San Diego, California. Es primavera. Parada del 901. Un pequeño cartel, una gran huelga. ¿Quiénes paran? Los conductores de autobuses. ¿Qué exigen? No trabajar más jornadas de 13 horas ni los días de descanso, otro reparto del trabajo y el tiempo libre. ¿Por qué? «Estás aquí hasta las 7 de la tarde —explica una chofer al Union-Tribune— y cuando vuelves a casa, no tienes tiempo de hacer nada con tus hijos, ayudarles a hacer los deberes o preparar la cena. Tienes que darte prisa, meterlos en la bañera e irte a la cama para volver otra vez al trabajo a las cuatro de la mañana». La huelga dura cinco semanas.
Dubái, EAU. Un verano como cualquier otro. Voy en metro más allá de los rascacielos. Dejo atrás gigantescas torres eléctricas y tráileres blancos, verdes, azules. El sol quema. Polvaredas de arena. Una extraña comitiva de hombres cruza el desierto. ¿Adónde van? Hacia los campos de trabajo (Labor Camps), los monoblocks con guardias y cámaras de vigilancia que alojan a cientos de miles de migrantes. La mayoría trabaja en la construcción doce a catorce horas diarias. ¿Tienen algo que decir? Están prohibidos los sindicatos y las protestas. La escritora Decca Aitkenhead pregunta: «¿El mundo entero se parecerá a Dubái?» Y Slavoj Žižek responde: «Sí, y en Dubái, ya sabes, la otra parte son literalmente esclavos.»
Buenos Aires, Argentina. Primer viernes de otoño. Acompaño a una multitud de almas al festival solidario en los portones de FATE, la fábrica de neumáticos que cerró dejando a 920 obreros en la calle. No es un caso aislado, sino parte de una avalancha. El neologismo de moda es industricidio. La producción nacional camina por la cornisa. En Argentina todos los días cierran 30 empresas, todos los días desaparecen 400 puestos de trabajo. ¿Dónde encontrar un nuevo empleo? «Nos quieren a todos haciendo Uber —apunta un desocupado al periodista Nicolás Recoaro—. Nos vamos a chocar entre nosotros en la calle.»
Tijuana, México. Otro invierno aquí. De lunes a sábado oigo el rumor de la ducha, el zumbido de la afeitadora, un portazo al salir. Desvelado, mi roomie va hacia la línea limítrofe con USA. Le preocupa un solo asunto: cruzar y no llegar tarde a la compañía. Se convence a sí mismo que tiene suerte de trabajar en la maldita maquiladora gringa ensamblando las malditas piezas de metal. Aguanto luego existo: un mantra enraizado en decenas de miles de trabajadores transfronterizos que regresan a sus hogares tijuanenses doce, catorce horas después. Los cuerpos molidos, las mentes molidas. ¿Vida espiritual? Un poco de televisión, dormir y resucitar antes del amanecer. ¿De quién es la culpa? En realidad, no pueden hacer otra cosa. ¿O sí? ¿Por qué no?
Montevideo, Uruguay. Las cuatro estaciones tropiezo con el mismo paisaje en la misma esquina. Decenas de jóvenes con bicicletas, motos y mochilas fuman, conversan y esperan con los ojos fijos en la pantalla del celular. Los repartidores son ya un fenómeno global. En Beijing tienen una posición central en la economía. «Los que corren contra el tiempo», titula el Diario del Pueblo. Yo corro, tú corres, nosotros corremos. Cautivas del algoritmo las personas dan vueltas y vueltas como la mula en la noria buscando sobrevivir. La madre de todas las batallas diez, doce horas todos los días. La columnista Jessica Grose del NY Times lo resume perfectamente: «para la Generación Z, el trabajo es ahora más deprimente que el desempleo.»
Me toca el hombro el fantasma de Marx. Le pregunto qué opina de Richard Sennett —la flexibilidad actual despoja a los de abajo del manejo de la variable temporal que es el único recurso del que pueden disponer gratuitamente—. Me responde que está de acuerdo, que cada progreso del capitalismo es un progreso en el arte de explotar al trabajador, que el tiempo libre debe ser algo más que una cabeza en la almohada. Se acerca un poco y me recuerda al oído las palabras de André Gorz: «una reducción de la duración de la jornada laboral abriría para todos una vida más libre, más tranquila y más rica.»
Carlos Moreira, sociólogo y fotógrafo
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