En las últimas décadas, uno de los logros centrales de los movimientos de mujeres ha sido cuestionar la división tradicional de roles de género y luchar por una presencia igualitaria en la vida social, económica y política. En muchas sociedades las mujeres han entrado en las universidades y en el mercado laboral, han ganado presencia en la vida cultural y política y, en algunos casos, han llegado a los niveles más altos del poder político, económico y militar.
Estas transformaciones son reales y no pueden despacharse sin más. El derecho a la educación, al empleo, a la independencia económica, a elegir pareja, a controlar el propio cuerpo y a participar políticamente no son logros que puedan descartarse con la etiqueta de «feminismo burgués» o «feminismo liberal».
Pero el capitalismo contemporáneo tiene otro rasgo importante: una capacidad notable para absorber y resignificar las demandas emancipatorias. Un sistema que se beneficia de la desigualdad de género y de la explotación del trabajo femenino ya no necesita hablarle a las mujeres en el lenguaje tradicional del patriarcado. Puede hablar el lenguaje de la independencia, la confianza, la elección, el empoderamiento y la libertad — y al mismo tiempo convertir esos mismos conceptos en mercancías, estilos de vida e instrumentos de acumulación de capital.
A la mujer de hoy ya no se le pide simplemente obediencia, dedicación al hogar y dependencia de un hombre. Se espera que sea independiente, que trabaje, que sea bella, joven, dueña de su cuerpo, atractiva, segura de sí misma, exitosa — y, si es posible, que llegue también a la cima de la estructura de poder. En la superficie, todo esto parece libertad. Pero la pregunta esencial es: ¿quién se beneficia de esta nueva imagen de mujer, y dentro de qué estructura económica y social se realiza en verdad esa libertad?
Este ensayo no es un alegato contra la libertad sexual, la presencia social de las mujeres o su acceso al poder. Su argumento es otro: la feminización de las estructuras de poder existentes no debe confundirse con la liberación de las mujeres, y ninguna imagen de mujer poderosa debería contarse automáticamente como una victoria feminista por el solo hecho de tratarse de una mujer. El capitalismo contemporáneo es capaz de convertir en mercancía tanto el cuerpo femenino como el propio lenguaje de la liberación. Estos dos procesos parecen opuestos, pero en un nivel más profundo pueden ser dos caras de una misma lógica: convertir la vida, el cuerpo, la identidad y hasta el ideal mismo de liberación en objetos de acumulación.
Del patriarcado tradicional al control de mercado
Bajo el orden patriarcal tradicional, el cuerpo de la mujer era controlado sobre todo por la familia, la religión, la ley y los hombres. Se esperaba de ella modestia, obediencia, castidad y disposición para roles fijos dentro de la familia; la belleza misma se definía en gran medida en el marco del matrimonio y del deseo del marido. Este orden no debe reducirse a un simple reflejo de necesidades económicas: el patriarcado precapitalista tuvo su propia lógica disciplinaria, religiosa y simbólica, anterior al capitalismo y no explicable solo por la economía política. Lo que hizo el capitalismo no fue inventar el control sobre el cuerpo femenino, sino absorber ese control dentro de la lógica del mercado y reproducirlo con nuevos instrumentos.
El capitalismo moderno sí transformó parte del orden patriarcal tradicional. Las mujeres salieron del hogar, entraron en las escuelas, las universidades y el mercado laboral, y cuestionaron numerosas restricciones tradicionales sobre la vestimenta, las relaciones y la presencia pública. Pero el fin de una forma de dominación no equivale necesariamente al fin de la dominación como tal. El mercado puede imponer al cuerpo un tipo distinto de disciplina. El cuerpo de la mujer ya no es vigilado solo por la familia y el esposo; el mercado, los medios, la industria cultural y hoy también el algoritmo participan en definir su valor y su deseabilidad.
Se espera de la mujer moderna que administre su cuerpo: que se mantenga joven, que sea delgada pero no demasiado, tonificada pero no tan musculosa como para apartarse del ideal femenino deseado. En apariencia, se trata de decisiones individuales. Pero cuando un mismo estándar de belleza se repite a gran escala y de manera continua —a través de la publicidad, el cine, la música, las redes sociales y la industria de la moda— ya no puede entenderse simplemente como una suma de decisiones individuales independientes. El mercado no inventó el deseo de belleza; los seres humanos siempre se han ocupado de su cuerpo. Lo que hace el capitalismo contemporáneo es distinto: estandariza la belleza, la cuantifica, fabrica una sensación de insuficiencia y luego vende los productos que prometen resolverla.
El cuerpo como proyecto sin fin
Un rasgo de la cultura capitalista contemporánea es la transformación del cuerpo en un proyecto permanente. Cada nuevo estándar puede abrir un nuevo mercado: cosmética, dietas, fármacos para adelgazar, gimnasios, clínicas estéticas, cirugía plástica y la industria de la moda se alimentan todos de la brecha entre el cuerpo que se tiene y el cuerpo que se nos dice que debemos desear. El cuerpo deja de ser simplemente algo que la mujer habita para convertirse en un proyecto sobre el que debe trabajar sin descanso. Ese proyecto no tiene fin, porque el mercado no puede sostenerse si todo el mundo alcanza un mismo estándar fijo: el estándar tiene que seguir cambiando. La cuestión aquí no es la belleza en sí misma, sino la economía política de la insatisfacción corporal.
De la mirada masculina a la mirada algorítmica
El feminismo clásico, con el concepto de «mirada masculina», mostró que en la cultura visual las mujeres suelen representarse no como sujetos independientes sino como objetos de la mirada y el deseo masculinos. El capitalismo digital ha complicado esa relación: hoy no es solo el director o el publicista quien decide qué cuerpo se ve, sino también el algoritmo. Una imagen más vista se reproduce más; la atención misma se ha vuelto mercancía, y el cuerpo puede pasar a formar parte de una economía de la atención.
Pero esta relación no va en una sola dirección. El algoritmo no es simplemente una herramienta impuesta desde arriba sobre la usuaria; en buena medida también refleja las elecciones, reacciones e incluso los deseos contradictorios de las propias usuarias —incluidas las mujeres—. Una mujer que crea una imagen, que el algoritmo luego amplifica, está a la vez moldeando ese ciclo y siendo moldeada por él: contribuye a entrenar el gusto del sistema al mismo tiempo que su propio gusto es entrenado por él. Esta dialéctica hace que el espacio de las redes sociales sea más complejo que una simple relación entre observador y objeto.
En este proceso ocurre algo significativo: en lugar de ser meramente objeto de la mirada de otro, la mujer puede convertirse en gestora y comercializadora de su propia imagen corporal. Aprende a construir esa imagen, a exhibir su cuerpo, a mostrarse más atractiva, y a convertir esa atracción en capital social o económico. Esto no implica necesariamente ausencia de agencia. Una mujer que exhibe su cuerpo puede disfrutarlo genuinamente, sentirse empoderada por ello, o vivirlo como una elección libre —y la crítica feminista no debería negar esa agencia—. Pero la agencia individual no significa ausencia de estructura: que alguien elija libremente no implica que esa elección se haya formado en un vacío social, cultural y económico.
Placer y estructura: una tensión sin resolver
Estas dos afirmaciones —que la agencia es real, y que la agencia no se forma en el vacío— no deberían ordenarse de modo que la segunda silencie a la primera. Una mujer que disfruta exhibiendo su cuerpo, que obtiene ingresos de ello y que lo vive como algo liberador no está necesariamente engañada ni equivocada. Puede tener, al mismo tiempo, una experiencia genuinamente placentera y trabajar dentro de una estructura que convierte el valor de ese placer en mercancía; ambos hechos no se anulan entre sí, conviven en tensión.
Si la crítica estructural disuelve por completo el «placer» en el «engaño del capital», cae en el mismo reduccionismo que le reprocha al feminismo de mercado, solo que a la inversa: niega la agencia en lugar de negar la estructura. Buena parte de la vida real de las mujeres transcurre precisamente en ese espacio contradictorio: ni liberación pura ni engaño puro, sino una acción que se apoya en los recursos limitados disponibles y que al mismo tiempo reproduce la estructura que limita esos recursos. La tarea del feminismo radical no es disolver esta tensión, sino verla, sin usarla para excusar la estructura ni para negar la experiencia individual.
¿Libertad sexual o mercantilización de la sexualidad?
Hay que distinguir entre libertad sexual y mercantilización de la sexualidad. Que las mujeres tengan derecho a decidir sobre su cuerpo y sus relaciones sexuales es una parte fundamental de la libertad humana. Pero cuando la cultura comercial convierte el atractivo sexual de una mujer en la condición para ser vista, para el éxito y para las ventas, estamos ante otra cosa. El problema no es la desnudez ni la exhibición del cuerpo sexual como tal. El problema comienza cuando el cuerpo sexualizado se convierte en instrumento para producir valor económico y atención, y ese proceso se presenta luego como liberación.
Hay además una ironía: la misma cultura que invita a las mujeres a exhibir su atractivo sexual puede, simultáneamente, orientarlas hacia el amor romántico, la pareja «correcta» y la felicidad doméstica. La superficie del relato cambia, pero la exigencia social subyacente puede seguir siendo la misma. Ya no se le dice necesariamente a una mujer «debes ser una buena esposa». Se le dice: sé bella, sé atractiva, sé exitosa, sé deseable y, al final, sé elegida. Esta nueva exigencia parece más libre, pero puede seguir definiendo el valor de una mujer a través de la mirada de otro.
Feminismo de mercado: cuando la liberación se vende
El capitalismo tiene una notable capacidad para absorber el lenguaje de la protesta. «La confianza de las mujeres» puede convertirse en eslogan de marca; «el poder femenino», en tema de una campaña publicitaria; «el amor propio», en gancho para vender cosméticos; «el empoderamiento femenino», en la comercialización de un estilo de vida consumista. Incluso el cuerpo femenino puede ser, a la vez, símbolo de libertad y mercancía de mercado. En estas condiciones, la línea entre liberación y consumo se vuelve muy delgada.
Esto no significa que el feminismo liberal no haya logrado nada: las luchas por el voto, la educación, el empleo y la independencia económica han sido reales e históricas. El problema está en otro lugar: el capitalismo puede vaciar parte de esos logros de su contenido social y colectivo y traducirlos al lenguaje del consumo y el éxito individual. En esa situación, en vez de liberarse de la exigencia de ser bella, la mujer puede simplemente recibir de vuelta la responsabilidad de serlo. La sociedad ya no dice necesariamente «debes ser bella». Dice: «si no eres bella, es tu propia responsabilidad, y además te hemos dado los medios para solucionarlo». Ese es precisamente el punto en que la libertad individual puede convertirse en una nueva forma de obligación.
La mujer exitosa: ¿quién, y para quién?
La mercantilización del feminismo no se limita al cuerpo y a la belleza. Una de sus formas más importantes es tratar la presencia de mujeres en las estructuras de poder como la medida principal del progreso femenino. Que una mujer llegue a ser piloto de combate o comandante militar no es insignificante como ruptura del monopolio histórico masculino sobre esos puestos. Pero hay que dar un paso más y hacer una pregunta política y de clase: ¿qué política representa esa mujer?
El género de quien ejerce el poder importa, pero importa más el contenido de ese poder. Si una mujer dirige una empresa que contrata trabajadoras con salarios bajos, su género no vuelve feminista esa explotación. Si una política aplica medidas de austeridad que trasladan a las familias —y sobre todo a las mujeres— la carga del cuidado de niños y ancianos, que sea mujer no basta para llamar a esa política una victoria de las mujeres. Romper un monopolio masculino no es lo mismo que cambiar la naturaleza del poder.
De Thatcher a la mujer al mando
Margaret Thatcher es un ejemplo histórico claro de esta contradicción. Al llegar al cargo político más alto de Gran Bretaña, Thatcher rompió una barrera de género históricamente real; ese hecho no puede negarse. Pero que fuera mujer no volvió feminista la política económica y de clase de su gobierno. Las privatizaciones, el debilitamiento de los sindicatos y los recortes en servicios sociales no pierden su carácter de clase por el solo hecho de que cambie el género de quien los aplica.
La misma lógica se aplica a la presencia de mujeres en instituciones militares. Una mujer piloto de combate, al entrar en una institución que antes era enteramente masculina, puede romper una barrera genuina. Pero si ese mismo avión se usa para lanzar bombas, el género de la piloto no cambia la naturaleza de la bomba. La feminización de la imagen pública de una institución militar no cambia la naturaleza de la guerra. Esto no niega la capacidad de las mujeres; distingue entre liberación de género y legitimación de una estructura de poder.
Igualdad arriba, desigualdad abajo
El feminismo liberal suele medir el progreso de las mujeres por su presencia en las instituciones de poder existentes: cuántas mujeres hay en el parlamento, cuántas son directoras ejecutivas, cuántas son ministras. Estos indicadores no carecen de importancia. Pero si todo el sentido de la igualdad se reduce a «cuántas mujeres hay arriba», la estructura de poder misma escapa a la crítica: la pregunta deja de ser cómo se organiza el poder y a quién beneficia, para convertirse simplemente en cuántas mujeres se sientan dentro de él. Una sociedad puede tener muchas gerentas y ministras y seguir explotando a las trabajadoras, a las mujeres migrantes y a las mujeres de la economía informal.
Hay que distinguir entre dos conceptos: el acceso igualitario al poder y el cambio en las relaciones de poder. El primero puede darse sin el segundo.
Esto importa aún más en la política exterior y el militarismo. Los Estados y los ejércitos pueden usar la presencia de mujeres para renovar su propia imagen; la figura de una piloto o una comandante puede dar a una institución militar un rostro moderno, incluso feminista. Las grandes corporaciones pueden usar igualmente la imagen de una ejecutiva para proyectar diversidad, mientras en la base de esa misma cadena de suministro las trabajadoras cobran salarios bajos bajo contratos precarios. La presencia de una mujer en la cima de una jerarquía puede ser, a la vez, un logro individual genuino y, a nivel estructural, una contribución a la legitimidad de esa misma jerarquía. Esta contradicción hay que verla, no resolverla borrando alguno de sus dos lados.
¿Qué mujeres?
Un problema serio de cualquier feminismo que trate a «la mujer» como una categoría única y unificada es que pasa por alto las diferencias de clase entre mujeres. Una mujer con recursos puede contratar a alguien para cuidar a su hijo o a un familiar mayor; una mujer trabajadora que se sostiene con su propio trabajo puede ser, al mismo tiempo, responsable de ese mismo cuidado. Una ejecutiva puede, con ayuda de servicio doméstico pagado, liberar más tiempo para su carrera profesional, mientras otra mujer realiza precisamente el trabajo de cuidado que hace posible el éxito de la primera.
La pregunta clave es: ¿quién paga la liberación de quién? Si la independencia de una mujer en el mercado laboral solo es posible trasladando el trabajo de cuidado a otra mujer —generalmente más pobre o migrante—, entonces no estamos ante una liberación plena sino ante un desplazamiento de los costos de la reproducción social. Las mujeres no son una sola clase; el género está entrelazado con la clase, la posición económica, la migración, la nacionalidad y el lugar de cada sociedad en la división internacional del trabajo.
Tres formas de mercantilización: el cuerpo, la liberación y el poder
En conjunto, estos procesos apuntan a tres dinámicas relacionadas. Primero, la mercantilización del cuerpo: el cuerpo femenino es absorbido por los mercados de la belleza, la moda y la atención. Segundo, la mercantilización de la liberación: la independencia, la confianza y el empoderamiento son despojados de su contexto colectivo y político y convertidos en estilo de vida. Tercero, la legitimación de género del poder: la presencia de mujeres en la cima de empresas, Estados y ejércitos puede leerse como señal de progreso incluso cuando las relaciones económicas y políticas de esas estructuras no han cambiado en absoluto. Estos tres procesos no son independientes entre sí. El capitalismo contemporáneo puede vender no solo el cuerpo femenino, sino la imagen de la mujer libre — e incluso la imagen de la mujer poderosa.
El capitalismo ya no dice «no seas libre»
Aquí llegamos a la contradicción central. El capitalismo contemporáneo ya no es necesariamente el enemigo declarado de la libertad de las mujeres. Puede hablar el lenguaje de esa libertad, presentar a la mujer fuerte como modelo de éxito, mostrar el cuerpo femenino como símbolo de libertad sexual — y al mismo tiempo lucrar con el trabajo barato de las mujeres, el trabajo de cuidado no remunerado y el consumo generizado. El sistema ya no dice necesariamente «no seas libre». Dice: «sé libre, pero compra tu libertad en el mercado». La confianza necesita un producto. La belleza necesita un producto. La independencia puede convertirse en un estilo de vida comprable. Incluso la liberación puede volverse mercancía.
De la mujer exitosa a las mujeres libres
El criterio feminista no puede ser simplemente si una mujer determinada ha llegado al poder. La pregunta debería ser otra: ¿tienen las trabajadoras estabilidad laboral? ¿Se reconoce socialmente el trabajo de cuidado? ¿Se ha liberado el cuerpo femenino de su condición de mercancía? ¿Pueden las mujeres vivir sin miedo a la violencia? Y, sobre todo: ¿las mujeres simplemente han entrado en la estructura de poder existente, o esa estructura misma ha cambiado? Estas dos preguntas no son la misma.
¿Liberación de las mujeres o feminización del capitalismo?
La cuestión feminista de hoy no es que las mujeres se hayan vuelto demasiado presentes en el mercado, la política o los medios; su entrada en esos ámbitos ha sido parte de la lucha histórica por la liberación. El problema es que las mujeres han entrado en esos ámbitos en condiciones fijadas en gran medida por el capital y por las estructuras de poder existentes. Una mujer que debe invertir constantemente en su cuerpo para cumplir un estándar de belleza no es necesariamente más libre que una mujer a la que antes su familia le dictaba cómo vestirse. Que una mujer llegue a ser directora ejecutiva no significa necesariamente que represente los intereses de todas las mujeres. Una mujer que exhibe su cuerpo en un videoclip no es necesariamente una víctima — pero esa exhibición tampoco es necesariamente señal de liberación. Como hemos visto, ambas cosas pueden ser ciertas a la vez.
La realidad es más compleja que estas oposiciones simples. La liberación debe juzgarse no solo por la forma de una elección, sino por la estructura social dentro de la cual esa elección se produce. Si la estructura de explotación permanece intacta y solo cambia el género de quien gerencia, comanda o posee el capital —como vimos con Thatcher y con la piloto de combate— el resultado es igualdad de género a nivel de las élites, no liberación de las mujeres. Y si una mujer escapa de la mirada masculina solo para caer de inmediato bajo la mirada del mercado y del algoritmo, el problema no se ha resuelto: solo ha cambiado la forma del poder.
La tarea que enfrenta hoy un feminismo radical y consciente de clase no es volver al orden patriarcal tradicional ni rendirse ante un feminismo de mercado, consumista e individualista. La tarea es construir otro tipo de libertad: una en la que el cuerpo femenino no sea mercancía, la belleza no sea una obligación, el género no sea herramienta de venta, y la feminización de la cúpula de la pirámide de poder no se confunda con un cambio en las relaciones de poder. La liberación de las mujeres adquiere su sentido pleno cuando una mujer no solo puede entrar en la estructura de poder existente, sino participar en transformar esa estructura misma — y esa participación, como vimos a propósito del placer y la estructura, tampoco está libre de contradicciones; su punto de partida es verlas, no negar ninguno de sus dos lados.
De lo contrario, podemos estar ante algo que a primera vista parece una victoria del feminismo, pero que en el fondo es otra cosa: no la liberación de las mujeres, sino la feminización del capitalismo.
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