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Sobre la memoria histórica y la calavera de García Lorca (I)

Fuentes: Gara

Con este artículo, el escritor Alfonso Sastre inicia una serie que se corresponde con el texto ampliado del que fue leído en Cortes, Nafarroa, el 1 de noviembre, en el Homenaje a los Fusilados por defender las ideas de Paz, Justicia y Libertad. En él realiza una valiosa aportación personal al debate abierto en torno […]

Con este artículo, el escritor Alfonso Sastre inicia una serie que se corresponde con el texto ampliado del que fue leído en Cortes, Nafarroa, el 1 de noviembre, en el Homenaje a los Fusilados por defender las ideas de Paz, Justicia y Libertad. En él realiza una valiosa aportación personal al debate abierto en torno a la recuperación de la memoria histórica, y que este periódico irá publicando en fechas próximas.

En tiempos ya lejanos se decía que la memoria es el talento de los tontos. Hoy ya se sabe que esta frase es poco menos que una gran tontería, pues la memoria en general es la base del pensamiento y sin ella no hay pensamiento que valga. Un aforismo alemán dice así: «Ohne Phosphor kein Gedanke»: sin fósforo no hay pensamiento; pues bien, de la memoria se puede decir, como nosotros acabamos de hacerlo, otro tanto.

A veces, también este desdén de la memoria es algo mucho peor que una tontería: un refugio desde el que se ocultan las realidades del pasado, las cuales son la infraestructura sobre la que emergen las nuevas realidades, de manera que se evita la reproducción de realidades pasadas que condujeron la historia por muy malos caminos para el conjunto de la humanidad. Se sabe que si no recordamos nuestros errores, por ejemplo, estamos amenazados de repetirlos.

Leyes del olvido, amnistías bajo el rótulo de «punto final» u otros, ha habido muchas para que grandes crímenes sean no sólo olvidados sino magnificados como aceptables episodios de la vida histórica en, por ejemplo, «la lucha contra el comunismo» o por «la dignidad de la patria». Chile, Argentina, son ejemplos a recordar.

También, entre nosotros, el de la «transición española» desde el franquismo a la democracia, al principio de la cual la idea de una necesaria «ruptura» con el franquismo se abandonó, salvo en Euskadi y por algunos grupos en España. Entonces se discutió, más o menos, sobre qué hacer, con interrogantes como éstas: ¿olvidar?, ¿perdonar?, ¿no sólo el olvido sino también el perdón?, ¿o ni lo uno ni lo otro?; y ello bajo «un ruido de sables», más o menos real o imaginado por el miedo o por el interés de los devotos del dictador.

En resumen, fuimos conducidos a una perpetuación «democratizada» del franquismo en la forma de una monarquía ideada por Franco para atar y bien atar la situación que él había creado con la ayuda del nazismo y el fascismo europeos; y así nos vimos encima la España en que vivimos, o, mejor, bajo la que vivimos, y no tuvimos una democracia verdadera y, por ello, capaz de hacer valer sus postulados y de pedir cuentas a los responsables de los crímenes cometidos en los territorios ocupados por Franco durante la guerra y en todos los territorios del Estado español desde el fin de la guerra hasta la muerte del «caudillo».

Estoy proponiendo con estas palabras contra el olvido un rechazo de toda posible amnistía? Veamos esto, pues quien está escribiendo este artículo es partidario de una amnistía general y total de todos los presos políticos (de motivación política o ideológica) que hay actualmente en las cárceles españolas; y ello es así porque para mí, aunque ello pueda resultar aún hoy escandaloso, hay que distinguir entre amnistías buenas y malas; y éstas -las malas- son las que pretenden que sean olvidados los grandes crímenes de los poderosos (opresores) o cometidos bajo su inspiración, y buenas las que van a favor de los oprimidos, incluso cuando ellos han cometido excesos y, en el límite, hasta daños muy graves y homicidios. No es fácil decidirse a pensar así, y menos aún a decirlo; pero es preciso hacerlo cuando está en juego nada menos que la paz para el futuro de este pueblo, horizonte que se cerraría si no se realiza una amnistía general y total. Las cosas son así y no de otra manera, y hay que partir de ellas.

Este tema de la memoria, en lo que se refiere a los «crímenes del franquismo», ha sido tratado durante los últimos tiempos y muy especialmente durante las últimas semanas de varias formas, algunas muy notables, como ha sido en la revista «Pueblos», que ha publicado un dossier referido a varias áreas geográficas, culturales e históricas. Yo quiero destacar aquí, por lo que afecta a la nuestra, el artículo «Memoria de las víctimas: hacia una cultura de la memoria», de Marcelino Flórez Miguel, en el que trae a colación «el concepto de memoria que construye W. Benjamin y que Reyes Mate ha explicitado (…)». Para W. Benjamin, según esta referencia, «la historia nunca ha sido universal; ha sido, como mucho, una historia de los vencedores, y siempre ha estado ausente una parte de la verdad, la de los vencidos, la de los que desaparecieron y no dejaron rastro».

Esta idea es una base suficiente para legitimar los movimientos, hoy más o menos activos entre nosotros o en nuestras proximidades, a favor de «la memoria histórica», justamente para aportar aquella «parte de la verdad» que falta, es decir, que está oculta todavía por los aparatos del Estado; y ello aunque esta cuestión esté siendo ensuciada últimamente por las presuntas «ideas» y la real práctica judicial de una persona tan cuestionable desde varios puntos de vista y con variados argumentos como es el juez Baltasar Garzón.

En la misma revista, yo deseo destacar el artículo de Amparo Salvador Villanova «Mujeres en el franquismo», en cuya entradilla leemos con asentimiento por nuestra parte la mala ralea de «los pactos de la transición» entre la derecha y la «izquierda», tras la muerte de Franco. «En ellos -dice Amparo Salvador- se pactaba el silencio sobre los crímenes del genocidio franquista y la destrucción de sus pruebas, la impunidad para los responsables y colaboradores y el olvido de las víctimas. Era -añade- el año 1977 y se acababa de promulgar la Ley de Amnistía (así llamada, A.S.), que daba cuerpo legal a aquellos ignominiosos Pactos». Suscribo tan duras palabras, y la referencia que las acompaña: «¡Y si sabes quién mató a tus hijos, te has de callar! ¡Y si sabes quiénes te violaron, te has de callar! ¡Y si sabes quién te robó y vendió a tus hijos, te has de callar!». Todavía hace falta mucho valor para pronunciar estas palabras.

De la revista «Página Abierta» es destacable el artículo «Lo público de la memoria», de Joseba Eceolaza, aunque nada más sea para reproducir las cifras que en él constan de la matanza en ambos bandos, ampliamente recordado, sin embargo, en todo lo referente a «los crímenes de la `Horda Roja'» por los franquistas durante años y años, de manera que en ese sentido no hay otro problema de memoria pendiente que el de desmontar las muchas mentiras y exageraciones enfáticas circuladas siempre al respecto por la propaganda del Régimen y sus muchos colaboradores que un poco más y nos ahogan en la sangre derramada en Paracuellos del Jarama, por ejemplo. (Continuaremos).

Alfonso Sastre es Dramaturgo

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