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Un nuevo fantasma recorre Europa

Fuentes: Rebelión

Cuando en 1848 Carlos Marx y Federico Engels publicaban en Londres su universalmente conocido Manifiesto Comunista, que comienza con la histórica frase «Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo» , no podían imaginar que casi 160 años después, un nuevo fantasma azotaría al continente, -y al mundo en general- pero esta vez verdaderamente abominable, […]

Cuando en 1848 Carlos Marx y Federico Engels publicaban en Londres su universalmente conocido Manifiesto Comunista, que comienza con la histórica frase «Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo» , no podían imaginar que casi 160 años después, un nuevo fantasma azotaría al continente, -y al mundo en general- pero esta vez verdaderamente abominable, terrible y destructor: el fantasma del terrorismo.

Habían transcurrido entonces las primeras cinco décadas del siglo XIX, y Europa se encontraba ante una nueva época, en la que aparecían las primeras respuestas conscientes y organizadas a lo ya que constituía un hecho insoslayable, las profundas contradicciones y desigualdades sociales que generaba el sistema social que se imponía, conjugando el desarrollo vertiginoso de la industria y la tecnología, con la conformación de una nueva estructura social, y de una significativa reestructuración de poderes: el poder del capital, en manos de una burguesía que desalojando «a las clases que dominaban antes», se convertía en «primera clase»; junto a la otra que crecía a su lado, la de los «desposeídos, (…) de los proletarios».

Según los autores del Manifiesto, el comunismo era renocido ya como «una fuerza por todas las potencias de Europa», y era muy común escuchar o recibir desde diversas posiciones el «epíteto zahiriente de comunista». En consecuencia, y como necesaria oposición a la «leyenda del fantasma», se hacía imprescindible que los comunistas expusieran «al mundo entero sus conceptos, fines y tendencias». Con este propósito fue elaborado el documento, que muy pronto habría de convertirse en la plataforma programática de las luchas revolucionarias en todas las latitudes, bajo el liderazgo de la clase obrera.Y es que por primera vez en la historia del pensamiento social, era posible explicar científica e irrebatiblemente las causas -ocultas hasta entonces- de la explotación, las inequidades e injusticias que durante siglos habían caracterizado a la sociedad humana; y lo que resultaba más importante, y también más peligroso a juicio de quienes aparecían como verdaderos responsables de estos males : la nueva doctrina demostraba que ese torcido e ilegal orden podía ser revertido en provecho de los marginados y desposeídos, para lo cual, no obstante, y como premisa insoslayable, éstos debían alcanzar el poder real, en lo político, económico, jurídico, etc., etc.

Así -explicaba el Manifiesto-, la producción económica y la estructura social que de ella se deriva en cada época histórica, constituyen la base sobre la cual se levanta la superestructura política, jurídica y cultural en general de esa época. Como consecuencia, son las relaciones de producción y en ellas las relaciones de propiedad sobre los medios y el fruto del trabajo quienes determinan el lugar y el papel de los individuos en cada sociedad; por tanto, toda la historia -desde la desaparición de la comunidad primitiva- ha sido una historia de lucha de clases entre expotadores y explotados, entre opresores y oprimidos. Con el advenimiento del capitalismo, esta lucha llega a una nueva fase, en la que el mayoritario proletariado, «que no tiene que perder en ella más que sus cadenas», solo puede emanciparse del yugo opresor si emancipa al mismo tiempo y para siempre a toda la sociedad.

Los poderosos, esa burguesía y sus aliados, comprendiendo la fuerza de esta doctrina se dedicaron a combatirla desde todas las posiciones y formas posibles. Luego de los sucesos revolucionarios[1] que conmovieron a Europa en 1848, una «ola reaccionaria» invadió el continente. La clase obrera se vio obligada a actuar en condiciones de máxima clandestinidad. Los más importantes líderes fueron objeto de fuertes represiones, incluido el propio Marx. Asimismo, el germen de la escisión penetró el movimiento, intentando frenar sus posiciones más críticas y radicales. Como consecuencia, en noviembre de 1852, a propuesta del propio Marx, la «Liga de los Comunistas», la primera organización obrera internacional tuvo que ser disuelta.

Años más tarde, en 1876, y por iguales causas, la Asociación Internacional de los Trabajadores, -conocida históricamente como la I Internacional, creada en septiembre de 1864- corrió la misma suerte. Durante todo ese tiempo, los gobiernos europeos mantuvieron una lucha incesante contra el «fantasma» que azotaba el continente, atacándolo desde todo los frentes. Luego de los acontecimientos de la Francia comunitaria de 1871, la «primera revolución proletaria» del mundo, la represión se recrudeció, al igual que las contradicciones internas ahora lideradas por Bakunin y sus seguidores. Ante la dramática situación, no quedó otra alternativa que disolver la organización.

A fines de 1918 y principios de 1919, la historia se repetiría nuevamente. La II Internacional, que había surgido en 1889, coincidiendo con el Centenario de la Revolución Francesa, sufre una estrepitosa «bancarrota», víctima de serias divergencias internas provocadas esencialmente, a decir de Lenin, por el «predominio efectivo en ella del oportunismo pequeño burgués» y del revisionismo militante -Berstein, Kaustky-, que condujeron a la «traición al socialismo», representada en la postura asumida ante la I Guerra Mundial por varios partidos miembros -el Partido Socialdemócrata Alemán, los partidos socialdemócratas belga y francés; etc.-, y la mayoría de sus líderes. «Guerra dinástica, imperialista, burguesa», cuyo objetivo consistía realmente en «la lucha por los mercados y el saqueo de países ajenos, en provecho de la burguesía».

A partir de este momento, y ya con el triunfo de la Revolución Socialista de Octubre, el movimiento revolucionario sufre una definitiva ruptura, y se reorganiza en dos vertientes: la que representaba el «fantasma del comunismo», que se instituye en la III Internacional, la Internacional Comunista -fundada por Lenin, con la extinta URSS al frente- abjurando del anterior nombre de «socialdemocracia», por considerarlo «científicamente inexacto». Y es que, a propuesta del propio Lenin, «Debemos llamarnos Partido Comunista, como se llamaban Marx y Engels. Debemos repetir que somos marxistas y que nos basamos en el Manifiesto Comunista, desfigurado y traicionado…», pues «la mayoría de los líderes «socialdemócratas», de los parlamentarios «socialdemócratas», de los periódicos «socialdemócratas» traiciona al socialismo, vende al socialismo y deserta al campo de «su» burguesía nacional».

La otra fracción se constituyó con esos mismos partidos socialdemócratas, los que si bien hasta ese momento habían representado a lo más revolucionario de la sociedad capitalista, ahora, empeñados en reformar el viejo sistema y defender las supuestas libertades de una «democracia pura y abstracta», la ponderada democracia representativa burguesa, traicionaban sus ideas anteriores, y creaban una nueva fuerza política -socialreformista-, organizada en la Internacional Obrero Socialista, de 1923 a inicios de 1940, y a partir de 1951, en la Internacional Socialista.

En ese contexto, la lucha contra el «fantasma del comunismo», no solo continuaba, sino que se fortalecía. El prestigioso y decisivo papel desempeñado por la URSS en la II Guerra Mundial y la formación del bloque socialista luego de la victoria sobre el fascismo, planteó a las potencias imperiales -los EEUU y los gobiernos europeos- nuevos retos. Contrarrestar, desacreditar, aislar, debilitar, y vencer al socialismo se convirtió en la tarea de orden. Se desencadena la Guerra Fría, que para algunos solo entraba en su segunda fase: «Verdad es que no tenemos guerra, pero tampoco tenemos paz», reconocía ya en 1939 el primer ministro británico, N. Chamberlain.

Dos fueron los grandes caminos que el mundo occidental proponía como alternativa al mencionado «fantasma comunista»: el liberalismo burgués, defendido por los partidos conservadores; y la fórmula de «máximo capitalismo posible dentro del socialismo», propugnado por el social-reformismo, ambos totalmente excluyentes con respecto a la opción del comunismo. Así, la «Guerra Fría» entre los dos bloque de poder se mantuvo durante décadas; aunque a veces no tan «fría», baste recordar los «días luminosos y tristes de la Crisis del Caribe». «Guerra Fría» alentada y financiada sobre todo por el imperialismo norteamericano, entre otras muchas razones porque constituía la justificación necesaria para mantener el vertiginoso e irracional crecimiento del complejo militar industrial y su poderosa oligarquía.

Más tarde, los serios errores cometidos en la teoría y praxis, y sobre todo el anquilosamiento del que fueron víctimas los dialécticos, revolucionarios y eminentemente creadores pensamiento y método marxista, llevaron al traste con el socialismo europeo. Las graves y tristes consecuencias de este proceso muy pronto se hicieron sentir, y entre ellas, dos realmente trascendentales: la pérdida del referente político, ideológico, cultural, y en algunos casos económico que había significado este importante bloque para la clase obrera internacional y sus aliados; y el inicio de una nueva era, la de un mundo unipolar. Ahora, sin la fuerte oposición que significaba la imponente Unión Soviética, pareciera que este mundo quedaría totalmente a merced de los demenciales y geoestratégicos propósitos del imperialismo norteamericano: al menos eso se creyeron ellos mismos.

«El fantasma del comunismo había sido destruido, sin apenas un disparo», se vanagloriaba en su geocentrismo y ceguera política. Victoria pírrica, hoy se sabe. Detrás, sólo quedaban unas «molestas» reminiscencias que podían ser neutralizadas -China, Viet Nam, Corea…-, pues con ellas era posible el diálogo; no así con la más «molesta» de todas, Cuba, convertida finalmente en la tan «esperada fruta madura», -según la conocida teoría de «las leyes de gravitación política» de John Quincy Adams, uno de los «padres fundadores» de la nación americana-, ahora «desprotegida y vulnerable», lista para ser «democratizada». Infelices, conscientes están que en este caso, una vez más, y por siempre el «tiro le salió por la culata».

¿Qué tan terrible era sin embargo ese fantasma? ¿Cuán verdadero era el peligro que «el mundo libre» debía combatir? ¿Qué propugnaba el comunismo? Cuestiones vitales para entender este complejo escenario. Y es que esta nueva doctrina, que recorría ya no solo Europa, sino todo el mundo, «amenazándolo», solo proponía un cambio, claro que trascendental y definitivo: el cambio en la propiedad sobre los medios y el producto del trabajo, de la minoría a la mayoría, pero «para el bien de todos».

Un cambio que significaba también el rescate de la justicia social, la dignidad humana, la igualdad de derechos y oportunidades: el derecho a la vida, a la salud, al trabajo creador, a la educación, a la cultura integral, al desarrollo pleno. El rescate de la solidaridad, la fraternidad y la hermandad como los más importantes instrumentos para la conducción de las relaciones internacionales y la comunicación entre los pueblos. Un cambio que eliminara de una vez y por toda la explotación salvaje entre los seres humanos y que fuese capaz de establecer una sociedad «donde el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos». He ahí la gran amenaza que representaba el «fantasma del comunismo». Demasiado para el endémico, estructural e imperialista individualismo burgués.

Pero el descalabro socialista y el mundo unipolar, tuvieron también otra extremadamente peligrosa y trágica consecuencia: el imperio más fascista que ha conocido y posiblemente conocerá la historia, perdió al «gran enemigo», y se dispuso a encontrarlo o a fabricarlo si fuera necesario ¿Cómo si no mantener su auto atribuido e histórico papel hegemónico, de garante mundial, como gendarme omnímodo, omnipotente, omnipresente -y casi siempre omnívoro- de la «democracia», la «libertad», y el «respeto a los Derechos Humanos?

Y así un muy mal día de septiembre el tan necesario enemigo, casi como «mandado a buscar», simplemente ¿apareció?, cobrando muchas víctimas entre la ciudadanía civil, como por lo general sucede. El «fantasma del comunismo» fue entonces magistralmente sustituido por el «terrorismo internacional» y la lucha contra su «personificación»; algo que para muchos y muchas no es más que un instrumento al servicio de la CIA: Bin Laden y su red Al Qaeda, ¡tan oportunos!, siempre presentes en el momento exacto en que la administración Bush necesita apoyo para justificar cada uno de sus macabros actos.

Fue así como, el más destacado promotor del Terrorismo de Estado, acompañado por las potencias imperialistas, en su triste papel de comparsas -siempre presentes a pesar de sus ambiguos y ya nada creíbles discursos de respeto, igualdad, solidaridad, etc.-, comenzó la gran cruzada contra el «terrorismo internacional», ¡sorpresa!, con los más criminales, cínicos y vergonzosos actos terroristas de la era moderna, en pública continuidad de su aberrante historial de muerte y destrucción. A partir de este momento la seguridad del mundo, comenzó a transitar por la seguridad nacional norteamericana, donde el problema resulta muy simple, o se está con Bush, es decir a favor o en contra de EEUU, o se está a favor en contra del «mal», representado por el «terrorismo islámico», sin más alternativas.

No bastó Afganistán. La geopolítica y geoeconómica guerra contra Irak, con su trasnochada y criminal concepción «preventiva» ha sido el ejemplo por excelencia. La búsqueda de armas de destrucción masiva que como ha dicho un colega, «únicamente existían en la imaginación de los halcones de Washington y en alguno que otro de la tercera vía como Tony Blair», fue el pretexto. ¿La realidad?, la ampliación de las áreas de influencia, en búsqueda del control sobre las jugosas reservas de gas y petróleo de la zona, entre otras del mismo carácter. ¿Las consecuencias?, un país prácticamente destruido, un verdadero infierno para el sufrido pueblo iraquí, triste víctima de los desafueros políticos. Las secuelas de un embargo de más de una década, ataques, bombardeos, saqueo, hambre, epidemias, devastación, muerte, una caricaturesca democracia, y una resistencia que se mantiene viva y potente aún a pesar de tanto genocidio.

Pero en Irak, los EEUU no estuvieron solos. Fueron acompañados por los «Señores de la Muerte», como en su momento alguien identificó a quienes protagonizaron la todavía impune osadía de decidir el inicio de la guerra en las Azores, otorgando solo un día más al Consejo de Seguridad de la ONU «para convencer a Irak de que elimine sus armas de destrucción masiva», Bush, Blair, Aznar. A éstos se sumaron otros. En estas circunstancias, y como justificación para tantos desmanes, el aberrado discurso político de estos «señores de la muerte», continuó estimulando la perniciosa idea del «terrorismo islámico» como el resultado de un fundamentalismo a ultranza que se ha propuesto «destruir la civilización occidental», «todo lo que no es entrañable», -a decir de Blair- en un «choque entre civilizaciones»; logrando precisamente eso, un brutal choque entre civilizaciones, en un maniqueísmo extremo, los «buenos» de occidente y los «malos» musulmanes, los «otros».

Maniqueísmo altamente peligroso que coloca a los 1 200 millones de personas que conforman a la comunidad islámica -actualmente el Islam es la segunda religión del mundo en número de fieles tras el cristianismo- y no sólo, sino a todo aquel o aquella con rasgos más menos parecidos y «diferentes», en condiciones de total vulnerabilidad. El absurdo y trágico asesinato en Londres del joven brasileño «con rasgos asiáticos», confirma lo anterior.

Y es también un serio peligro que se cerne sobre los y las inmigrantes, y no sólo islámicos(as), repito, que habitan hoy el mundo desarrollado. De manera general, pero sobre todo en la Europa contemporánea, y más específicamente la Europa comunitaria de los 15, antes de la última ampliación, -que reniega de estos nuevos ciudadanos y ciudadanas, identificados(as) con el «fontanero polaco»-la inmigración suele percibirse como una «amenaza»: la invasión de los «otros y las otras», «diferentes», que «atentan» contra el empleo, los servicios públicos, etc., etc., «contaminando» la cultura, el modo de vida, en resumen todo lo que constituye el tradicional «establishment» burgués. Para nada cuenta el hecho de que sobre los hombros de muchas de estas y estos «diferentes», recae el trabajo precario y mal pagado que, no obstante, en gran medida, hace posible disfrutar de las «bondades» de ese «codiciado establishment».

Ahora, esta inmigración no solo «invade» las «civilizadas» sociedades europeas, sino que ha devenido en «foco» de una nueva y mucha más terrible amenaza: el «terrorismo internacional». Peligrosamente, en el discurso político, en la información mediática, e incluso en la percepción ciudadana, inseguridad e inmigración se acercan cada vez más. Como resultado, estamos en presencia de un crecimiento vertiginoso, no solo ya de la islamo y de la arabofobia, sino también de la xenofobia. El mundo es hoy totalmente inseguro, Europa también, pero sobre todo para los millones de inmigrantes, de tez un poco más oscura o «rasgos asiáticos» que la habitan. Paradójicamente, los casos de implicados en los atentados, hasta lo que se conoce, no proceden de la tan perseguida inmigración clandestina, sino más bien de residentes de larga duración, incluso de segundas y terceras generaciones, nacidos ya en el continente. ¿Qué ha pasado en estos casos?, ¿hasta donde la exacerbación de las diferencias, la marginación social, el odio reprimido, los violentos y terribles atropellos sobre las sociedades de origen, pudieron producir tal enajenación y tales bárbaros e inhumanos actos?

Porque, explicar las causas del terrorismo no significa justificarlo, como pretenden demostrar ciertos análisis simplistas. Significa encontrar las formas para erradicarlo, que nunca estarán en más terrorismo, sino en eliminar la injusticia y la marginación social endémicas; las guerras de rapiña; el saqueo que durante siglos han perpetrado y perpetran los poderosos contra los pobres, que lo son precisamente por eso; el hambre, la insalubridad, la muerte, como formas de legitimar las relaciones internacionales. Significa abrirse a un nuevo, equitativo, y enriquecedor orden mundial, «Con todos y para el bien de todos» como soñara Martí; a la solidaridad entre los pueblos, a la amistad desinteresada, a la fraternidad, al bien común. Entonces, el nuevo fantasma que recorre a Europa, y a nuestro hermoso planeta azul desaparecerá para siempre. Ciertamente, Marx y Engels no pudieron preverlo, pero lo alertaron; y en ese mismo Manifiesto nos legaron la fórmula.


[1] La Europa del 48 se caracterizó por una situación revolucionaria que involucró a varios países. Francia, Austria, Alemania, Italia, fueron sacudidos por una oleada cuya consecuencia más inmediata sería el progreso del nacionalismo en el continente, pero sobre todo de las corrientes liberales. Junto a esto, se luchó también por reivindicaciones democráticas -esencialmente por el sufragio universal- y sociales. La clase obrera, ya «despierta», se sumó al conflicto en defensa de sus derechos.