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Colonialidad, autoritarismo e imperialismo en el siglo XXI

Fuentes: Rebelión

Bajo la impronta de la rapiña, de la esclavitud, de la racionalización racista y del supremacismo blanco, Estados Unidos desarrollará sus doctrinas en materia internacional en los diferentes continentes del planeta, en muchos casos, valiéndose de la instalación de bases militares diseminadas en cada uno de sus países, y, en otros casos, hará sentir su influencia económica a través de la hegemonía del dólar, lo que redundará en su conversión como el imperio dominante durante el periodo comprendido entre el recién finalizado siglo XX y las primeras décadas del siglo XXI. Durante estas últimas, el imperialismo yanqui ha tenido que lidiar con un conjunto dispar de resistencia, en especial, en el lado sur de su frontera, que ha supuesto una merma de su poder hegemónico cuando se creía en Washington que el nuevo milenio estaría cubierto por los valores defendidos por éste. Con Donald Trump como ocupante de la Casa Blanca, el afán hegemonista del imperialismo gringo se ha hecho sentir con mayor fuerza, ahora utilizando la imposición de aranceles a las economías de otros países, sin más distinción que la derivada del grado de subordinación o de competencia comercial respecto a la nación del norte.

Según lo determinara Aníbal Quijano, sociólogo peruano, «la colonialidad es uno de los elementos constitutivos y específicos del patrón mundial de poder capitalista. Se funda en la imposición de una clasificación racial/étnica de la población del mundo como piedra angular de dicho patrón de poder, y opera en cada uno de los planos, ámbitos y dimensiones, materiales y subjetivas, de la existencia cotidiana y a escala social. Se origina y mundializa a partir de América […] Con América [Latina] el capitalismo se hace mundial, eurocentrado y la colonialidad y la modernidad se instalan, hasta hoy, como los ejes constitutivos de este específico patrón de poder». La historia nuestra, como continente colonizado y explotado, le dió impulso a la naciente economía capitalista europea; primero, a través del extractivismo iniciado por la monarquía española y, luego de obtenida la independencia de sus actuales países, por medio del comercio con Gran Bretaña, Francia y Alemania, entre otras, que hicieron todo lo posible para monopolizar sus productos agrícolas y minerales hasta que Estados Unidos -convertido en heredero de la tradición imperial y colonialista de sus antiguos regentes anglosajones- proclamó su destino manifiesto para domeñar el sur de sus fronteras, igual que lo hiciera inicialmente con las tierras ocupadas ancestralmente por los pueblos originarios al oeste y con aquellas que despojara a México. Con la llamada doctrina Monroe en mano, el imperialismo gringo ha moldeado a su gusto la política, la geopolítica, la cultura y la economía de Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina, con pocas excepciones.

En este nuevo siglo, se observa cómo a las formas coloniales de jerarquía, exclusión y diferenciación aún presentes en las diferentes naciones se oponen las luchas de resistencia, disidencia, irrupción y contracanon protagonizadas por los sectores y grupos populares organizados. Simultáneamente, en los  últimos cinco años (quizás algo más) el mundo ha presenciado cómo los dueños de grandes fortunas multimillonarias han incrementado sus ganancias y su poder a tal punto de participar en el escenario político e influir en las preferencias electorales de algunos países, como sucedió en Estados Unidos con Donald Trump, y pretender, igualmente, moldear la forma de pensar de las personas mediante el control ejercido sobre redes sociales por parte de las empresas de tecnología digital de las que son propietarios. Esto último configura un futuro sombrío para la humanidad, apenas entrevisto en las obras distópicas, que la condenaría a un papel de simple consumidora, quedando relegados por completo aquellos seres humanos improductivos, dependientes y ubicados en el más bajo nivel de la pobreza; lo que ya ha comenzado a sentirse no solamente en Estados Unidos y Europa, sino también en nuestros países, dada la profunda desigualdad económica y social que genera dicha situación.

Por eso no es extraño que las manifestaciones de poder, violencia y desigualdad en el mundo contemporáneo hayan repercutido, en una u otra forma, en el control de la vida y la muerte de millones de seres humanos; especialmente de aquellos que, bajo la óptica racista eurocentrista, se consideran inferiores y, por añadidura, prescindibles, por lo que su desaparición física no resulta nada condenable ni preocupante. Las amenazas de los grupos ultraderechistas, racistas, xenófobos, misóginos, homofóbicos y supremacistas, antes simbólicas, rituales y circunscritas a grupos que apenas se atrevían a vociferar abiertamente sus «ideas», tienden a cumplirse en cualquier escala y en diversos matices; pero todas coincidentes respecto a la crueldad con que buscan acabar con aquellos que suponen que no deben disfrutar de sus mismos derechos. Muchos de los individuos de estos grupos se deleitan al llevarlas a cabo sin verse afectados en ningún momento por ninguna inhibición moral y ningún sentimiento de culpa. Lo vemos cuando la policía estadounidense arremete sin castigo contra la población latina y afrodescendiente, lo mismo que en España, Alemania, Francia o Inglaterra cuando sus ciudadanos elevan su voz de protesta contra el genocidio de palestinos por parte del régimen sionista de Israel, siendo el caso más representativo de estas manifestaciones de poder, violencia y desigualdad en el mundo. Otro tanto ocurre en Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina con los regímenes de Argentina, Ecuador y El Salvador, alineados con la fórmula despótica de Trump, al igual que Chile con la represión constante al pueblo mapuche. 

En «Sionismo cristiano: el principal instrumento ideológico del neoliberalismo en América Latina», Jair de Souza describe uno de los mecanismos eficaces utilizados por el capitalismo neoliberal para su expansión y consolidación: «Para su funcionamiento continuo, el neoliberalismo requiere una ideología que vea y transmita los intereses absolutos del capital como la expresión más legítima de la libertad humana. Su implementación sería imposible sin que al menos una porción significativa de la población se le sumara voluntariamente. No es casualidad que el neoliberalismo tenga como su término más apreciado la palabra LIBERTAD. Es libertad absoluta, sí, pero exclusivamente para quienes tienen el poder y la capacidad de disfrutarla, es decir, para los dueños del capital. En otras palabras, libertad para que los capitalistas puedan extraer hasta la última gota de sangre de las masas trabajadoras, pero nunca para que los trabajadores puedan organizarse y luchar para hacer valer sus propios intereses de clase». Las desigualdades sociales derivadas de las distintas medidas aplicadas por el neoliberalismo capitalista son ignoradas adrede, atribuyendo su origen a la desidia y la ignorancia de quienes las sufren, por lo que sería necesario que éstos se subordinaran incondicionalmente a sus dictados si aspiran a mejorar sus actuales condiciones de vida aunque ello signifique renunciar a sus derechos laborales y ciudadanos. Para lograr ese cometido, los centros de poder hegemonistas no han dudado en acentuar los rasgos y las relaciones de colonialidad, autoritarismo e imperialismo que los caracterizara en el pasado a medida que avanza el siglo XXI, violando desvergonzadamente toda norma establecida sobre las bases del derecho internacional y la democracia (mismas que fueron impuestas en el transcurso de estas tres últimas centurias); cuestión que ya supone entablar una guerra asimétrica con todos los pueblos de la Tierra. Sin excepción de ninguno de ellos, cosa que no podremos desconocer, sean cuales sean los motivos que esgrimamos para no hacerlo

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