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El racismo tiene fecha de caducidad

El color externo del alma

Fuentes: Rebelión

El racismo tiene fecha de caducidad, se acabará como empezó siendo el mal chiste ideologizado que sustituyó la carcajada de unos pocos por el desconsuelo de millones; de la broma de pretendida inocencia sobre la diversidad étnica de esos tiempos por la burla belicosa y feroz; de la tolerante indiferencia a la oscuridad de la […]

El racismo tiene fecha de caducidad, se acabará como empezó siendo el mal chiste ideologizado que sustituyó la carcajada de unos pocos por el desconsuelo de millones; de la broma de pretendida inocencia sobre la diversidad étnica de esos tiempos por la burla belicosa y feroz; de la tolerante indiferencia a la oscuridad de la piel por una estrenada atención criminal. Aquello que había empezado con dogmas religiosos (la discutidera sobre la fe verdadera) y debates sin término acerca de la existencia del alma en unas personas y no en otras se pasaría al monopolio brutal del conocimiento validado por unas lecturas oblicuas de la Biblia. Y, el día menos esperado, el color de la piel fue bandera representativa de todos los males sociales para heredar por siempre el reino divino, por cierto más concreto y menos promisorio. Así como tendrá fecha de terminación tuvo fecha de inicio. Después de la conquista final de Al Andalus, ocurrida el 2 de enero de 1492 con la ocupación del emirato Nazarí de Granada, se retoma el programa del viaje de Cristóbal Colón a lo que llamarían desde el 12 de octubre (también fecha de llegada) ‘Indias Occidentales’.

Para el 12 de octubre de 1492, en la península ibérica vivían centenares de miles de personas negras con sus saberes y conocimientos y sus expresiones culturales. También sus sincretismos religiosos, se dice fácil algo que tenía complejidades milenarias con distanciamientos, coincidencias y alejamiento. Expresiones como las zarabandas y otras danzas festivo-religiosas hacían de los afanes del cuerpo una recreación estética. Nicomedes Santacruz, el gran poeta afroperuano, consideró aquello como la gran liberación de las costumbres ibéricas de las imposiciones clericales, que consideraban a toda expresión corporal algo pecaminoso. Hasta ahí no se sabe de persecuciones por asuntos de tonalidad del cutis. El catolicismo fue la imposición ideológica para el dominio político del reino de Castilla en Al Andalús y se extendería a toda convivencia cultural. Eso que antes había sido un ‘cree tú y deja creer a los demás’, algo así como un aguante a otras religiosidades, se convirtió en pensamiento único religioso o sea en religión exclusiva, por al menos dos estorbos inventados a la tolerancia. Uno, quienes adoraban al dios verdadero (otros dioses eran falsos o esas personas estaban equivocadas en cosas de la fe). Y dos, el alma era privilegio inalienable de unas gentes y quien no la tenía, vaya qué tenía un gran problema. La complicación de su existencia de ese ahora en adelante.

La presencia africana negra en Europa se había incrementado con la llegada musulmana a Hispania (durante ocho siglos), algunas regiones de la Galia y de Italia muchos como guerreros, unos como sabios, artistas, médicos y también formando parte de la administración estatal musulmana. El racismo no empezó por la coloración de la piel; el descrédito cultural y humano desde la visión del poder dominante fue la religión. Además Semper Africa novi aliquid apportat como antes pregonaba Plinio fue un flujo constante hacia esos países que después tendrían el genérico ‘Europa’, de allá ‘abajo’ venían invenciones tecnológicas, arte, ciencia y filosofía.

Cristóbal Colón creyó haber arribado unas Indias Occidentales, así lo interpretó por las cartas de marear chinas, por eso a quienes salieron a curiosear el desembarco empezaron a llamarlos «indios». Esa denominación fue una categoría identitaria para homogenizar a todos los habitantes de este continente y aquellos que en viajes posteriores se tropezaron con otras naciones del continente mantuvieron la necedad de esa etiqueta. Casi de inmediato se los consideró seres desalmados o sea sin el alma católica, susceptibles a la esclavización hasta la muerte. Desde esa implantación filosófica y religiosa se percibe que el alma otorgaba categoría de ‘humano’ y quien no la tiene es todo lo contrario, conectada con esa visión se le carga de un montón de identidades todas disminuyendo la humanidad. Bartolomé de las Casas reconoce en sus escritos que los «indios» tenían alma, pero había que descubrírsela porque estaba oculta por la barbarie, había que cristianizarlos (es decir, meterlos en el catolicismo) para darle la ‘humanidad’ completa. Ahí un breake entre el racismo religioso (el alma determina la raza) y racismo biológico (color de piel, forma de cabello, grosor de labios, etc.). O también quien se aproxima más al ideal blanco.

La religión católica inventó la valoración subjetiva de las personas y su deshumanización (carentes de alma). En el juicio en la Escuela de Salamanca, en Valladolid, en 1552, Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda confrontaban la tesis sobre la humanidad de los ‘indios occidentales». El tribunal concluyó que sí, que los «indios» debían ser ‘protegidos’ en trabajos que prologaran sus vidas y por eso fueron trasladados a las encomiendas. La esclavización de personas negras de África no comenzó a finales del siglo XV con los portugueses, antes la hubo, pero fue distinta porque su destino fue más allá de servir a un grupo familiar en el cuidado o incremento de su hacienda, ésta tenía la misión de enriquecer a unos Estados monárquicos europeos. Los ideólogos pensaron, estructuraron y consolidaron el trabajo esclavizado como creador de riquezas para familias consideradas ‘nobles’ y por ellas (o con ellas) del Estado, con una inversión inicial (la compra) y ninguna más porque la persona esclavizada como objeto de valor de uso era descartable. La. En 1509, unos pocos años después del inicio del colonialismo español (1492), para paliar los abusos la Corona española había decretado que «La encomienda es un derecho concedido por merced real a los beneméritos de Indias para recibir y cobrar para sí los tributos de los indios que se les encomendasen por su vida y la de un heredero, con rango de cuidar de los indios en lo espiritual y temporal y defender las provincias donde fueren encomendados».

El traslado forzado y crimial de intelecto y mano de obra africana a las Américas (estrenaba este nuevo apelativo) o a las Indias era habitual para el año que se dio la disputa ante la Junta de Valladolid, pero después del veredicto se incrementó de manera exponencial. «Antiguamente, antes que hobiese ingenios, teníamos por opinión en esta isla [la Española], que si al negro no acaecía ahorcalle, nunca moría, porque nunca habíamos visto negro de su enfermedad muerto… pero después que los metieron en los ingenios, por los grandes trabajos que padecían y por los brebajes que de las mieles de cañas hacen y beben, hallaron su muerte y pestilencia, y así muchos dellos cada día mueren». Dolorosas palabras de Bartolomé de las Casas, hacia 1560, creyendo, como después se creería y todavía se cree, que la traída de personas africanas esclavizadas fue su responsabilidad. Para ese tiempo, el tráfico ya gozaba de maldita buena salud y la maquinaria ideológica racista antinegra funcionaba a todo vapor.

Hasta entonces la negrura del pellejo no había servido de marcador diferenciador para empujar a unos para arriba y otros para abajo, apenas equivalía a un gentilicio para designar a todos los que provenían de la otra orilla del Mediterráneo. A toda la gente africana de piel oscura se la llamaba ‘etíope’ derivado del griego aithiops o sea «cara quemada», sin importar el lugar de procedencia. Roma latinizó la denominación como niger también para describir la coloración del cutis de los que vivían en la región de los vientos calientes. Para esa época nadie tenía preocupación por la diferencia ‘racial’ y la distinción se hacía considerando al otro «bárbaro», por diferentes motivos y no exclusivamente raciales.

El acarreo de africanos, mujeres y hombres, para comercializarlos en puertos europeos debió sorprender, pero funcionó la diferenciación religiosa como dudosos portadores de alma. De la idea abstracta al vislumbre físico apenas fue un suspiro, la biología complementó la explicación religiosa. De repente, perdieron la humanidad y la oscuridad del cutis acercó a los que eran esclavizados a la maldad; el alma se les hizo nada y ya podían ser comercializados sin manchas en la ‘blancura del alma’ europea.

Ramón Grosfoguel escribe: «con la esclavización africana en las Américas el discurso racista religioso se transformó en discurso racista del color». En el llamado Siglo de Oro, gran parte de la literatura española, el teatro, los escritos religiosos, el derecho civil se ocuparon de una formación ideológica antinegra y aquello se difundió por Europa y América. La captura, almacenamiento, transporte y comercio de personas no fue ofensa a Dios, porque «esa gente pertenecían a naciones sin alma». Tampoco importaba que durante alguna de estas etapas se murieran, apenas era una pérdida económica. Así pues, «mientras los «indios» hacían trabajos forzados en la encomienda, el trabajo esclavo se asignaba a los africanos que eran clasificados como «pueblos sin alma».

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.