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El historiador David Alegre Lorenz publica Verdugos del 36. La maquinaria del terror en la Zaragoza golpista (Crítica)

Zaragoza, 1936: golpe militar y políticas de exterminio

Fuentes: Rebelión

3.500 civiles asesinados en la provincia de Zaragoza -entre el verano y el otoño de 1936- como consecuencia de la campaña de crímenes perpetrada por el bando fascista en la capital aragonesa; es uno de los resultados de la investigación realizada por el historiador David Alegre Lorenz (Teruel, 1988), recogida en el libro Verdugos del 36. La maquinaria del terror en la Zaragoza golpista, editado por Crítica en octubre.

La obra, de 624 páginas, recoge los testimonios de personas que vivieron los hechos; como el de Santiago Lorén Esteban, nacido en 1918, estudiante de familia trabajadora que recuerda la “ambigüedad calculada” con que el militar africanista, jefe de la V División Orgánica y general golpista, Miguel Cabanellas, concluyó su discurso en Radio Zaragoza; éste finalizó con un “Viva la República”.

Uno de los ejemplos citados es el asesinato -el 10 de agosto de 1936- del abogado y diputado de Izquierda Republicana (IR) por Teruel, Gregorio Vilatela Abad; tenía entonces 51 años; detenido por las autoridades facciosas y ejecutado en Zaragoza, la Guardia Civil justificó el crimen -años después- por ser Gregorio Vilatela un presunto “inductor de las masas obreras para imponer por la fuerza los dueños de estas”.

En el capítulo dedicado a La violencia a ras de suelo, David Alegre Lorenz explica el contexto de la represión: “A partir del 10 de octubre de 1936 las autoridades golpistas tomaron una serie de medidas encaminadas a desmantelar toda una red de resistencia en el interior de la ciudad nutrida por la militancia anarcosindicalista”; prueba de la magnitud de los crímenes fueron las masacres del 22 de diciembre (25 personas ejecutadas) y el 23 de diciembre de 1936; entre día 24 del mismo mes y el 3 de enero de 1937 fueron asesinadas 49 personas.

Una de las particularidades de Zaragoza es que apuntó fenómenos desarrollados -durante la guerra de 1936- en otras zonas; por ejemplo, en la capital aragonesa se formó el Servicio de Información e Investigación de Falange Española, “convirtiéndose en el punto de captación de muchos ejecutores”, subraya el autor; asimismo, “algunos de los hombres que emergieron como especialistas en la Zaragoza de 1936 fueron destinados a la Barcelona de 1939 y 1940”.

Entre los Verdugos del 36 figura Santiago Tena, que ya desde el 18 de julio se dedicó a las tareas de represión y vigilancia en Zaragoza, incluida la captura de dirigentes del Frente Popular, militantes anarquistas y comunistas; algunas fuentes apuntan que ese día capturó a 360 líderes de organizaciones de izquierda/democráticas;  durante los primeros días, el capitán Tena Ferrer se desplazó por los pueblos aragoneses con el fin de eliminar rojos.

En el contexto de las primeras operaciones de castigo, el historiador recoge el testimonio de un militante del PSOE y sindicalista, Arsenio Jimeno, quien da cuenta de cómo efectivos de la Guardia Civil, policías, soldados y milicianos de extrema derecha rodearon el barrio zaragozano de Las Delicias, irrumpieron en las calles y registraron las casas en busca de armas; ésta era “una de las grandes obsesiones y miedos de los golpistas en aquellos primeros días”, recuerda David Alegre.

Otro recuerdo de la época es el del militante de la CNT, Francisco Crespo Fernández, quien llegó a Zaragoza el 19 de julio de 1936 y estuvo en la ciudad cinco días; constató que los militares ocuparon la ciudad, además de la presencia de confidentes y delatores; también afirmó que se produjo el fusilamiento de dos mujeres, a las que se encontró algo de comida y unas alpargatas; la razón es que, según consideraron los criminales, estos recursos iban a destinarse a algún antifascista.

El municipio de Torres de Berrellén, cercano a Zaragoza, en la comarca Ribera Alta del Ebro, fue ocupado el 22 de julio de 1936 por el capitán falangista Joaquín de Santa Pau Guzmán; murieron una veintena de personas del bando republicano; el 26 de julio, el capitán Manuel Lostaló Vidal se dirigió a dos municipios rurales, Luceni y Alagón, en los que los golpistas se ensañaron; fueron “como refuerzos de otras fuerzas que están depurando la actuación de sus habitantes”, afirmó Lostaló.

David Alegre Lorenz es profesor de Historia Contemporánea en la Universitat Autónoma de Barcelona; es autor de los libros La batalla de Teruel: guerra total en España (2018); Comunidades rotas: una historia global de las guerras civiles (1917-2017), junto a Javier Rodrigo (2019) y Colaboracionistas: Europa occidental y el Nuevo Orden nazi (2022).

Al control y sometimiento de Zaragoza contribuyeron cerca de 1.200 requetés (voluntarios paramilitares carlistas) de Navarra, que llegaron el 23 de julio; el libro de Crítica recoge las palabras de un miembro de la CNT que observó “las calles desiertas de público”,  y resumió la actuación de los requetés en “crueldades inquisitoriales y salvajadas inenarrables”; uno de los asesinatos referidos por el cenetista es el del alcalde de Azuara (Zaragoza), Francisco Lorén Estella.

La instrucción de los sumarios dan cuenta de cómo se dieron los primeros crímenes; Verdugos del 36 incluye la versión del médico Pablo Uriel Díez, sobre lo que sucedía al anochecer: “Iniciaban sus correrías recogiendo de las cárceles o de sus domicilios a las piezas sobre las que iban a disparar”.

Así ocurrió, por ejemplo, con el tipógrafo y militante socialista Luis Letelier Royo, de 31 años, a quien unos individuos sacaron de su domicilio y mataron en Zaragoza de un tiro en la nuca; tenía una esposa de 26 años y un hijo de ocho meses.

“Aun con todo, afirma David Alegre Lorenz, son una excepción los casos en que los perpetradores fueron a buscar a las víctimas directamente a sus hogares, así como las ejecuciones a quemarropa”.

El recorrido por la masacre podría continuar en el agente comercial Pedro Merino Luna, asesinado el 28 de julio de 1936; tal vez hubiera sufrido torturas previas: tenía una herida notable en la cabeza cuyo origen no fueron los disparos; el día anterior murió Agustín del Cañizo Belderrain, electricista, con una herida de rifle en la cadera y otra en la región temporal derecha; el 30 de julio, tres balas finiquitaron a Hilario Hernández Esteban, quien dejó escrita la siguiente nota: “Muero inocente. No tengo opinión me matan por ser alcalde contrario. Adiós adiós”.

El sometimiento y la coacción fascista podría encarnar, asimismo, en la figura de Manuel Morer García, médico, rematado en el suelo con un tiro en el cráneo el 1 de agosto.

En el capítulo sobre El miedo al vacío, el historiador destaca la función que desarrollaron -al producirse la sublevación y también en las semanas siguientes- instituciones armadas como la Guardia Civil; de hecho, además de las políticas eliminacionistas, encuadraron a voluntarios en grupos paramilitares y organizaron el baluarte defensivo frente a las fuerzas republicanas.

Alegre Lorenz concluye la obra señalando la importancia de la llegada a Zaragoza, el 9 de agosto de 1936, del general golpista Emilio Mola, quien se hallaba al mando del denominado Ejército del Norte:

“No es que antes no se hubieran cometido asesinatos, porque el primer día de agosto tenemos un mínimo de 42. Sin embargo, después de la llegada del jefe del Ejército del Norte la maquinaria eliminacionista comenzó a funcionar a pleno rendimiento, con las cifras repuntando de manera exponencial y manteniéndose en el tiempo”.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.