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Trágicamente inactuales

Fuentes: El Mundo

Y los atenienses dijeron a los melios: «Vuestra amistad sería una prueba manifiesta de nuestra debilidad, mientras que vuestro odio se interpretaría como una prueba de nuestra fuerza».En la Universidad de Bolonia, en el Aula Magna, se están celebrando una serie de encuentros sobre los clásicos de la Antigüedad, donde se reúnen centenares de estudiantes, […]

Y los atenienses dijeron a los melios: «Vuestra amistad sería una prueba manifiesta de nuestra debilidad, mientras que vuestro odio se interpretaría como una prueba de nuestra fuerza».

En la Universidad de Bolonia, en el Aula Magna, se están celebrando una serie de encuentros sobre los clásicos de la Antigüedad, donde se reúnen centenares de estudiantes, para escuchar conferencias y lecturas de pasajes escogidos con curiosidad y pasión. Por estas razones, aun habiendo aludido a ello en otro escrito mío reciente, quiero retomar aquí un texto de Tucídides de la Guerra del Peloponeso.

En el transcurso de su conflicto con Esparta, los atenienses quieren destruir la isla de Melos, aliada de sus enemigos, aunque ésta haya permanecido neutral. El discurso que los atenienses hacen a los melios es el siguiente: no os vamos a aburrir con discursos largos convenciendoos de que nosotros tenemos el derecho de hacer lo que hacemos porque hemos ganado a los persas o intentando demostrar que nos habeis provocado. Nada de eso. Simplemente os decimos que o bien os someteis o bien os destruimos.

Los melios se niegan, pero los atenienses les contestan que los principios de justicia rigen sólo entre contendientes en igualdad de fuerzas, mientras que, en caso contrario, «los más fuertes determinan lo posible y los débiles lo aceptan».

Los melios responden con la misma lógica del adversario, y se remiten a criterios de utilidad, intentando convencer a los invasores de que si Atenas saliera derrotada de la guerra contra los espartanos, correría el riesgo de tener que soportar la dura venganza de las ciudades atacadas injustamente, como Melos.

Contestan los atenienses que asumen ese riesgo, pero que «lo que ahora queremos demostraros es que estamos aquí para provecho de nuestro imperio y que os haremos unas propuestas con vistas a la salvación de vuestra ciudad, porque queremos dominaros sin problemas y conseguir que vuestra salvación sea de utilidad para ambas partes».

Dicen los melios: «¿Y cómo puede resultar útil para nosotros convertirnos en esclavos, del mismo modo que para vosotros lo es ejercer el dominio?». Y los atenienses: «Porque vosotros, en vez de sufrir los males más terribles, seriais súbditos nuestros y nosotros, al no destruiros, saldríamos ganando».

Los melios son dignos y testarudos, pero intentan encontrar una vía de salida y proponen ser «amigos en lugar de enemigos, sin ser aliados de ninguno de los dos bandos». A lo que responden los atenienses: «No, porque vuestra enemistad no nos perjudica tanto como vuestra amistad, que para los pueblos que están bajo nuestro dominio sería una prueba manifiesta de debilidad, mientras que vuestro odio se interpretaría como una prueba de nuestra fuerza». En otros términos: nos tendreis que perdonar, pero es que nos conviene más someteros que dejaros vivir, dado que así seremos temidos por todos.

Los melios dicen que no piensan resistir a su poderío, pero que, a pesar de todo, tienen confianza en no sucumbir porque, siendo devotos de los dioses, se oponen a la injusticia. ¿Los dioses?, responden los atenienses, desde luego con nuestras exigencias y nuestras acciones no hacemos nada que vaya contra la creencia de los hombres en la divinidad y, además, estamos convencidos de que tanto el hombre como la divinidad, si se encuentran en una situación de poder, lo ejercen, por un inexorable impulso de la naturaleza. «Y no somos nosotros quienes hemos instituido esta ley ni fuimos los primeros en aplicarla una vez establecida, sino que la recibimos cuando ya existía y la dejaremos en vigor para siempre habiéndonos limitado a aplicarla, convencidos de que vosotros haríais lo mismo de encontraros en la misma situación de poder que nosotros».

Los melios no ceden, y los atenienses empiezan un largo asedio, vencen su resistencia, invaden la ciudad y, como escribe Tucídides, «mataron a todos los melios adultos que apresaron y redujeron a la esclavitud a niños y mujeres».

Brevemente, como se decía en la conferencia de Bolonia, hay muchas formas de poner en práctica una «retórica de la prevaricación», es decir, justificar un abuso de poder aportando razones, buenas o malas. Todo empieza con la fábula del lobo y el cordero, aunque el lobo no es un genio de la persuasión y, con tal de comerse al cordero, aduce miserables pretextos como el de que el cordero, que está arroyo abajo, le enturbia el agua.

En el curso de la historia se han intentado argumentaciones más convincentes: las podemos encontrar incluso en el Mein Kampf de Hitler o en los discursos de Mussolini. Pero lo que nos fascina en el pasaje de Tucídides es que la habilidad retórica de los atenienses se emplea con el único objetivo de mostrar que la fuerza no necesita ser sostenida por la persuasión, y que se justifica por sí misma.

Esta es la razón por la que este texto sigue siendo un pasaje sobre el que hay que meditar, y seguirá teniendo siempre una modernidad triste y perturbadora. Lo que nos turba al volver a leer a los clásicos no es tanto que ellos supieran identificar de forma esencial algo verdadero y terrible, sino que nosotros, más de 2.000 años más tarde, perseveremos en nuestros errores sin haber entendido su lección.

La actualidad de los clásicos se debe a su trágica inactualidad.

Traducción de Helena Lozano Miralles.