Aquí donde los bancos, cadenas empresariales y medios de comunicación ponen en mayúsculas sus exorbitantes sumas de ganancias o para los poderosos es tan bueno invertir para que hasta los que prometían irse se quedaron, es apenas justo y da motivo para que sea objeto de celebración nacional, la subida del salario mínimo a 500 dólares a un trabajador que con esa suma tendrá que sostener a su familia, alimentarla, pagar vivienda o arriendo, servicios públicos, internet, transporte, educación y salud (sin incluir siquiera la posibilidad de otros derechos). Subir el salario trae dignidad sin inflación.
Como creerle a quienes se oponen no por el salario si no por la procedencia del decreto. Un famoso locutor deportivo le recriminaba a otro que dirige un popular matutino y traza la matriz mediática de la clase media desde Miami, que cómo puede ser él tan cínico para montar como sea un escándalo mediático si cada mes cobra más de 200 millones o como entender de otros la justificación de que es demasiado cuando quien la anuncia es un congresista de 50 millones al mes o un magistrado o un funcionario de alto nivel de un organismo de control con salarios de 60 o más millones o de un presidente de gremio de 40 o 100 millones o del presidente de la federación de cafeteros de 100 millones por mes mientras un campesino cafetero gana unos 12 millones pero en todo el año.
Es paradójico que los poderosos de aquí, siendo también inversionistas globales y socios de grandes corporaciones pagan en Europa salarios mínimos mensuales de 5 o 6 millones por su equivalencia en euros (1200 a 1500) o 200 mil pesos diarios en Estados Unidos (60 dólares), lo que puesto en comparación según contexto permite concluir que lo que pagan aquí es realmente el mínimo de lo mínimo, de ahí que al comparar los montos los salarios mínimos de Europa y Estados Unidos funcionen como un polo de atracción migratoria. De otra parte, no es cierto que pagar un mayor salario encarece las cosas, si esto fuera así cómo se explica que en diciembre sin que haya subido salario alguno los “dueños”, no el gobierno, incrementaron el costo de transportes, alimentos, peajes, hoteles. La explicación está en la concentración de poder y capital que impone los precios a su antojo y se burla presentando sus abultadas cifras de éxitos privados aduciendo que son reglas del mercado.
Subir salarios no crea inflación, no produce alzas, pero sí reduce la pobreza laboral. En 2025, apenas alrededor del 10.12 % de las personas ocupadas -unos 2.4 millones de trabajadores- recibió exactamente un salario mínimo legal y una proporción superior a los once millones de trabajadores, obtuvo ingresos inferiores a ese umbral (DANE), lo que no impacta el costo total de nada. Por ejemplo en la industria alimentaria el precio final no depende de cajeros ni auxiliares, depende de insumos agrícolas y logística que además al tener un dólar de bajo costo lo que debía ocurrir en justicia y compromiso social empresarial era que los inversionistas hicieran una reducción del precio y un aumento de la productividad para beneficio colectivo del país, no del gobierno, igual situación se aplica a agua potable, energía eléctrica, medicamentos, cuyas alzas no dependen de los vigilantes, los servidores de la limpieza, ni los lectores de contadores ni repartidores de recibos. Las alzas las producen en Colombia la indolencia y la avaricia de los poderosos dueños del capital y del poder.
Subir el salario mínimo por decreto del gobierno no es un exceso, ni produce impactos significativos (en Alemania en 2015 el impacto fue menor al 0.3% y en España y Francia no han desatado ninguna inflación) y en cambio sí tiene un efecto positivo para el crecimiento económico y lo que deben hacer los empresarios, no es jugar a la militancia política exacerbando odios y fomentando prejuicios y desinformación, si no ajustar sus márgenes reduciendo utilidades y mejorando la productividad para convertir el alza en una ganancia colectiva para el país entero, aceptando que subir el salario mínimo contribuye a cerrar brechas y a producir conciencia social como una garantía para realizar derechos negados y ser referencia simbólica de respeto al derecho al trabajo y a la dignidad humana del sector de población laboral más vulnerable y vulnerada.
El salario mínimo es un instrumento político altamente visible para contribuir a transformar progresivamente la vida material de la mayoría de los trabajadores, mientras se aborda de manera estructural la informalidad, la baja productividad, la concentración del ingreso y la debilidad del empleo privado de calidad, para que el salario mínimo sea más un derecho efectivo y no un síntoma de una desigualdad persistente que atraviesa tanto al mercado como al propio Estado.
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