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Un razonamiento de locos

Fuentes: Le Monde diplomatique

Traducido para Rebelión por Caty R.

Cualquiera que maldiga los privilegios de la oligarquía, la creciente venalidad de las clases dirigentes, los regalos a los bancos, el libre comercio, la reducción de los salarios con el pretexto de la competencia internacional, se ve tachado de «populista» (1). Y hace, se añade, «el juego a la extrema derecha». También cuando la justicia neoyorkina se niega a conceder un trato de favor al director general del Fondo Monetario Internacional (FMI), acusado de violación en un hotel de lujo de Manhattan, un comentarista en sintonía con la casta dirigente francesa, política y mediática, se ofende por «la violencia de una justicia igualitaria…» Y añade casi mecánicamente: «Lo único cierto es que los sentimientos contra la élite alimentados por este escándalo van a acrecentar las posibilidades del Frente Nacional de Marine Le Pen en las próximas elecciones» (2).

Proteger a las «élites» y sus políticas frente a una multitud de mendigos enfurecidos se convierte así en una forma de higiene democrática… El miedo al islamismo en Túnez favoreció el régimen depredador de Zine El-Abidine Ben Alí; el del «marxismo» las victorias de Silvio Berlusconi en Italia. La misma mecánica mental podría permitir que en nombre del miedo (legítimo) al Frente Nacional se santificase ipso facto a todos los políticos que se oponen a él para evitar «un nuevo 21 de abril». ¿El pueblo se resiste frente a un juego político cerrado? Se le contesta que los que protestan son fascistas ignorantes.

Dejar que se instale ese tipo de camisa de fuerza intelectual constituiría una locura. Como la extrema derecha ha comprobado que su vieja ideología «thatcheriana», su odio a los funcionarios y su «poujadismo» fiscal han sido descalificados por el aumento de las desigualdades sociales y por la degradación de los servicios públicos, ahora ya no duda en recuperar los asuntos asociados históricamente a la izquierda. Hace 25 años Jean-Marie Le Pen celebraba el régimen de Vichy, a los generales traidores de la Argelia francesa y se abría paso a codazos para que le fotografiaran al lado de Ronald Reagan. Pero su hija no duda en citar al general De Gaulle, evocar la Resistencia y proponer que se vuelvan a nacionalizar la energía y las telecomunicaciones (3). El caldo de cultivo xenófobo no ha cambiado, pero esos sentimientos ya están suficientemente instalados en la sociedad y legitimados por el poder para que ahora lo esencial del trabajo de propaganda de la extrema derecha esté en otros sitios.

La responsabilidad de esta captación de herencia no sólo incumbe a la izquierda institucional, aburguesada y comprada por la globalización neoliberal. La debilidad estratégica de la «izquierda de la izquierda», su incapacidad para unir a los grupos que la forman, también desempeña un papel en este engranaje.

Luchar contra la extrema derecha no es ciertamente ponerse en contra de los temas progresistas que ha usurpado (y pervertido), sino ofrecer una salida política a una población legítimamente exasperada. Al alejarse de los dos principales partidos españoles, ¿no es lo que reclaman los manifestantes de la Puerta del Sol?

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(1) Léase » Le populisme, voilà l’ennemi ! «, Le Monde diplomatique, mayo de 1996.

(2) Dominique Moïsi, » The Strauss-Kahn earthquake «, International Herald Tribune, Neuilly-sur-Seine, 18 de mayo de 2011.

(3) Léase «La défense des services publics, nouveau cheval de bataille du parti lepéniste», Le Monde, 21 de mayo de 2011-

Fuente: http://www.monde-diplomatique.fr/2011/06/HALIMI/20653