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Chile, modelo para América Latina… en saqueo económico

Fuentes: Rebelión

La crisis económica en Chile es ya una realidad, y eso después de que las autoridades de gobierno mantuvieran por tanto tiempo y con pasión la mentira de Chile como país practicamente invulnerable a la crisis financiera y a la recesión económica mundial. Chile vive hoy un escenario económico nuevo pero en medio del mismo […]

La crisis económica en Chile es ya una realidad, y eso después de que las autoridades de gobierno mantuvieran por tanto tiempo y con pasión la mentira de Chile como país practicamente invulnerable a la crisis financiera y a la recesión económica mundial. Chile vive hoy un escenario económico nuevo pero en medio del mismo circo político de todos estos años. La presidenta chilena, Michelle Bachelet hizo públicas, después del año nuevo, su paquete de medidas para enfrentar la crísis -que ella llamó su «plan de estímulo.» Consiste en 4 mil millones de dólares, o más, aparentemente aprobados por los centros capitalistas del mundo, y que compensarán a los más ricos. Para el pueblo chileno han de quedar las mendicidades bien propagandeadas de siempre, diseñadas para evitar un posible levantamiento social.

En Chile, quienes viven de su trabajo ya sea porque reciben salario o del pequeño comercio o empresa por cuenta propia enfrentan un período recesivo duro e incierto. Y los más pobres, los marginados, que viven en crisis constante incluso cuando no hay recesión, han de enfrentar un futuro todavía más oscuro. La mayoría de los chilenos ha tenido que adaptarse a vivir con un alto nivel de endeudamiento, inestabilidad económica y falta de derechos laborales.

El modelo de ciudadano que se le ha impuesto a los chilenos es falso: el rico, el hombre exitoso, que ha acumulado fortuna por esfuerzo propio no existe, no ha existido nunca. Bien sabemos que las fortunas acumuladas han sido resultado de beneficios y favores políticos en connección con el estado, de los recursos naturales del país y el valor producido de la explotación de trabajadores chilenos y del robo directo al estado. Pero el poder ha logrado que muchos chilenos se enorgullezcan de estas fortunas criollas y vean los bienes y las famas de los ricos criollos como orgulloso patrimonio nacional. La tremenda ironía: se santifican los ladrones al estado chileno al tiempo que se trata con desprecio a los pobres y se reprime con saña a los verdaderos dueños de la tierra, al pueblo Mapuche. Se ridiculiza a los de abajo, se los expone como delincuentes. Pero los verdaderos delincuentes, los ladrones del patrimonio nacional, los caballeros neoliberales, se pasean de traje y corbata y llenan las páginas sociales de la prensa oficial.

Como en muchas partes, domina en Chile el ahistoricismo y el apoliticismo, juntos les han quitado a las gentes las herramientas para organizarse y reclamar sus derechos. Si la dictadura usó el terror para implementar un sistema ecónomico y social injusto, estos veinte años de democracia tutelada concertacionista han logrado lo mismo con manipulación ideológica y sicológica, incluso cuando se carece de proyecto político alguno. De no ser por las luchas que han dado los familiares de las víctimas de la dictadura militar nada se hubiera logrado ni siquiera en esta área. Los politiqueros concertacionistas han llegado a afirmar que las ideologias no existen.

Pero la ideología existe y reina. La idea de que Chile es un «país moderno» ha capturado a los sectores medios de la población que repite orgullosa que «tenemos de todo en Chile, desde autos lujosos a cable, desde el celular al mall.» La plutocracia chilena le ha hecho creer a la población que el país del intocable neoliberalismo va camino al desarrollo y que algún dia ha de ser parte del Primer Mundo. Y mientras tanto los chilenos que no son dueños de nada, pues su patrimonio está casi entero en sagradas manos privadas y el estado tiene poco fuera de Codelco, muchos se enorgullecen de vivir en el país modelo de América Latina.

Muy lamentable es que aunque el estado chileno haya acumulado reservas estas no han de ser invertidas nunca en el pueblo chileno, reservadas como están a servir de respaldo a los capitales inversores según mandato del FMI y del Banco Mundial. Es que el Chile moderno no ha de darle nada a sus hijos pobres ni medios, que han de pagarse todos sus servicios básicos o no tendrán acceso más que a muy pobre educación y salud. En Chile hasta las pensiones han sido privatizadas. Esta mitología de la entrada chilena al Primer Mundo es más apremiante justamente cuando el Primer Mundo mismo se contrae y hasta amenaza con colapsar sobre si. Pobre Chile con sus pretenciones primer mundistas.

¿Por qué ve entonces el Primer Mundo a Chile con buenos ojos? A Chile se lo lisonjea desde el extranjero. Es país modelo en América Latina. Y ciertamente es modelo para el saqueo económico, junto a otros como Perú, Colombia y México. Son números y cifras, pero poco importa como viven los chilenos. Es este un asunto que no le interesa al poder en Chile y que menos le interesa a quienes hablan de Chile desde el extranjero. Pero desde el Primer Mundo capitalista al que Chile tanto ansía pertenecer una cosa queda clara: en su diario vivir los chilenos no viven ni por un si acaso en el Primer Mundo, están muy requetemetidos en el Tercero. Si, en ese mundo periférico que el capitalismo alimenta para los países pobres y explotados.

Porque hay diferencias entre Primer y Tercer Mundo incluso cuando pecamos de mirar las cosas superficialmente y generalizar y aún cuando somos concientes de que el Primer Mundo mismo vive una gran crisis de límites desconocidos. En Canadá, donde vivo, por dar un ejemplo, y pese al notable deterioro del estado de bienestar social que fuera creado hace 50 años y más por necesidad misma del capitalismo -ya para dar soluciones a corporaciones, ya para dárlas a la población, ya como respuesta al miedo socialista, ya como desarrollo propio de un sistema que necesita compradores también, lo que se vive no es una ficción keynesiana sino una realidad palpable en la vida cotidiana de la gente. Una realidad que asegura que la salud pública sea gratuita, moderna y confiable -y que le cuesta al estado canadiense el 11 por ciento de su producto interno bruto, que es bastante gastar en tiempos ideológicos del «cada cual se las arregla como pueda» y que afecta incluso a esta área fundamental para los seres humanos. Una realidad que asegura que la educación primaria y secundaria sean, en un 90 por ciento, públicas y gratuitas. Que las universidades sean públicas y accessibles, con sistema de préstamos que aseguran que un número alto de jóvenes acceden a la educación superior sin que les signifique un endeudamiento imposible. Una realidad que asegura beneficios de desempleo, que pagados por ambos empleador y empleado, protejen al desempleado. Un sistema que asegura que las personas mayores de 65 años y con pensiones insuficientes, reciban subsidio provincial, subsidio de vivienda, y si lo necesitan, ayuda en mantener su hogar limpio y visitas periódicas de enfermeras. Todo para que no terminen antes de tiempo en una casa de salud o un hospital. En estos tiempos de bancarrotas personales, es importante recordar también que en este país hay leyes de amparo a quienes la tienen que declarar -lo que les asegura que nadie les va a venir a confiscar sus muebles, bienes personales o el automobil que necesitan para trabajar. En fin, que gracias al estado de bienestar social keynesiano, un concepto muy general de 50 y más años atrás, la población canadiense puede ser pobre pero no ha de vivir en el abandono ni la indignidad, a la que están condenados sin empacho los pobres del Tercer Mundo, entre ellos los pobres chilenos.

Y esto, siendo que Canadá tiene el gobierno más derechista que ha tenido en mucho tiempo y que la mayoría de la población del Canadá no sólo es fiel, sino que se podría decir adicta, al consumerismo y abiertamente hostil a cualquier idea socialista. No es tampoco que Canadá promueva o apruebe un sistema de bienestar social para el mundo; todo lo contrario, la política exterior canadiense es poco amiga de la aplicación de estas políticas en otros países, en especial contraría a que los paìses latinoamericanos las apliquen y decidan de alguna forma desminuir el abandono que sufren sus pueblos -de allí las críticas a Venezuela y también a Bolivia y Ecuador. Y odiarían a Chile mismo si no fuera este una neocolonia capitalista.