean duro las nalgas y se ríen a carcajadas? ¿Se imaginan excitados todas las posibilidades que la jornada les ofrece? ¿En qué piensan esos hombres cuando son lo que son? ¿Qué se dicen a sí mismos los cuerpos poderosos? Pero sobre todo ¿qué no soportan decir ni siquiera a sí mismos? El sombrío silencio del cuerpo-coraza contrasta con la poderosa algarabía del cuerpo-coraje.

La tenaza de la institución va por ambos lados: en una punta el cuerpo inerme, en la otra el cuerpo acorazado, ambos convertidos en medios de la dominación social, que a estas alturas de la historia sólo significa en medios para la organización estrictamente capitalista de la vida: los unos como medios simbólicos en tanto cuerpos sacrificables, innecesarios pero útiles para la contención del inevitable malestar dada la tendencia al incremento de las condiciones objetivas que alimentan dicho malestar; y los otros como medio real de contención y borramiento del ya para el régimen inevitable malestar social, y en últimas medios eficientes para el poco o ningún deseo que siente el poder de cambiar o de ceder en alguna petición. Lo que tiene lugar ante nuestros ojos es la pura instrumentalización de los cuerpos, sin que esto signifique ni de lejos que cualquier forma de instrumentalización sea equivalente a cualquier otra.

Como cuerpo inerme, el cuerpo feminizado padece toda clase de instrumentalización: desde objeto de descarga de impulsos negativos hasta botín sexual, desde mensaje simbólico encarnado hasta bandera de la institución. Días después del ataque sexual y finalmente mortal contra la joven Alisson (por lo menos seis varones armados agrediendo a una mujer joven), se conoce la historia de una mujer policía agredida sexualmente por civiles. Al contrario de la joven, que termina una vida que la institución policial ya había empezado a aniquilar horas antes, la mujer policía declara al final estar orgullosa de ser funcionaria y declara su fidelidad a la institución, a pesar de la violencia sufrida. Es imposible subjetivamente, y si no lo fuera sería injusto, juzgar la decisión de una mujer agredida, pero una crítica del orden patriarcal debe preguntarse cómo justifica una mujer, una mujer violentada sexualmente, su pertenencia a una institución abiertamente violenta, abiertamente patriarcal. La presentación espectacular, no humana, de la tragedia nos quiere mostrar que los policías también sufren, lo cual es una obviedad que pone de manifiesto, como trasfondo problemático, revelado por una aclaración innecesaria, la auto imagen maquínica de la institución militar. Pero la verdad no espectacular, la verdad humana de la historia es que un crimen sexual es horrible y que el daño es irreparable, y que en una sociedad patriarcal las mujeres están sometidas a constantes amenazas de violencia que en cualquier momento se pueden realizar. Perversamente la institución intentará arrancarle la historia a la víctima para hacerla un calvario propio, una bandera propia (“¡Somos seres humanos también! ¡También sufrimos!”). La historia es un ejemplo dramático de cómo la mujer es instrumentalizada por las instituciones patriarcales: su dolor no es de ella, sino de la institución (que sería la verdaderamente violentada), y solo le sirve a la institución en la construcción de su imagen (le trae la compasión del público), y no a la mujer violentada en la reconstrucción dolorosísima y tortuosa de su propia imagen, de su propia vida. Al contrario de lo que la exposición espectacular de los hechos quiere presentar, no es la institución la agredida, sino una mujer, y no es la institución la que sufre, sino una mujer. Con verdadero sadismo los agresores y la institución desgarran en conjunto la existencia y la dignidad de una mujer violada. Así mismo, no es un pueblo ingenuo y despistado el que pide la transformación real de la sociedad, sino que son las prácticas institucionalizadas del entramado estatal las que han llevado las cosas hasta un punto en el cual la única salida racional es la transformación real de la sociedad. El pueblo, no ingenuo y nunca despistado respecto a su sufrimiento, solo constata la imposibilidad objetiva de sostener un rumbo como el que los actos del estado, en la persona de sus funcionarios, impone a esta sociedad. Un gobierno que ha ampliado considerablemente el conjunto de necesidades basales de su sociedad: necesidad de vida digna, necesidad de muerte digna, necesidad de justicia, necesidad de paz, necesidad de libertad, necesidad de verdad, necesidad de respeto.

No es gracias a la razón blanca y poderosa, a la pesquisa del filósofo lejano sobre lo que puede o no un cuerpo, sino a cuerpos vulnerados, como los cuerpos heridos y caídos en la noche del nueve de junio del 21 en las calles de un barrio marginal en un país sobre las márgenes del mundo, que sabemos, con certeza fulminante, qué es lo que puede un cuerpo inerme: con su infinita sed de vida el cuerpo inerme descompone al cuerpo poderoso y lo deja rendido en una rabia hueca. O de otro modo: con un invencible, irrevocable amor por la vida el cuerpo inerme —cuerpo-coraje— reduce el cuerpo poderoso —cuerpo-coraza— a polvo de la historia, a carne que se pierde en el vacío de una furia muerta.

Otra imagen, otro ejemplo: el cuerpo desvalido de la madre que persiste silenciosa en la memoria de su hija desaparecida, de su hijo arrebatado, es la fuerza viva que entra digna en la eternidad de la verdad, sin que pueda tocarla ni mirarla la fuerza muerta de los amos.

Recordemos siempre esto, y que en nosotros el olvido nunca sea: un cuerpo inerme puede vencer a la muerte.

Esto desesperaría de ser un artículo académico,

y bajo ninguna circunstancia aceptaría ser una columna de opinión;

esto quiere, de manera muy precisa,

ser una pedrada de papel arrojada contra un tanque de guerra.