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Entrevista a Carlos Lozano, director del semanario "Voz"

«Uribe es un coloso con pies de barro»

Fuentes: Rebelión

Javier Díaz: En la década de los años 80 estuve en Colombia, eran los tiempos en que los paramilitares cazaban a diario a directivos y miembros de la Unión Patriótica. Después seguí de cerca los acontecimientos colombianos, siempre convulsionados, como si el país fuera un huracán permanente, pero ahora que vuelvo a Colombia encuentro una […]

Javier Díaz: En la década de los años 80 estuve en Colombia, eran los tiempos en que los paramilitares cazaban a diario a directivos y miembros de la Unión Patriótica. Después seguí de cerca los acontecimientos colombianos, siempre convulsionados, como si el país fuera un huracán permanente, pero ahora que vuelvo a Colombia encuentro una situación casi que indescifrable. Uribe imbatible en las encuestas, aislado en el exterior, pero también afectado por escándalos y situaciones casi que aberrantes, que en cualquier país europeo o latinoamericano serían casi que suficientes para ponerle fin a un Gobierno de estas características. ¿Cómo analiza usted esta situación?

Carlos Lozano : La historia de Colombia es de profundas contradicciones. El proceso nunca ha sido plano, más bien dinámico y complejo. Con frecuencia le escucho decir a los extranjeros, en especial a los diplomáticos, que aquí no se aburren, cada día está plagado de noticias sorprendentes. Esta es una realidad. Nuestra historia es violenta y no por una especie de instinto de los colombianos a ser explosivos, a reaccionar con virulencia, como algunos analistas lo creen y hasta lo aseguran, incluyendo aquellos que se dicen «colombianólogos». La historia republicana, después de la epopeya bolivariana, gestó una clase dominante en el poder muy violenta. Se acostumbró a gobernar mediante la violencia, por lo regular esa clase siempre aplastó al contradictor. La primera experiencia no fue la Unión Patriótica en los años ochenta del siglo XX, antes fue también así. La «seguridad democrática» uribista es copia del «estatuto de seguridad» del gobierno de Julio César Turbay Ayala, al final de la década de los setenta del siglo pasado, así como ambas de la «ley de los caballos» de Rafael Núñez en las últimas décadas del siglo XIX. La violencia ha sido siempre una constante, impuesta «desde arriba».

Es lo que hace tan precaria, casi inexistente la democracia, aunque en la apariencia ésta existe, porque hay el sufragio universal y otras arandelas burguesas. La oligarquía colombiana siempre le cerró el paso a la democracia burguesa y al Estado Social de Derecho establecido en la letra muerta de la Constitución Política de 1991. Al que algunos, en el colmo de la exageración, le dan el alcance de revolución del siglo XX en acuerdo con los partidos tradicionales. El origen del conflicto colombiano está en esta práctica sempiterna de la clase dominante. Es la responsabilidad histórica de los dos viejos partidos tradicionales, liberal y conservador, que siempre se unieron, aún en los momentos más difíciles, para defender los intereses de la minoritaria clase dominante oligárquica.

La época del uribismo no se substrae de esta realidad. Es la síntesis de todo esto, pero en su peor edición en mucho tiempo. Uribe es lo peor que le ha podido pasar a Colombia en muchos años. Con el agravante de que su mesianismo demagógico y la utilización mediática le da dividendos. Uribe es imbatible en sus propias encuestas que son indescifrables, porque no puede entenderse que en un país donde la participación electoral no llega ni al 50 por ciento, pueda una encuesta otorgarle 70 o más por ciento de aceptación a un mandatario tan mediocre y poco estadista como Uribe. Como buen politiquero y gamonal en el sentido estricto de la expresión, aunque también en el sentido político, Uribe supo construir su entramado electoral, a partir del paramilitarismo y de alianzas de dudosa ortografía. Así como en la utilización del dinero público, repartido a diestra y siniestra, para favorecer con migajas proyectos populistas como Familias en Acción, Familias Guardabosques, las redes de informantes, entre otros. Igual, con la conformación de la enorme fuerza armada, con mucho respaldo, de casi medio millón de militares y policías, con padres, esposas, hermanos e hijos tras el mesías timonel. Esta es su base social. Su maquinaria electoral. No es despreciable. Por esta razón, todo ello es muy precario aunque dañino, Uribe es una especie de coloso con pies de barro.

J.D. ¿Cómo es la economía, porque según el FMI y el Banco Mundial la economía colombiana es de las más estables? ¿No será que a eso se debe el poder de Uribe en Colombia?

C.L. Al presidente le correspondió una larga etapa de seis años del primerio y segundo Gobierno con bonanza económica favorable. Fue una coyuntura positiva que permitió un crecimiento sostenido de la economía, aunque en niveles moderados en comparación con otros de América Latina y el mundo. Aunque es necesario señalar que ese crecimiento sólo favoreció a los grupos económicos y a los capitalistas, en particular al capital financiero. No es casual que Luis Carlos Sarmiento Angulo, el caimacán del sector financiero sea el más ferviente uribista y en ocasiones hasta con arrebatos de gamonal le da órdenes de lo que se debe o no hacer. A pesar del crecimiento la pobreza se extendió en el país y el colapso del sector agropecuario es evidente.

Siete años después se le acabó la gasolina a la bonanza económica. La crisis global del capitalismo afecta la estructura económica y social del país, aunque Uribe y sus ministros lo negaron por mucho tiempo. Técnicamente estamos bajo los rigores de la recesión económica y en la realidad, con el reconocimiento de los empresarios y centros de estadística y estudio burgueses, se estima que las cifras son negativas. El desempleo crece más de lo esperado y la principal fuente de trabajo es la informalidad, el empleo temporal. No es gratuito que sectores de la burguesía, aunque reivindicando la gestión de Uribe, se pronuncien en contra de la segunda reelección y de su tercer mandato presidencial. Las contradicciones en el uribismo son una realidad y desgastan la gobernabilidad del mesías de la ultraderecha.

J.D. ¿Entonces, para usted Uribe es un coloso, un gigante con pies de barro?

C.L. Sí, así lo creo. No es tan imbatible como dicen sus aduladores. Menos un Supermán por mucho que se arrodille ante el imperio del norte para que lo apoyen en la reelección y en la guerra.

J.D. ¿Qué logrará Uribe en esta gira que inició por América del Sur?

C.L. La pregunta es: ¿A qué le teme el señor Uribe Vélez? ¿Por qué no va a poner la cara en UNASUR? ¿Por qué le teme al debate con sus colegas por el tema de las bases militares y de la conjura con los gringos contra Chávez y Correa? ¿Qué lo avergüenza si es que aun siente vergüenza? No creo que logre mayor cosa en el periplo, organizado a la carrera y con mucha improvisación. El general Freddy Padilla de León, ministro encargado de Defensa, fue desafiante con América del Sur. En el mismo momento en que Uribe Vélez comenzaba la «gira muda», el general Padilla informó con cinismo que serán siete las bases en lugar de tres. De la misma manera, el vicepresidente Santos arremetió contra Rafael Correa y los opositores o críticos de las bases gringas. La realidad es que el tema de las bases militares y de las provocaciones contra Venezuela y Ecuador será parte de la Cumbre de Quito. No me cabe la menor duda. Uribe está cada vez más solo en el continente. Ni siquiera Obama se la juega por él como lo haría Bush. Ojalá esto despierte más solidaridad y definiciones en América del Sur sobre el caso colombiano.

J.D. El Gobierno dice que no son bases militares sino cooperación con Estados Unidos y es un asunto soberano de Colombia.

C.L. Ese cuento no se lo cree nadie. Lo ha dicho Padilla de León (Ministro de Defensa encargado y comandante de las Fuerzas Militares. Nota de J.D.): la presencia estadounidense es en siete bases colombianas, que serán adecuadas por los gringos y con su tecnología. El acuerdo, según Uribe, es para combatir el narcotráfico y el terrorismo. Lo cual puede abarcar todo pues es el fantasma con el cual Estados Unid os profundizó la intervención militar en el mismo tiempo. Así que tendremos a los «monos» americanos interviniendo en los operativos militares contrainsurgentes; y seguramente espiando a los países vecinos, para el Gobierno de Estados Unidos Venezuela y Ecuador son amigos de los terroristas.

No es casual que en Colombia, en Estados Unidos, en España y en otros países los medios de comunicación falaces se hayan dedicado a agitar las historietas de los computadores de Reyes contra Chávez y Correa. Y en Colombia aparezcan videos y armas venezolanas en poder de las FARC. ¿Será eso simple coincidencia? Uribe Vélez es el comodín de un plan siniestro del Pentágono yanqui de desestabilización de los gobiernos progresistas de América Latina, en particular contra los procesos bolivariano y ecuatoriano. La gira es para llevar el argumento del gobierno colombiano, eludiendo el debate en UNASUR en donde el aislamiento uribista será fenomenal. La Casa de Nariño prefiere el contacto bilateral, excluyendo a Chávez y Correa. ¿Por qué todo este espectáculo? Es un show mediático de esos en que Uribe es tan hábil. Pero en este caso no puede tapar el sol con las manos, a pesar de la ceguera de los grandes medios que hacen de abogado del diablo.

J.D. ¿Es inevitable la guerra de Colombia con sus vecinos?

C.L. Es lo que quiere Uribe. Acuérdese usted que Fujimori en Perú se inventó la guerra con Ecuador para imponer su reelección. Estos dos personajes se parecen mucho. Pero la guerra es evitable. Los grandes medios de comunicación colombianos que alientan el chouvinismo barato deben entender que es una campaña peligrosa, promotora del belicismo y de la agresividad en las relaciones con los países vecinos. Lo que debe primar es la sensatez de países hermanos, unidos en el tronco común latinoamericano y en la gesta del mismo Libertador. No puede haber guerra con Venezuela y Ecuador, sería imperdonable en la historia, las futuras generaciones nunca lo entenderían. Todo puede resolverse por la vía pacífica y diplomática si hay voluntad en todos los comprometidos en este asunto. Pero es claro que el Gobierno de Uribe Vélez debe percatarse que no puede convertirse en el cachorro del imperio, en el peón de la guerra. Estados Unidos también debe ser consciente que no puede alentar el guerrerismo en beneficio de los complejos militar-industriales que se lucran de los conflictos en el planeta. Es la actitud vil de los imperialistas que siempre encuentra vasallos en estas latitudes.

J.D. ¿Para usted no hay suficiente solidaridad en América del Sur con la paz negociada en Colombia?

C.L. No sólo en América del Sur, en toda América Latina y en Europa. Hay demasiada condescendencia con Uribe Vélez, con el cuento de que es un presidente legítimo y constitucional. Pero ¿cuál legitimidad? Ya conocemos como fue aprobado el llamado «articulito» que reformó la Constitución hace cuatro años para establecer la reelección. La cual se quiere prolongar a un período más con el referendo reeleccionista, que ya se conoce cómo fue aprobado en medio de trampas y con financiación dudosa, hasta el punto que aún las cuentas de la campaña del referendo no tienen el visto bueno del Registrador Nacional del Estado Civil y del Consejo Nacional Electoral. También se sabe cómo se apoyó en el paramilitarismo a través de congresistas, dirigentes políticos regionales, empresarios y amigos con nexos con el narcoparamilitarismo para vencer en las elecciones.

Eso lo denunciamos de manera oportuna en el semanario Voz. Para no hablar de la terrible corrupción en el Gobierno y de la flagrante violación de los derechos humanos y las ejecuciones extrajudiciales o falsos positivos. Este Gobierno se apoya en mafias de políticos y empresarios que actúan con métodos ilegales. Esta es la clave para la enorme influencia que tiene en importantes sectores del país, con el respaldo de los grandes medios de comunicación. La oligarquía colombiana, al menos un sector importante de ella, actúa con métodos degradantes, hace mucho tiempo que perdió la decencia y para ella todo es válido para mantener el poder y silenciar a los opositores. La peor expresión de ello son los dos gobiernos de Uribe.

Todo esto tiene que influir a la hora de las definiciones. Unasur no puede apoyar a un Gobierno de esta calaña, sino orientarse a respaldar la paz y las salidas humanitarias, guardando distancia de la línea guerrerista de la «seguridad democrática» uribista que amenaza a los países vecinos. La principal amenaza en el vecindario son el Gobierno de Uribe Vélez y sus amos estadounidenses que colocarán bases agresivas en territorio colombiano. Esto es inaceptable. No puede haber más retórica en el exterior; lo que se requiere es más compromiso con la democracia y la paz de Colombia. Esta depende la solución política negociada y no de la guerra delirante uribista.

J.D. ¿Pero ese «respaldo» a Uribe no tiene que ver con la violencia de las FARC, con la existencia de una guerrilla que se percibe anacrónica?

C.L. Sobre las guerrillas existen muchas opiniones aún en sectores democráticos y de izquierda. Es parte de un debate que debe llevar a concluir que el mejor camino para superar el conflicto es la vía pacífica y política, acompañada de cambios democráticos que erradiquen las causas políticas, sociales y económicas de la confrontación. Es evidente que el rasero de la lucha democrática hoy es más exigente. No puede nadie a nombre de la revolución practicar el secuestro ni ningún acto degradante que afecte a la población civil.

Pero la existencia de la guerrilla en Colombia obedece a una realidad, a factores políticos y sociales muy fuertes que se retroalimentan con la bestialidad de la burguesía y el terrorismo de Estado. No hay una clase dominante igual, ni siquiera en Asia o Africa. En Colombia los ricos viven con las comodidades de un europeo y los pobres, la mayoría, con la pobreza extrema de África. Lo dice Naciones Unidas, no yo. La oligarquía siempre se negó a cambios mínimos democráticos. Su mezquindad es escandalosa.

El largo período del conflicto interno debe superarse mediante una paz con democracia y justicia social. El error histórico de Uribe fue creer que podía aplastar a la guerrilla por la vía militar y no lo logró a pesar de evidentes avances. Insistir en esa línea, con mayor apoyo yanqui con presencia en las bases militares, es prolongar la confrontación armada y profundizar la degradación en sus peores manifestaciones como el paramilitarismo, las desapariciones forzadas, las ejecuciones extrajudiciales, la guerra sucia, la violación de los derechos, atribuibles al paramilitarismo, a los agentes del Estado y al siniestro contubernio entre los dos anteriores.

El tema del daño de Uribe Vélez a la democracia va más allá de la existencia de la guerrilla colombiana. Porque la «seguridad democrática» no apunta sólo a la insurgencia, también y, quizás, con peor saña, contra la oposición política, en particular de izquierda, las ONG humanitarias, los dirigentes sindicales y populares. La persecución a los luchadores populares es permanente. Sin Uribe Vélez sería más fácil allanar el camino hacia la paz, después de tantos intentos precedentes. Con todo, hay que persistir en el trabajo de atraer a la guerrilla a la lucha política, sacarla de la guerra pero fortaleciendo la democracia, abriendo espacios políticos y propiciando la solución política negociada. Que los gringos se vayan a buscar su guerra en otra parte y de paso les regalamos a Uribe Vélez. Colombia tiene derecho a una paz plena, pero con democracia y cambios sociales.

J.D. ¿Este «Estado ideal» sería posible en un gobierno del Polo Democrático?

C.L. No creo en un «Estado ideal», este fue la creación idealista de Platón. Creo en el estadio humanista de la sociedad. En el socialismo, afincado en la igualdad y la democracia, entendiendo por igualdad el trato digno al ser ‑­

humano. En un mundo en que se conquisten importantes avances políticos, sociales, científicos y culturales. Un tránsito hacia esa perspectiva en Colombia sería un gobierno del Polo Democrático Alternativo, en 2010, liderado por el maestro Carlos Gaviria Díaz, un hombre transparente, humanista y decente. Carlos Gaviria adelantaría un Gobierno de izquierda sin ambigüedades ni temores, mucho menos con posiciones pusilánimes, siempre amplio porque convoca a los demócratas y a los sectores sociales, en primer lugar a los trabajadores. Esto abriría el camino hacia la democracia y la justicia social y por ende a la solución política del conflicto. Se acabaría con cualquier argumento para buscar el poder mediante el uso de las armas. Se confirmaría la tendencia predominante en la actualidad de que lo fundamental es la vía democrática y de masas para los cambios populares.

J.D. ¿Usted es candidato a la Cámara, cree que su elección contribuirá a esos cambios deseables?

C.L. No sólo la mía. Sino la de una fuerte y definitiva bancada de la izquierda, del Polo Democrático Alternativo en el Senado y la Cámara, que sería garantía para sacar adelante numerosos proyectos sociales y populares.

J.D. Hay dudas de que así sea.

C.L. Las dudas las promueve la «gran prensa», los grandes medios de comunicación oligárquicos que pescan en el río revuelto de la batalla de ideas en el Polo, que magnifican el debate y promueven la división tocando el ego de ciertos seudocaudillos en la izquierda, que ya no son de izquierda. Pero en la práctica hay masas polistas ávidas de cambio, de definiciones a la izquierda y así lo van a demostrar el próximo 27 de septiembre en la consulta presidencial, porque la elección de Carlos Gaviria será apabullante. Vamos por un gobierno popular. ¡Por un Gobierno decente, Carlos Gaviria presidente!

J.D. ¿Se cayó la «farcpolítica»?

C.L. Sí, no tuvo elección, fue un montaje político del Gobierno Nacional y los organismos de seguridad del Estado para perseguir a los luchadores por la paz y el intercambio humanitario, algo exótico para Uribe Vélez. Somos varios los absueltos y lo mismo va a ocurrir con Piedad Córdoba, Wilson Borja y hasta con Liliany Obando y el profesor Miguel Angel Beltrán, los dos en prisión sin ningún fundamento.

J.D. En su caso apeló la Fiscalía, ¿por qué?

C.L. No conozco las razones. Apeló fue la agente de la Procuraduría General de la Nación, organismo de control para el recto cumplimiento de las funciones de los servidores públicos. Aún no ha entregado el alegato de la apelación. Pero no tiene sentido. El fundamento, la filosofía de la Procuraduría es velar por el debido proceso, por la recta aplicación de la justicia, pero en mi caso como en el del ex ministro Álvaro Leyva Durán lo que hace la Procuraduría es asumir la condición de acusador la cual es propia de la Fiscalía, la misma que nos exoneró por preclusión de la investigación. No extraña porque este procurador es «conocido de autos». Es una apelación sin mucho futuro, pero hay que esperar el resultado. Entre tanto, seguiremos en la lucha por la paz y la democracia, nada podrá silenciarnos.

J.D. ¿Si usted es diputado en la Cámara de Representantes, quién será el nuevo director del diario Voz, que tiene prestigio en la izquierda y en el continente? Lo digo porque se habla muy bien de Voz, de su director y porque sobrevivió a la debacle de la vieja izquierda.

C.L. Voz continuará su camino. Su labor periodística como un medio revolucionario, de izquierda y alternativo. Con el mismo coraje y el mismo valor. Tendrá un nuevo director que será designado en el momento oportuno. Voz es lo importante, es lo fundamental, sus colaboradores y directivos somos transitorios en su vida, jugamos un papel, pero no somos imprescindibles. Otro ocupará el cargo y lo hará igual o mejor que nosotros, de eso estoy seguro.

J.D. Gracias colega y buena suerte.

C.L. Muchas gracias y hasta pronto.