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¿Avanzando y democratizando o hundiéndonos sin democracia alguna a la vista?

¡Zonas francas para todos!

Fuentes: Rebelión

Las zonas francas (también denominadas «zonas de libertad comercial», «zonas de proceso exportador», «zonas económicas especiales») son el recurso hallado por el gran capital transnacional para no bajar la tasa de ganancia o incluso aumentarla. ¿Cómo? Son zonas, áreas, donde se suspende la legislación nacional; allí dentro de «sus fronteras» -en el territorio cedido por […]

Las zonas francas (también denominadas «zonas de libertad comercial», «zonas de proceso exportador», «zonas económicas especiales») son el recurso hallado por el gran capital transnacional para no bajar la tasa de ganancia o incluso aumentarla. ¿Cómo?

Son zonas, áreas, donde se suspende la legislación nacional; allí dentro de «sus fronteras» -en el territorio cedido por el estado anfitrión− no rigen los derechos gremiales ni los fiscales ni las normas ambientales del estado nacional.

Está claro que la concesión de zonas francas significa una cesión de soberanía. Que el gobierno que la decida, o más bien la acepte, la entenderá provechosa. ¿Motivos? El más invocado públicamente, es que así se consigue ocupación para la mano de obra nacional. Puede haber otras razones menos publicitables, como la concesión de favores o ventajas a los anfitriones o más bien a sus representantes. Puede finalmente existir «la razón del artillero»: muy pocos gobernantes en países periféricos tienen la autonomía mental como para preguntarse qué significa la proliferación de zonas francas y, en cambio, es habitual acatar la orientación del «capitalismo en serio».

Porque el reflotamiento de zonas francas, hacia la década del ’60 [1] constituyó la adaptación capitalista al ajuste de costos resultante de la modernidad tecnológica, los avances de leyes sociales, el reconocimiento de las demandas sindicales y laborales y diversos factores que inciden en los costos de fabricación e industriales en general.

Sin entrar entonces a buscar razones por los cuales el Uruguay está incluyéndose en el curioso club de fervientes cultores de las zonas francas, ubiquemos la cuestión.

No existen zz.ff. en países como EE.UU., Reino Unido, Suecia u Holanda; han proliferado en el sudeste asiático, en América Central y México con sus tristemente famosas «maquilas» y, ciertamente en África. Lo cual nos dice algo sobre las relaciones centro-periferia.

Las zz.ff. hoy en día tan florecientes, no constituyen sino la continuación, la acentuación del no pago de impuestos, de contrabandos y de otros rasgos del quehacer económico móvil que caracterizó siempre a los circuitos de capital. Entre las primeras Zonas de Procesamiento para la Exportación ─una de las tantas denominaciones que hemos concentrado en Zonas Francas─, estuvieron las de Taiwan, en los ’70, a las que siguieron en la misma década, las de Indonesia, Malasia, Filipinas.

Otra de las regiones con fuerte «florecimiento» de zz.ff. ha sido, en la misma época, el Caribe, y la República Dominicana ha sido asiento principal.

Se estima que si al fin de la 2GM había un centenar de tales zonas dispersas en el mundo entero, en pleno siglo XXI tenemos que hablar de miles.

Pero el fenómeno de las zz.ff. presenta una variante que a la luz de las posiciones que vamos viendo en el gobierno uruguayo, interesa destacar: tenemos que hablar no sólo de zz.ff. en estados nacionales sino además de estados nacionales devenidos zz.ff.

Históricamente se conoce a Túnez como «el estado pionero» que resolvió convertir todo el país en zona franca. Esto aconteció en 1972, tras el desmembramiento de los proyectos de reforma agraria y la crisis de la política de sustitución de importaciones, junto con la iniciación de una apertura incondicional del país al capital extranjero, en pleno proceso mundial de creación de tales «zonas».

Aunque Túnez abandonó unos años después ese régimen de zona franca total, por haberle resultado de muy magros resultados, no deja de encerrar cierto simbolismo que «la primavera árabe» haya irrumpido desde Túnez, en enero de 2011, donde las condiciones laborales eran tan desesperantes, con el sacrificio trágico de Muhammad Bouazizi. Su incendio a lo bonzo fue la chispa que incendió la reseca pradera árabe.

Mucho más cercano en el tiempo tenemos un segundo ejemplo de esta variante. En 2009, tras el golpe contra Zelaya, se abre en Honduras, con asistencia directa de asesores estadounidenses e israelíes, un proceso de «democracia de nuevo tipo» presidido por Porfirio Lobo, quien propugnó la extensión de zz.ff. Significativamente, el nuevo régimen descargó una persecución a sindicalistas con una atroz sucesión de asesinatos. Desde enero 2014 es presidente Juan O. Hernández, del partido conservador, íntimamente ligado al universo empresario: una de sus primeras medidas ha sido convertir el país entero en zona franca.

Con fondos surcoreanos, a menos de un mes de asumir la presidencia prometió construir «una ciudad modelo», es decir «libre» de todo el andamiaje legal, judicial y administrativo… hondureño, con fondos surcoreanos.

En Honduras se debatía la presencia de zonas francas desde mucho antes, puesto que América Central ha sido tierra «privilegiada» por capitales estadounidenses para ese régimen. Al punto que Hernández derogó una decisión de la Suprema Corte de Justicia del país que había prohibido la creación de las mentadas «ciudades modelo» advertidos de la radical pérdida de soberanía que presentaba el proyecto.

Cabe acotar que Honduras es el país más empobrecido de la América no sajona, exceptuando a Haití, donde al castigo imperial se agrega el motor de la discriminación racista. Honduras, avasallada por el reciente golpe de estado constituye una suerte de «adelanto» de los designios del gran capital en nuestras tierras.

Y bien: como para completar a «las tres marías» de las zz.ff. «nacionales» en el planeta, tenemos ahora las resoluciones sobre el particular en nuestro país. El director nacional de aduanas, Enrique Canon, en el cambio de año de 2014 a 2015, aclaró que hay un nuevo código aduanero, que promete mayores controles en las zz.ff. (¿es que acaso no los había? y, por otra parte, ¿en qué puede haberlos?), y que dicho código adquirirá pleno sentido ampliando «el territorio aduanero a todo el territorio nacional» (El País, Montevideo, 27/2/2015). El director aclara además una perogrullada: «Las zonas francas uruguayas están internacionalmente bien consideradas.» (ibíd.) Algo indudable, aunque el desprolijo Canon haya omitido decir por quiénes están bien consideradas. No ciertamente por los trabajadores de zonas francas ni de Uruguay, ni de Honduras, ni de Túnez, ni de Filipinas ni de China y el largo y penoso etcétera de la restauración del capitalismo puro y duro de comienzos del siglo XIX, ahora en la periferia planetaria.

Nota

[1] Se suele considerar la primera zona franca de nuestra «era», la de Shannon, Irlanda, en 1959, decidida por el gobierno para movilizar la economía y acentuar el crecimiento económico. Irlanda constituye un peculiar país alojado en el Primer Mundo aunque con rasgos tercermundianos (por la conflictiva relación con la metrópolis británica, por ejemplo).

Luis E. Sabini Fernández es Integrante de la Cátedra Libre de Derechos Humanos de la Facultad de Filosofìa y Letras de la Universidad de Buenos Aires, editor, periodista. 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.