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De arrancado a diseñador de alta costura

Fuentes: Rebelión

Cristóbal Guzmán estaba más varado que perro en orfanato de pobres. Compartían su desgracia, la esposa y tres hijos que comían más que garlopa en madera de otobo. Circasia por aquellos tiempos no producía el café de siempre y, de su finca, lo único que conservaba eran las deudas y un viejo jeep Willis. «De […]

Cristóbal Guzmán estaba más varado que perro en orfanato de pobres. Compartían su desgracia, la esposa y tres hijos que comían más que garlopa en madera de otobo. Circasia por aquellos tiempos no producía el café de siempre y, de su finca, lo único que conservaba eran las deudas y un viejo jeep Willis. «De hambre no nos vamos a morir«, le dijo resuelto a su mujer, y esa misma mañana –ante la incredulidad de ella y la felicidad de los muchachos–, vendió el carro, pagó las deudas, contrató un camión de trasteos y se trasladó a Cali. Todo en cuestión de horas. Era la década del setenta.

«¿Y qué hacemos ahora, morirnos de hambre?», le preguntó la mujer, atónita. Se habían instalado en un barrio del centro. «Vos no parecés paisa, eh que vaina por Dios santísimo. Vas a ver que aquí si nos vamos a levantar…«, se quejó. Esa tarde rememoró las enseñanzas de su padre, un sastre tradicional de Armenia. Se le encendió el bombillo, contrató con los dos únicos periódicos de la ciudad anuncios que titulaban a tres columnas: «Prestigioso diseñador de alta costura visita la ciudad. Formado en París, anunció que impartirá clases. Cristóbal de las Casas solo estará dos meses con nosotros«. Acto seguido convino la elaboración de volantes en una litografía de San Nicolás. También allí timbró unos certificados en español e italiano que iniciaban así: «Accademia di moda»

Repartieron la publicidad con su esposa en el centro, junto a los almacenes y cacharrerías. Anunciaban en qué dirección tendrían las clases, a un precio módico, con el plus de que incluía enseñanza con lo último de la moda de París. Y aunque era sastre, entrenado por una costurera se le midió a enseñar de todo. Sobra decir que los interesados hacían fila para inscribirse. Era todo un acontecimiento colgar el diploma de la «Accademia di moda«, impartido por Cristóbal quien se cambió el apellido de Guzmán por el De las Casas para sonar más aristocrático.

Consiguió plata. Con su hablado enredado para ganar credibilidad, y haciendo remembranza de los sitios que había visitado en Francia para aprender-los cuales se grabó de memoria tras leerse un atlas mundial de tapa a tapa–, el bendito Cristóbal De las Casas vivió del cuento por más de diez años. Se jubiló anticipadamente. Vive con su esposa en un barrio de clase media de la ciudad. Y a no ser que me hubiese mostrado los recortes de prensa y las hojas volantes que repartía, hubiera creído que me estaba echando cuento. Definitivamente para mí fue un honor tomarme un tinto con Cristóbal De las Casas, aunque tuve que decirle: «No hable enredado que usted ya lleva muchos años acá y habla con el acento de vallecaucano

 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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