Para la gran mayoría de personas que nos esforzamos por alimentar el pensamiento crítico, la opinión argumentada y, especialmente, la fraternidad humanitaria, la agresión del gobierno estadounidense contra el pueblo venezolano no puede ser otra cosa que una inmensa preocupación, motivo de tristeza y una de las peores formas de iniciar este nuevo año. A diferencia de otros momentos de la historia en los cuales el imperialismo yanqui ha evidenciado la falsedad de su retórica de supuesta defensa de la democracia, que no es otra cosa que la imposición armada de sus intereses geopolíticos, para este 2026 la casi totalidad de la población interesada en comprender la realidad, nos hemos tenido que enfrentar no solo a la violencia de los hechos, sino además a la inmediatez de los datos, la profusión de las imágenes y a la incertidumbre frente a las interpretaciones de toda índole; algunas directamente tendenciosas, otras de lamentable simplicidad. Ante esta fluidez de opiniones volátiles que poco ayudan a la construcción de sentido y si a la proliferación de la distorsión, la confusión o la mentira, surge para muchas personas la angustia de preguntarnos qué podemos hacer ante este escenario de violencia imperialista armada e informacional.
Parece necesario entonces convocarnos en la intención de superar la angustia inmovilizante para que, sin caer en la simplificación maniquea que nos proponen los medios hegemónicos de (des)información, generemos hilados colectivos de construcción de ideas que tengan vocación de accionar en pro de la defensa de los intereses del pueblo, esto es, participar en la elaboración de un posicionamiento de clase frente a esta agresión imperialista que, una vez más, enfila sus cañones en contra de la lucha popular organizada; esa fuerza que, en últimas, es la esencia del chavismo en Venezuela.
El enfoque puesto en la pregunta sobre el qué hacer puede partir de un análisis sobre cuáles son los dispositivos y medios que el gobierno estadounidense y sus fuerzas aliadas están utilizando para seguir desarrollando y legitimar su agresión. Así, el primer plano corresponde a la identificación del uso de la violencia, que no se ha limitado al ingreso militar a la sede del gobierno venezolano y al bombardeo sobre instalaciones militares. Es muy importante no perder de vista que la violencia inició meses atrás con el asesinato de decenas de pobladores caribeños que fueron bombardeados mientras navegaban. A ese número de ejecuciones se suman las aproximadamente 80 personas muertas en la madrugada del 3 de enero, más un número amplio de personas heridas y familias afectadas, material y psicológicamente. Esos crímenes cometidos en contra de sectores trabajadores no pueden quedar invisibilizados bajo los titulares de prensa que se dedican a repetir las imputaciones que desde Washington se profieren contra Nicolás Maduro. Las acciones que han victimizado a trabajadoras y trabajadores venezolanos constituyen crímenes de guerra que están claramente condenados por el derecho internacional y frente a los cuales existen acciones judiciales que deben ser emprendidas de inmediato. Sentar posición de denuncia ante esos crímenes es tan importante como hacerlo ante el delito de secuestro cometido contra el presidente venezolano y la primera dama. La clase trabajadora del mundo puede organizarse no solo para expresar su solidaridad con el pueblo venezolano, sino también para exigir a sus representantes y gobernantes el inicio de acciones concretas en el marco del derecho internacional, más allá de las declaraciones que puedan llegar a desarrollarse en el plano diplomático. Expresar nuestra voz de denuncia ante el crimen y de solidaridad con el pueblo es muy importante, pero esa voz se escuchará con más fuerza si se expresa en unidad movilizada en las calles (y no se limita el reenvío de expresiones diseñadas para el escenario virtual).
En el mismo sentido, es necesario que desarrollemos y exijamos a las autoridades de cada Estado, la toma de medidas de ayuda para los sectores que se han visto afectados o aquellos que en los próximos días puedan llegar a sufrir las consecuencias del accionar represivo imperialista. Es muy probable que a la violencia militar gringa siga un desencadenamiento de la violencia de la derecha local, de la cual ya ha hecho uso la oposición política venezolana, que se ha manifestado en las llamadas guarimbas, en bandas armadas urbanas y a través de la contratación de mercenarios dispuestos para atacar al pueblo identificado con el chavismo y a las organizaciones políticas de izquierda. Por ello, quienes no estamos en Venezuela podemos fortalecer contactos y vínculos ya sea con familias que puedan estar en situación de peligro o con organizaciones venezolanas (gremiales, estudiantiles, barriales, etc.) para canalizar a través de las mismas campañas de solidaridad y ayuda. Esto implica además, poder recabar y, si resulta viable, difundir información de primera mano sobre la situación real del pueblo trabajador en las distintas regiones de Venezuela y avanzar con eso en salir del cerco mediático que imponen las cadenas de medios y los algoritmos diseñados por los monopolios de las redes sociales. Resultará muy importante no caer en la narrativa imperialista que, en los próximos días, fluctuará entre un seguimiento del proceso judicial contra Maduro, enmarcado en un formato de reality show, por un lado, y la formulación de hipótesis conspirativas, cual trama de película policial, sobre supuestas disputas internas dentro de la estructura del gobierno venezolano, por el otro.
Siendo la construcción de un discurso falsamente legitimador de la agresión al pueblo venezolano otra de las armas de la guerra imperialista, resulta imprescindible construir un accionar que de cuenta de ese plano de la lucha. La intervención pedagógica en la lucha política es un arma del pueblo organizado y como tal podemos estructurarla. Para tal labor resultará importante tener muy presentes algunos de los condicionantes propios del contexto actual. Por una parte, vale recordar que, si bien internet y los dispositivos digitales suponen brindar una amplia masividad para la difusión de información, no se puede perder de vista que la dinámica de fluidez que suele implicar la atención brindada a tales dispositivos favorece un uso mayormente vinculado con el consumo de datos de información y menos con la construcción meditada del pensamiento y la ponderación razonada de los argumentos. Por lo mismo, parece ya ampliamente probado que la supuesta masividad de las redes sociales decae ante la generación de burbujas de opinión, favorecidas por el seguimiento algorítmico de nuestros consumos digitales, que hace que la información sea perfilada, dirigida y encapsulada solo para quien pueda llegar a tener interés. En otras palabras, es altamente probable que, a través de internet, terminemos construyendo burbujas para comunicarnos solo en grupos reducidos, con afinidades ideológicas previas. Por todo esto, la pedagogía que requiere la etapa debe tomar como eje la conversación y el dialogo. Y, para ser realmente dialógica, no puede renunciar a escuchar y reconocer puntos de vista contrarios, para apuntar a construir síntesis. La pedagogía popular no puede aspirar a imponer las “verdades” propias sino a generar herramientas para interpretar una realidad compleja y contradictoria.
En este sentido es esencial distinguir los sectores que hacen parte de esta batalla. No se puede replicar la idea de fortalecer un enfrentamiento del pueblo contra el pueblo. Una gran parte de la clase trabajadora replica el sentido común dispuesto por los poderes y difundido por los medios masivos de comunicación y las redes sociales. Y por más que sea indignante escuchar las contradicciones argumentales de trabajadores que, sin entenderlo, defienden los intereses de sus explotadores, no puede olvidarse que nuestros enemigos son los explotadores y su ideología, y no las personas del pueblo que terminan repitiendo esas ideas. No se trata de aceptar o agachar la cabeza frente a la ideología dominante puesta en la boca del dominado; se trata de identificar contra quienes estamos luchando. Vivimos tiempos en los que la digitalización de la vida se asemeja cada vez más a deshumanización del otro; más aún si ese otro es visto como adversario. Proliferan los mensajes de odio y la violencia descarnada. Pero es preciso recordar que ante la enorme fuerza que detenta el imperialismo se nos impone como tarea forjar la unidad. Nuestra pedagogía para esta etapa de la lucha debe armarse de paciencia y hacerse fuerte en la escucha, sin usar las armas del insulto ni perder tiempo denigrando a quienes también son victimas del poder y el discurso hegemónico.
Pero así como afilamos nuestras armas pedagógicas y construimos o fortalecemos redes solidarias, unas y otras adecuadas a nuestras posibilidades, a nuestras formas organizativas, y a la coyuntura actual, resulta importante no olvidar las enseñanzas de la historia, y recordar que el sentido de los procesos se define no solo con la acción del poder, sino a través de la respuesta de quienes resistimos. Tenemos una responsabilidad histórica con las luchas de las generaciones que nos antecedieron, cual es no abandonar la lucha, ni perder la esperanza. Uno de los objetivos buscados tras volcar la guerra a las pantallas ha sido (desde tiempos de la agresión imperial al pueblo de Vietnam) engrandecer el poder militar estadounidense generando tele audiencias que funcionen como testigos de la supuesta supremacía y el pretendido carácter invencible del imperio. Al mismo tiempo, buscan esparcir pesimismo y desesperanza. Por ello, combatir el pesimismo y la desesperanza es otro de los campos de batalla que no podemos abandonar. No estamos hablando de un optimismo ingenio, ni de construir alucinaciones de resistencia enjauladas en expresiones individuales o en discursos grandilocuentes (por más radicales que sean). La lucha política implica la defensa de una ideología, pero es más que eso; es la acción colectiva consciente y consecuentemente organizada; es una lucha de largo plazo, dinámica y compleja. No es responsabilidad ni atributo de una sola persona, pero todas y todos tenemos mucho que aportar. Las tareas son tan amplias, como amplias son las formas de opresión bajo las cuales nos buscan someter. Recordar que esto no empezó el 3 de enero, es saber que la lucha de liberación del pueblo venezolano no se llamaba Nicolás. Vivimos evidentemente un cambio de etapa, se avizora la peligrosa avanzada de la derecha en toda Latinoamérica, y el peso de su látigo intentará golpear con más fuerza a ese pueblo insurrecto que se cobija con el nombre de chavismo, pero no perderá de vista al resto del pueblo que en otras partes de nuestro continente siga soñando y buscando libertad.
Esto pone de presente que se abre otra tarea imperativa para la clase trabajadora, en este caso colombiana, dirigida a identificar los peligros que esta nueva etapa del proceso histórico trae a nuestra coyuntura actual. Así, el escenario electoral de este 2026 es otro plano de acción directamente relacionado con la agresión imperialista. No hacía falta que el presidente Trump vociferara sus amenazas contra Colombia y contra el actual presidente Petro. Ya la propia derecha local había dado suficientes muestras de su pretensión de invocar la intervención estadounidense y su discurso falsamente democrático, para hacer con el pueblo colombiano lo que no pudieron hacer con sus políticas represivas; asustarlo y doblegarlo. Y es que tras el nada disimulado intento de los sectores de poder y generadores de opinión local, incluyendo las y los precandidatos de derecha, tanto extrema como moderada (que se autodefine como “centro”) todas y todos han replicado o han guardado silencio (siendo acciones en este caso equivalentes) ante las acusaciones de narcotráfico que Trump ha emitido contra Petro. Y si de esa forma los sectores de poder introducen en la discusión política local el intervencionismo imperialista, la respuesta del pueblo debe ser denunciando esa maniobra, pero no para quedarnos en una defensa retórica de la persona del presidente, sino para pasar inmediatamente a la acción organizada dirigida a reforzar las formas organizativas que profundicen las discusiones, propuestas y acciones en torno al balance sobre las medidas concretas que se han tomado desde el gobierno actual en favor del pueblo, y las que se han podido tomar desde las mismas bases y en los distintos territorios, y a la elaboración del programa de gobierno que queremos para el próximo cuatrienio. Existen muchos de estos espacios, pero la agresividad del imperio y sus lacayos locales debe recordarnos que necesitamos más organización del pueblo, con más iniciativa, y con más fuerza. No se trata de relegar al pueblo venezolano, y encerrarnos en la política local, como si optáramos por mirar solo nuestro propio ombligo. Todo lo contrario, se trata de accionar solidariamente, vincularnos y aprender del hermano pueblo venezolano, y redoblar los esfuerzos para preparar la etapa de la lucha que se nos viene. El internacionalismo hoy requiere que instalemos en la discusión y la acción política de clase las medidas que favorecen al pueblo trabajador, tanto en Colombia como en Venezuela, corriendo del centro de discusión la forma de interpretación de la realidad que nos buscan imponer desde el poder, centrada en personajes y con la perspectiva maniquea de tomar posiciones entre quienes creemos los buenos, para pasar a odiar a los malos.
Un pueblo colombiano consciente, organizado y embanderado en torno a la construcción de un programa de gobierno favorable a las mayorías es un apoyo que resultará de esencial relevancia para las luchas que se avecinan del otro lado de la frontera. En Venezuela, en Colombia, y en Nuestra América toda, el presente es de lucha, y por eso el futuro será nuestro.
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