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A propósito de la edición de El mito del mercado global. Crítica de las teorías neoliberales de Giulio Palermo.

Contribución (didáctica) a la crítica de la categoría mercado (IV)

Fuentes: Rebelión

[…] La crisis actual no fue provocada por fallas de mercado. Es la consecuencia lógica de una política económica que trabajó como se esperaba que lo hiciera, convirtiendo a unos pocos en inmensamente ricos y profundizando la desigualdad en todo el mundo, incluyendo a los países más industrializados. Este desastre no es una tormenta cuya […]

[…] La crisis actual no fue provocada por fallas de mercado. Es la consecuencia lógica de una política económica que trabajó como se esperaba que lo hiciera, convirtiendo a unos pocos en inmensamente ricos y profundizando la desigualdad en todo el mundo, incluyendo a los países más industrializados. Este desastre no es una tormenta cuya aparición fuera difícil de predecir. Al contrario, se trata de una tragedia anunciada, generada por una serie de políticas económicas brutalmente irresponsables.

Ese paquete de políticas económicas (aplicadas desde los tiempos de la señora Thatcher, que usted misma designó primera ministra en 1979) descansa en la idea de que los mercados asignan eficientemente los recursos y deben ser dejados en libertad. El resultado es una combinación de recetas fallidas y contradictorias, que no sólo provocó innumerables crisis en el mundo, sino que ha profundizado dramáticamente la desigualdad y la pobreza, incluso en los países industrializados. Además, el régimen de comercio internacional al que dio lugar alteró la manera de vivir en innumerables países, al tiempo que intensificó la destrucción del medio ambiente.

Alejandro Nadal, «Carta a la reina de Inglaterra». La Jornada. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=90571

En la «Introducción» a El mito del mercado global, pp. 23-32, Giulio Palermo recuerda que la tradición del pensamiento liberal nace en Inglaterra y en Holanda hacia finales del XVII como reacción político-filosófica al feudalismo residual aún presente en la sociedad de aquellos años.

En ella confluyen sentimientos de rebelión en confrontación con la intolerancia religiosa, el absolutismo político y la jerarquía en las relaciones sociales, sentimientos que reflejan en gran parte el cambio de relaciones económicas y políticas, modificaciones que se habían volcado decididamente a favor de la burguesía.

En el campo económico, el liberismo1 asume la forma de una corriente de pensamiento económico-filosófico que postula el mercado como la institución más adecuada a la manifestación libre de los intereses y de las preferencias individuales. En el curso de la historia del pensamiento económico, esta corriente de amplio caudal ha desarrollado diferentes modelos teóricos que han sido objeto de críticas cerradas.

Según Adam Smith (XVIII)2, el primer inspirador influyente del liberismo, considerado por muchos como el fundador de la escuela clásica y de la economía política en su conjunto, «la deseabilidad del mercado como mecanismo de interacción social depende de la posibilidad de obtener resultados sociales que van más allá del proyecto consciente de los individuos particulares». Para el economista y filósofo escocés, recuerda Palermo, el individuo que persigue únicamente sus propios intereses en el mercado es guiado, sin tener consciencia de ello, por una mano invisible que lo lleva a promover objetivos sociales que superan sus iniciales intenciones3. De este modo, la impropiamente llamada «anarquía de los mercados» no es tal, no es fuente de desorden económico como podría pensarse en principio, sino un motor ajustado y razonable de crecimiento económico y social.

Durante el largo período que va desde el siglo XVIII hasta la actualidad, el liberismo clásico ha sido objeto de encendidos debates, señala Palermo. La crítica más radical fue elaborada por Marx y ha sido desarrollada por diversos pensadores de la tradición marxista4. Por lo demás:

La crítica de Marx del sistema capitalista y de la representación que genera la economía burguesa no tiene una dimensión estrechamente económica. En el capitalismo, como en cualquier modo de producción, la esfera económica está ligada de manera muy íntima al campo social, jurídico y cultural.

En esta relación -«dialéctica» es el adjetivo usualmente empleado- entre los diversas ámbitos sociales, Marx considera que el capitalismo, sin olvidar evoluciones históricas singulares y presencias de restos de otros modos de producción, se caracteriza por la creciente importancia de la dimensión económica respecto de todas las otras esferas sociales, con una derivada que no deberia olvidarse nunca: la imposición de esta lógica esencial de la acumulación económica -la digamos, para simplificar, racionalidad burguesa- a otros ámbitos de la vida social.

La teoría marxiana, apunta polémicamente Palermo en una consideración sobre la que volveremos posteriormente, no es una teoría económica en sentido estrecho: es, por el contrario, una concepción de la historia de la sociedad, de las sociedades humanas, en su totalidad. Según Marx, y ésta es una arista esencial de su legado, son justamente las leyes internas de funcionamiento del sistema la causa de la inestabilidad del proceso de acumulación del capital y de las repetidas crisis económicas a las que el capitalismo está subordinado. De hecho, señala Palermo:

La anarquía de los mercados, que para Smith es la fuente de crecimiento económico y social, es para Marx la causa profunda de las contradicciones internas del capitalismo. Elevando la búsqueda de la ganancia a un único y cabal objetivo económico, la ley del mercado impide la organización del sistema económico en función de las necesidades de la población y condiciona, en cambio, a la población a las necesidades de reproducción y valorización del capital [el énfasis es mío].

Este punto, como es sabido, es atalaya esencial de la mirada crítica marxiana y marxista. Para Palermo la crítica marxista no sólo es un instrumento para replantear la discusión en el ámbito científico las convicciones políticas liberistas de su tiempo, sino también un instrumento de demistificación del sistema capitalista mismo, un sistema, recuerda el autor italiano, en el que la esencia de las relaciones de explotación del hombre por el hombre y la imposibilidad de una auténtica emancipación del individuo se esconden detrás de una apariencia de relaciones formalmente igualitarias entre sujetos jurídicamente libres.

Admitiendo el decisivo papel de la tradición del pensamiento marxista en el debate político del siglo XX, en el campo académico «jamás ha logrado el carácter de escuela de pensamiento dominante en los países capitalistas» apunta Palermo. Desde el punto de vista de la historia del pensamiento económico, el gran cambio que permite a las doctrinas liberistas imponerse en la esfera académica se remonta a 1870. Se afirman entonces dos escuelas de pensamiento fuertemente inspiradas en los principios liberistas: la neoclásica y la austríaca, que nacen con la publicación casi contemporánea de la obra de tres grandes economistas: Léon Walras, francés, Stanley William Jevons, inglés (fundador de la escuela neoclásica) y Carl Menger, austríaco (el fundador de la escuela que lleva su nombre), que se transforman de forma acelerada en los nuevos puntos de referencia teóricos en materia económica, en reemplazo de las interpretaciones ricardiana y marxiana, que hasta entonces habían sido difundidas ampliamente. Palermo apunta que:

El cambio radical del método de la perspectiva de análisis y en los fundamentos mismos de la teoría económica en relación con la tradición clásica y marxista nos lleva a caracterizar este cambio de rumbo teórico como una revolución científica…

Este, digamos, cambio de paradigma es hoy conocido como la revolución marginalista. El término «marginalista» hace referencia al modo de resolver los problemas económicos a través de los llamados «razonamientos al margen», razonamientos que, matemáticamente, se representan como problemas de cálculo diferencial.

Según uno de los más importantes historiadores del pensamiento económico, Joseph Schumpeter, lo que hermana a la escuela neoclásica con la austríaca5 es ante todo: 1. La defensa de una teoría subjetiva del valor como alternativa a la teoría objetiva de los economistas clásicos y de Marx. 2. La idea de que todas las proposiciones económicas deban ser construidas a partir de postulados relacionados con las reglas del comportamiento individuales (es el llamado individualismo metodológico), lo que priva de contenido científico a todos los conceptos de naturaleza social (por ejemplo, la categoría «clases sociales»), conceptos que constituían, en cambio, las bases teóricas de la economía clásica y marxiana.

Las razones de la afirmación del punto de vista subjetivista pueden ser rastreadas, señala Palermo, en algunos problemas internos encontrados por las teorías ricardiana y marxiana y en las consecuencias políticas de estas dos teorías, sobre todo de la segunda, las que, sobre la base de una teoría del valor de las mercancías que apunta al trabajo necesario para su producción, llevan a conclusiones revolucionarias en el plano de las relaciones económicas y políticas del capitalismo.

De hecho, en la década de 1870-1880, diversos países europeos (Francia, Gran Bretaña, Alemania e Italia) y los Estados Unidos han sido atravesados por duras luchas sociales, seguidas de represiones violentas. En este clima, los ambientes académicos vinculados a la burguesía han mostrado una inmediata simpatía por la nueva interpretación basada en el rechazo neto de la teoría objetiva del valor y de los conceptos marxianos relacionados con ella por la explotación y la lucha de clases.

Es evidente, matiza Palermo, que todo ello no significa que los tres economistas protagonistas de esta revolución marginalista (o subjetivista, siguiendo a Schumpeter) fueran conscientes de la trascendencia política del cambio de rumbo señalado. Maurice Dobb, recuerda el autor italiano, señaló que de los tres economistas sólo Jevons era cabalmente consciente de la importancia política de la nueva orientación teórica.

Es a partir de la década de 1930 que estas dos escuelas de pensamiento económico toman caminos metodológicos divergentes: si la escuela neoclásica define su propio programa de investigación centrado en el formalismo matemático como un aspecto determinante de su metodología de investigación, la escuela austríaca toma distancia del proyecto formalista, criticándolo duramente por su inaplicabilidad en las ciencias sociales. Además de ello, radicaliza su propia concepción subjetivista avanzando mucho más allá de la concepción neoclásica.

En este proceso de caracterización teórica, las dos escuelas del pensamiento económico se encuentran, a menudo, enfrentadas en posicionamientos opuestos en algunas de las más significativas controversias metodológicas. Al mismo tiempo, sin embargo, la común ideología liberista emerge como un elemento de fuerza de la adhesión al nuevo programa de investigación económica puesto en marcha con la revolución marginalista.

A partir de esta breve reconstrucción histórica, apunta Palermo, es posible apreciar la complementariedad de las contribuciones teóricas de estas dos escuelas en el proceso de afirmación de la ideología liberista en el ámbito académico y cultural.

La teoría neoclásica utiliza un lenguaje matemático complejo, reservado a los expertos, y hace del rigor lógico deductivo el verdadero aspecto fuerte de la entera construcción teórica. El intento de analizar cada problema económico en términos estrechamente matemáticos y la consiguiente necesidad de formular los problemas económicos en modo compatible con las técnicas matemáticas conocidas lleva a la economía neoclásica a invertir decididamente en la investigación matemática, transformándose en algunos casos en el frente más avanzado de la investigación matemática misma.

Eso sí, advierte Palermo, mientras el instrumental técnico se enriquece, la teoría neoclásica se aleja progresivamente de todo tipo de realismo económico, con la consecuencia de que el máximo rigor matemático termina, usualmente, por ser aplicado a modelos muy alejados de la realidad económica que se quiere explicar. La inaccesibilidad del análisis y el elevado grado de sofisticación técnica hacen que la teoría neoclásica está hoy fuertemente radicada en los medios académicos, pero, sostiene Palermo, extraña por completo a la temática económica así como ésa se desarrolla por fuera de las universidades, en la cultura y en la sociedad en general.

La teoría austríaca utiliza, por el contrario, un lenguaje fácilmente accesible y desarrolla las propias argumentaciones de modo predominante en el campo de lo intuitivo, haciendo palanca con frecuencia en consideraciones «de buen sentido» que reflejan una concepción del mercado con profundas raíces en la cultura popular: refleja las creencias y las convicciones propias de la cultura burguesa (así, apunta Palermo en nota, «la percepción del mercado como modo de interacción social espontáneo y natural»), por el otro lado, también posee un mérito particular en el campo científico por la relativa simplicidad de sus argumentaciones.

A pesar de las dificultades encontradas en el proceso de conquistarse una adecuada representatividad en el cuadro académico, el radicalismo de sus posiciones teóricas y políticas ha permitido a la escuela austríaca imponerse como protagonista en algunas de las controversias teóricas más importantes de la historia del pensamiento económico. Desde el punto de vista de la afirmación de los valores del mercado, probablemente, la importancia de la teoría austríaca esté en su capacidad de moverse de forma paralela, tanto en el dominio estrictamente científico como, más en general, en aquel de la cultura dominante.

Como ejemplo de complementariedad de estas dos escuelas, apunta Palermo, basta pensar en el proceso de transición al capitalismo acaecido en los países del Este europeo: fueron las ideas de Friedrich August von Hayek, uno de los más importantes exponentes de la escuela austríaca, las que se impusieron en el debate económico y político; la libertad de empresa y la exaltación del mercado fueron los ideales que capturaron la imaginación de la gente, no, en cambio, los teoremas matemáticos de la teoría neoclásica sobre la eficiencia de los mercados. Sin embargo, cuando el proceso de transición se puso efectivamente en marcha, «los consejeros económicos fueron seleccionados en su totalidad del campo neoclásico, sobre la base del prestigio académico obtenido en Occidente».

El liberismo, tal como hoy se presenta en el panorama de las corrientes del pensamiento económico vigentes, no constituye en absoluto un bloque monolítico: resurgen ideas del viejo liberismo clásico que se insertan «en un cuerpo de conocimientos teóricos que se ha ido enriqueciendo en el curso del tiempo»; adquieren forma nuevas teorías que dependen» fuertemente de las modernas técnicas de análisis económico, basadas en el uso masivo de los instrumentos matemáticos». Y entre estos dos campos emergen tentativas de síntesis entre las diferentes expresiones teóricas que buscan aprovechar y recomponer las intuiciones de las diversas tradiciones del pensamiento liberista.

De cualquier manera, está claro que, en la medida en la cual las formulaciones metodológicas de las diferentes teorías liberistas sean incompatibles entre ellas, cada una de sus tentativas de síntesis resulta arriesgada. En efecto, cambiando las conjeturas metodológicas, los mismos términos sobre los cuales se basa una teoría asumen significados diferentes y una misma formulación puede resultar válida en un determinado contexto teórico, pero no en otro. Análogamente, la defensa del liberismo según una determinada perspectiva teórica puede resultar incompatible con la defensa del liberismo desarrollada según una perspectiva teórica diferente. Esto significa que en la discusión y en la crítica del proyecto político liberista se debe especificar con claridad la perspectiva teórica adoptada y el significado mismo que asume en tal perspectiva la proposición liberista.

Esta es la cuestión metodológica esencial a la que Palermo anuncia tratará de atenerse en el curso de su obra. Tras esta declaración, nos trasladamos al primer capítulo de su ensayo.

Addenda:

En los siguientes términos se refería Manuel Sacristán (1925-1985) a las aportaciones de Carl Menger en sus clases de «Metodología de las ciencias sociales» del curso 1981-1982, impartidas en La Facultad de Económicas de la Universidad de Barcelona6:

[…] Antes de contar brevemente la disputa, lo que se llama Methodenstreit, la disputa del método en economía, querría citar el juicio de Schumpeter sobre la fuerza de la escuela histórica, también en Historia del análisis. Son cinco líneas que dicen asÍ:

La escuela histórica no se puede decir que haya sido nunca predominante en ningún país, pero fue con mucho el factor científico más importante en la economía alemana durante las dos o tres últimas décadas del siglo XIX.

Dos o tres últimas décadas quiere decir el final, el apogeo del Imperio prusiano. La guerra franco-prusiana termina el 1873 con la derrota de Napoleón III y entonces se abre un período de casi treinta años, casi cuarenta si se cuenta hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial el año 1914, que son verdaderamente la hegemonía prusiana, alemana, en el continente y la inglesa en el mar. Durante esos treinta años de hegemonía de un poder tan conservador como el alemán del Kaiser, lleva mucha razón Schumpeter al registrar que, sin embargo, la ideología dominante en esa área que comentamos de la economía académica ha sido la escuela histórica, es decir, una escuela que, vista al menos con perspectiva de hoy, es una escuela socializante e incluso militantemente socialista y que además, en el momento del estallido de la crisis europea a raíz de la Primera Guerra Mundial, da de sí también, sin embargo, aparte de un socialismo o una socialdemocracia conservadora cuyas consecuencias conocemos hoy en Alemania, de ahí vienen directamente una extrema izquierda, con figuras como Bauer o Adler, que protagonizan acciones bastantes revolucionarias.

Contar estas cosas, que al final del tema recogeré, tiene para mí la intención de demostrar lo complicado que son los caminos ideológicos y hasta qué punto son falsas las simplificaciones que siempre adscriben sin vacilar determinados pensamientos metodológicos a determinadas actitudes políticas.

Gastemos unos minutos en la disputa célebre del método que tiene la siguiente historia.

En 1883 [Carl] Menger, éste sí que seguro ha salido muchas veces en la carrera, publica sus Investigaciones sobre del método de las ciencias sociales y de la economía política en particular. Ese año de 1883, que no sé si he citado ya alguna vez, no sé si he comentado ya en clase la cantidad de cosas que se acumulan en 1883, que es un año para recordar en la historia de las ciencias sociales, y del pensamiento económico en particular. Es el año de la muerte de Marx; de la aparición del libro de Menger que inicia la polémica del método, la disputa del método en la economía, el libro que acabo de citar; de la aparición de la Introducción a las ciencias del espíritu de Dilthey, que es el principal monumento de pensamiento historicista en filosofía, y de la Historia de la mecánica, de Mach, que son los comienzos del neopositivismo. Todo junto, pero, como he comentado más de una vez, sin mezclarse. Es bastante evidente que ninguno de estos acontecimientos ha tenido ninguna repercusión en los otros. Quiero decir, que Menger no ha tenido ni recuerdo de Marx, ni ha sabido quien era Marx. No así los de la escuela histórica. Schmoller, Sombart y otros autores de la escuela histórica sí que saben quien es Marx y lo conocen y polemizan con él. Dilthey tampoco. Que yo recuerde en toda la descomunal obra de Dilthey no hay una sola cita de Marx. La hay en otros autores de la escuela de Dilthey, Rickert, pero en Dilthey mismo yo no recuerdo. Puede habérseme pasado, seguro, pero en todo caso no tendrá mucha relevancia.

Lo que es una curiosa diferencia con la época en que vivimos. Hoy sería inimaginable que aparecieran simultáneamente en un año el libro de Mach, el de Menger y el de Dilthey y no aparecieran en el suplemento de cualquier periódico juntos, o, por lo menos, en suplementos sucesivos. Pero todavía hace un siglo, porque de 1883 hace un siglo incompleto[1982], la vida europea era tan diferente de lo que es hoy como para que cosas así, de tanta influencia posterior, pudieran producirse en incompleta comunicación unas con otras.

El libro de Menger es entonces de 1883, y casi inmediatamente, en el Anuario de la escuela histórica, Schmoller publica una crítica muy negativa del libro calificándolo de puro juego formal, de ajedrez, de inutilidad para la interpretación de la vida social. Mientras que el libro de Menger no contiene ningún ataque, críticas sí pero más bien implícitas, no contiene ninguna polémica directa con la escuela histórica, es una exposición al estilo de [Edward] Gibbon, de la teoría económica de la época, sin partes polémicas importantes. La respuesta de Schmoller es, en cambio, pura polémica. Entonces Menger contesta ya polémicamente en 1884 con un libro corto, un libro de 180 páginas titulado Los errores del historicismo en la economía nacional alemana. Aparecen en este segundo libro de Menger prácticamente la mayoría de los argumentos que hoy conocemos como argumentos en favor de la economía positiva, a saber: operatividad, predictibilidad, inoperancia, para cuestiones de política económica quiere decirse, del tratamiento sociológico. Prácticamente todas las menciones están ahí. Menger ha sido un hombre muy agudo y que se ha anticipado mucho a motivaciones posteriores…

1 Recordemos la definición dada por el autor (p. 245): «liberismo (o liberalismo económico): orientación teórica que se opone a las políticas activas del Estado y que ve en el mercado el instrumento más idóneo para la armonización de los diferentes objetivos individuales«. Ni que decir tiene que la teoría o doctrina se ha tambaleado, pero permanece en pie de guerra, tras la irrupción volcánica de esta crisis de largo alcance e impredecible duración.

2 Un documentado y original estudio de David Casassas del pensamiento de Adam Smith está en puertas de ser editado por El Viejo Topo, con prólogo de Toni Domènech.

3 No es fácil aquilatar la fuerza de este curioso argumento smithiano que más bien parece justificación a posteriori de un estado de cosas que uno considera aceptable, justo y/o razonable y para el que busca, digamos, una explicación satisfactoria, en el supuesto, no inmediato, que la apelación a una «mano invisible» sea explicación de algo.

4 Palermo señala en nota una aclaración terminológica de interés: en su ensayo, el uso de los dos términos (marxiano y marxista) se refiere, respectivamente, a las contribuciones de Marx (pensamiento marxiano) y a la tradición del pensamiento económico-filosófico que se inspira en su obra (marxista).

5 Palermo recuerda que el uso del cálculo diferencial como instrumento por excelencia de resolución de los problemas económicos fue desarrollado en exclusiva por la escuela neoclásica, mientras la escuela austríaca rechaza estos instrumentos y mantiene una posición crítica sobre el formalismo matemático. Desde este punto de vista, siguiendo a Schumpeter, sería más correcto hablar de «revolución subjetivista», no de «revolución marginalista».

6 Véase: M. Sacristán, Sobre dialéctica. Barcelona, El Viejo Topo, 2009.