Compartimos un extracto del libro ‘¿Demasiado feminismo? La política feminista entre el Estado, el activismo y la batalla cultural de la derecha radical’ (Siglo XXI Editores, 2025) de la periodista argentina Agustina Paz Frontera.
Antifeminismo y proyecto popular
El movimiento antigénero es global, pero se encarna en cada territorio en función de los conflictos políticos idiosincrásicos. En la Argentina, por ejemplo, la cadena de correspondencias entre feminismo y kirchnerismo, construida desde lo narrativo y lo político, produjo un antifeminismo subsidiario del antikirchnerismo. Socialmente, se entiende que el feminismo es una política “zurda” y en los contextos tan polarizantes que atraviesan los países analizados es homologado a los partidos del centro hacia la izquierda, de modo que se construye un antifeminismo por contigüidad. Según nuestra lectura, los militantes de la extrema derecha son antifeministas por oponerse a cualquier cosa identificada con el enemigo a derrocar, sea este el peronismo, el PT, el socialismo o el comunismo. El odio al feminismo es subsidiario del odio a –y el fracaso de– los programas socialdemócratas, proyectos que abrazan o han abrazado el feminismo en sus narrativas y (de forma deficiente) en sus programas de gobierno.
En junio de 2024, en una entrevista con un medio internacional, Javier Milei dijo que “ama” ser el topo que destruye al Estado desde adentro. Y, relamiéndose, agregó: “Es como estar infiltrado en las filas enemigas. La reforma del Estado la tiene que hacer alguien que odie el Estado”. Aunque las derechas contemporáneas se presentan como aborrecedoras del Estado en general, en realidad el núcleo del proyecto de líderes como Milei, Bukele o Bolsonaro es una crítica feroz al Estado socialdemócrata y la noción de justicia social. El presidente de El Salvador Nayib Bukele, por citar un ejemplo extremo, lejos de “destruir el Estado por dentro”, propuso fortalecerlo en su fase represiva. La corrosión del Estado, o su reducción al mínimo, el minarquismo, son en rigor eufemismos para no nombrar un intento articulado de restaurar un proyecto económico y social donde son los ricos haciéndose más ricos los que van a salvar el mundo. A la aversión al Estado se suma la aversión a quienes trabajan en él, sea como funcionarios, empleados o en organizaciones populares que articulan con él. La disociación de la sociedad con el Estado, que tanto fomentan Milei y sus análogos, es una fractura que lleva décadas cocinándose.
Los rastros o las huellas que han dejado en el Estado los proyectos tanto socialdemócratas como populares van siendo dinamitados uno a uno cuando llegan al poder las nuevas derechas radicales, que juegan a la democracia liberal mientras la socavan. En términos de institucionalidad de género, usan las facultades que otorga la democracia (excediendo muchas veces sus límites) para deconstruir los rasgos feministas del Estado, o, invirtiendo los términos, para reconstruir sus rasgos patriarcales. La complejidad de nuestro presente desde la mirada de la política feminista es que, en simultáneo con esta arremetida global y local contra las políticas de igualdad, incluso sectores del centro hacia la izquierda perciben a estas políticas como desconectadas del sentir y las necesidades del pueblo: “meramente simbólicas”, “de minorías”, “identitarias”, como vimos en el capítulo 2.
En 2016, tras el impeachment de la expresidenta Dilma
Rousseff, durante el gobierno de Michel Temer, el Ministerio de las Mujeres, la
Igualdad Racial y los Derechos Humanos creado por Rousseff fue reducido a una
secretaría subordinada al Ministerio de Justicia. Luego, durante el gobierno de
Bolsonaro (2019-2022), la estructura fue reducida todavía más, y se transformó
en una secretaría dentro del Ministerio de la Mujer, la
Familia y los Derechos Humanos, liderado por Damares Alves con un enfoque
ultrarreligioso y por completo diferente al de las gestiones anteriores. El
trabajo paciente y perseverante de la derecha antigénero fue destruyendo la
institucionalidad de género y, al mismo tiempo, construyó en torno a ella una
narrativa de insolvencia, elitismo e inmoralidad.
Respecto al elitismo y la impopularidad de las políticas de derechos humanos, y dentro de ellas las de género, encontramos las nociones de “oficialización de un punto de vista” y de “reforma cultural impuesta desde arriba” (Semán, 2023), aplicadas al análisis del gobierno del Frente de Todos en la Argentina, que nos llevan a pensar en la desconexión entre los programas y narrativas de derechos humanos, justicia social y justicia de género del Estado en relación con las preocupaciones y la construcción de la idea de justicia desde el campo popular. Varias entrevistadas han señalado un desacople entre lo que discuten las políticas de género en las universidades, las ONG y los espacios propios de género en el Estado y lo que viven y conversan las mujeres de las barriadas populares. El aborto o las políticas identitarias son los ejemplos citados que explicarían ese desacople.
¿Lo que ocurrió en el Cono Sur en las oleadas de institucionalización de género fue efectivamente la oficialización de un punto de vista feminista de militantes devenidas funcionarias? ¿Hubo o hay un forzamiento y una exageración de la representatividad de esta cosmovisión? En otras palabras: ¿es o ha sido “demasiado”?
Suponer que la mirada de género fue construida de arriba hacia abajo en los últimos diez años y que no se trató de una legítima reforma cultural “por abajo”, que convive –aun en sus contradicciones– con un neoliberalismo también “por abajo”, es silenciar o bajarle el volumen a la construcción popular de organizaciones feministas y de mujeres que crecieron al calor de la resistencia a las dictaduras, las transiciones democráticas, la crisis neoliberal desde los años noventa, las olas progresistas y populares de los dos mil, el ciclo NUM y, también, los estallidos callejeros y digitales, como el propio NUM o la Marea Verde.
Los retrocesos de referentes progresistas, populares o de izquierdas, antaño aliados a las causas feministas, podrían explicarse por un lento proceso de desprestigio del feminismo. Es como si algunos políticos y militantes populares hubieran olvidado todo el proceso de construcción política popular de los feminismos y miraran las políticas de género, duramente conquistadas, con extrañeza. “¿Y esto cómo llegó aquí?”. Una amnesia muy conveniente.
Suponer que el feminismo no “merece” un ministerio o que ha ido ya demasiado lejos en el poder solo se explica por esta súbita amnesia antigénero desde el campo democrático y popular. Más que de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba, la construcción de un sentido común feminista (hoy amenazado) fue fruto de la interconexión entre actores institucionales, comunitarios y partidarios. Este entramado de organizaciones (OSC, medios de comunicación, escuelas y universidades) persiste a espaldas de referentes nacionales, populares y de izquierdas para quienes las mujeres –el feminismo o el género– están volviendo a su lugar natural: lo otro de lo público, el lugar de aquello que no es central. En ello coinciden diagonalmente con los referentes y militantes de derecha.
Fuente: https://www.pikaramagazine.com/2026/06/demasiado-feminismo/


