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Danos hoy nuestro delito de cada día

Fuentes: L’Espresso

Traducido para Rebelión por Gorka Larrabeiti

Sostengo que si el huracán que ha destruido Nueva Orleans no hubiese encontrado una tierra excavada, nivelada, dragada, deforestada, saqueada, sus efectos habrían sido menos nefastos. Creo que, en esto, estamos todos de acuerdo. Sin embargo, el debate empieza al considerar si un huracán por aquí y un tsunami por allá pueden deberse al calentamiento del planeta. Antes de nada pongo en claro que, aun sin detentar un saber científico al respecto, estoy convencido de que la alteración de muchas condiciones medioambientales provoca fenómenos que no habrían sucedido si nos hubiéramos tomado más en serio el destino del planeta, de ahí que esté a favor del protocolo de Kyoto. Pero considero que tornados, ciclones y tifones ha habido siempre, o de lo contrario no habríamos tenido bellas páginas de Conrad o películas celebérrimas dedicadas a estos desastres.

Me figuro, pues, que, en los siglos pasados, habrá habido cataclismos tremendos, con decenas de millares de muertos, quizá acaecidos en la misma (estrechísima) distancia de tiempo transcurrida entre el tsunami asiático y el Katrina americano. De algunos de ellos, hemos oído hablar, de unos pocos nació hasta una literatura, como en los casos de los terremotos de Pompeya o Lisboa, de otros circularon noticias imprecisas y terroríficas, como la erupción del Krakatoa, pero, en definitiva, creo lícito suponer que decenas, centenares de cataclismos han segado la vida de costas y poblaciones lejanas mientras nosotros nos ocupábamos de otros menesteres. Sucede, por tanto, que en el mudo globalizado, la rapidez de la información nos hace tener conocimiento (inmediato) de cualquier evento trágico ocurrido incluso en el ángulo más remoto del globo, y tenemos la impresión de que hoy día hay más cataclismos que antes.

Por ejemplo, creo que un espectador medio de la televisión se pregunta qué virus misterioso será ese que hace que tantas madres anden matando a sus niños. Y aquí es difícil acusar al agujero de ozono. En el fondo, debe haber algo más. De hecho, lo hay, pero encima, en la superficie; vamos, que ni es secreto ni está escondido. Y es que el infanticidio ha sido siempre, a lo largo de los siglos, un deporte bastante practicado. Ya los griegos iban al teatro a llorar con Medea quien, como se sabe, a sus hijos los había matado hace milenios, y sólo por hacerle un feo a su marido. No obstante, y válganos esto de consuelo, de seis mil millones de habitantes del planeta, las madres asesinas han sido siempre un porcentaje de muchos ceros por delante. Así pues, tratemos de no mirar con sospecha a todas las señoras que pasen por delante con un cochecito.

Y sin embargo, si se ve un telediario nuestro, se tiene la impresión de que vivimos en un círculo infernal en el que no sólo las madres matan un niño al día, sino que los adolescentes disparan, los extracomunitarios roban, los pastores cortan orejas, los padres tumban a escopetazos a toda la familia, los sádicos inyectan lejía en las botellas de agua mineral, los sobrinos cariñosos rebanan a sus tíos. Naturalmente es todo cierto, pero todo es estadísticamente normal, y nadie, naturalmente, se acuerda de los años felices y pacíficos de la posguerra cuando la máquina jabonadora cocía a los vecinos de casa, Rina Fort partía a martillazos las cabezas de los hijitos de su amante, y la condesa Bellentani alteraba las cenas vip a golpe de revólver.

Ahora, si bien es «casi» normal que, de vez en cuando, una madre mate a su propio hijo, es menos normal que muchos americanos e iraquíes salten todos los días por los aires. Y sin embargo, de los niños muertos sabemos todo, pero del número de muertos adultos, poquísimo. El caso es que los periódicos serios, primero dedican algunas páginas a los problemas de la política, de la economía, de la cultura, otras a la Bolsa, a los anuncios económicos y a las necrológicas, que constituían la lectura apasionada de nuestras abuelas, y después, excepto casos verdaderamente enormes, dedican a la crónica negra sólo algunas páginas internas. Es más: antes se ocupaban más someramente que hoy, hasta tal punto que los lectores sedientos de sangre tenían que comprarse publicaciones especializadas como «Crimen» -así como, recordémoslo, dejaban el cotilleo televisivo a las revistitas ilustradas que se encontraban en la peluquería.

En cambio, ahora nuestros telediarios, después de las noticias debidas a las guerras, matanzas, ataques terroristas y otras de ese calibre, después de algunas indiscreciones prudentes sobre la actualidad política, pero sin asustar demasiado a los espectadores, comienzan la secuela de los crímenes, matri-sóror-úxor-fratri-patri-infanti-cidios, desvalijamientos, atracos, tiroteos, y -para que nada le falte al espectador- cada día parece que las puertas de las cataratas del cielo se han abierto de par en par sobre nuestras regiones y llueve como jamás había llovido, y que, comparando, el diluvio universal no fue sino un incidente hidráulico.

Hay en el fondo, o mejor dicho, encima, algo. La cosa es que, no queriendo comprometerse con noticias políticamente y económicamente peligrosas, los directores de nuestros TeleNiágaras se han inclinado por la opción-Crimen. Una bonita secuencia de cabezas cortadas amansa a la gente y no le mete ideas malas en la cabeza.

http://www.espressonline.it/eol/free/jsp/detail.jsp?m1s=o&idCategory=4817&idContent=1114440