Declarado en 2014 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, es el enésimo ecosistema bajo los efectos del calentamiento global.
Maun (Botsuana) // Benson, un hombre de 54 años, conoce a la perfección qué yerbas puede usar para repeler a los mosquitos. Resulta algo muy útil en el delta del Okavango, en la región de Ngamiland, en el norte de Botsuana, donde nació y donde vive, ya que estos insectos pueden transmitir malaria y otras enfermedades. Sabe también las plantas que comen los elefantes para facilitar la digestión de sus grandes estómagos. “Cuando era pequeño, antes del desarrollo, solíamos usar las boñigas de estos animales para hacer balones de fútbol. Cogíamos las más grandes, las liábamos en hojas húmedas y las dejábamos secar unos días. Luego ya estaban listas para darles patadas”, dice. Pero Benson guarda también una sospecha que expresa en forma de lamento: “En aquella época había mucha más agua. Es muy importante para los animales que viven aquí; sin el alimento que les da la lluvia lo pasan mal. La necesitan para sobrevivir”.
El delta del Okavango, declarado en 2014 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, se trata, en realidad, de un abanico aluvial de grandes dimensiones, ya que su río no desemboca en el mar. El río Okavango, que nace en Angola, atraviesa Namibia y se dispersa en el desierto del Kalahari, desagua en una llanura y produce este delta, que cubre una superficie de alrededor de 20.000 kilómetros cuadrados durante las crecidas. Es, además, un riquísimo ecosistema donde viven todo tipo de animales: aquí hay más de 450 tipos de aves, algunas en peligros de extinción, y 130 especies de mamíferos entre los que se incluyen leones, leopardos, elefantes, rinocerontes, búfalos, perros salvajes y guepardos.
Además, es el hogar de diferentes etnias locales y, debido a su atractivo turístico, también supone un activo vital para la economía de Botsuana, que no es una nación pobre, sino una de ingresos medios que ha conseguido hitos mundiales como convertirse en el primer país con alta carga de VIH en eliminar la transmisión materno infantil de este virus.
“Yo, cuando era joven, me dedicaba al comercio de lo que cosechaba. Tuve la mínima escolarización posible. Pero ahora, desde hace cinco años, conduzco Mokoros –una embarcación tradicional que muchos turistas demandan para surcar las aguas del Okavango–. Es mucho más lucrativo”, explica Benson.
Y dice también que, gracias a sus ingresos actuales, puede pagar una educación mucho mejor que la suya a sus dos hijas, de 17 y de 12 años. Que podrán ir a la Universidad. Que a la mayor le gustaría trabajar en el gobierno, aunque para ello deba aprobar un exigente examen. Y que la pequeña todavía no ha elegido qué hacer cuando crezca. “Aquí, las comunidades viven de la agricultura, de la ganadería y ahora del turismo. Gracias a los animales que habitan estas tierras, tenemos donde elegir”, concluye.
Un enemigo poderoso
Pero, en los últimos años, al delta del Okavango le ha salido un duro enemigo: el cambio climático. Además de poseer un delta que no desemboca en el mar, Botsuana tiene otra particularidad reseñable: las tres cuartas partes de su territorio son desérticas. “Las proyecciones sobre el cambio climático indican un fuerte calentamiento en el Kalahari –uno de los desiertos más grandes del mundo, ya que abarca unos 93.000 kilómetros cuadrados– y en Botsuana.
Las tendencias de calentamiento de las últimas dos décadas son aproximadamente dos veces el promedio mundial”, afirma Callum Munday, un científico climático de la Universidad de Oxford cuyo trabajo se centra en la dinámica del clima tropical y africano. Y añade: “En nuestras proyecciones futuras, este aumento de las temperaturas irá acompañadas de sequías más duraderas”.
Realmente, las consecuencias del cambio climático ya se han dejado ver con aspereza en los últimos meses en las regiones australes de África. Quizás, la más sonada tuvo lugar en Namibia durante los últimos meses de 2024. Entonces, este país, que hace frontera con Botsuana, sufrió su peor sequía de los últimos cien años, un episodio que dejó al país al borde del colapso. Casi la mitad de la población afrontó niveles críticos de seguridad alimentaria y el gobierno decidió, en una medida inédita y desesperada, sacrificar animales salvajes, entre los que se encontraban 83 elefantes, 30 hipopótamos, 100 ñus o 300 cebras, para asegurar que la comida llegaba a todos los rincones de la nación, sobre todo en áreas rurales, las más afectadas por el hambre. Todo ello en un contexto de crisis climática extrema acrecentada, además, por el fenómeno de El Niño, que se caracteriza por un calentamiento inusual de las aguas del Pacífico ecuatorial.
El propio delta del Okavango también ha sido escenario reciente de esta clase de sucesos. Un ejemplo: en 2020, un estudio de la King’s College de Londres deslizó que la muerte de 350 elefantes africanos (Botsuana alberga un tercio de la población mundial de este paquidermo) se debía al cambio climático. Un equipo de científicos afirmó que los animales bebieron agua de pozos donde las poblaciones de algas tóxicas habían aumentado por la variación inusual de las temperaturas; uno de los años más secos de las últimas décadas, el 2019, dio paso a otro extremadamente húmedo. Hechos que pueden repetirse en tiempos venideros no demasiado lejanos. “La combinación de calentamiento y sequía puede dar lugar a condiciones más secas en un futuro próximo en Botsuana. Eso tendría implicaciones para la seguridad hídrica, por la disminución de la producción hidroeléctrica, y para la viabilidad agrícola”, sentencia Munday.
Un nido de enfermedades
La falta de alimento o de agua no son las únicas consecuencias negativas que puede traer el cambio climático y el aumento de las temperaturas en esta zona del mundo. Habla Sikhulile Moyo, un reputado investigador y virólogo zimbabuense asentado en Botsuana que alcanzó fama mundial en 2021 cuando el equipo que comandaba identificó, por primera vez, la variante ómicron del coronavirus: “El cambio climático hace que los animales y los humanos entren más en contacto y estos microorganismos ganen en adaptabilidad y en la capacidad de infectar nuevos huéspedes. Y es aquí, en estos territorios de África, donde se encuentra la mayor interfaz entre humanos y animales”, dice. Afirma el experto que muchas de las infecciones que sufren las personas son zoonóticas y que la variación de las temperaturas puede amplificar las enfermedades y las epidemias.
El profesor Moyo da más claves: “El cambio climático varía los hábitats y provoca inundaciones que traen consigo movimientos masivos de organismos. Y esto puede provocar, en definitiva, que los virus cuyas principales víctimas son los animales afecten también a los humanos. Lo puedes ver con los mosquitos que son portadores de malaria; los cambios en la temperatura permiten que estos mosquitos malos, por llamarlos de alguna manera, desplacen a los buenos. Y lo mismo sucede con los que transmiten dengue o chikunguña”.
Por último, recuerda el experto que los países que más provocan el cambio climático no son precisamente los que sufren sus consecuencias más devastadoras. Y los datos le vuelven a dar la razón: pese a que en África vive alrededor del 20% de la población mundial, apenas emite entre un 2% y un 3% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Sin embargo, el fenómeno se muestra en sus tierras y en sus costas de la forma más virulenta. En el delta del Okavango ya pueden dar fe de ello.
Fuente: https://climatica.coop/delta-del-okavango-ecosistema-unico-cambio-climatico/