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Yuri Buenaventura: la poesía y la esperanza

Fuentes: Rebelión

Yo era de los que creía que la poesía, tal como se imagina prisionera en libros y academias refinadas, estaba condenada a desaparecer. Y parece que así es. Esa idea de que los poetas son seres superiores, por encima del común de los mortales, envueltos en un aura de divinidad me parece una idea mediocre. […]

Yo era de los que creía que la poesía, tal como se imagina prisionera en libros y academias refinadas, estaba condenada a desaparecer. Y parece que así es. Esa idea de que los poetas son seres superiores, por encima del común de los mortales, envueltos en un aura de divinidad me parece una idea mediocre. La poesía no es, a estas alturas, ninguna bebida mágica, ninguna expresión de la esencia profunda de la humanidad, sino un arte en decadencia si nos atenemos a los que se hacen llamar poetas y son reconocidos como tales. Hay más esencia vital, más fuerza creadora -y hasta más belleza- en el repertorio de cualquier banda clásica del Rock en español que en todos los festivales de poetas incomprendidos e incomprensibles que se realizan por ahí con patrocinio de los monopolios editoriales.

¿Dónde está la poesía de nuestro tiempo? Hace mucho que fue desterrada por los críticos y poetas descendientes de las divinidades. Sin duda, no la encontraremos en los pasillos de la institucionalidad, ni en las antologías. Ni siquiera en los libros de versos. No es un conflicto nuevo: la genial literatura siempre se ha llevado mal con academias, tiranos, gobiernos o instituciones.

Miguel de Unamuno tuvo problemas empezando el siglo pasado por criticar la monarquía en España. En ese entonces Luis Tejada se quejaba a propósito que en Colombia, por el contrario, gracias a la libertad de opinión y prensa las palabras perdían su carácter subversivo, la escritura se convertía en un oficio muy aburrido. Para fortuna de Luis Tejada la historia haría de éste un lugar donde las palabras tienen todo el peso que se merecen.

Cuando las metáforas adquieren de nuevo un espíritu secreto, cuando encubren cómplices toda la tempestad oculta detrás de un verso, hay todavía margen para pensar que la poesía vuelva a nacer escondida en otras voces, prolongada por otros caminos. Desde Baudelaire éste es un oficio de malditos. Un proscrito, un maldito es el cantante Yuri Buenaventura que dedicó una canción al viejo Manuel en el marco de la Marcha Patriótica. ¿A cuál Manuel? Se debía preguntar el Presidente sin poder conciliar el sueño en su palacete a media cuadra de la Plaza de Bolívar donde varios miles de campesinos venidos de lo profundo de la selva grababan con su mirada un nuevo memorial de agravios.

¿Manuel? ¿Un viejo sabio que vivía arriba en el monte? ¿Cuál sabio? ¿Cuál monte? ¿Cuál Guajiro Manuel? porque yo recuerdo varios muy famosos: uno que era indio y tinterillo, uno que fue Aragonés antes que latinoamericano, uno que era estudiante… ¿No se trata todo esto de una protesta maldita también, prohibida, señalada, atacada y desprestigiada por el régimen? Los que financiaron con nuestros impuestos una cumbre inútil de miles de millones para que el asco de América en pleno se viniera de putas a Cartagena, preguntan desesperados de dónde salió la plata con qué dar tamales a los campesinos marchantes que colmaron Bogotá el 23 de abril durante la Marcha Patriótica, unos tamales que además estaban vinagres. Ellos, que financiaron de frente la catástrofe del paramilitarismo, ellos que nunca cuestionan la procedencia de los dineros que pagan el glifosato, las bombas Cluster y los helicópteros Black Hawk, están muy preocupados porque 80.000 marchantes colapsaron pacíficamente la capital a pesar de la lluvia y las amenazas de la cúpula militar. Y el crimen más escandaloso e imperdonable es que esos campesinos tenían plata para comprar tamales.

Ya estamos habituados: en Colombia el emperador puede -literalmente- arrasar con fuego mil aldeas, pero al pueblo se le prohíbe encender una vela.

Ahora que Yuri Buenaventura hizo con una canción de salsa una declaración de resistencia, recordamos a esa muchacha poetisa Árabe perseguida por escribir a favor de la libertad o a ese estudiante de la Universidad Surcolombiana que metieron a la cárcel por cantar canciones incómodas. De eso se trataba con la canción del salsero, de que la metáfora llegara a tener un carácter subversivo, maldito. De que la sepamos viva aunque se la crea muerta, como al Guajiro Manuel, un viejo sabio sin nombre propio. La poesía regresa por los caminos más inesperados, esta vez para pedir el desquite. Los mismos caminos recorridos por esos marchantes que no eran bienvenidos en el corazón de la oligarquía. Yuri Buenaventura, un salsero de tremendo reconocimiento en Europa prefiere el anonimato en su tierra antes que venderse miserablemente a las élites de narcos, escoge una ruta difícil para su música y sus versos: la de la rebeldía.

Todavía hay muchos nombres que no pueden pronunciarse. Eso me hace pensar que éste país, a pesar de todas sus tragedias, sigue siendo hermoso porque concede tiempo a la metáfora. Las palabras dicen más de lo que dicen, las paredes hablan verdades que la verdad oficial calla. Tras los pasos de esa marcha se esconde otra metáfora; la gran noticia que no salió en los diarios ni los televisores: lo prohibido, lo innombrable es que pasada tanta muerte se asoma por fin la esperanza, otra palabra de esas para la cual no tenemos nombre propio.

Guajiro del Monte – Yuri Buenaventura

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.