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EEUU, Cuba y los derechos humanos

Fuentes: El Mundo

Nadie ha visto nunca del todo Ginebra sino algunos elementos visibles que la componen, un lago, un funcionario, un inmigrante… y en el suelo de los jardines de Naciones Unidas la pluma de un pavo real. Aunque no lo parezca, dice Hinkelammert, nadie ha visto todavía una escuela sino los elementos visibles que la componen, […]

Nadie ha visto nunca del todo Ginebra sino algunos elementos visibles que la componen, un lago, un funcionario, un inmigrante… y en el suelo de los jardines de Naciones Unidas la pluma de un pavo real. Aunque no lo parezca, dice Hinkelammert, nadie ha visto todavía una escuela sino los elementos visibles que la componen, el edificio, las sillas, las personas. Tampoco nadie ha visto del todo una Comisión de Derechos Humanos. Ha visto personas, micrófonos, un lugar donde reunirse. Pero las cosas que terminan de convertir a un territorio en ciudad, a un edificio en escuela, a una Comisión de Derechos Humanos en un conjunto representativo de un grupo más numeroso que la suma de sus miembros no las ha visto nadie. Son cosas como el sentido de pertenencia, el propósito de enseñar, la asunción de un deber de justicia.

Han pasado los años, la economía se ha desarrollado, dicen, lo visible en forma de automóvil o de pantalla de televisión ha prevalecido, dicen, sobre las ideas, los principios, sobre las relaciones entre las personas. Pero esta economía, desarrollada, dicen, no ha logrado acabar con la necesidad de cosas invisibles.Es de sobra conocida la práctica publicitaria que asocia valores a los objetos, los teléfonos móviles acerados, rutilantes, venden amistad etérea e invisible, los coches amor propio o reconocimiento.

Tampoco en la política ha sido posible prescindir completamente de las cosas invisibles. Se ha intentado a menudo, se ha procurado disfrazar la política de tarea mecánica dándole nombres extraños tales como «modernizar» el país. Recientemente, por ejemplo, el director de la revista Foreign Policy expresaba públicamente la idea de que la corrupción no debía ser un objetivo que combatir en el territorio de la política. «La guerra contra la corrupción», decía, «perjudica al mundo», sin precisar a qué grupos de qué parte del mundo exactamente.

Algunos desearían, en efecto, que la corrupción no fuera importante, que la legitimidad no fuera importante ni lo fueran las cosas invisibles.

La corrupción acaba con la legitimidad porque acaba con la justicia.Corrupto es quien obtiene más de lo que es justo por algo que ha realizado. La corrupción se sustenta en la violencia; entre quien paga a un gerente para obtener un contrato y quien le envía un par de matones no hay un salto cualitativo, hay sólo un salto de intensidad. No obstante, la corrupción de quien tiene la autoridad política es tanto más grave porque deshace la cohesión social.Por eso al director de Foreign Policy le gustaría que nadie la tomara en consideración. Le gustaría que la ley del más fuerte no tuviera que rendir homenaje ninguno a la virtud. Le gustaría que la corrupción no fuese algo tantas veces tolerado sino también y sobre todo tolerable. De este modo la legitimidad de los gobiernos, tan débil en ocasiones, tan dañada, dejaría de ser necesaria.De este modo dejaría de existir esa contradicción posible entre quien tiene la autoridad y quien sólo tiene el poder, entre quien tiene la legitimidad y quien sólo tiene la fuerza. Es posible que las cosas invisibles tengan los días contados. Es posible que los deseos del director de Foreign Policy se acaben imponiendo con violencia. Pero es también posible que ocurra lo contrario.Que la ley del más fuerte choque cada vez más a menudo con la fuerza de aquéllos que exigen legitimidad a las leyes, a los gobernantes, a los procesos sociales.

En estos días un grupo de intelectuales ha cuestionado a través de un manifiesto la legitimidad de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Un manifiesto viene a ser un acto singular de la política. Cuando procede de un grupo organizado se acerca al programa, se convierte en modo de hacer público un conjunto de intenciones. Cuando, como en este caso, procede de personas diversas, su sentido es diferente. Al parecer nadie sabe muy bien hoy cuál es el papel de los intelectuales. Pero tampoco nadie duda en atribuirles un trato asiduo con las palabras, con el significado de las palabras y con la representación del mundo en torno a la cual se organizan las actitudes morales, los comportamientos.

Cuando un intelectual firma un manifiesto está, de algún modo, avalando el texto que firma, empeñándose en él, empeñando su trayectoria y su capacidad para tratar con el sentido de las palabras. Cualquiera que haya firmado o pedido a alguien que firme un manifiesto sabe cómo importa cada línea. Porque al intelectual le compete hoy, todavía, lo quiera o no, la tarea de dar por válidas, de dar por ciertas unas y no otras representaciones del mundo.

En estos días muchas personas valiosas en sus campos y otras aún en formación, varios premios Nobel, músicos, filósofos, escritores, etcétera, al principio fueron 200, ahora ya son varios miles, han leído con detenimiento 26 líneas sobre la Comisión de Derechos Humanos de Ginebra y han considerado cierto lo que allí se dice y lo han avalado con sus nombres. Han sostenido que «el Gobierno de Estados Unidos no tiene autoridad moral para erigirse en juez de los derechos humanos en Cuba» y han pedido, y siguen pidiendo, que los gobiernos de los países representados en esa comisión no permitan que ésta sea utilizada para justificar «la intensificación de la política de bloqueo y agresiones que violando el Derecho Internacional ejerce la mayor superpotencia del planeta contra un pequeño país».

No es tan común que intelectuales de cinco continentes se unan para hacer el diagnóstico de una Comisión de las Naciones Unidas.A quienes se conduelen por la baja participación en las elecciones relativas a la Unión Europea, debiera parecerles una buena noticia, una señal de que instituciones internacionales alejadas pueden suscitar interés. Una señal de que los hombres y las mujeres saben que lo que allí se juega les concierne. Debiera ser una buena noticia y en algunos países lo ha sido; en toda Latinoamérica este manifiesto ha tenido una considerable repercusión. No así en España. Los grandes medios han guardado silencio. Tal vez quienes dentro de ellos determinan qué puede ser interesante para la ciudadanía sepan los motivos.

Y todavía no he hablado de Cuba. Trato de imaginar un momento en que hablar de Cuba sea sencillo. Entonces pienso que la abundancia hoy no sólo resulta, como ha sido siempre, inalcanzable para más de dos tercios de la población mundial, sino que en unos años tampoco será alcanzable para las clases medias de los países privilegiados. Pronto una relación justa y al mismo tiempo austera con los bienes de consumo será el único horizonte que pueda proponer un partido político honesto. Cualquier otra propuesta equivaldría a la actitud vil y ciega de quienes alimentaban la proliferación del armamento nuclear mientras construían búnkeres para ellos mismos, como si el «uno mismo» existiera cuando se trata de un país entero, de un continente entero, de un planeta entero. En estas circunstancias, cabe pensar que la fuerza de los que sólo tienen a su favor algunas cosas invisibles, crezca. Y en estas circunstancias cabe, también, pensar que se acusa a Cuba precisamente por haber emprendido ya un proceso de transformaciones con el objetivo de asegurarse el ejercicio más pleno de la justicia, la equidad y la integración de los pueblos en un proyecto no devastador para el resto del mundo.

Resulta difícil hablar de lo que Cuba es y de lo que Cuba puede llegar a ser. A juzgar por las palabras escritas en el plan «para la asistencia a una Cuba libre» del Gobierno de Estados Unidos, Cuba tendría que convertirse en una colonia, habría que quitar a los cubanos sus casas, sus tierras y sus escuelas, para devolvérselas a los antiguos dueños que regresarían de Estados Unidos. Habría que privatizar la salud y la educación y entregar las riquezas y el patrimonio de un pueblo a las transnacionales norteamericanas.

Entretanto, y acaso para favorecer la posible aplicación violenta de ese plan un día, seguirán apareciendo noticias sobre malos tratos a cuatro presos en Cuba. Y entretanto seguirá habiendo también, aunque pocos les escuchen, quienes digan que la revolución cubana nunca hará -y tendría derecho a hacerlo- el cálculo cuantitativo.Un solo maltrato a un preso, si existe, debe ser evitado. En Cuba, en España, en Estados Unidos. Y Cuba lo sabe, y España lo sabe, y ambos países, cada uno a su modo, tratan de poner los medios para que eso no suceda y para que si sucediera, no se repita. Pero lo que se está dirimiendo en la Comisión de Derechos Humanos de Ginebra no es el hecho de que pueda haber malos tratos a los presos en cada país, sino el hecho de que sea Estados Unidos, el país que considera los malos tratos admisibles cuando es él quien los practica, admisibles y por tanto al margen de cualquier jurisdicción, el hecho de que sea ese país quien acuse a los demás.

Trato de imaginar un momento en el que hablar de Cuba sea sencillo.Trato de imaginar un momento en que el futuro de un país no se juegue en una guerra posible. Porque las cosas invisibles son distintas de las cosas que no existen. Las armas de destrucción masiva iraquíes, que no existen, ya están llenas de muerte. Y es extraño, pero suele ocurrir que quienes defienden que se mate y que se muera por una consola de videojuegos o por un barril de petróleo, digan que las cosas invisibles, la legitimidad, la justicia, no merecen que nadie luche por ellas.

Belén Gopegui es escritora. Acaba de publicar El lado frío de la almohada.