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"El Indio Solari zarpó al amanecer de un oscuro viernes otoñal para continuar vivo"

Vamos a brillar, mi amor

Fuentes: Rebelión

Debo ir, me digo. Se acabó. Estoy convencido. Basta de pensarlo más. Debo ir y por eso me pondré en marcha. Me pasó lo mismo con Diego, necesitaba estar ahí, echarle un vistazo al lugar. ¿Cuánta gente estará llegando? ¿A qué hora habrá empezado? ¿Hasta dónde se extenderá la fila? ¿Cuándo se terminará? ¿Durará lo que tenga que durar, como lo anunció la familia? ¿Me encontraré a quien era yo? ¿Volverán la bestia pop, el aroma del mar y el color de las dunas?

Buenos Aires, Plaza Constitución, doce del mediodía, dos días después del viernes negro. Las nubes están bajas y oscuras, bien oscuras. Amenaza con ponerse a llover, y hace frío, más que en los días anteriores, creo. Miro el tablero nuevo, gigante, luminoso, que señala los recorridos y los horarios del ferrocarril. Me arrimo al andén 15. Va a salir una formación hacia Avellaneda que me sirve. Murió Carlos Alberto Solari, alias Indio, y estoy yendo a su funeral. 

El Indio Solari nunca buscó cantar fuera de Argentina. Aquella vez en Uruguay fue la excepción que confirmó la regla. «Si los franceses nos quieren escuchar que vengan acá», dijo, y entonces, Manu Chao y sus músicos fueron hasta el Microestadio de Racing. Un rock «demasiado argentino», señala el periodista Sergio Marchi. No lo sé, no lo siento tan distinto de otros. De hecho, uruguayos y chilenos peregrinaron a lo largo y ancho del país como lo más normal delmundo para oírlo y poder decir «yo estuve ahí». 

Llego a la estación Santillán y Kosteki. Espero impaciente que baje el grupo que viaja conmigo en el vagón del tren. No termina nunca. Me decido a seguirle los pasos. Una corriente sin fin que avanza y avanza. Son sesenta, setenta, ochenta cuadras hasta el ataúd con cartas, remeras y flores a su alrededor. Los desangelados van juntos, desolados. Aunque muchos caminan mudos, de vez en cuando se eleva un coro tenue y respetuoso. Con cada verso me transporto al verano de 1990.

Desde el inicio, el Indio criticó el circo de las grandes discográficas y, sobre todo, la trivialidad de la televisión. No quería recorrer esa senda. De hecho, no hizo falta. Por fuera del corset del sistema fue inmensamente popular: «casi un milagro», dice el historiador Sergio Pujol. Lo adoraron los intelectuales y las masas. Poseía un don, les hacía sentir que estaba cerca de ellos. Le creían. Se percibían mutuamente como parte del mismo clan, del mismo linaje. Una especie de simbiosis del Padre y sus hijos.

La hora de la siesta. La multitud se adelanta con tranquilidad, las manos y los pies congelados. Tienen fernet y cerveza a lo grande. También choripanes y hamburguesas. Como en los recitales, como en la cancha. Para la escritora Mariana Enriquez es un «funeral argentino bajo la lluvia parecido al de Eva Perón en agosto de 1952». Estoy seguro de que varios no saben que van a hacer cuando lleguen hasta el féretro. Tampoco importa ni tienen por qué saberlo. Soltarán ahí lo que llevan. Unos tienen sesenta, setenta años, otros menos de diez.

El Indio fue un maravilloso prestidigitador del decir. Su poesía ya está impresa en muros, banderas y cánticos de las hinchadas. Puso nombres a las cosas, como si el mundo hubiera comenzado con él. A todos nos dijo algo. No escribía para lectores apurados. Su obra exige ser descifrada, pero no para revelar un sentido único. «Cada uno y una la entiende como le parece», sostiene el sociólogo Pablo Alabarces. Es preciso un poco de adiestramiento. Es como ir a pescar. Hay que saber manejar la caña y el reel. 

Un atardecer plomizo. Estoy en el final del recorrido. Hago una pausa. Respiro profundo. Creo que no voy a meterme en la capilla ardiente. Prefiero quedarme aquí. Sí, ya entendí. El Indio Solari zarpó al amanecer de un oscuro viernes otoñal para continuar vivo, plenamente vivo. Y ahora camina hacia el infinito cantando «a brillar, mi amor / vamos a brillar». Los héroes de magnitudes colosales como él nunca mueren. Es la regla.

Carlos Moreira, sociólogo y fotógrafo

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.