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La guerra de cuarta generación en Sudamérica ya comenzó

Días de batallas

Fuentes: Rebelión

¿Una guerra en Sudamérica? La idea espanta por lo terrible, pero también es difícil de imaginar ya que los habitantes de este lado del mundo no tenemos registro histórico relativamente reciente de lo que significa un enfrentamiento de ejércitos regulares. Salvo en el conflicto limítrofe entre Perú y Ecuador por la cordillera del Cóndor, en […]

¿Una guerra en Sudamérica? La idea espanta por lo terrible, pero también es difícil de imaginar ya que los habitantes de este lado del mundo no tenemos registro histórico relativamente reciente de lo que significa un enfrentamiento de ejércitos regulares. Salvo en el conflicto limítrofe entre Perú y Ecuador por la cordillera del Cóndor, en 1995 y la guerra de Malvinas, entre Argentina y el Reino Unido, en 1982, los ejércitos de la región sólo dispararon durante el siglo XX en la represión política interna, el extendido terrorismo de Estado.

En rigor, en estos días tampoco vale la pena imaginar lo que no sucederá. Es prácticamente imposible que esta escalada de tensión entre Ecuador, Colombia y Venezuela derive en un enfrentamiento militar extendido en el tiempo ya que no existe disputa territorial alguna. Es decir, no hay objetivo convencional para una guerra tradicional basada específicamente en la ocupación de territorio.
¿Para qué entonces los febriles cálculos de la prensa oligárquica de la región para comparar el potencial bélico de los tres países? Desde el New York Times en Estados Unidos hasta La Nación en la Argentina, se han dedicado a establecer cantidad de aviones, helicópteros, tropas y hasta submarinos en cada país en profusas infografías.
Avivan así la llama del conflicto, e instalan en la imaginación de los pueblos de la región la inminencia de un atroz -y por lo novedoso, aún más temido- enfrentamiento entre vecinos.
Tal reacción mediática es un elemento más de la guerra de cuarta generación que ya comenzó en la región, tal como consideró ayer el ministro de Interior de Venezuela, Ramón Rodríguez Chacín. «En mi criterio lo que ha ocurrido (en Ecuador) es una guerra de cuarta generación que ya empezó, esa guerra está en marcha», indicó el funcionario.
«Así como existía una Guerra Fría, sin que hubiesen declaraciones de guerra propiamente, así existe una guerra de cuarta generación que la potencia mundial imperialista, los Estados Unidos, le ha declarado a Venezuela», dijo el ministro Chacín en conferencia de prensa este martes en Caracas.
¿Qué es una guerra de cuarta generación? Es un concepto acuñado por militares de los Estados Unidos, del que muchos analistas sitúan su inicio histórico tras los atentados en Nueva York y Washington, el 11 de setiembre de 2001 y el posterior inicio por parte de George W. Bush de su «guerra antiterrorista».
Aunque es más amplio, el concepto de guerra de cuarta generación puede asociarse al de «guerra psicológica». Batallas que se resuelven sin fusiles, donde las grandes unidades militares se reemplazan por pequeñas «unidades mediáticas», que trabajan sobre los medios de comunicación de masas generando grandes operaciones de prensa buscando determinada reacción de las sociedades.
Cuentan con una ventaja central. A los grandes medios no hay que engañarlos o convencerlos. Son herramienta dócil, porque los intereses de sus dueños coinciden con los objetivos -especialmente los económicos- de las guerras psicológicas.
Estas operaciones de prensa no son difíciles de detectar en la coyuntura actual, tras la masacre en el campamento del líder de las FARC Raúl Reyes en territorio ecuatoriano, el sábado último.
Analicemos aquí una de esas operaciones: los computadores que -según las autoridades colombianas- pertenecían a Reyes y fueron incautados en el campamento bombardeado. La proposición «según» que aqui utilizamos, es apenas una palabra más en ríos de tinta, pero muy útil para no asumir como verdadera información que no se puede confirmar por fuentes diversas. A pesar de su sencillez, efectividad, «según» desapareció enseguida de las crónicas de la prensa participante de esta guerra psicológica.
Así, todo lo que el general colombiano Óscar Naranjo dijo que había «encontrado» en las computadoras pasó por cierto al instante. «Chávez entregó 300 millones de dólares a las FARC», decían el canal colombiano RCN (en Colombia hay quienes aseguran que la sigla responde a «Radio Casa Nariño», en referencia al palacio presidencial bogotano). El temerario titular fue generosamente replicado luego por «aliados» de RCN, como Globovisión en Venezuela y canales del poderoso Grupo Clarín de Buenos Aires, entre muchos otros de una larga lista.
Ninguno de estos medios se preguntó ni un instante por la verosimilitud de esta afirmación. Después, el diario «El Tiempo» (perteneciente a la familia del ministro de Defensa de Colombia), publicó en su página web los supuestos «documentos» de los supuestos «ordenadores» de Reyes. Allí, según lo que nos muestra el general colombiano Naranjo, se lee una cándida consulta de un miembro del secretariado de las FARC a sus pares: «Quién, adonde, cuándo y cómo recibimos los dólares y los guardamos».
El general Naranjo quiere que todos creamos que dirigentes de una guerrilla que en casi cincuenta años no recibió golpes importantes -entre otras cosas por sus recaudos en el manejo de sus comunicaciones- se preguntan por «los dólares» en cartas de las que quedan copias en ordenadores.
¿Que convierte en verosímil entonces un declaración que no resiste el menor análisis? El proceso por el cual los medios convierten en verdad incuestionable lo que no es más que versiones interesadas de uno de los actores.
En el mismo sentido apuntan otras iniciativas del gobierno de Colombia conocidas en las últimas horas, como la decisión de denunciar ante la Corte Penal Internacional al presidente de Venezuela Hugo Chávez por -dice Álvaro Uribe- apoyar a las FARC. Enseguida la decisión se convirtió en gran titular de los diarios, aunque juristas colombianos para nada cercanos a posiciones de izquierda alertaron que tal iniciativa era política y jurídicamente inviable.
Hasta el ex presidente colombiano Ernesto Samper, criticó el anuncio. «Yo creo que sería lo deseable que el gobierno eche para atrás la decisión, no sería aconsejable que Colombia termine judicializando todas las diferencias internacionales que se tengan», indicó. Según Samper, Uribe se comprometió este miércoles a revisar la decisión de denunciar a Chávez y aclaró que anunció la medida por sugerencia de su comisión asesora de relaciones exteriores.
Aquí, el mecanismo es el mismo que con el mágico ordenador que resiste bombardeos: aunque la denuncia finalmente ni siquiera se presente, ya se hizo la suficiente bulla con la oportuna amplificación de la prensa proclive. Las rectificaciones, cuando aparecen, van en letra chica.
Así, si la tensión cede en las próximas horas, habrá que saludar que no se haya llegado a un enfrentamiento que haga perder más vidas. Pero atención, son muchas las que ya se perdieron, como las 20 el sábado pasado en un paraje fronterizo de Ecuador, como los muertos durante el intento de golpe de Estado de 2002 en Venezuela, como las vidas perdidas en todas las acciones de una guerra para desestabilizar y borrar del mapa a los gobiernos revolucionarios, progresistas o transformadores de América del Sur. Una guerra que sigue viva, aunque no truenen los cañones.