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250 años de la independencia de los Estados Unidos

¿Qué se celebra?

Fuentes: Rebelión

«Nos miramos ansiosamente, el uno al otro sin aliento, frente a una nación agonizante de fantasías utópicas. Escuchando las nuevas mentiras que nos cuentan con visiones supremas de melodías solitarias»
(Letra de la canción «The flesh failures» del musical Hair.)

La película de Stanley Kramer titulada La herencia del viento (1960) ofrece una verosímil crónica del conocido en su momento como “el juicio del mono”, celebrado hace poco más de un siglo. Tuvo su origen en la acusación presentada contra el profesor John Scopes por violar la Ley Butler al enseñar en sus clases la teoría de la evolución. La ley era una norma vigente en el estado sureño de Tennessee que prohibía enseñar en las escuelas públicas cualquier teoría que negara la creación divina del hombre según la Biblia. La película muestra la confrontación entre dos bandos: de un lado, quienes quieren conservar a toda costa la tradición bíblica como clave de bóveda de la educación norteamericana porque en aquella residía uno de los ingredientes primordiales de su identidad; del otro, quienes defienden los valores ilustrados del progreso basado en el conocimiento y el librepensamiento.

Es el alma dual de los Estados Unidos de Norteamérica. La dualidad moral representada literariamente por el doctor Jekyll y Mr. Hyde también vale para interpretar la calidad ética de una nación. Esto es lo que nos parece sugerir Oliver Stone, autor de la película Platoon (1986), en la que los dos sargentos protagonistas representan esas dos versiones de la condición humana expuestas en la novela de Robert Louis Stevenson, y que tanto cuesta asimilar si abrazamos un mal entendido patriotismo. Un patriotismo que exige el autoengaño para salvaguardar la virtud de la nación, sobre todo si esta ejerció el imperialismo en algún momento de la su historia. Este es el dilema al que se tiene que enfrentar todo historiador, consciente o inconscientemente: descubrir la verdad acerca del pasado o construir una narración que confirme la mejor imagen de lo que somos. La primera opción no se halla comprometida con una determinada esencia (eterna e inmutable) de lo que es una nación; la segunda, sí, y fabrica el relato para apuntalarla. 

El autoengaño es fundamental en nuestras vidas. Son las «mentiras vitales» que las llamaba el psiquiatra Luis Rojas Marcos en un artículo que publicó hace tiempo en el que explicaba que «hay verdades que atentan contra nuestra imagen, nuestra esperanza o nuestro entusiasmo. El autoengaño nos permite evadirlas, ocultarlas o incluso olvidarlas». Todos inventamos relatos falsos sobre nuestra conducta, nuestras relaciones y nuestros grupos de pertenencia. A esta última categoría corresponde la historia que se fabrica para ensalzar ese mito tan poderoso en todo ser humano que es la identidad nacional, la esencia de lo que somos nosotros y que es lo que nos diferencia de los otros

El todavía vigente imperio que es los Estados Unidos de Norteamérica no es distinto en esto al resto de los grupos humanos etiquetados como “naciones”. En este 250 aniversario de su Declaración de Independencia, en el que su democracia ha querido que sentado en el despacho oval se encuentre Mr. Hyde con el rostro de un milmillonario neoyorquino zafio y carente de escrúpulos morales, seguro que nadie se atreverá a hacer una honesta genealogía de los orígenes del país que se quiere «hacer grande otra vez». Poco se hablará del prolongado genocidio practicado durante décadas y décadas contra los pueblos amerindios («unos miserables salvajes» en palabras del presidente Theodore Roosevelt), los verdaderos nativos norteamericanos, a los que la colonización europea arrebató sus tierras mediante el engaño y la violencia; nadie pedirá perdón a México por la infame apropiación del 55% de su superficie original; ¿quién se atreverá a recordar los múltiples crímenes de guerra, los oficialmente reconocidos y los no reconocidos, cometidos por el Ejército norteamericano en guerras como la de Corea, Vietnam o Irak (no se olvide el asesinato del periodista español José Couso en Bagdad en 2003 por el disparo de un tanque estadounidense)?; la ocasión histórica no propiciará la denuncia de la incompatibilidad de lo escrito en la mencionada declaración con la existencia de un agujero inhumano como la prisión de Guantánamo; ni se pondrá fin a la política descaradamente intervencionista en relación a los países del sur del continente americano, que vemos que actualmente se sigue practicando de manera descarada en Venezuela y Cuba. 

Nada de esto será una parte significativa de los fastos de celebración del 250 aniversario de la firma de la Declaración de Independencia. Por encima de todo predominarán los actos de autoelogio que abunden en la fetichización de las famosas palabras del documento: «Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». Texto escrito por Thomas Jefferson, uno de los padres de la patria, quien a pesar de sostener tales ideales fue propietario de decenas de esclavos, entre los cuales se encontraba una de nombre Sarah (o Sally) Hemmings a la que, desde su más temprana adolescencia, sometió a violación sistemática durante casi cuatro décadas llegando a tener de ella media docena de hijos. Hace falta muchas dosis de autoengaño para pasar por alto estos pecados fundacionales. Supongo que por eso a los niños en las escuelas de muchos territorios norteamericanos se los somete al ritual diario del Juramente de Lealtad o Juramento a la bandera, que reza así: «Prometo lealtad a la bandera de los Estados Unidos de América y a la República que representa, una Nación bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos». 

La distancia que existe entre la realidad del país y el autoengaño que se fomenta –también casi con total seguridad en este 250 aniversario– es reconocida por los propios norteamericanos que sí que ponen en práctica su sentido crítico y patriótico. Es el caso de Aaron Sorkin, conocido por ser el creador de la serie de televisión El ala oeste de la Casa Blanca. En otra serie suya titulada The Newsroom le hace contradecir al personaje protagonista la creencia, sostenida por una joven estudiante en un debate universitario, de que Estados Unidos es el mejor país del mundo. Sus argumentos son inapelables: la república norteamericana lidera las listas de población encarcelada y gasto militar, pero ocupa puestos muy bajos a nivel global en educación y esperanza de vida. Y esto fue antes de que llegara Trump a la presidencia.

Ocurrió con otros imperios a lo largo de la historia. Sucedió con Roma, el imperio fundacional de nuestra civilización, cuya caída se asocia a la pérdida de la virtus republicana. De manera análoga puede que el origen de la decadencia estadounidense, de la que ya se habla sin tapujos, se encuentre en el distanciamiento paulatino del país respecto de sus ideales fundacionales, sobre todo, a partir del final de la Segunda Guerra Mundial con el comienzo de la Guerra Fría. Su deriva autoritaria desde entonces es innegable. No la detuvo la victoria a finales del siglo pasado del así llamado «mundo libre», con el que se identificaba Occidente frente al totalitarismo imperante en el bloque soviético. El traumático 11-S inauguró un siglo XXI en el que la coartada de la guerra contra el comunismo fue reemplazada por la de la «guerra contra el terror», y hubo que seguir interviniendo militarmente allí donde fuese menester por el bien de la civilización occidental, pero también en casa. La Patriot Act supuso una importante merma de derechos para los ciudadanos estadounidenses. Esa ley abrió la puerta a que la formidable infraestructura que la NSA (agencia nacional de seguridad) había construido durante décadas para espiar al mundo entero se utilizara contra los ciudadanos norteamericanos. Como advierte Josep Fontana en El futuro es un país extraño: «Toda esta actividad tenía mucho menos que ver con las amenazas internacionales que con la necesidad de controlar una población que se veía sometida al empeoramiento gradual de sus niveles de vida». El resultado es la conversión de los Estados Unidos en un verdadero estado policial que ha incrementado la población carcelaria exponencialmente, mayormente compuesta por negros, latinos e inmigrantes en general.

De nuevo en el cine, ese precioso legado de la cultura norteamericana, encontramos testimonios del deterioro del espíritu que encarna la letra de la Declaración de Independencia que se homenajea. Tomemos una película de las clásicas, de las que tienen todo el derecho a figurar con letras de oro en los anales de la historia del séptimo arte. En España se le colocó el título de Caballero sin espada; Mr. Smith goes to Washington es el original en inglés. Dirigida por el inmigrante oriundo de Sicilia Frank Capra se estrenó en 1939, año en el que el país norteamericano todavía se esforzaba por superar la crisis del 29 mediante el New Deal. Reinaba un sentido patriótico que apelaba fundamentalmente a la solidaridad y a los valores genuinos de la democracia estadounidense. La película en cuestión es un elogio a la honestidad política a través del personaje que interpreta un joven James Stewart, un bisoño senador que se da de bruces con la corrupción política. El caso es que casi al final del filme dirige un discurso a sus cínicos colegas que es un manifiesto en defensa de los valores genuinos de la democracia estadounidense. Merece la pena reproducir aquí un extracto: «No se rindan, muchachos. Las grandes ideas continúan. Las causas perdidas son las únicas por las que vale la pena luchar. Me quedaré aquí y lucharé por esta causa perdida, incluso si todo el mundo está en mi contra, porque alguien me escuchará…Hay una luz justo en lo alto de la cúpula del Capitolio. Simboliza la libertad. Si la miraran, verían lo que me enseñaron los exploradores y lo que me enseñó mi padre: grandes principios no se pierden, se redescubren. Y todo lo que tienen que hacer es volver a descubrirlos».

Cambiamos de siglo, pero volvemos a un contexto de crisis económica y social. Es 2012; nos encontramos en plena resaca de la crisis financiera global de 2008, pero –ay– el espíritu es bien diferente como lo demuestra la película Mátalos suavemente (Killing them softly) dirigida por Andrew Dominik y protagonizada por Brad Pitt. Este interpreta el papel de un asesino a sueldo que, en la secuencia de desenlace, demanda el cobro de su trabajo a quien le contrató. Mientras en la televisión habla Barak Obama apelando a los valores primordiales del país reivindicando el sueño americano y reafirmando «esa verdad fundamental de que, de muchos, somos uno», el criminal desmantela la noción de comunidad estadounidense, argumentando que el país se basa en el egoísmo y que el «sueño americano» es una ilusión, criticando la avaricia corporativa: «Ese tipo [Obama] quiere decirme que vivimos en una comunidad. No me hagas reír. Yo vivo en Estados Unidos, y en Estados Unidos estás solo. América no es un país. Es un maldito negocio. Así que ahora, págame mi dinero». Frase que con total verosimilitud podría pronunciar el mismísimo Donald Trump si por ventura fuese presa de un ataque de franqueza.

La República Federal de los Estados Unidos de Norteamérica nació como un proyecto emancipador frente al caduco orden europeo, una utopía inspirada por el pensamiento ilustrado y por la idea de que la legitimidad política nace del libre consentimiento de los ciudadanos y del respeto a los valores expresados en la Declaración de Independencia que estos días se conmemora. La inmigración convirtió a Estados Unidos en un auténtico crisol de culturas (melting pot), donde personas de orígenes muy distintos contribuyeron a construir una sociedad diversa y dinámica. Durante décadas, E pluribus unum («de muchos, somos uno») –el lema del gran sello del Estado– simbolizó precisamente esa capacidad de convertir las diferencias en una fortaleza colectiva. ¿Es todo eso lo que se celebra ahora o es la vacua y efímera soberbia nacionalista de un imperio que ya entró en decadencia?

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.