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Testimonios

Fuentes: Rebelión

Cuando Richard However murió, ganador de dos premios Pullitzer como eximio periodista, dejó numerosos escritos inéditos. Con mucha insistencia y no sin cierta cuota de juego sucio pudimos rescatar estos manuscritos que hoy damos a conocer, en realidad no cedidos de buena gana por su viuda, pero que estimamos valían la pena los ardides de […]

Cuando Richard However murió, ganador de dos premios Pullitzer como eximio periodista, dejó numerosos escritos inéditos. Con mucha insistencia y no sin cierta cuota de juego sucio pudimos rescatar estos manuscritos que hoy damos a conocer, en realidad no cedidos de buena gana por su viuda, pero que estimamos valían la pena los ardides de que nos valimos para su recuperación.

However nació en Québec, Canadá, de madre franco-canadiense y padre estadounidense. Por tanto tuvo el inglés y el francés como lenguas maternas. Criado por más de quince años en Latinoamérica, donde su padre era enviado de prensa para un destacado periódico neoyorkino, llegó a dominar el español con tanta fluidez como otra lengua materna más.

Viajó mucho -más de 50 países- y fue un insaciable lector; por tanto, tal como dijo Cervantes por boca del inmortal don Quijote, era un sabio en el más cabal sentido de la palabra, pues «quien ve mucho y lee mucho, sabe mucho». Si algo caracterizaba su trabajo periodístico era su independencia. No se sabía cómo, pero lo cierto es que conseguía las entrevistas más increíbles, más osadas, desde un condenado a muerte a un dictador inabordable, desde una prostituta de bajos fondos a los más encumbrados funcionarios vaticanos. Y a todos trataba con la misma espontaneidad así como también con el mismo rigor metodológico.

Producto de ese genial trabajo de búsqueda de testimonios fuera de lo común, novedosos, insólitos si se quiere, hoy estamos en condiciones de presentar estas cuatro entrevistas. Por motivos que desconocemos -quizá simplemente azarosos- nunca fueron publicadas. Y creemos firmemente que vale la pena darlas a conocer. En realidad no son desgrabaciones de entrevistas sino sólo sus síntesis; eso fue todo lo que encontramos entre sus papeles. Nunca tuvimos los soportes audiovisuales respectivos. Se abordan aquí cuatro personajes muy disímiles, con características personales e historias de vida muy distintas, pero que tienen un hilo conductor común.

Tres varones y una mujer, dos hechos en inglés, uno en francés y otro en español, los cuatro testimonios impactan. No queremos anticipar nada y preferimos dejar al lector el trabajo de encontrar los rasgos comunes a todos los entrevistados, pero nos permitimos anticipar solamente que en todos ellos prima el sentido trágico de la vida, la fuerza ineluctable del destino. Algún colega a quien le compartí estos materiales llegó a decir que no son síntesis de reportajes sino presentaciones literarias -o filosóficas- puestas en boca de estos presuntos personajes. En definitiva, ello no importa. Lo que vale la pena, creemos, es lo que allí se transmite. Yo más me inclino por pensar que efectivamente son testimonios de casos verídicos, patéticos, impresionantes. Como siempre, la realidad supera a la fantasía.

Martín (sin apellido conocido)

Sí, ya lo sé: lo que hice no está bien. No quiero buscar excusas, por supuesto que no. Ni tampoco voy a pedir que me perdonen. Lo hice, y punto. Matar no está bien, ya lo sé. Aunque, bueno… ¿Quién dice que no está bien? Si uno se pone a pensarlo detenidamente eso es discutible. Claro, si lo digo yo, un niño de la calle, un marginal de esta ciudad infame, un indigente de Santa Fe de Bogota… ¿quién me va a prestar atención? A los niños de la calle no se los escucha; simplemente se los saca de en medio. Somos lo que afea las ciudades, la basura, la inmundicia. ¿Usted piensa que no lo sé eso? Pero también le hago la pregunta: ¿usted piensa que a nosotros nos puede gustar ser eso?, ¿usted piensa que podemos estar contentos con eso? Y, por supuesto, si digo algo, cualquier cosa que agregue, lo único que voy a hacer es complicar más mi situación. Ante los ojos de todos soy un asesino y no hay mucho que agregar. ¿Quién me iría a prestar atención? Pero de todos modos creo que vale la pregunta. Al fin y al cabo, tengo a derecho a plantearlo ¿no?

De acuerdo, soy un asesino. Un terrible asesino, un homicida. No tengo derecho a reclamar nada porque lo que hice es atroz. De acuerdo. No estoy totalmente convencido que sea así, pero lo tengo que aceptar: ¿cómo un harapiento niño de la calle podría discutir estas cosas? Pero ¿no es tan criminal como lo que yo hice, no es peor que eso, incluso, condenarnos a ser lo que somos, condenarnos a esta vida de marginales, de sub humanos que no tienen ninguna posibilidad en la sociedad?

Usted ahí, con su grabadora y su cámara de fotos, es probable que me entienda un poco, o que haga el intento por entenderme. Seguramente por eso está aquí. O quizá me equivoco y lo único que busca es mostrar a un asesino juvenil para vender una nota impactante que le van a pagar bien. No lo sé. Intuyo -y espero que así sea- que usted entiende lo que le estoy diciendo y que no es simplemente un vendedor de noticias sensacionalistas, que viene sólo para mostrar mis manos manchadas de sangre.

Criado en la calle toda mi vida ya ni me acuerdo de mi familia. De hecho no tengo apellido, y no sé si realmente me llamo Martín. Así me dijeron siempre, por lo que adopté ese nombre. Bueno, si no me llamo así no importa. Así me conocen, y eso es suficiente. Lo que recuerdo vagamente es que la señora con quien viví un tiempo me pegaba con un alambre. Ella siempre me decía que mi mamá, mi mera mamaíta, me regaló. No le puedo decir si eso fue cierto; pero si lo fue… ¿no le parece también eso una forma de asesinato? Mire, yo no quiero quitarme la culpa. A ese cabrón que maté le pegué las seis puñaladas sabiendo lo que hacía. No voy a pedir clemencia por eso. Lo maté porque tenía que hacerlo; era la venganza que hacía tiempo venía esperando. Ese era un gallito bravo que nos vivía provocando, y era él quien se violó a Myriam, la pelada de quien me había hecho gran amigo en la calle. Pero eso no viene al caso.

Está bien: lo maté. ¿Pero no es una forma de matarnos todos los días condenarnos a miles y miles de niños a vivir en la calle?

Con doce años lamentablemente he visto tantas cosas…, creo que demasiadas, tal vez muchas más que las que verá un niño o un joven normal de buen hogar en toda su vida. Por eso no me sorprende ni me asusta el tema de la muerte. Mire, se lo puedo asegurar, mister Richard, yo ya desde pequeño he estado en contacto con la muerte. ¡Usted no sabe la cantidad de amigos muertos que uno va teniendo en la calle! El que no muere porque lo mata la policía, muere por peleas con otras bandas, o por exceso de drogas. ¡O de hambre! Ya no me asusta la muerte. ¿Por qué iba a asustarme?, si desde que uno vive en estas condiciones sabe que tiene la vida pendiendo de un hilo.

Yo viví como un año en un centro de menores, un reformatorio. Y me salí. Eso era lo peor de lo peor. Supuestamente era un hogar sustituto, pero en realidad es una cárcel. Los abusos que vi adentro usted no puede imaginarlos. Ahí fue donde me violaron por primera vez. Fue desde ahí que vengo juntando cólera y donde empecé a pensar en que iba a matar a alguien. Pero no se crea que maté por el puro gusto de matar. No, nada de eso. Sadismo de verdad lo vi en la policía. Sí, esos sí que matan por puro gusto. ¡Usted no sabe cuántos casos vi yo de pelones a los que matan sólo para practicar puntería! Total… ¿quién les va a decir algo? El que tiene un uniforme, o el que tiene poder, con o sin uniforme, no importa, ése es intocable. Con los policías se ve bien clarito; pero también con cualquier ricachón. Y con los que manejan la droga. Todos ellos viven matando cuando quieren y a quien quieren. ¿Y cuándo ve que caiga alguno de ellos?

Mire, yo no entiendo mucho de política y esas cosas. ¿Cómo voy a entender si soy analfabeta y lo único que sé hacer es pedir limosna o robar carteras? Bueno, pero eso no quiere decir que no me dé cuenta de las cosas… Y lo que quiero decirle es que sólo a los piojitos sin importancia como nosotros agarran. Los que se roban todo, los que hacen un negocito y se ganan lo que yo en toda mi vida, yo y mis amigos de la pandilla, en toda nuestra vida no podríamos ganar, esos son intocables. Y si esos tipos matan… ¿quién se entera? Y si, pongamos por caso, alguien se enterara: ¿quién les va a hacer algo?

Está bien, está bien… Reconozco que matar no es correcto. ¿Pero por qué hay tanta guerra? A los soldados que matan no los condenan. ¡Los premian!, les dan condecoraciones. Algo me parece que no funciona ahí, ¿no cree?…Algo no cuadra…

William Bloomfield

Sí, sí: lo sé. Matar no está bien. Creo que nunca escuché repetir tanto esa frase como en estos días. ¡Ya estoy cansado de escucharlo! «Matar no está bien», «matar no está bien»… ¡Cómo si no lo supiera! Pero cuando estaba en Vietnam nadie decía eso. No, al contrario. Ahí era al revés: ¡había que matar! Me acuerdo el tipo que nos preparaba para ir a Vietnam; dos meses de entrenamiento riguroso tuve. ¡Todavía lo recuerdo bien! Era un sargento de Texas: Ross se llamaba. Siempre gritándonos, siempre maltratándonos. Bueno, era parte del entrenamiento. Lo que recuerdo más claramente es cómo el tipo este nos hablaba de nuestro trabajo: «hay que matar a esos chinos del demonio sin contemplación». Recuerdo la vez que un soldado, quizá inocentemente, le preguntó por qué había que hacer eso. ¡Por dios!, no sabe los castigos que le puso al pobrecito… Lo tuvo haciendo sentadillas como una hora, obligándole a gritar con toda su alma: «¡Yo no soy mujercita y voy a matar chinos comunistas!».

Bueno, así nos preparaban. Usted debe tener mi edad más o menos, así que seguramente conoció de cerca todo eso. No sé si habrá estado en Vietnam. Si no estuvo, mejor para usted, porque eso sí que era un infierno, viejo. Yo salí entero de allá, nunca una herida, un golpe… Quiero decir: salí entero físicamente. Porque los recuerdos que cargo… ¿quién me los va a quitar? Alguna vez, como dos años después de haber regresado, la época en que peor me sentí, estuve tentado de ir al psiquiatra militar que teníamos asignado los veteranos. Yo ya no pertenecía al Ejército. De todos modos no me decidí a ir. Hubiera tenido que volver a contar todo, recordar cosas que prefería no tocar… Así que me las arreglé solo. Alcohol y bastante marihuana, y más o menos fui saliendo adelante. Y le cuento que no fui el único. De mi pelotón la gran mayoría quedó como yo, bastante mal. Sólo algunos, que con el tiempo dejé de ver, quedaron enganchados en las Fuerzas Armadas. El resto, igual que yo, un poco a los golpes, nos fuimos reinsertando en la vida normal. No fue fácil, créame However.

Nunca más volví a empuñar un arma. Alguna vez me ofrecieron un puesto en una agencia de seguridad, pero no lo quise. Había quedado demasiado impresionado con lo que vivimos allá, así que el sólo recuerdo del olor a pólvora ya me caía mal. Creo que lo que más me impresionaba era ver los cadáveres. De ambos bandos, claro. Uno de mis buenos amigos, con quien nos conocíamos desde niños: Paul Spencer, viajó conmigo a Vietnam. Y a poco de llegar, como a las dos semanas, murió. Recuerdo que vi cómo rodaba su cabeza destrozada por una granada. Aunque no lo crea, parte del cerebro me salpicó la cara. ¡Fue horrible! Y eso fue apenas llegados. Al mes ya quería salir de ese infierno. Pero por supuesto, no podía. Después uno se va acostumbrado, así como se acostumbra a todo. También la gente se acostumbra a vivir en una cárcel, o a vivir en un callejón comiendo de los tarros de basura… Pero nunca eso es gratis, ¿vio? Esas cosas van dejando marca.

Yo nunca estuve preso ni nunca fui un gran consumidor de drogas. Fumo marihuana. Eso ya es un hábito, y creo que hoy día ya no podría estar sin ella. Pero nunca me he metido en problemas. Bueno, en problemas grandes. Una sola vez me detuvieron manejando con algunas cervezas de más. Fue lo único. Por otro lado, soy un buen ciudadano. Soy de los que van a votar y pagan regularmente sus impuestos. No soy un tipo violento, no, le aseguro que no.

No sin dificultades, tengo que admitirlo, unos años después de haber regresado, me casé. Bueno, hice pareja, porque en realidad nunca nos casamos legalmente. Ella era una buena chica de Alabama que había llegado de joven a Nueva York. Nos fuimos a vivir juntos, y al tiempo tuvimos un niño. Esa fue la pasión de mi vida: Bradford, mi pequeño Brad. Hasta el día de hoy es lo que más quiero en el mundo, más que a mi carro (¡y mire que quiero a mi carro!, ¿sabe?) Con él pasé los mejores momentos que recuerde, ¡con mi hijo quiero decir! Aunque también de los carros tengo buenos recuerdos… A Brad nunca le conté nada de la guerra. El sabe que fui soldado y estuve en Vietnam. Y sabe que, como cualquier soldado, maté. ¿Qué otra cosa podría hacer un soldado? Pero nunca me preguntó nada al respecto.

Después me separé, cuando Brad ya tenía como 12 años. Fue feo, muy feo. Lo seguí viendo, por supuesto, pero ya no era lo mismo. Y desde entonces lo único que hice fue trabajar. No volví a tener una pareja estable. No lo quise, no. Demasiadas complicaciones. Suficiente ya con la que había tenido. Para decir la verdad: quedé espantado con esa relación. Y si bien tuvimos infinidad de problemas, nunca, pero nunca se me hubiera ocurrido ser violento con Betty, mi mujer. Yo, However, como le dije hace un momento, no soy un tipo violento, créamelo. Si ahora maté, tuve mis motivos. Yo no soy un asesino, un sádico. En todo caso si por algo debieran arrestarme, si alguna muerte debiera achacárseme, serían las de Vietnam. Pero esas, por supuesto, eran muertes legales. ¿Usted piensa que yo estaba feliz disparando desde un helicóptero contra campesinos desarmados que temblaban de miedo cuando nos veían? ¡Esos eran crímenes! Esos, y no haber matado a ese ladroncito que intentó quitarme el carro y al que ataqué. Porque, por último, dígame: ¿no vivimos en un país donde lo más importante es el carro? Si ni siquiera documento de identificación tenemos; la licencia de conducir es lo más importante. Si tienes carro vales, si no, eres un fracasado. Será una estupidez, pero yo me lo creo. Y defiendo mi carro a muerte, casi tanto como a mi Brad.

El hecho fue que estos tres muchachitos -todos latinos, según pude ver- estaban por robarse mi carro, una camioneta Chevrolet recién compradita. ¿Y con qué derecho? Yo reaccioné, naturalmente. Dos de ellos huyeron, pero el tercero me enfrentó. Me asusté, no voy a decir que no. Se me ocurrió agarrar una barreta que casualmente había en el estacionamiento, y el tipo sacó su navaja. No soy bueno para pelear, y además ya tengo mis añitos. De todos modos, corpulento como soy, no me amilané. Forcejeamos un poco, y fue ahí donde el condenado logró herirme en el brazo izquierdo. Ver la sangre que me corría me despertó. Inmediatamente se me vinieron los peores recuerdos de la guerra, la cabeza de Paul rodando junto a mis pies, las escenas de vísceras y miembros esparcidos por la selva, sangre, fuego, humo, olor a pólvora, gritos… Fue todo en un santiamén; si ahora me pregunta cómo lo hice, la verdad que no lo sé. Quiero creer que le arrebaté su navaja y le di seis puñaladas, no le encuentro otra explicación. La cosa se complicó porque no hubo testigos. Nadie me creyó todo lo que conté… Si al menos se hubiera logrado detener a alguno de los otros dos que huyeron, o verlos siquiera. Pero, claro… era mi palabra contra el cadáver. ¿Cómo podía demostrar que tres tipos estaban robándose mi carro en un estacionamiento en ese centro comercial? No había pruebas, sino sólo un tipo muerto con seis tajos en la panza y yo con una navaja ensangrentada en la mano. No hubo atenuantes.

En el juicio preferí guardar total silencio. No tenía palabras. ¿Qué iba a decir? Yo siempre creí en las leyes de mi país, aunque ahora me estoy planteando si está bien todo lo que hacemos. ¿Por qué matar un vietnamita estaba bien y haber matado a este ladrón no? Algo ahí no funciona bien, no cuadra…

Juliette Bouffané

Está bien, lo reconozco: matar no es correcto. Soy una asesina. Demasiado he llorado ya por todo esto. No se crea que no tengo conciencia de lo que hice, que me siento feliz por lo que sucedió. Obviamente no… Ni tampoco voy a buscarle excusas a la situación. Lo hecho, hecho está. De todos modos, creo que no es cuestión de quedarse con la idea que soy una asesina por sádica y asunto acabado. Yo me abro otras preguntas, y me alegra mucho que esté usted aquí haciéndome esta entrevista. Quizá nadie vaya a ponerme atención. ¿A quién le podrían interesar las declaraciones de una monja asesina? En todo caso podrán interesar como cosa escabrosa, morbosa. Pura prensa amarillista, ¿verdad? Pero creo que no es su caso, monsieur However, ¿no es cierto? Me gusta poder tener esta oportunidad para hablar y decir cosas que nunca antes me había atrevido a contar.

Reconozco que maté, claro que sí. Nunca lo oculté. Es más: en el momento mismo de la detención no me opuse, nunca lo negué. ¿Por qué iba a negarlo además?, si lo hice sabiendo cabalmente lo que estaba haciendo. Es más: creo que si se volviera a repetir la situación hasta repetiría el asesinato. No voy a decir que fue un momento de locura, de extravío… No, nada de eso. Fue una decisión pensada. Seguramente movida muy visceralmente, claro está. ¿Pero qué otra cosa podría haber hecho? Las cosas del corazón son así. Además, en nuestro mundillo de las monjas, en el convento, ¿con quién iba a hablar esto? Estoy segura que la madre superiora no me hubiera entendido. Más aún: hizo lo imposible por tapar todo el asunto, para que no estallara el escándalo. ¡Pero no el escándalo de la muerte! Eso es infamante, sin lugar a dudas. Pero más escandaloso aún, infinitamente más escandaloso es el motivo que me llevó a cometer el asesinato y los pormenores que hay por debajo.

Yo me hice monja de jovencita, ya hace como veinte años. Ahora tengo 44. Pasé algún tiempo en Senegal, ex colonia nuestra. Bueno… nuestra… Da un poco de vergüenza decirlo así, ¿no le parece? Es que yo eso lo escuché tanto en mi casa: «nuestras» colonias, «nuestros» territorios… Mi padre fue oficial del ejército francés en Argelia por varios años. De hecho yo viví un tiempo ahí. Y siempre hemos tenido esa sensación de propiedad sobre territorios que, en realidad, no son nuestros. Pero a fuerza de repetirlo una termina por asimilarlo: una buena parte del Africa era francesa. ¡Qué patraña!, ¿verdad? Bueno, es como ustedes, los americanos, con América Latina… Pero me voy del tema. Todo esto no interesa.

Yo me hice monja casi por decisión familiar. Mis padres eran profundamente católicos, de rezar todas las noches antes de irse a dormir… Muy creyentes, muy devotos. Pero eso no impedía que papá, ahora que lo recuerdo ya de grande, y ahora que lo entiendo mejor, hablara casi con asco, con desprecio, de los negros o de los musulmanes de los países que se suponía eran nuestros. Recuerdo que más de una vez me lo dijo siendo yo pequeñita: que los negros son inferiores a nosotros. Y yo, por años, me lo creí. Claro, ¿cómo no iba a creerlo? ¿Qué niño está en condiciones de discutir los dictados paternos? Así crecí, siendo una buena cristiana, una buena niña, una buena alumna, tocando un poco el piano, y despreciando a los negros… por inferiores. Le aseguro que me lo llegué a creer eso, de verdad, se lo aseguro.

No le voy a decir que me metí al convento por algún desengaño amoroso o cosa por el estilo. Eso creo que es un mito de las novelas. No, simplemente seguí el deseo de mis padres. Se ve que eso ellos lo tenían pensado desde mucho tiempo atrás, quizá desde que nací. Soy la hija menor de una familia de seis hijos. Y cuando llegó el momento de tomar los hábitos ni siquiera me lo cuestioné. Lo hice, y punto. Por supuesto que mis padres no sólo estuvieron de acuerdo: al contrario, lo festejaron. Era como si estuvieran esperándolo.

No me da ninguna pena reconocer que nunca tuve un contacto sexual con un hombre. ¿Por qué habría de darme pena? Lo que se espera de una monja, justamente, es que ni siquiera piense en esas cosas. Bueno, pero la vida y el deseo de la gente no son asuntos tan sencillos. Y las monjas también pensamos en esas cosas… ¡y sentimos! Más aún: como se nos tiene completamente vedado todo lo que tiene que ver con sexo, créame que poder mantenerse a salvo con la abstinencia es una tortura. Le aseguro, monsieur However: no hay religiosa que no se masturbe. Así como, por otro lado, se ha dicho que no hay hombre que no lo haga. ¿Sabía usted que según no sé qué estudio que anda por ahí, el noventa y ocho por ciento de los varones se masturba? Bueno, y el otro dos por ciento es manco…

Pero volviendo a lo que le estaba contando, llevar dignamente mi celibato me fue difícil. En un primer momento, apenas entré al convento, me lo propuse. Y a decir verdad, lo logré. Bueno…, lo logré durante un tiempo. Hasta que apareció ella.

Ella tenía dos años menos que yo; era muy bonita, muy simpática. Creo que de no haber elegido la carrera eclesiástica…hubiera podido ser actriz, o modelo. Era completamente encantadora. Y por lo que veo, les gustaba a mujeres y hombres. Pero eso no lo sabía yo en un principio. Fui enamorándome, no lo oculto. Pero lo que más escozor me provocaba era que me pasara algo así, que la pasión fuera envolviéndome. Una monjita se supone que no puede dejarse llevar por eso. Eso era lo que me trastornaba, no que la persona a quien amaba fuese de mi mismo sexo. Como muchas veces escuché decir casi en tono de broma -cosa que ahora afirmo con la mayor seriedad-: en el amor, mientras haya pasión y sea puro, el sexo de la otra parte no importa. Y le puedo asegurar que eso es así. No sé si usted habrá tenido experiencias homosexuales; no se lo estoy preguntando, y por último, no me interesa. Es su vida. Pero le puedo asegurar que la pasión que fui sintiendo por Ivonne fue creciendo y creciendo día a día hasta que llegó un momento que mi vida era sólo ella. Sé que no fue recíproco, por lo que sucedió después.

Hacíamos el amor con mucha frecuencia. No sé si ya le había dicho, o usted lo sabía, que ella era negra. ¡Si mi padre aún viviera y se enterara creo que lo que no me perdonaría jamás sería no tanto el asesinato, ni una relación lésbica, sino… que me hubiese elegido una negra como pareja! Era una negra encantadora, créame, con un cuerpazo fenomenal, y una sensualidad que erizaba los pelos. Yo la veía y eso ya bastaba para que me excitara. Si por mí hubiera sido, hubiéramos tenido muchísimo más sexo. En algún momento se me ocurrió plantearle dejar el convento e irnos a vivir juntas. Pero nunca me atreví a decírselo. En fin, las cosas no son como uno quiere… Definitivamente dios maneja nuestras vidas. Y parece que no estaba de acuerdo con esa relación. Por eso, digo yo, me mandó ese castigo.

Al principio yo no entendía por qué tanto revuelo. La madre superiora era una de las que más énfasis ponía en el asunto; Ivonne también. La instalación de las tuberías debía pasar por la calle que separaba nuestro convento, en la acera norte, de la iglesia Sainte Sulpice, en la acera sur. Sé que hubo un par de reuniones donde tanto la madre superiora, la hermana Monique, así como el cura párroco de la iglesia, el padre Denisse, insistieron vehemente antes autoridades municipales de París para que la obra no pasara por la rue du Citron. Después supe de qué se trataba: si se abrían las zanjas previstas por ahí, se descubriría el túnel que unía la iglesia con el convento de las «santas» monjitas. Cuando la cosa se hizo pública fue un escarnio bastante grande que el obispo trató de silenciar. Pero el periodismo ya sabe cómo es. Bueno, no todos los periodistas son iguales. Usted, sin dudas es distinto. Pero esas noticias escabrosas siempre son muy buscadas. La cuestión resultó ser que recién ahí lo fui sabiendo. Ivonne recibía la visita de varios sacerdotes de Sainte Sulpice. Y no lo pude soportar. Nos habíamos jurado amor absoluto, fidelidad total, amor sólo entre nosotras dos. Yo lo cumplí, pero ella me traicionó. Sé que no hay que matar, claro que lo sé. Pero no pude contenerme.

Por último, monsieur However, esas seis puñaladas no estuvieron bien… pero, ¿acaso está bien mentir, engañar? Y lo digo tanto por Ivonne como por todos los que sabían de ese pasadizo secreto y se hicieron los tontos durante tanto tiempo. Y por los que intentaron cubrirlo cuando se descubrió, como el obispo. Yo maté por amor y no lo oculto. Pero la mentira es una forma de asesinato mucho más perniciosa. Y tiempo después supe que varias monjas abortaron en más de una oportunidad hijos engendrados por los curas de la iglesia de enfrente. Lo que más cólera me da es que la única que cayó presa luego de todo este escándalo fui yo, y le aseguro que no soy la peor en este asunto. Hasta le diría que soy la más franca, la más honesta. Algo aquí no cuadra…

Howard Spencer

¿Vergüenza? Bueno…no, no es precisamente eso lo que siento. Es otra sensación… más bien yo diría cólera. Sí, una profunda cólera. ¿Por qué me tuvo que pasar a mí justamente ahora? ¿Usted, señor However, tomó clara conciencia de con quién está hablando? Gente de mi clase no estamos acostumbrados a sentir vergüenza. Eso es un sentimiento para gente común, para gente que tiene miedo, que se puede arrepentir. Pero nosotros, y se lo digo con la más total objetividad, nosotros somos distintos. Nosotros somos los dueños, nacimos para ser dueños, para no tener miedo, para llevarnos el mundo por delante. No crea que lo que estoy diciéndole es pura fanfarronería. No, de ningún modo. Le hablo con la más completa honestidad. Usted pidió de entrevistarme, y yo se lo concedí. ¿Sabe por qué lo hice? Porque usted es uno de los pocos periodistas serios que he visto, objetivo, profesional. Lo que usted comunica es siempre creíble; por eso acepté hacer esta entrevista, porque me gustaría hacer saber a la opinión pública cómo fueron los hechos realmente.

No voy a negar que maté. En realidad déjeme decirle que fue la primera vez en mi vida que hago algo así. Nunca antes había matado a alguien con mi propia mano. No le puedo decir que me sienta especialmente orgulloso por eso. Orgulloso no…pero tampoco mal, avergonzado. Fue un avatar de la vida, así de simple. Sin dudas para la moral común matar está mal. Claro, por supuesto que sí: gracias a esos principios se edifican las sociedades. «No matarás» ordena uno de los mandamientos, ¿verdad? Es así, sin dudas; y como un ciudadano común y corriente debería sentirme apenado por esta infracción a nuestros códigos éticos que acabo de cometer. ¿Cómo es posible que todo un señor empresario mate? ¡Y mate así, de esa manera! Seis tajos en el abdomen a ese pobre tipo… Hasta parece de mal gusto eso, ¿no? Pero, bueno… tiene su explicación. Yo soy hijo de Henry Spencer, el acaudalado multimillonario dueño del Banco Libox, y principal accionista en varias empresas ligadas a las fuerzas armadas y a la producción de armamentos: Raytheon, Sun Microsystems, Northrop. Nuestro negocio es la muerte, así de simple.

Quizá a un ser común, a esos que se dicen buenos ciudadanos, que lavan su carro los domingos a la tarde luego de haber ido a la iglesia por la mañana y pagan religiosamente sus impuestos, quizá a alguien así le podría sorprender esto que le digo. O quizá pudiera indignarlo. Alguien así, por cierto, sentiría vergüenza por matar a una persona. Desde ese punto de vista no hay dudas que eso es escandaloso, y está bien, porque esa sería la reacción más normal ante un asesinato. En esa lógica, matar no está bien, es un delito. Pero no para alguien como nosotros que decidimos las políticas que se siguen en el mundo y que sabemos que matar gente es parte de nuestro negocio.

Créame, mi estimado However, que no se lo digo con ninguna arrogancia. No piense que estoy presumiendo y hablo con resentimiento ahora que estoy preso. Bueno, en cierta forma sí, tengo un gran resentimiento. Pero la tengo contra el mismo sistema que me hizo rico, que me ha puesto en el lugar en que hasta hace poco estaba. Ese mundo que se mide por la cuenta bancaria que uno tiene, mundo que manejan los políticos profesionales -que no dejan de ser nuestros empleados bien pagados, claro está- y que cada vez más depende de nosotros, de quienes tenemos los capitales, ese mundo, por razones bien difíciles de desentrañar ahora, me jugó una mala pasada. Hubo un choque de intereses, y otros intereses, no sé si decir más fuertes que los míos, que los de mi familia, pero al menos mejor ubicados en este momento, me jugaron una mala pasada. Por eso, le repito, yo no puedo sentir arrepentimiento por haber matado a ese pobre empleaducho a quien maté. Lo que me crispa los nervios es ver que esta partida la perdí, que este negocio me salió mal.

Yo no estoy acostumbrado a perder. En realidad, nunca perdí. Desde que nací mi vida fue siempre un camino hacia el triunfo, hacia el éxito. No sólo que nunca me faltó nada; eso está demás decirlo. Tenía todo, absolutamente todo lo que quería, incluso mucho más de lo que me hubiera imaginado que podía existir. No quiero extenderme en detalles, porque no vienen al caso, pero para que se de una idea simplemente déjeme decirle que mi primer carro lo tuve a los trece años…y fue una Ferrari. Mi padre, Henry Spencer, prominente miembro de la Asociación Nacional del Rifle, fue el que me enseñó consignas tales como «menos leyes y más pistolas» y «los revólveres salvan vidas». El, igual que yo, estuvo acostumbrado durante toda su vida sólo a mandar. Recuerdo alguna vez, en la sala de invitados de nuestra mansión en Boston, en una reunión con grandes personalidades -estaba ahí uno que luego fuera presidente, no importa dar su nombre ahora-, recuerdo, le decía, que estaba ahí un general de cinco estrellas: Smedley Butler, que tal vez usted debe tener presente. Yo era un adolescente y ya participaba en reuniones de esa naturaleza. Este militar recuerdo que dijo algo así como: «hay sólo dos cosas por las que deberíamos combatir. Una es la defensa de nuestros hogares y la otra la Declaración de Derechos. La guerra por cualquier otro motivo no es otra cosa que un chanchullo». Y recuerdo que mi padre, con voz enérgica y delante de todos los asistentes, llamó a la servidumbre para pedir el abrigo del general, agregando que ese señor se retiraba inmediatamente, porque en su casa no entraban patanes ingenuos ni mariquitas. Tiempo después ese tal Butler fue pasado a retiro. Bueno, yo me crié toda mi vida en ese espíritu de suficiencia, de dominación. ¿Cómo sentir vergüenza entonces por ese desagradable detalle del muerto?

However: ¿usted sabe por qué caí preso ahora? Por la sencilla razón que otros grupos de interés nos torcieron el brazo esta vez. Fue un montaje que prepararon. El tipo este al que maté no tenía nada que ver en forma directa con el asunto. El es simplemente un asistente del senador Mc Curley, uno de nuestros peores enemigos. Este senador representa intereses de otros grupos que no están tan a favor de continuar con lo de las guerras preventivas. Opinan que eso es muy peligroso, que eso nos lleva a un callejón sin salida y que la posibilidad de la guerra atómica es alta. Nosotros evaluamos que no, y que continuar con la política de guerras abiertas por todos lados es la única manera de mantener activa la economía nacional. Con lo que, en definitiva, estamos haciendo un bien al conjunto del país, no sólo a nosotros los empresarios, sino a toda la masa trabajadora. Pero, bueno…son criterios. Me parece que estos tipos que nos adversan no entienden nada, no están bien asesorados…y, entre nosotros, son medio maricones.

Lo cierto es que montaron todo este escenario y me mandaron al empleadito ese para provocarme. Salvando las distancias fue igual a lo de la Lewinsky con Clinton, ¿se acuerda? Pero ahí, si bien el presidente mordió el anzuelo, la cosa no se resolvió cómo queríamos. En mi caso, sí. Lamentablemente se me fue de las manos. En realidad no tendría que haberlo matado yo en mi oficina. Podría haberlo despachado de otra manera, mandando el mensaje con una muerte bien preparada, y yo me evitaba todo esto. No sé, quizá un accidente fraguado; o incluso se lo podría haber acribillado en cualquier lugar atribuyéndoselo al hampa, inventando cualquier estupidez para el gran público, y asunto terminado. El mensaje hubiera llegado, y eso era lo importante. Pero tuve la mala suerte de reaccionar como no debía. En realidad el tipo vino a provocarme; seguramente no se esperaba que esa noche no regresaría a su casa, pero claramente la intención era provocarme. Por eso los micrófonos y la cámara que habían montado. No hubo forma de negarlo. Además, lo hicieron público a las dos horas de sucedido, y eso no dio tiempo a negociar nada. El hijo de puta hasta había traído fotos -después supe que era un montaje- donde se veía a mi hija mayor abrazada con un negro en una playa. Eso me impactó, no lo pude tolerar, y me le abalancé. ¡Pobre tipo! Usted no sabe la cara de terror que tenía cuando empezó a recibir las puñaladas…

Bueno, me rectifico, y por favor However, haga pública esta rectificación en honor a la verdad: en sentido estricto, no fueron puñaladas como por ahí se ha dicho. Lo que usé fue la espada de mi tatarabuelo, el general Howard Thomas Spencer, aquel que limpiara de osos y de indios todos los territorios al oeste de las planicies centrales, que tenía colgada como reliquia familiar en una de las paredes de mi despacho.

¡Yo preso por asesino!… Algo ahí no cuadra…

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Esperamos que estos cuatro testimonios sirvan para ejemplificar lo que debe ser un periodismo veraz, objetivo y oportuno. Como puede verse, el entrevistador en ningún momento sesga las respuestas ni condiciona lo que el entrevistado va a decir. No por nada However ganó tan distinguidos premios como comunicador social. Creemos haber hecho un bien recuperando estos manuscritos, y ojalá su difusión aporte para el engrandecimiento de una profesión tantas veces denigrada por sensacionalista y poco seria.

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