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Entrevista a Brigitte Vasallo

«Entre las izquierdas hay una arrogancia y una mentalidad cosificante hacia la gente del campo»

Fuentes: La Marea

En ‘La fosa abierta’, Vasallo aborda la figura del “migrante ejemplar”, la instrumentalización política de la lengua y la construcción cultural del campesinado como sujeto atrasado o incapaz de pensarse.

En La fosa abierta (Anagrama), Brigitte Vasallo toma como punto de partida la memoria campesina gallega y la experiencia de la emigración a París para cuestionar los marcos desde los que solemos pensar la identidad, la integración y el mundo rural. El libro no es una evocación nostálgica del pasado, sino una intervención en debates muy presentes: la figura del “migrante ejemplar”, la instrumentalización política de la lengua, la construcción cultural del campesinado como sujeto atrasado o incapaz de pensarse.

A través de la historia de su madre –que pasó de una aldea gallega a trabajar como interna en el distrito 16 de París– y de las capas de la migración interna en Catalunya, Vasallo discute la idea misma de integración y señala las dificultades de la izquierda para reconocer al campo como sujeto político con autonomía propia. La memoria, aquí, no es un refugio, sino un campo de disputa.

En esta conversación, la memoria deja de ser relato íntimo para convertirse en herramienta crítica. Hablamos del “migrante útil”, de la integración como tecnología de poder, de la lengua como derecho y no como prueba de pureza, y de la dificultad de las izquierdas para pensar el campo sin convertirlo en objeto. La memoria, aquí, no es un refugio: es una forma de desobediencia.

La memoria –la de tu madre antes de ser madre, la tuya propia, la de la población migrante que viene del mundo campesino– atraviesa todo el libro. No como nostalgia, sino como campo de disputa. Para empezar, ¿qué papel juega la memoria para quienes han migrado y han tenido que desplazarse no solo geográficamente, sino también social y culturalmente? 

A mí me interesa mucho la cuestión de la memoria y, en este caso, que hago memoria de la diáspora, la pregunta de cómo podemos hacer esta memoria sin que responda a las lógicas memorialistas de los lugares fijos. Porque nuestro estar en el mundo y nuestra memoria es necesariamente una cosa distinta.

Entonces, ¿cómo construir esa memoria que no sea una memoria museitable y que no responda a la quietud, sino al movimiento?

Me decía Geni Núñez, que es una pensadora brasileña, que en las cartas jesuíticas de la conquista de los territorios que llamarán americanos se hablaba de que los pueblos nómadas no son colonizables. Entonces, una de las primeras preocupaciones era precisamente eso, parar el movimiento. Y a mí eso me interesa también en el sentido de comportamiento colonizable, cómo conservamos ese movimiento que también es la fluctuación en el pensamiento.

¿Y cómo se puede consolidar una identidad basada en el movimiento? Es decir, ¿la identidad nos remite necesariamente a una serie de representaciones fijas a las que volver? 

Es que tal vez no responde a la lógica de la identidad. También lo que estoy buscando con todo este viaje no es una identidad.

Por eso me gusta y he usado siempre estas dos palabras para definirme a mí misma: charnega y marimacho. ¿Por qué? Porque son palabras que abren una conversación, no la cierran. La identidad es una cosa que cierra más, que ya tiene un tipo de consenso alrededor.

En cambio, usar términos donde no hay aún consenso permite la conversación. Y eso es lo que a mí me interesa. No sé si me interesa tanto buscar una identidad en la diáspora.

Cuando narras en el libro que reunís gente con distintas experiencias de la diáspora, hay un común denominador, aunque las experiencias sean distintas. Hay un apelar a algo compartido.

Sí, en ese caso te remitiría a Spivak cuando habla de identidades estratégicas. Es como lo máximo que me podría interesar en el término identidad. Somos nosotres en ese momento en que hablamos de la diáspora y hay unas cosas en común.

Pero atendiendo a los lugares de salida, que en este caso es el mundo campesino antes de esos últimos procesos capitalistas, es distinta la experiencia en una aldea gallega que la experiencia de las jornaleras sin tierra andaluzas. Y cuando pensamos en los lugares de llegada, es distinta mi experiencia nacida en Catalunya que la de la gente que emigró a América o se quedó en Francia.

Entonces ahí vuelve a haber unos otros que se reconfiguran. Me interesa esa flexibilidad en la construcción y la posibilidad de una no confrontación entre las diferencias. Que no sea exactamente la misma experiencia no significa que sea la experiencia contraria ni que una memoria anule otras.

Si atendemos a las lógicas del pensamiento situado, esta es una pieza del puzzle que yo entrego. El puzzle no invalida las otras.

Foto: Anna Oswaldo Cruz

Se trata, entonces, de encadenar esas experiencias y abrirlas de una forma que no se tapen las unas con las otras.

Exacto. Eso es lo que se llama la estratificación de la clase obrera en términos del capitalismo y también la estratificación de las migraciones. Es uno de los mecanismos que tiene el capitalismo: generar estratos y ponerlos a competir.

Cuando hacemos esta memoria en Catalunya y se nos responde «también había catalanes pobres», claro, una cosa no quita la otra. Es interesante ver cómo el sistema puso a competir a catalanes pobres con migrantes pobres, igual que ahora se nos dice que el problema son los migrantes.

Y nosotras, hijas de migrantes internos, no saltamos las alarmas porque no sentimos que estén insultándonos, cuando también lo están haciendo.

Entender todos esos estratos forma parte de un relato que no alterice y que no haga brocha gorda con las clases subalternas.

Hablas del campesinado como una clase social difícilmente colonizable, casi impermeable a ciertas lógicas del capitalismo. ¿Por qué el campesino ha sido visto históricamente como alguien peligroso o indomable para el sistema?

El campesinado, en verdad, como clase social y como grupos sociales, es bastante indomable en ese sentido. ¿Por qué? Porque son grupos bastante autónomos. Eso ya lo decía Berger: un campesinado –a no confundir con el capitalismo agrario– es una clase social totalmente impermeable al consumismo.

Ya no es que tenga que hacer un esfuerzo para no dejarse atrapar, es que no necesitan nada. Yo estoy aquí en casa de mis primas y prácticamente no necesitan nada. Hoy en día tienen que pagar impuestos, claro, y ya no se fabrican la ropa como antes, pero por lo demás la cuestión de la acumulación, cuando hablamos de patatas, nabos y zanahorias, es un poco extraña.

Entonces es una clase social impermeable. Para los sistemas que se han ido instalando desde la modernidad, tanto el capitalismo como el Estado liberal, no se puede permitir que eso exista. Yo hago un paralelismo con las lesbianas o con las mujeres trans. Pienso: ¿para qué tanto ensañamiento si somos cuatro? Proporcionalmente somos una cosa irrisoria. Tal vez tanto ensañamiento porque somos un ejemplo disciplinar. Si existimos, quiere decir que hay otras formas de existencia posibles.

Y eso pasa también con el campesinado. Si el campesinado existe, quiere decir que hay otras formas de vida posibles. Y eso es lo que al sistema no le interesa. Entonces se disciplina, se invisibiliza, se barbariza al campesinado para que no podamos ni siquiera vernos reflejadas ahí.

Y a veces, desde la ciudad, también se romantiza el campo…

Claro, claro. Pero romantizar es fetichizar, y solo puedes fetichizar un objeto. El franquismo lo hizo. Primero fetiche y después, cuando ya no sirve, se tira. Es una cosificación.

Quería preguntarte por Paco Candel, una figura que en Catalunya se presentó como una suerte de “migrante modélico” y que tú criticas en tanto que representa tan bien la idea de integración del amo. 

Paco Candel fue el migrante útil. Y cuando digo útil no lo digo como juicio moral, sino como función política. Es el migrante que no solamente acepta asimilarse, sino que además acepta ocupar el lugar ejemplar desde el que se mide a los demás. Se convierte en referencia normativa.

Entonces, si Paco Candel se integró, ¿por qué no se integran los musulmanes? Si la migración anterior funcionó, ¿qué pasa con la actual? Ahí se produce un desplazamiento muy claro. El problema deja de ser estructural, deja de tener que ver con condiciones materiales, con racismo institucional, con desigualdad, y pasa a colocarse en el grupo migrante más débil del momento. Se individualiza y se culturaliza el conflicto.

Además, esa figura del “buen migrante” cumple otra función. No solo disciplina hacia fuera, también cierra el debate hacia dentro. Se construye una voz autorizada que habla en nombre de una experiencia entera. El año pasado se celebró el aniversario Candel y nadie me invitó a hablar de la cuestión charnega. Eso no es anecdótico. Se establece una especie de canon. Hay una figura que puede hablar por los siglos de los siglos de las migraciones internas, y otras voces quedan fuera.

Y cuando esa figura se utiliza como ejemplo comparativo frente a otras migraciones, lo que se está haciendo es reforzar una jerarquía racial y cultural. Se dice: antes funcionó, ahora no funciona. Entonces el fallo no es del sistema, es del nuevo migrante. Ese es el mecanismo.

Dices también que la mutación de clase de tu madre, que pasó de la aldea a trabajar de sirvienta en París, para luego volver a Galicia, fue también una mutación de género. 

Esto es un salto filosófico que me he permitido hacer. Cuando escribí el libro sobre lenguaje inclusivo y exclusión de clase empezaron a aparecer imágenes sobre mi origen campesino de forma poco intencional. Yo ya ponía la imagen de mi tía Erundina, que tenía bigote, y a mí eso siempre me pareció una cosa atrasada, porque era una campesina con bigote.

Hasta que en los ambientes transfeministas se empezó a hablar de no depilarse y eso me pareció súper moderno. Pero esos cuerpos yo ya los había visto. Lo que pasa es que no les había dado legitimidad política.

Entonces pienso en ese cuerpo campesino que no es un cuerpo refinado. Cuando Kollontai habla de la nueva mujer que no va a depender de un hombre, mis abuelas nunca dependieron de un hombre. Aquí hay un montón de hijos de soltera, mujeres que han criado y han tirado adelante la casa sin depender de nadie.

Federici nos dice que con el salario llega un tipo nuevo de patriarcado: la vida depende del salario y con él se crea desigualdad de género. En las colonias industriales catalanas los hombres cobraban salario entero, ellas la mitad y los niños menos. Eso genera una estructura que pasa a depender de los hombres.

En el campo no hay tarea que no sea cuidado. Todas las tareas tienen el mismo prestigio.

Mi madre, campesina de una aldea donde todos estamos emparentados, se marchó a París. No sabía leer ni escribir. Llegó al barrio 16, entró de interna en una casa rica y pasó diez años allí. Tuvo que aprender a usar el tenedor y el cuchillo, a cocinar como ellos. Tuvo que sofisticar su género.

Quería preguntarte por la llamada España vaciada, que aparece un poco como música de fondo en el libro. Hay todo un relato político y mediático sobre el vacío, sobre territorios que supuestamente ya no tienen sujetos, casi como si fuesen espacios disponibles para proyectos externos. ¿Qué hay de cierto en esa idea de lo vacío? ¿Existe realmente ese vacío o es una forma de nombrar otra cosa?

No, ciertamente, lo vacío no existe. Las resistencias siguen existiendo. A mí me preocupa mucho la relación entre las izquierdas políticas y el campesinado; hay una arrogancia y una mentalidad cosificante respecto a la gente del campo.

La gente del campo es diversa y vota a todo el espectro. ¿Cómo es que no hay un acercamiento en horizontal, una escucha real, un apoyo a los proyectos que existen aquí?

Con los incendios se vio claro: no se puede desbrozar el monte para prevenir que el fuego se extienda, pero sí se desbroza para postes eléctricos, eólicos o placas solares. Eso genera un malestar muy fuerte.

Cuando dices que la izquierda no tiene proyecto político para el campo, pero sí existe una narrativa cultural muy potente sobre lo rural, pienso en el cine de Carla Simón o en As bestas, de Sorogoyen. ¿Qué te parece problemático de esa representación? ¿Qué es lo que está narrando realmente la película sobre el campesinado?

Una de las cosas que me ha enseñado esta investigación es que todo el pensamiento político que hacemos desde la modernidad es hijo de la modernidad. No planteamos la modernidad como uno de los marcos posibles, sino como la neutralidad. Todo el pensamiento que hacemos dentro del capitalismo es capitalista, incluso el anticapitalismo.

Uno de los éxitos narrativos de la modernidad ha sido construir al campesino como un ser incapaz de pensarse a sí mismo, como alguien al que tiene que venir la gente de ciudad a explicarle lo que le pasa. Y eso lo vemos también en productos culturales que, incluso siendo críticos, siguen reproduciendo esa mirada.

En el caso de As bestas, mucha gente de izquierdas no había leído la película en ese sentido. Pero ahí vuelve a aparecer esa figura del campesino como bruto, como incapaz de entender el mundo, como alguien reaccionario por naturaleza. No se plantea qué conflictos materiales hay, qué tensiones reales existen, qué choque de proyectos se está produciendo.

Incluso cuando desde la izquierda se habla de “llevar el arte al campo” o de intervenir culturalmente en lo rural, hay algo de esa misma lógica: como si aquí no hubiese pensamiento, ni cultura, ni capacidad de producir discurso propio.

No se reconoce al sujeto campesino como sujeto político y sujeto de su propia historia.

Fuente: https://www.lamarea.com/2026/02/25/brigitte-vasallo-entrevista/