Estos días recomendamos el impresionante sepelio de quien es recordado como un alcalde singular que supo conectar con la ciudadanía madrileña gracias a unos memorables bandos municipales. Quienes asistimos a esa despedida la recordamos perfectamente. La concentración fue absolutamente multitudinaria y se calcula que nos juntamos un millón de personas. Desde la Plaza de Cibeles vimos llegar el catafalco que había elegido Pilar Miró para su retransmisión televisiva. El presidente del gobierno había regresado exprofeso de un viaje a Europa. Pese a que seguía investido de su aureola carismática y le acompañaba su todavía inseparable Alfonso Guerra, lo cierto es que la presencia de Felipe González pasaba inadvertida y quedó difuminada por la figura de Tierno Galván.
Su inopinada investidura como alcalde se logró mediante un pacto con el Partido Comunista donde militaba Ramón Tamames. Ocupó el consistorio municipal desde 1979 hasta su fallecimiento en 1986, porque su gestión le hizo ganar de calle una segunda contienda electoral y se mantuvo en el cargo hasta su muerte con 67 años aquejado de un cáncer. Cariñosamente se le apodaba el Viejo Profesor por sus elegantes ademanes y un cuidado lenguaje que curiosamente supo conectar con los jóvenes de la Movida madrileña.
Junto a José Luis L. Aranguren y Agustín García Calvo, Enrique Tierno Galván fue separado de su cátedra por encabezar una manifestación estudiantil bajo el franquismo. Luego fundaría el Partido Socialista Popular del que saldría Carmen Díaz de Rivera, esa hija de Serrano Suñer que jugaría un papel fundamental en la Transición junto al presidente Adolfo Suárez, como su influyente y audaz jefa de Gabinete. Antes de acceder a La Moncloa Felipe González, Tierno conquistó el ayuntamiento madrileño y consiguió verse apreciado como un alcalde idiosincrásico e intergeneracional. Pese a su agnosticismo, nunca retiró el crucifijo que adornaba la mesa de su despacho municipal.
Hace cuatro décadas en su multitudinaria despedida se tuvo la impresión de que no se iba un alcalde, sino quien podría haber oficiado como presidente de una hipotética III República Española. Para quienes en esa época estudiábamos filosofía era por lo demás el traductor al español del ‘Tractatus’ de Wittgenstein. Tierno demostró que se podía hacer otro tipo de política, proclive a los pactos y el respeto a las ideas plurales, muy alejada de los dogmatismos y aún más de la corrupción. Mostró que cabe defender un proyecto ilusionante y aglutinador que interpelase a la ciudadanía. Su homenaje no ha suscitado estridencias, porque nadie le ha regateado el reconocimiento de sus méritos políticos. Ojalá cundiera el ejemplo de su legado.


