Los caminos del maltrato, enrevesados y variables, ofrecen situaciones que no solo obedecen a insultos, agresiones o amenazas; por eso no resulta fácil detectarlo, aún menos en edades tempranas. En la película ‘La buena hija’, de Júlia de Paz Solvas, se muestran los engranajes de la violencia machista ejercida por un padre y las secuelas en la hija adolescente.
Al principio es un padre fantástico. Quedan en el punto de encuentro familiar, un lugar frío y poco personalizado. El que hay. Ella tiene muchas ganas de abrazarle, está emocionada, se arregla para la ocasión. Despliegan con soltura sus sonrisas, se marchan a la casa de campo en la que vive él, piscina incluida. Se divierten, se cortan el pelo igual, bromean. Carmela le adora. Es su padre, y aunque sabe que su madre y él se han separado por problemas graves, el afecto que siente por él se mantiene, aunque poco a poco empiezan a entremezclarse otras sensaciones menos agradables: sentirse presionada a hacer lo que él quiere, comprobar los cambios de actitud hacia ella si no consigue sus objetivos, manipularla de forma sutil. Es un maltratador, pero al principio no nos damos cuenta, salvo porque hay una institución que media en sus visitas. Y no lo vemos, porque el foco de la película recae todo el tiempo en esa adolescente un poco desubicada con la nueva situación familiar, que se relaciona con su familia como puede y como sabe. Ese padre al que ella adora muestra distintas caras, algunas amables y cercanas (es su hija, al fin y al cabo), pero en cierto momento empieza a asomar la sombra.
Y aquí llega algo importante. A veces es muy difícil detectar la violencia machista para quien convive con ella hasta que no llega algún punto de inflexión. Y la complicación viene porque las muestras de poder y control no siempre se llevan a cabo de forma muy explícita sino que pueden cocinarse través de un discurso manipulador e, incluso, victimista. En un momento de La buena hija el padre llora. Llora frente a la hija, se muestra vulnerable. Y a los pocos minutos la deja tirada en medio de una carretera. Esa ambivalencia, ese contraste macabro, se lleva a cabo en el maltrato. ¿Cómo puede una adolescente identificar que su padre está ejerciendo violencia contra ella? ¿Cómo va ni siquiera a asimilarlo? Lo único que tiene son sus sentimientos y ni siquiera es capaz, o todavía no ha desarrollado las herramientas, para confiar en ellos.
Carmela va detectando señales, tanto en su padre como en su cuerpo, pero la verdad es demasiado perversa para asumirla
Sigue siendo muy complicado identificar la violencia machista y sus caminos. Y si lo es para nosotras como adultas, muchas veces feministas y concienciadas, cómo no va a serlo para las infancias y adolescencias que no tienen contacto habitual con realidades familiares más allá de la que le toca por azar o por circunstancias. Cuando tu padre tiene cambios de humor incomprensibles, cuando despliega reproches continuos (a veces velados) o te presiona para que hagas algo que él quiere, cuando te utiliza para intentar acercarse a tu madre aun sabiendo que no puede hacerlo, cuando jugáis al juego de otras veces, pero en esta ocasión algo no encaja; cuando ocurre todo eso y al mismo tiempo y coexistiendo con ello, ese hombre tiene detalles fantásticos, hace promesas de planes de futuro que te motivan, te hace pasar un rato divertido o te muestra cariño y simpatía en sus buenos momentos, es lógico que el cerebro cortocircuite y no entienda nada, que el cuerpo se rebele con molestias, nerviosismo, bloqueos e intranquilidad, pero no sepa qué sucede. Al fin y al cabo, es tu figura paterna, y presupones que te quiere. Probablemente, y a su forma, te quiera o crea que te quiere. Pero mal. En La buena hija a Carmela le sucede esto, va detectando señales, tanto en su padre como en su cuerpo, pero la verdad que las señales rebelan es demasiado perversa para asumirla.
Faltan narrativas para que infancias y adolescencias detecten el maltrato
Pese a todas las campañas institucionales y las noticias sobre feminicidios, estamos escasas de información valiosa, narrativas profundas y alejadas de lugares comunes, señales claras sobre la hierba, para que una niña o una adolescente, pueda detectar el maltrato paterno y emprender alguna acción para protegerse de él. Ni cuando sus progenitores están en una relación (sobre todo si no ha presenciado violencia física), ni tampoco cuando se separan. Y aunque se dé cuenta, ¿qué hacer al respecto? En la película de Júlia de Paz Solvas se ve. Aunque Carmela ya ha empezado a vivir situaciones violentas por parte de él, cuando tiene que declarar en un juicio y le preguntan sobre los comportamientos del padre, no sabe decir, no puede hacerlo, no lo reconoce, no se atreve o le da pena. Quizá, todo eso junto. La lejanía de la institución tampoco ayuda.
El buen maltratador consigue que te cuestiones constantemente tus decisiones, sobre todo cuando impactan con sus intereses
La cuestión es que la violencia machista no siempre (y no solo) son gritos, insultos o golpes en la pared. Puede configurarse a través de la manipulación, el chantaje y el victimismo, también la ofensa sutil, pero las conductas y actitudes a través de las que se concretan están articuladas de forma lenta e insidiosa y son complicadas de detectar. ¿Cómo darse cuenta de que esas “bromitas” recurrentes y desagradables sobre algo nuestro son en realidad una manera de menospreciarnos? ¿No será que no tenemos sentido del humor y no sabemos reírnos de nosotras mismas? ¿Cuánto somos capaces de tolerar que nos repitan las mismas cosas, los mismos reproches, una y otra vez, una y otra vez? ¿Tiene razón al hacerlo? ¿Somos poco flexibles, poco constructivas, demasiado egoístas? El buen maltratador consigue que te cuestiones constantemente tu manera de hacer, tus decisiones, tus deseos, tus necesidades, sobre todo cuando impactan con sus intereses. Puede parecer, incluso, que se mueve en un fondo de buenismo con su gente, con el mundo. Sin embargo, su capacidad autocrítica se esconde bajo el subsuelo. La responsable (y la culpable) de todo o casi todo eres tú. Y también la que se opone a sus objetivos. Estos, los camuflen de una cosa o de otra, siempre se orientan a aumentar o perpetuar su poder y control, ya sea emocional, económico o de otro tipo.
La violencia es repetitiva y creativa al mismo tiempo
A veces una amiga nos puede contar vivencias que nosotras vemos como violencias claras, pero que ella no las reconoce, o las reconoce y las justifica. Porque es muy complicado. Porque detectar el maltrato es también detectar esa manipulación, ese victimismo, y esto cuesta mucho tiempo hacerlo. Tenemos identificada muy claramente la imagen del hombre que agrede físicamente, que menosprecia o que rompe objetos. Que ejerce su control a través de mecanismos muy contundentes. Pero una gran parte del maltrato se cocina en otro fuego, mucho más condimentado, con ingredientes variados y utensilios que ni siquiera conocíamos. La violencia es, al mismo tiempo, repetitiva y creativa. Además, queremos creer que los hombres politizados, inmersos en ese llamado proceso de deconstrucción, aliados incluso, no pueden ser maltratadores, abusadores psicológicos, porque muestran sus sentimientos continuamente (continua y tercamente), porque son sensibles, lloran, acuden a terapia, se ponen falda y se pintan la raya del ojo, se muestran vulnerables, súper necesitados de atención, validación, lo pasan muy mal. Hay que cuidar muchísimo lo que les dices, no vayan a desbordarse o se genere una intensidad materializada en autolesiones, conflicto duro o vete a saber. Al final, en muchos casos terminan convirtiéndose en los protagonistas del malestar. En los protagonistas a secas. Y tú, en su saco de boxeo emocional. Una tortura. Lo de siempre. Quizá hasta puedas justificarle pese a que repita comportamientos abusivos en pro de su vulnerabilidad.
Buscar una salida, aunque sea la equivocada
Esto puede sonar a topicazo, pero cuando algo huele mal durante bastante tiempo es que está podrido. Quizá tengamos un inhibidor de olores, pero al final el tufo siempre es más fuerte y no se puede detener. Y el olor llega a través de esas altas velocidades a las que ponen el coche cada vez que se enfadan, como escribe Lucía Solla Sobral en Comerás flores; mediante esa pausada anulación de una misma cocida a fuego muy lento, como muestra Sabina Urraca en El celo; puede ser un padre claramente opresivo y controlador, como el de Lidia Yuknavitch, al que termina pudiendo hacerle frente: “Me llamó puta, nombró mis pecados, enumeró todos mis errores, mis defectos y mis comportamientos vergonzosos, todas las cosas vergonzosas que me habían acabado arrastrando a ese momento entre padre e hija. Puede que todo fuera verdad. Puede que tuviera razón. Puede que, como él decía, acabara siendo una puta fracasada. Pero era buena nadando. Y él no. En un momento dado, me cogió del brazo; aunque sentí cómo se me iba formando un moratón, no solté el asa de la maleta. Si hubiera querido, podría haberle dado con ella en la cabeza en cualquier momento. Por alguna razón, esa noche, mi remordimiento y mi miedo de niña habían desaparecido (…) Lo miré a los ojos. Azul sobre azul. Noté que se me ensanchaban los hombros y que se me pronunciaba la mandíbula”.
A veces no podemos ni salir corriendo, ni separarnos, ni cambiar de casa aunque quisiéramos
María Jiménez, que era tan guapa y artista, como entonaba en una canción, se quedó muchísimos años al lado de Pepe Sancho, quien la maltrató ferozmente, según denunció la cantante. La menciono porque es una muestra de que es difícil salir de la violencia, seas quien y como seas, y tengas lo que tengas (aunque cuanto menos tengas, más difícil). Porque para abrir esa puerta y decir “se acabó” primero tenemos que haber echado la llave a muchas habitaciones. Pero las infancias y adolescencias lo tienen todavía más complicado, no tienen ni poder de decisión, ni recursos, para salir de situaciones violentas en su familia. Así que a veces lo único que pueden hacer es exteriorizar su rabia, su frustración y su ansiedad, seguramente ni de la mejor forma posible ni hacia quien se lo merezca, como Carmela en La buena hija. Buscar la salida, una salida, aunque sea la equivocada.
“Si tienes miedo, si estás sufriendo, tienes que gritar y salir, salir corriendo”, dice Amaral en uno de sus temazos. Solo que los procesos no son así de fáciles. A veces no podemos ni salir corriendo, ni separarnos, ni cambiar de casa aunque quisiéramos. Ni como parejas o exparejas ni como hijas. El futuro se puede presentar demasiado incierto, demasiado cuesta arriba o desprovisto de condiciones materiales. Pero al menos, y mientras tanto, sí podemos desahogarnos con alguna buena amiga, indagar en libros, leer e informarnos, buscar soporte feminista. Permanecer juntas, como la abuela, la madre y Carmela, en La buena hija. Y confiar. Confiar también en nuestra intuición, esa que nos dice que hay comida pasada en la nevera. Más tarde o más temprano, terminará en la basura.
Fuente: https://www.pikaramagazine.com/2026/07/el-buen-maltratador-y-mejor-padre/


