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¿Y los partidos? Bien, gracias

Fuentes: Rebelión

¿Para qué sirven los partidos?, es la pregunta que muchos nos hemos estado haciendo desde hace más de quince años. En 1988, en México, una coalición de organizaciones formó el Frente Democrático Nacional en torno a un personaje que salió de su partido (el Revolucionario Institucional-PRI) para entrar en el más desprestigiado de todos, el […]

¿Para qué sirven los partidos?, es la pregunta que muchos nos hemos estado haciendo desde hace más de quince años. En 1988, en México, una coalición de organizaciones formó el Frente Democrático Nacional en torno a un personaje que salió de su partido (el Revolucionario Institucional-PRI) para entrar en el más desprestigiado de todos, el Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM) y desde éste lanzar su candidatura a la presidencia. Otros partidos, como el del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional, el Popular Socialista y el Mexicano Socialista se le sumarían (este último al cuarto para las doce). En una palabra, no fueron los partidos los que, por sí mismos y rigurosamente hablando, derrotarían al PRI en 1988, sino un candidato, Cuauhtémoc Cárdenas, aunque no se le reconociera su triunfo.

Algo semejante había ocurrido antes también en México con Juan Andrew Almazán (1940) y con Miguel Henríquez Guzmán (1952), cuando se presentaron como candidatos más fuertes que los partidos de oposición ya existentes. No ganaron, y en realidad no estuvieron cerca del triunfo, pero sí sacudieron al partido del régimen político de entonces.

Para las elecciones de 2000 hubo un fenómeno parecido: un personaje, surgido del gobierno de Guanajuato y antes de la Coca-Cola, se impuso a su partido, iniciando antes que nadie su campaña para ser el candidato del PAN y, luego, para competir por la presidencia. De la misma manera que los varios partidos que formaron el FDN se vieron atraídos por la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas, pues era obvio que su plataforma de lanzamiento (el PARM) no era creíble, Fox arrastró al PAN con el éxito que ya había logrado antes de la convención de su partido y con el concurso de la asociación «Amigos de Fox» -que no era precisamente pequeña al momento de registrar candidatos-. Por algo Fox declaró el 5 de julio de 2000 que él gobernaría y no su partido.

Un poco antes que Fox en México, Hugo Chávez se registró como candidato a la presidencia de Venezuela con un bloque de izquierda llamado Polo Patriótico, constituido por el Movimiento V República, el Movimiento al Socialismo, el Partido Patria para Todos y el Partido Comunista, derrotando en diciembre de 1998 a los partidos tradicionales de ese país: AD, supuestamente de orientación socialdemócrata, y COPEI de orientación demócrata cristiana. El caso de Alvaro Uribe, con su Partido Primero Colombia, corresponde al mismo modelo: salió del tradicional Partido Liberal y derrotó a su candidato y al del Partido Conservador. Lucio Gutiérrez tampoco era el candidato de los partidos tradicionales de Ecuador, como tampoco lo fue Tabaré Vázquez en Uruguay, propuesto por el Encuentro Progresista-Frente Amplio que derrotó con amplio margen a los partidos Blanco y Colorado que se alternaban el poder desde hacía mucho tiempo. Kirchner en Argentina no ganó porque perteneciera al Partido Justicialista, el mismo de Menem, sino porque estaba en contra de las políticas de éste y de los políticos defenestrados que lo sucedieron. Conviene recordar que Gutiérrez fue un auténtico advenedizo en la política y que su partido Sociedad Patriótica no hubiera tenido éxito sin la alianza con el Movimiento Unidad Plurinacional Pachakutik-Nuevo País y el Movimiento Popular Democrático. Podrían citarse otros ejemplos, incluso fuera de América Latina, pero parece ser muy claro que los partidos han sido arrastrados por personajes que, por lo que ofrecen o por la imagen que se les supone, han tenido más popularidad que las organizaciones políticas estables también llamadas permanentes.

El último ejemplo que podemos registrar es el de Andrés Manuel López Obrador. Primero pidió que lo dieran por muerto, luego comenzó a destacar en las encuestas como un político muy popular y, finalmente (hasta ahora), parece ser el precandidato a la presidencia más popular en México. Su popularidad ha llegado a tales niveles que, en este momento, nadie duda que deberá ser el candidato del Partido de la Revolución Democrática, pero no debe pasarse por alto que la popularidad del personaje no es la misma que la de su partido.

Así, entonces, podemos concluir que los partidos están dependiendo, como desde hace décadas en Estados Unidos, de los candidatos y que, su éxito o fracaso, depende de estos y de la credibilidad que adquieran como líderes carismáticos. ¿Serán los partidos simples aparatos electorales al servicio de personajes con altos índices de popularidad? Según los ejemplos que he citado, sí y, además, ni siquiera han importado las ideologías implícitas o explícitas de las propuestas partidarias sino los ofrecimientos de los líderes convertidos en candidatos: anteayer Cuauhtémoc Cárdenas, ayer Vicente Fox y ahora López Obrador.

En el presente lo que cuenta es la persona, como lo reconoció el mismísimo López Obrador: «para ganar la elección para presidente de la República se necesita más que la militancia de un partido. Se requiere, dijo, de un candidato que conmueva y convoque a los mexicanos.» (La Jornada, 16/11/04. Las cursivas son mías).