La filosofa y feminista Ana de Miguel nos comparte su análisis sobre la supuesta libertad de elegir en una estructura patriarcal que nos socializa
El mito de la libre elección remite a una de las preguntas clave de la teoría feminista actual. La pregunta sobre cómo se reproduce y legitima la desigualdad en las sociedades formalmente igualitarias. En sociedades que han dejado atrás los patriarcados de coacción y viven en patriarcados que necesitan legitimarse en el consentimiento1 y la libre elección de cada persona.
Entonces, ¿cómo se reproduce la desigualdad? ¿Cómo se está reproduciendo el rosa y el azul, con su conjunto de normas, valores y sentidos de la vida diferenciados?
Una respuesta extendida niega tal desigualdad: chicas y chicos ya viven en igualdad. Y si hay diferencias en sus comportamientos son eso, diferencias, no desigualdades. La libre elección individual se convierte en el factor explicativo de las conductas sesgadas por el sexo-género. Si las niñas juegan con maquillaje y llevan el pelo largo: pues nada, es su libre elección, ¿desde los 2 años?, sí, ¿dónde está el problema? No hay tal problema porque la niña que libremente lo elige se corta el pelo, juega al fútbol. Al igual que el niño que quiere llevar su falda y su Barbie a segundo de infantil encuentra la indiferencia teñida de respeto a su decisión.
En el fondo, bajo este discurso de la libre elección individual subyace un neodeterminismo bastante popular y de sentido común. ¿He hecho yo alguna diferencia en la educación de mis hijos? Se preguntan madres y padres. No, yo apoyo la igualdad, por tanto, todas las diferencias que observo se tienen que deber a una cierta tendencia natural. Ellas son de Venus y ellos son de Marte.
El razonamiento anterior parece impecable. Impecable desde una visión tan cándida como errónea sobre cómo se han conducido realmente los progenitores y sobre cómo funciona la sociedad. Es un razonamiento que ignora la existencia de estructuras ideológicas y materiales que condicionan nuestra subjetividad desde el nacimiento. Un razonamiento cuyo paralelo sería negar la influencia de las estructuras económicas en las libres elecciones individuales de las personas. Que un adolescente elige libremente pasar el año escolar en Canadá, aprendiendo inglés y otro no salir de su barrio, ni en verano, cómo es la diversidad humana. Celebremos la diversidad que lleva a unos a lucir sus vacaciones en la costa y a otros a dar un like desde su undécimo contrato basura. Si en estos últimos casos nuestro sentido común nos hace ver que estas no son libres elecciones –aunque es lo que intenta el neoliberalismo actual- sino producto de una desigualdad económica injusta, ¿cómo es posible que en lo que hace a las “libres elecciones” basadas en la desigualdad patriarcal persista una ceguera voluntarista que se expresa como: “que lo haga sólo la que lo elija”
Un debate habitual es el de cómo es posible distinguir entre lo que sí es libre elección y lo que es fruto de un sistema de opresión. Y, sobre todo, el de quienes están cualificadas y desde qué criterio para hacerlo sin caer en el llamado problema del paternalismo, digamos maternalismo. Es decir, sin sostener que una minoría puede saber mejor que la propia interesada qué es mejor para ella o dónde está asintiendo en condiciones de ausencia de igualdad y libertad frente a una situación o frente a otros.
Hay una respuesta posible, que remite al proceso colectivo en que llevamos los últimos siglos y se llama feminismo. Es la teoría y la práctica del movimiento, su caja de herramientas, la que nos ha ido permitiendo redefinir como injusticias y abusos lo que en su día se definió como “si ellas lo quieren así”. El feminismo puede aquí interpretarse como el camino que hemos recorrido para discernir qué es fruto de un sistema de coacción que lleva a la servidumbre voluntaria2 y qué fruto de una libertad y un proyecto de vida que exige unas condiciones básicas de igualdad y reciprocidad.
El feminismo nos ha hecho comprender que las mujeres que soportan malos tratos y violencia en sus relaciones no lo “eligen libremente” por mucho que aguanten durante años. Que quienes renuncian a tanto para cuidar sin apoyo a sus hijos o sus mayores no lo hacen exactamente porque quieren y les da la gana. Durante siglos sí fue así, ahora ya no. El problema que hoy como ayer afrontamos con la visión individualista y neoliberal de lo social es que las estructuras de poder que determinan nuestras vidas siguen siendo opacas, invisibles. Hasta que el pensamiento crítico nos alienta a descubrir que los discursos tipo “que se prostituya solo la que quiera”, “que deje el trabajo asalariado para cuidar solo la que quiera” son equivalentes a “que trabaje de forma precaria solo el que quiera”. Por no citar a Spinoza y su planteamiento de la cuestión: podemos saber lo que queremos, pero ¿sabemos las causas de por qué lo queremos?
El problema que revela el mito de la libre elección es que el ser para los otros de las mujeres ya no puede legitimarse en la naturaleza o en la tradición. Tiene que hacerlo apelando a su libertad. Negando las condiciones sociales de la vida humana y responsabilizando – más bien culpando- a cada persona de no ser la emprendedora y la triunfadora, la mujer 10 que con toda libertad puede elegir ser.
Fuente: https://desdelosmargenes.com/articulo/el-mito-de-la-libre-eleccion/
Notas-
1 Diferencia acuñada por Alicia Puleo en su texto “Patriarcado” en Celia Amorós (dir.) Diez palabras clave sobre mujer, Pamplona, Verbo Divino, 1995.
2 Servidumbre voluntaria es un concepto de la filosofía política que ha recuperado con fuerza los enfoques neorepublicanos de la libertad.
Sobre la autora
Profesora Titular de Filosofía Moral en la UNED. Ha sido miembro del Seminario Feminismo e Ilustración fundado por Celia Amorós en la Universidad Complutense de Madrid y dirige en la actualidad el ya clásico curso Historia de la Teoría feminista fundado en 1991. Entre sus publicaciones destaca Neoliberalismo Sexual. El mito de la libre elección (2015, 20 ediciones) y Ética para Celia. Contra la doble verdad (2021).


