Recomiendo:
1

Canibalismo blanco

Fuentes: Pikara magazine [Imagen de los archivos de Epstein.]

El caso Epstein sirve de ejemplo de cómo funcionan los negacionistas de la violencia machista. La cantidad de bulos o historias morbosas sin verificar sirven no solo para desviar la atención del tráfico sexual de menores demostrado, sino para ponerlo todo en duda: desde las denuncias de las víctimas hasta la pederastia más obvia.

Cuando elDiario.es sacó la exclusiva de las denuncias de trabajadoras a Julio Iglesias por, entre otras cosas, agresiones sexuales, mucha gente asintió porque, al parecer, no les sorprendía que el cantante tuviera cadáveres en el armario. Podía entenderse que un tipo que se definía como “truhán”, un tipo de su perfil -típico macho ligón y guaperas que las trae a todas de calle, con dinero y fama-, hubiera agredido a sus empleadas. El caso era tan obvio que, de hecho, había grabaciones de agresiones sexuales. Porque si forzar a una mujer a que te dé un beso es un atentado contra la libertad sexual, como se dijo en el caso Rubiales, hay varias pruebas de Iglesias cometiendo este delito, como con la presentadora Susana Giménez o con la cantante Thalía.  Eso sí, en un tiempo en que no se consideraba agresión.

Independientemente de si el caso de Iglesias prospera en algún tribunal -después de haber sido desestimado por la Fiscalía española- y de si el cantante es declarado culpable o no, lo que aquí se quiere señalar es que, primero, a mucha gente no le sorprendió la acusación porque Iglesias encaja en el estereotipo de machista que se cree con acceso al cuerpo de las mujeres -no encaja tanto Íñigo Errejón, por ejemplo- y, segundo, que hubo un tiempo en el que las agresiones estaban a la vista de todo el mundo pero no se consideraban tal. Y esto es escalofriante, sobre todo si se tiene en cuenta que no es algo del pasado. Hoy en día tenemos delante de nuestras narices casos de agresiones sexuales y el negacionismo de las violencias machistas, aun así, sigue en alza. Y justo aquí el caso Epstein funciona como paradigma para explicar cómo funciona este negacionismo, encarnado sobre todo en el discurso de la machosfera.

Necesitamos que esos señores que abusaron de crías también hayan comido bebés, porque necesitamos que sean horribles

Este caso es tan burdo, tan exagerado y grave que, a la vez, la estrategia pasa un poco desapercibida. Han pasado casi dos meses desde que se publicó la última tanda de los archivos de Jeffrey Epstein por parte del Departamento de Justicia de Estados Unidos. La forma de difundir los contenidos -masiva, sin jerarquizar, duplicando documentos, mezclando testimonios, pruebas, fotos de todo tipo, correos electrónicos-, es una estrategia del poder para fingir transparencia al tiempo que dificulta el análisis, explica Graciela Rock. La amalgama de contenidos difundidos ha dado lugar a que circulen diversos bulos. Quizá el más sonado, por increíble, es el del canibalismo de bebés. El bulo, ya se ha explicado, procede de dos documentos en los que se menciona algo así como comer bebés, pero ninguno es una prueba de que esto haya pasado y uno de ellos es un testimonio desestimado por el propio FBI.

De esto, de la cultura del morbo, ha escrito por ejemplo Ana Bernal Treviño en una columna en la que señala lo que a cualquier feminista nos parece atroz: no es suficiente que haya mujeres, muchas menores de edad, víctimas de una red de tráfico sexual que hayan relatado sus historias y denunciado a Epstein y sus acólitos. Necesitamos que esos señores poderosos que abusaron de crías también hayan comido bebés porque necesitamos que sean horribles. No podemos creernos que sean hombres sin más, tienen que ser bárbaros. Por eso quizá el titular más alarmista que viajaba por las redes era el de canibalismo blanco. Ser caníbal en la tradición colonial occidental es algo propio de tribus no blancas, de seres no civilizados, terribles. Si el canibalismo es blanco tiene que deberse a una corrupción extrema, a mentes totalmente depravadas, fuera de controlLos ejes racista y cuerdista operan para demonizar a los agresores, porque admitir que la sociedad es pederasta es admitir que el problema es de raíz, que tenemos que cuestionarnos los cimientos.

Si salen cosas morbosas, las que tenemos más normalizadas quedan en un segundo plano

Como explica Bernal Treviño, los bulos han servido, además de para favorecer el mito del monstruo loco que agrede, dar alas a creadores de contenido para crear vídeos poniendo el acento en las historias más escabrosas. Esto, a pesar de que el caso no es nuevo, se juzgó hace años y ya había declaraciones de sus víctimas desde hace tiempo. Es el ejemplo del youtuber Jordi Wild, que hizo un especial titulado, precisamente, ESPECIAL CASO EPSTEIN | Rituales y canibalismo, su extraña muerte, secretos.

Esta es la parte obvia de la estrategia: si salen cosas más morbosas, las que tenemos más normalizadas quedan en un segundo plano. Por sí solo, ya es tremendo que tengamos tan aceptada la pederastia y que demos por sentado que los hombres ricos y poderosos van a agredir sexualmente a mujeres. Pero el giro no es solo el de invisibilizar las agresiones, sino el de cuestionarlas. Si todas estas historias son bulos o están sin verificar, ¿quién nos dice que las de los relatos de las víctimas sean ciertas? Puede parecer imposible que alguien, a estas alturas, considere que el caso Epstein se está quedando en nada, pero lo cierto es que un ejemplar misógino patrio como es Juan Soto Ivars defendió en su canal precisamente esta tesis. “Prefiero esperar a que alguien escriba un libro sobre esto”, viene a decir, porque hay tantos datos que no está claro.

“La serie documental, Jeffrey Epstein: asquerosamente rico (2020), en la que participan varias sobrevivientes, relata cómo adolescentes de clase trabajadora fueron ‘contratadas’ como ‘masajistas’, y sufrieron violencia sexual sistemática a lo largo de varios años. Son los mismos testimonios que aparecen en un sinnúmero de artículos de periódicos internacionales, en campañas estatales como Stand With Epstein Survivors (Solidaridad con las sobrevivientes de Epstein), y en el libro de memorias de una de sus víctimas, Virginia Roberts Guiffe”escribía Tatiana Romero. Sobre Epstein pesa además una sentencia por tráfico sexual que tampoco parece ser suficiente. Todo esto a los negacionistas les da igual porque no hay un libro gordo escrito por uno de ellos donde se analice el caso desde su perspectiva. Es más, entre los ejemplos elegidos para desacreditar la veracidad de las pruebas del caso Epstein, Ivars menciona a Woody Allen y dice que hay correos con Epstein “bromeando” justo en un momento en que “Allen estaba denunciado por su exmujer, pero nunca se demostró”.

Cuando lo terrible, el canibalismo, no se puede demostrar, todo queda en el limbo de la posibilidad

Efectivamente, Dylan Farrow, hija de Mía Farrow, exmujer del director de cine, le acusó de agredirla sexualmente cuando ella tenía siete años. El hecho denunciado no pudo demostrarse y no hubo una resolución judicial formal. Se desestimó por falta de pruebas. Lo que no solo está demostrado sino que es tan público como los besos forzados de Iglesias es que Allen está casado con Soon-Yi Previn, con la que tiene una diferencia de edad de 35 años. Ella es la hija adoptiva de Farrow. La relación entre Soon-Yi Previn y Woody Allen se descubrió cuando Farrow encontró fotos desnuda de su hija en casa de su entonces marido. Previn tenía entonces 21 años, Allen, 56.

Este hombre fue denunciado por una de sus hijastras, se casó con otra de ellas, 35 años más joven, y mantuvo una relación muy estrecha, como demuestran los correos, con Jeffrey Epstein. Y todo esto al parecer no es suficiente para saber si era pederasta. El negacionismo de las violencias machistas viene a funcionar así: primero, no considero machismo, ni agresión, conductas que obviamente sí lo son y califico a quienes las critican de exageradas. Luego, cuando la opinión pública tiene claro que estas conductas son, como poco, censurables, señalo otras posibilidades, demostrables o no, terribles. Cuando lo terrible, el canibalismo, no se puede demostrar, todo queda en el limbo de la posibilidad, nada puede saberse, quién podrá decir qué. Hay demasiada información sin contrastar. Obviemos todo, esperemos a que alguien haga el relato que nos interesa.

Y así seguimos. Más de tres millones de documentos. Fotos, vídeos, sentencias. No importa porque dato no mata relato. Es el relato lo único que parece que queda. Alguien difundió una foto de un artista con un pollo pelado diciendo que era la foto de un bebé desnudo de los archivos de Epstein. Nada se puede saber. Todas mienten. Zorras.

Fuente: https://www.pikaramagazine.com/2026/03/canibalismo-blanco/