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Miles de jóvenes encienden antorchas en homenaje a José Martí y por la soberanía y unidad de América Latina

Marcha de las Antorchas en Cuba: «El antiimperialismo es un profundo amor a la libertad»

Fuentes: Rebelión

“No venimos solo a recordar, venimos a continuar la obra de Martí”, fueron las palabras con las que Litza Elena González Desdín, presidenta nacional de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), dio inicio a la tradicional Marcha de las Antorchas.

Bajo el lema “Unidad y resistencia”, miles de jóvenes se congregaron en la emblemática escalinata de la Universidad de La Habana en la noche del martes 27, donde escucharon el discurso de la dirigente estudiantil minutos antes de encender las miles de antorchas que iluminarían la movilización.

“Martí vive en la resistencia de los que no desisten jamás ante las dificultades; en quienes no se arrodillan nunca ante el opresor; en los que defienden el valor de las ideas como una fuerza insuperable; y vive en nosotros, jóvenes que sabemos que el antiimperialismo es un amor profundo a la libertad”, afirmó González Desdín en medio de los aplausos.

Horas antes de la caída del sol, estudiantes universitarios y de la enseñanza media comenzaron a colmar las inmediaciones de la universidad. Organizada por la Federación Estudiantil Universitaria, la Marcha de las Antorchas se realiza cada año para conmemorar el natalicio de José Martí, considerado el Apóstol de la patria.

Este año, lo que debía ser un encuentro en conmemoración del Héroe Nacional y del centenario de su “mejor discípulo”, Fidel Castro, se convirtió en una marcha de duelo, pero también de lucha antiimperialista. La movilización se desarrolló en un contexto marcado por las crecientes amenazas del gobierno de Estados Unidos contra Cuba y por un clima de duelo nacional, tras la muerte de 32 internacionalistas cubanos caídos en combate durante el ataque perpetrado contra la República Bolivariana de Venezuela.

“Compatriotas, estamos viviendo tiempos muy convulsos, en los que el imperio y su emperador, Donald Trump, quieren imponer el orden de las bombas, los secuestros, la persecución, la destrucción y la muerte, y pretenden regresarnos al fascismo destructor”, denunció González Desdín, quien además condenó “en los términos más enérgicos, la cobarde agresión militar de Estados Unidos contra Venezuela y el secuestro del presidente de esa hermana nación, Nicolás Maduro Moros, y de su compañera Cilia Flores”.

En uno de los momentos más emotivos de la jornada, agregó: “Nunca olvidaremos que aquel 3 de enero, en la noche más oscura de la madrugada, los cubanos perdimos físicamente a 32 de nuestros más bravos hijos, muchos de ellos jóvenes, quienes, en cumplimiento de su deber, cayeron bajo el bombardeo de los atacantes. Ellos son una inspiración constante para nuestra generación; son paradigmas de la historia de la lucha por una América unida, por una patria cada vez más soberana. Para ellos, honor y gloria para siempre”.

Con esas palabras, las miles de antorchas se encendieron, iluminando la noche habanera. La manifestación comenzó a descender por las escalinatas hacia la Fragua Martiana, monumento que recuerda al escritor y líder independentista. La movilización contó con la tradicional participación del Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, junto con altos dirigentes del Partido Comunista de Cuba.

Patria es humanidad

Nacido en La Habana en 1853, José Martí fue poeta, pensador, educador y, sobre todas las cosas, revolucionario. Fundador del Partido Revolucionario Cubano (PRC), cuyo objetivo era luchar por la independencia de Cuba y Puerto Rico, Martí se convirtió en una de las principales figuras del ciclo de guerras independentistas de fines del siglo XIX.

Desde muy joven se incorporó a las filas independentistas, actividad por la cual fue encarcelado y exiliado cuando apenas era un adolescente. A los 15 años publicó el poema Abdala en un periódico creado por él mismo, titulado La Patria Libre. Allí esbozaría lo que sería un pilar fundamental de su concepto de patria:

«El amor, madre, a la patria

no es el amor ridículo a la tierra

ni a la yerba que pisan nuestras plantas;

es el odio invencible a quien la oprime,

es el rencor eterno a quien la ataca».

Sus ideas no sólo impulsaron la lucha por la liberación de Cuba, sino que también proyectaron una visión latinoamericana y caribeña frente al dominio de las grandes potencias. Hacia 1869, cuando se publicó La Patria Libre, si bien el ciclo de guerras de independencia ya había logrado quebrar el dominio colonial en varias regiones del continente, los países del Caribe insular aún permanecían bajo el control de potencias imperialistas.

Por aquellos años había estallado en Cuba lo que se conocería como la Guerra de los Diez Años (1868-1878), uno de los primeros intentos independentistas que sacudieron a la isla y la conciencia de miles de jóvenes, entre ellos el propio Martí.

Su temprano vínculo con los círculos independentistas llevó a Martí a ser acusado de traición y condenado a seis años de prisión. A muy corta edad fue obligado a realizar trabajos forzados, durante los cuales fue sometido a las torturas habituales del sistema penitenciario de la época. No obstante, debido a su edad, sus padres lograron que la pena fuera conmutada por la deportación al Reino de España, donde pudo estudiar Derecho y Filosofía. Al mismo tiempo, su compromiso con las causas populares lo llevó, en aquellas lejanas tierras, a vincularse con círculos republicanos y con el naciente movimiento obrero europeo, tomando contacto con ideas emancipatorias que lo acompañarían toda su vida.

Vinculado a los grupos revolucionarios de la época, que luchaban tanto contra el colonialismo español como contra el avance de Estados Unidos en la región, Martí regresó a Cuba en 1878. Sin embargo, no tardó en ser nuevamente deportado debido a su intensa actividad política.

En 1880 se estableció en Nueva York, donde comenzó a trabajar en la Liga de Instrucción, una institución educativa destinada a trabajadores cubanos y puertorriqueños. Años más tarde escribiría sobre esta experiencia: «La Liga de Nueva York es una casa de educación y de cariño, porque decir educar es decir amar. En la Liga, tras el cansancio del trabajo, se reúnen quienes saben que la verdadera felicidad se encuentra en la amistad y la cultura; quienes sienten, o comprenden por sí mismos, que ser de un color u otro no disminuye la sublime aspiración del hombre; quienes no creen que ganarse el pan en un oficio otorgue menos derechos y obligaciones que ganárselo en cualquier otro».

Fue en aquella ciudad donde Martí publicaría La Edad de Oro en 1889, una revista infantil editada en español que contó con cuatro números. En el editorial del primer número, Martí afirma: «La Edad de Oro se publica para que los niños estadounidenses sepan cómo se vivía antes y cómo se vive hoy en América y en otros países. Trabajamos por los niños, porque los niños son quienes saben amar, porque los niños son la esperanza del mundo, y queremos que nos amen y nos vean como algo de su corazón».

Si el respeto por las identidades y culturas de los pueblos ocupa un lugar central en toda la pedagogía y obra martiana, en La Edad de Oro esa apuesta ético-política adquiere un nuevo contorno, dando lugar a una obra pionera en el trato digno a la infancia y en la articulación del conocimiento emancipador con las narrativas infantiles.

El primer número incluyó el texto «Tres Héroes», en el que se narra la historia de tres luchadores por la independencia: Miguel Hidalgo, de México; Simón Bolívar, de la Gran Colombia; y José de San Martín, del Cono Sur. Se trata de un proyecto político-pedagógico en el que Martí ensaya ideas y estéticas vinculadas a una serie de problemas centrales en torno a la emancipación humana.

Durante la Batalla de Ideas, uno de los últimos grandes movimientos subversivos impulsados por el comandante Fidel a comienzos de la década de 2000, el libro era repartido a los niños y niñas cubanos al llegar a sexto grado.

A pesar de que durante sus años en Estados Unidos Martí logró consolidarse como un escritor de renombre internacional, llegando a publicar en los principales periódicos de la época —lo que le habría permitido llevar una vida relativamente cómoda—, jamás renunció a su compromiso con las luchas de los pueblos oprimidos.

Luego de un largo esfuerzo de articulación política, en enero de 1892 fundó el Partido Revolucionario Cubano, del cual redactó los estatutos y principios, y creó su principal órgano de pensamiento y difusión: el periódico Patria. Durante los dos años siguientes, como líder del PRC, recorrió diversas ciudades de Estados Unidos y de América con el objetivo de contactar y reunir a antiguos dirigentes políticos y militares que habían participado en la Guerra de los Diez Años, con el propósito de regresar a Cuba y retomar la lucha independentista.

Finalmente, el tan anhelado año del regreso. En abril de 1895 viaja a la isla para participar en el levantamiento independentista. En el fervor de la insurrección redactó, junto a Máximo Gómez, uno de los documentos revolucionarios más importantes de la época: el Manifiesto de Montecristi, llamado así por la ciudad dominicana donde fue escrito. Un documento en el que se establece la estrecha relación entre el proceso independentista y la revolución social, concibiendo la guerra no solo como una lucha contra la dominación externa, sino también como un proceso de construcción histórica de una nación popular, un país de y para todos aquellos que entregaron su sangre por la emancipación.

«Viví en el monstruo y le conozco las entrañas; y mi honda es la de David», dejaría escrito en mayo de aquel año en una carta dirigida a su amigo Manuel Mercado. Fechada el 18 de mayo, y consciente de estar rodeado de todo tipo de peligros, Martí concluía la misiva diciendo: «Si muero, Vd. sepa que muero por cumplir con el deber de impedir que los Estados Unidos se extiendan por las Antillas y caigan, con esa fuerza, sobre nuestras tierras de América».

Un día después, a caballo en Dos Ríos y bajo un sol abrasador, una bala impactó en su pecho. Allí, en el campo de batalla, la muerte finalmente lo alcanzó. El 19 de mayo de 1895 moría aquel hombre sincero que, con tan solo 15 años, había escrito en su poema Abdala: «¡Oh, qué dulce es morir cuando se muere / luchando valientemente por defender la patria!».

La generación del centenario

Si bien la figura de Martí fue la del Héroe de la Independencia, lo cierto es que su recuerdo se fue modulando a través de las luchas políticas y sociales de Cuba. Así, tras la ocupación estadounidense de Cuba (1898–1902), los primeros gobiernos de la república intentaron diluir su contenido antiimperialista como un modo de acomodarse frente a Washington.

Durante las dos primeras décadas del siglo XX, su figura fue reducida a una suerte de guía moral, despojada de su actividad revolucionaria. Sería recién con el fervor político-cultural de los albores de la revolución del 33 cuando jóvenes militantes volverían a rescatar el indisoluble contenido antiimperialista y revolucionario martiano. Pero las derrotas no solo cavan tumbas para los vivos; una vez más, su memoria sería desterrada, siendo reemplazada por una tenue imagen de conciliación nacional y de teórico de una especie de democracia despojada de todo contenido social —imágenes que hasta hoy reivindican los enemigos de la revolución—.

Fue tras el golpe de Batista que las ideas martianas volvieron a encender la llama de la revolución. En 1953, durante el centenario de su nacimiento, en medio del quietismo cómplice de los partidos opositores del momento, un grupo de jóvenes estudiantes y trabajadores —entre ellos un joven Fidel— organizaron lo que sería la primera gran manifestación pública contra la dictadura.

En la noche del 27 de enero, cientos de jóvenes desafiaron al régimen congregándose en las escaletas de la Universidad de La Habana. Sería la primera Marcha de las Antorchas, un antecedente del asalto al Cuartel Moncada y uno de los hitos iniciales del proceso revolucionario que triunfaría seis años más tarde.

Desde entonces, cada 27 de enero, en la víspera del aniversario del natalicio de José Martí, miles de jóvenes cubanos se movilizan para rendirle homenaje. Este año, cuando se realizó la Marcha de las Antorchas, su legado martiano volvió a ser convocado como un punto de encuentro para la defensa de la soberanía, la unidad latinoamericana y la resistencia frente al imperialismo.

En un momento en que la Revolución atraviesa un nuevo período de peligro, acechada por todo tipo de amenazas, internas y externas, deberá ser tarea de la generación del centenario de Fidel no solo defender su recuerdo, sino, sobre todas las cosas, encarnar su legado para poder —mirando la adversidad a los ojos— enfrentar los riesgos que se ciernen sobre la Revolución cubana.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.