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Sobre el terrorismo individual contra la dominación

Fuentes: Rebelión

La Historia la hacen los hombres colectivamente y a la vez queda determinada por estructuras construidas por éstos y devenidas autónomas de su voluntad. Pero entre ambos movimientos también hay individuos que, para bien o para mal (según actúen para dominar o para no ser dominados), toman en un determinado momento un papel importante en […]

La Historia la hacen los hombres colectivamente y a la vez queda determinada por estructuras construidas por éstos y devenidas autónomas de su voluntad. Pero entre ambos movimientos también hay individuos que, para bien o para mal (según actúen para dominar o para no ser dominados), toman en un determinado momento un papel importante en el devenir histórico. 
 
En esa dirección se expresaba Bertrand Russell al principio de su excelente libro «Libertad y Organización» publicado en 1934 y traducido en 1936 al español por el poeta León Felipe, al decir ya en el Prefacio que: «Yo no creo que si Bismarck se hubiese muerto de niño la historia de Europa durante los últimos setenta años hubiese sido exactamente igual a como ha sido». Pero lamentablemente ningún anarquista nos libró de Bismarck como los bolcheviques nos libraron de los zares en Rusia y la historia quedó afectada por un solo hombre que contribuyó decisivamente a la futura constitución del nazismo.
 
En 1878 Bismarck, aprovechándose de dos atentados contra la vida del emperador (con los cuales el socialismo no tenía nada que ver), promulgó un decreto por el cual el socialismo quedaba sujeto a diversas penas. Ley que permaneció en vigor hasta 1890, y entre tanto, el canciller del Kaiser Guillermo trató de ganarse a los trabajadores con sus medidas de seguros contra enfermedad, accidentes y vejez (primer sistema de Seguridad Social) que fue el modelo sobre el que se elaborarían los sistemas de protección social europeos. Varios profesores inventaron una doctrina que llamaron socialismo de Estado que consistía en extraer del socialismo lo que era «bueno» y desechar lo que era «malo», doctrina a la que se adhirió Bismarck confraternizando con Lasalle. Lo que había de «malo» en el socialismo eran su ateísmo, su republicanismo, su internacionalismo, su deseo de privar al rico de las ganancias adquiridas por su detentación de la propiedad y su plan de traspasar el poder al proletariado, es decir, todo el socialismo de Marx. Lo que había de «bueno» era que el Estado podía hacer mucho por fomentar la eficiencia nacional que, en general, debía ser amable con el pobre trabajador y reparar los desperfectos de su máquina de producir; y que había que eliminar a mucha gente como los socialistas revolucionarios o quienes no fuesen alemanes y de la raza aria (1). 
 
El 8 de octubre de 1908 Adolf Hitler es rechazado en las pruebas de ingreso para la Academia de Bellas Artes de Viena. En una magnífica novela de Eric-Emmanuel Schmitt La Part de l’autre (2001), éste toma pié en tal hecho para jugar con la historia contrafáctica novelando otra historia posible sí Hitler hubiese ingresado en Bellas Artes. Esa pequeña variación en la vida de un solo hombre, como en la Teoría del Caos, hubiese cambiado el rumbo del planeta. Ya no hubiese sido Adolf Hitler el dictador sino Adolf H. el artista mediocre quien hubiese pasado por este mundo, esta vez sin destruirlo. El libro mencionado lleva una dedicatoria: «A la memoria de Georg Elser, instalador de bombas artesanales», que fue el primer «terrorista» que intentó asesinar a Hitler, lamentablemente sin conseguirlo.
 
Recientemente falleció con 90 años el líder del equipo llamado «terrorista» que llevó a cabo la Operación Antropoide en plena Segunda Guerra Mundial y que mató al gobernador nazi de Bohemia y Moravia, Reinhard Heydrich. El 27 de mayo de 1942 el Grupo Especial D de los servicios secretos del Gobierno checoslovaco en el exilio hería de muerte al gobernador nazi. Los soldados del Eje en represalia ejecutaron a todos los varones de los pueblos de Lidice y Lezaky, las mujeres adultas fueron enviadas a un campo de concentración y los niños y niñas adoptados por familias alemanas. Siete hombres del equipo «terrorista» fueron traicionados ante la Gestapo y tras pelear toda la noche decidieron suicidarse antes de caer en manos de las SS. Una historia ésta última que no difiere mucho de lo sucedido recientemente en Leganes (Madrid, España) cuando un comando terrorista musulmán, tras quedar cercados por los Geo, se suicidaron antes de ser presos haciéndose volar por los aires. Lo que ocurre es que ahora no somos informados de las represalias que George Bush toma constantemente contra los musulmanes aunque las prácticas de la nueva Gestapo han salido superficialmente a la luz a través de las imágenes que se filtraron de las torturas y violaciones en las cárceles iraquíes.
 
El que quiera ver un homenaje de Estado a un «suicida» no tiene más que observar con atención la estatua que hay en la plaza de Cascorro (en el Rastro de Madrid, España), pues se trata de un uniformado, con fusil al hombro y bayoneta calada, que porta bajo un brazo una enorme lata llena de gasolina y en la otra mano una antorcha como la que Prometeo robó a los dioses y entregó a los hombres. Ese soldado se llama Eloy Gonzalo (también hay una glorieta con su nombre) y se le ha elevado una estatua en los altares de la posteridad porque se le considera un héroe nacional; y se le considera un héroe nacional porque se «inmoló» luchando contra el «enemigo» en la guerra que España libró contra los Estados Unidos cuando éstos le arrebataron las últimas colonias. Ahora bien, si alguien prefiere considerarle un enajenado por la religión católica de la España Imperial de 1898 no sólo estará en tu derecho, sino que además, no le faltará algo de razón. El 8 de agosto de 1897 el conservador Canovas del Castillo había sido asesinado por el anarquista italiano Michelo Angiolillo que colaboraba con los independentistas cubanos, ya que Canovas era el mayor obstáculo para la causa cubana; pero eso lo que produjo es que dejó la gestión de la guerra hispano-norteamericana y la crisis de la pérdida de las colonias en manos del liberal Sagasta (quien da nombre a una larga y céntrica calle de Madrid) que preferirá también la entrega a EEUU de las tierras cubanas antes que ceder a la autodeterminación de la isla. Otro presidente de España con calle en Madrid fue asesinado por un equipo anarquista el 8 de marzo de 1921, el liberal Eduardo Dato, nadie erigió una estatua a ese equipo ni puso sus nombres a las calles de una ciudad.
 
¿Por qué entonces nos extrañamos ahora tanto de que haya naciones que consideren a quienes nosotros llamamos «terroristas» como héroes y estén dispuestos a erigirles estatuas y dar su nombre a las calles de sus ciudades? ¿No han asesinado Reagan y George Bush con sus ordenes y sin mancharse las manos de sangre a muchas más personas que todos los «terroristas» individuales de la historia de la humanidad? El terrorismo de Estado de Israel junto al terrorismo Imperial de Estados Unidos son junto al terrorismo paramilitar que alientan y fomentan, con mucho los mayores asesinos del planeta. No asesinan para ser libres de ninguna opresión sino para dominar y sojuzgar.
 
Decía Hegel al final de su Prólogo a la Fenomenología del Espíritu que «la actividad que al individuo le corresponde en la obra total del espíritu sólo puede ser mínima», pero se equivocaba, puede ser bastante más importante. A pesar del individualismo neoliberal de átomos mediocres y consumistas que consagran sus existencias a alimentar con su trabajo la máquina de la plusvalía, junto a la acción conjunta de los pueblos nacionales y las multitudes revolucionarias, existen individuos que inciden no poco en la obra total de la Historia. Un terrorista (sea del bando que sea) puede llegar a ser uno de tales individuos, tanto como un estadista, aunque el primero tenga una base social más difusa que el segundo. Su acción individual, tenga respaldo social o no lo tenga, sólo será determinante si el objetivo es importante. Muchos intentaron matar a Franco o a Pinochet sin conseguirlo. Y si positivo fue para el mundo el asesinato de Carrero Blanco negativo fue para el planeta el asesinato de varios miembros de la familia Gandhi. Hay un terrorismo paramilitar que busca la destrucción de individuos benefactores de la humanidad y liberadores de los pueblos y un terrorismo revolucionario que busca la destrucción de los dictadores y de los reyes. No son lo mismo.
 
Mientras haya una tan elevada opresión, represión y dominación como la ahora existente habrá respuesta violenta tanto individual como colectiva. Por eso si el Imperio actual quisiera acabar con el «terrorismo internacional» lo primero que tendría que hacer es dejar de matar y de sojuzgar y dominar a la mayor parte del planeta; tendría que dejar de causar la respuesta desesperada que sus agresiones provocan.
 
 
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Notas:
 
(1) Cfr. Bertrand Russell Libertad y Organización. Parte Cuarta: Nacionalismo e imperialismo. Sección B: Competencia y monopolio en América. Capítulo XXX: Desarrollo económico del imperio alemán. Editorial Espasa-Calpe. Madrid 1970, pág.401. 1ªedición española 1936. Traducción: León Felipe. Título original: Freedom and Organization. 1ªedición, original inglés, de 1934.