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Una imagen más grande se esconde detrás de un virus

Fuentes: Counterpunch

Fotografía de Nathaniel St. Clair

Traducido del inglés para Rebelión por J. M.

Las cosas a menudo se ven como se ven porque alguien que ostenta autoridad nos dice que se ven así. Si eso suena demasiado cínico, haga una pausa por un momento y reflexione sobre lo que le pareció más importante hace solo un año. O incluso hace unas semanas.

Entonces puede que estuviera pensando que la interferencia rusa en la política occidental era un tema de vital importancia y algo que necesitábamos para invertir en la lucha gran parte de nuestra energía emocional y política. O tal vez hace unas semanas sintiera que todo estaría bien si pudiéramos sacar a Donald Trump de la Casa Blanca.

O tal vez se imaginó que el brexit era la panacea de los problemas de Gran Bretaña o, por el contrario, que provocaría la caída del Reino Unido.

¿Sigue pensando igual?

Después de todo, por mucho que queramos (y sin duda algunos lo intentarán), no podemos culpar realmente a Vladimir Putin o a las hordas rusas de trolls que gastan unos miles de dólares en publicidad de Facebook, por la pandemia de coronavirus.

Por mucho que queramos no podemos culpar a Trump de la condición catastrófica del sistema privatizado de salud estadounidense, totalmente mal equipado y sin preparación para una emergencia de salud a nivel nacional.

Y a pesar de lo tentador que es para algunos de nosotros no podemos culpar realmente a las fronteras blandas de Europa y a los inmigrantes del creciente número de muertos en el Reino Unido. Fueron la economía global y los viajes baratos los que trajeron el virus a Gran Bretaña y fue el primer ministro amante del brexit, Boris Johnson, quien tembló cuando se produjo la epidemia.

La fotografía más ampliada

¿Es posible que hace solo unas semanas nuestras prioridades estuvieran un poco divorciadas de una realidad más grande? ¿Que lo que parecía el panorama general no era lo suficientemente abarcativo? Que tal vez deberíamos haber estado pensando en cuestiones aún más importantes y apremiantes: cuestiones sistémicas como la amenaza de una pandemia del tipo que estamos soportando actualmente.

Porque mientras todos estábamos pensando en el Russiagate, Trump o el brexit, había muchos expertos -al parecerincluso el Pentágono– advirtiendo de una terrible calamidad e instando a que se hicieran los preparativos para evitarla.

Estamos en el mal actual precisamente porque esas advertencias fueron ignoradas o no se les prestó atención, no porque se dude de la ciencia, sino porque no había voluntad de hacer algo para evitar la amenaza.

Si reflexionamos es posible tener una idea de dos cosas. Primero, que nuestra atención rara vez nos pertenece, es el juguete de los demás. Y segundo, que el «mundo real», tal como se nos presenta, rara vez refleja algo que podríamos etiquetar como una realidad objetiva. Es un conjunto de prioridades políticas, económicas y sociales que se han fabricado para nosotros.

Los agentes que están fuera de nuestro control con sus propios intereses creados (políticos, medios de comunicación, negocios) construyen la realidad de la misma manera que un cineasta diseña una película. Guían nuestra mirada en ciertas direcciones y no en otras.

Una perspectiva crítica

En un momento como este de crisis real, que eclipsa todo lo demás, tenemos la oportunidad, aunque solo una oportunidad, de reconocer esta verdad y desarrollar nuestra propia perspectiva crítica. Una perspectiva que realmente nos pertenece, y no a los demás.

Piense en usted mismo antes, el del precoronavirus. ¿Sus prioridades eran las mismas que las actuales?

Esto no quiere decir que las cosas que prioriza ahora, en esta crisis, sean necesariamente más «suyas» que el antiguo conjunto de prioridades.

Si está viendo la televisión o leyendo periódicos -y quién no lo hace- probablemente se sienta asustado, ya sea por usted mismo o por sus seres queridos. Todo lo que puedes pensar es en el coronavirus. En comparación nada más parece tan importante. Y todo lo que se puede esperar es el momento en que terminen los bloqueos y la vida vuelva a la normalidad.

Pero eso tampoco es objetivamente el «mundo real». A pesar de lo terrible que es el coronavirus, y por más que alguien tenga miedo de la amenaza que representa, esos «agentes de la autoridad» nuevamente dirigen y controlan nuestra mirada, aunque al menos esta vez los que tienen autoridad incluyen médicos y científicos. Y están guiando nuestra atención de manera que sirva a sus intereses, para bien o para mal.

Una lista infinita de infecciones y muertes, gráficos vertiginosos, historias de jóvenes, junto con los ancianos, luchando por la supervivencia tienen un propósito: asegurarse de que mantengamos el bloqueo y el distanciamiento social, de que no seamos complacientes y propaguemos la enfermedad.

En este punto nuestros intereses -la supervivencia, evitar que los hospitales se colapsen- coinciden con los del oficialismo, los «agentes de autoridad». Queremos vivir y prosperar y ellos necesitan mantener el orden, demostrar su competencia, evitar que la insatisfacción se convierta en ira o revuelta abierta.

Abrumados por los detalles

Pero, una vez más, el objeto de nuestra atención no es tan nuestro como podemos creer. Mientras nos centramos en los gráficos, mientras corremos las cortinas para ver si los vecinos salen nuevamente o si las familias están en el jardín celebrando a distancia el cumpleaños  de un padre anciano, es mucho menos probable que estemos pensando en qué tan bien la crisis se está manejando. El detalle, lo mundano, vuelve a desplazar lo importante, el panorama general.

Nuestro miedo actual es enemigo de nuestro desarrollo y mantenimiento de una perspectiva crítica. Cuanto más nos asustan los gráficos y/o las muertes, más nos sometemos a lo que nos digan que nos mantendrá a salvo.

Encubiertos por el temor del público y las preocupaciones justificadas sobre el estado de la economía y el empleo futuro, países como Estados Unidos están transfiriendo grandes sumas de dinero público a las grandes corporaciones. Los políticos, controlados por las grandes empresas y los medios de comunicación propiedad de las grandes empresas, están impulsando este robo corporativo sin escrutinio y por razones que deberían explicarse por sí mismas.

Saben que nuestra atención está demasiado absorbida por el virus para que podamos evaluar los argumentos intencionadamente desconcertantes sobre los supuestos beneficios económicos, sobre un efecto derrame aún más ilusorio.

Se están introduciendo muchos otros cambios drásticos, casi demasiados y demasiado rápidos para que podamos seguirlos adecuadamente. Prohibiciones de movimiento, intensificación de la vigilancia y de la censura.

La transferencia de poderes draconianos a la policía y los preparativos para el despliegue de soldados en las calles. Detención sin juicio. La ley marcial. Las medidas que podrían habernos aterrorizado cuando Trump era nuestra principal preocupación, el brexit o Rusia, ahora pueden parecer un precio que vale la pena pagar por un «retorno a la normalidad».

Paradójicamente, un anhelo por la vieja normalidad puede significar que estamos preparados para someternos a una nueva normalidad que podría negarnos permanentemente cualquier posibilidad de volver a la vieja normalidad.

El problema no es solo que las cosas son mucho más provisionales de lo que la mayoría de nosotros estamos listos para contemplar, es que nuestra ventana a lo que consideramos «el mundo real», como «normal», está fabricada para nosotros casi en su totalidad.

Distraídos por el virus

Por extraño que parezca en este momento, en medio de nuestro miedo y sufrimiento, la pandemia tampoco es realmente el panorama general. El virus consume nuestra atención, pero también es, en un sentido realmente horrible, una distracción.

En unos años más, tal vez antes de lo que imaginamos, cuando miremos hacia atrás el virus, con el beneficio de la distancia y la retrospectiva, sentiremos lo mismo a ese respecto como lo que ahora sobre Putin, Trump o el brexit.

Se sentirá parte de nuestro viejo yo, nuestras viejas prioridades, una pequeña parte de una imagen mucho más grande, una pista de hacia dónde nos dirigíamos, un presagio al que no prestamos atención cuando más importaba.

El virus es una pequeña advertencia, una entre muchas, de que hemos estado viviendo fuera de sincronía con el mundo natural que compartiríamos en otra vida. Nuestra necesidad de controlar y dominar, nuestra necesidad de adquirir, nuestra necesidad de seguridad, nuestra necesidad de conquistar la muerte, han desplazado a todo lo demás. Hemos seguido a quienes prometieron soluciones rápidas y fáciles, a quienes se negaron a comprometerse, a quienes transmitieron autoridad, a quienes difundieron el miedo, a quienes odiaron.

Si solo pudiéramos redirigir nuestra mirada, si pudiéramos recuperar el control de nuestra atención por un momento, podríamos entender que estamos siendo afectados no solo por un virus sino por nuestro miedo, nuestro odio, nuestra hambre, nuestro egoísmo.

La evidencia está allí en los incendios, las inundaciones y la enfermedad, en los insectos que han desaparecido, en los mares contaminados, en el despojo de los antiguos pulmones del planeta, sus bosques, en las capas de hielo derritiéndose.

El panorama general se esconde a simple vista, ya no está oscurecido por problemas como Rusia y el brexit, sino ahora solo por el germen más microscópico que marca el límite delgado entre la vida y la muerte.

Jonathan Cook  ganó el Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Sus últimoslibros son “Israel and the Clash of Civilisations: Iraq, Iran and the Plan to Remake the Middle East”(Pluto Press) y «Disappearing Palestine: Israel’s Experiments in Human Despair » (Zed Books). Su sitio web es  http://www.jonathan-cook.net/

Fuente: https://www.counterpunch.org/2020/04/03/the-bigger-picture-is-hiding-behind-a-virus/

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión.org como fuente de la traducción.

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