Recomiendo:
0

Y que doblen las campanas

Fuentes: Rebelión

Al parecer sin suficiente fuero sobre las acciones -no ya las conciencias- de sus miembros, la ONU se empeña en que doblen las campanas, a ver si algunos se desperezan. Sí, decididamente a muerto, como para conjurar el fin, suena el amasijo metálico desde hace unas semanas, cuando la organización reclamó la adopción inmediata de […]

Al parecer sin suficiente fuero sobre las acciones -no ya las conciencias- de sus miembros, la ONU se empeña en que doblen las campanas, a ver si algunos se desperezan. Sí, decididamente a muerto, como para conjurar el fin, suena el amasijo metálico desde hace unas semanas, cuando la organización reclamó la adopción inmediata de medidas contra «la violación de los derechos humanos al agua y al saneamiento de todas las personas».

La fecha no podría ser más propicia: 22 de marzo, Día del Agua. Asida del símbolo, una declaración alertaba sobre el aumento del número de quienes, viviendo en las ciudades, no tienen acceso al líquido ni a servicios sanitarios seguros. Fenómeno que no constituye «simplemente un lamentable subproducto de la pobreza, sino el resultado de decisiones políticas que los excluyen y deslegitiman su existencia, lo que perpetúa su pobreza».

Aquí me detengo, por escéptico quizás, o por realista más bien. Se escucha de maravilla eso de proveer sin discriminación. Pero uno no puede menos que preguntarse si las buenas intenciones no quedarán precisamente en eso. Por lo pronto, la demanda semeja gesto de utopista anheloso de que, como por ensalmo, aquellos que mantienen a 783 millones de terrícolas exentos de agua potable y a unos dos mil 500 millones «eximidos» de servicios sanitarios se avengan a deshacer el entuerto, en desmedro de sus abundosas ganancias.

Porque claro que el remedio no estribará en meras alusiones a cuestiones edilicias en el ámbito de una formación socio-económica que mercantiliza todos los aspectos de nuestra vida, tal nos recuerda Frei Betto. Una formación que, despojando al agua de su «dimensión sagrada», la presenta como capaz de tornarse fuente de ingresos mayúsculos para los países premiados por natura -¿las transnacionales en pro del Estado nación?-, y que tacha de contrarios al progreso a quienes se oponen a esta ideología, pues dizque estarían negándose a la más racional utilización, proveniente del pago a… la empresa privada.

Aunque, en honor a la verdad, se cuida más lo que obliga a voltear el bolsillo, las consecuencias devendrán graves si se impone en toda su extensión la ley de la oferta y la demanda. Como explica el teólogo de la liberación, el cobro por el uso puede erigirse en mecanismo de administración harto peligroso. Una fábrica de cerveza, ejemplifica, «extrae de un pozo artesiano toda el agua que necesita, sin pagar nada por ella. Después arroja parte de esa agua, ahora contaminada por detergentes y desechos, al río más próximo. El lucro por la venta de cerveza es todo para ella; la pérdida en el caudal subterráneo y la contaminación del río son de la comunidad local». Así que una correcta gestión implicaría deslindar entre consumo humano, producción industrial, energía eléctrica, agricultura de regadío, ocio, etcétera.

Ahora, lo incontestable es que fuera de la órbita del control estatal los elementos esenciales para la supervivencia han quedado supeditados a la lógica de la rentabilidad de un manojo de corporaciones, adueñadas del 75 por ciento del mercado mundial. Y esa línea impele a los entendidos a predecir que para el año 2025, cuando la demanda sobrepase en 56 por ciento al suministro, los territorios privilegiados se convertirán en blancos casi ineluctables del poder imperial. No en balde, advierte Tatiana Martínez Hernández, de Prensa Latina, la embestida contra Iraq tuvo además el objetivo de enseñorearse del Éufrates y el Tigris, en una de las zonas más áridas del orbe. El que el agua desplazará al petróleo como (traslúcido) objeto del deseo se prefigura en los conflictos que por esos dos ríos protagonizan Turquía, Siria e Iraq; así como el Nilo supone la manzana de la discordia para Etiopía, Sudán y Egipto; y el Jordán y el Litani con respecto a Israel y Palestina. Por otra parte, el reservorio enclavado en la meseta del Golán sirio insufla a Tel Aviv aspiraciones de eternizarse allí, y la toma de Libia por los hideputas (en el exabrupto, yo también me acojo a la autoridad de Cervantes) tiene como móvil fundamental al enorme depósito acuífero soterrado, a más del hidrocarburo.

Llegados a este punto, tendremos que matizar el escepticismo. Creo, con diversos analistas, que la ratificación por la ONU del agua como derecho inmanente supone el triunfo parcial de una visión que, defendida por Bolivia y respaldada por 33 Estados en la Asamblea General de julio del 2010, propone la creación de espacios democráticos para la discusión de esta problemática. Incompleta victoria, habida cuenta la fuerza gravitatoria de un sistema que, en atinadas palabras de Monica Bruckman (Alai-AmLatina), pretende convertir el recurso en un commodity, sujeto a una política de precios cada vez más dominada por el proceso de financierización y el llamado mercado de futuros.

¿Quién vencerá a la postre en el pulso? Si acaso adelantemos que la respuesta se enmarca en el ámbito de un dilema mayor: sociedad planificada o barbarie. Agua para todos o muerte repartida. Por eso, es bueno que doblen las campanas.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.